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3×961 – Vale

Publicado: 09/05/2015 en Al otro lado de la vida

961

Cubierta del velero Nueva Esperanza

12 de diciembre de 2008

BÁRBARA – Sobre todo que no las vean. ¿Vale?

Carla y Darío asintieron, muy concienciados de su papel. La barca de remos con aquellos dos extraños estaba ya peligrosamente cerca. Ellos habían recogido las velas, habían detenido el velero y habían encendido los motores, dejándolo todo preparado para la huida si las cosas se acababan torciendo. Los tres tenían oculta una pistola bajo la ropa de abrigo, cargada y lista para cualquier eventualidad que pudiera surgir.

La barca de remos estaba ya muy próxima a Nueva Esperanza. Quien remaba era un chico algo más joven que Christian, que iba acompañado de una mujer de entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Los tres aguardaron en silencio hasta que aquella mujer se puso en pie y se dirigió a ellos. A los lados de sus ojos se dibujaban unas arrugas que delataban su buen humor.

MARTA – ¡Ah del barco! ¡Buenos días!

Bárbara tragó saliva. Darío se había relajado bastante al comprobar que una de las personas que venían a su encuentro era una mujer.

DARÍO – Muy buenos días. ¿En qué os podemos ayudar?

MARTA – ¿Vosotros no sois de aquí, verdad?

DARÍO – No.

JESÚS – Si ya te lo he dicho yo que este barco no era de los nuestros, mama.

MARTA – Déjame hablar a mi. ¿Os habéis perdido?

DARÍO – No, no. Para nada. Vamos a la península. Sólo hemos pasado por aquí… de casualidad.

MARTA – ¿A la península vais? Esa no es una buena idea. Ahí… está todo perdido. Mira… Me presento. Yo soy Marta, y éste chaval es Jesús, mi hijo.

El grupo de Bárbara también se presentó. Nada invitaba a pensar que tuvieran malas intenciones, pero aún así Bárbara no estaba dispuesta a bajar la guardia.

MARTA – Bueno, ya lo estáis viendo ahí delante. Somos parte de un grupo de gente que nos hemos reunido alrededor del islote. En el recuento de ayer sumamos doscientas treinta y dos personas. Hay gente de todos lados. Algunos a duras penas saben hablar español. Hay hasta una pareja que viene de Nueva Zelanda. Aunque la enorme mayoría vienen de la península. Nosotros venimos de las Jamesh. Ahí también está todo perdido. Por lo que hemos oído, está todo igual en todos los sitios. Pero… aquí estamos todos sanos, eh. Hemos tenido un par de problemas, pero como cada uno vive en su barco, los hemos podido solucionar a tiempo. Lo bueno es que los que enferman no saben nadar, así que aquí es difícil que nunca tengamos problemas de ese tipo. Empezamos siendo cuatro gatos, pero se ha ido corriendo la voz y cada vez somos más. Estamos continuamente haciendo viajes para recoger alimento y demás cosas necesarias a los pueblos costeros. Ahora mismo hay siete misiones diferentes fuera. Intentamos… empezar de cero, aquí. Estamos construyendo una pequeña aldea en el islote. No es muy grande, pero estamos plantando verduras y tenemos algunos animales que hemos ido trayendo. Nos gustaría que nos acompañarais, por lo menos para verlo. Luego ya… podéis seguir vuestro viaje, o quedaros, como prefiráis. Pero ya os digo que en la península no vais a encontrar ningún lugar seguro.

Darío miró a Bárbara, indeciso. La profesora se mordió el labio. Esa mujer no parecía hostil, y transmitía mucha paz, pero aún así ninguno de los dos estaba convencido de dar el siguiente paso.

JESÚS – ¿De dónde venís?

CARLA – De Nefesh.

Darío acribilló a su nieta con los ojos. Ella se dio cuenta tarde de su error y agachó la mirada, avergonzada. Desde que despertó no daba una a derechas. Se prometió no volver a abrir la boca.

MARTA – Anda, mira. Aquí en el islote también tenemos gente de Nefesh. ¿Cómo está la cosa por ahí?

DARÍO – Pues… fatal, igual que en la península. ¿Sabes cómo se llama… esa gente que dices?

MARTA – Pues… si te soy sincera, no. Hay muchísima gente ahí, y cada uno vive en el barco en el que vino. Yo no les conozco a todos. Los adultos pasamos la mayor parte del tiempo en el islote, levantando la aldea, trabajando la tierra y cuidando de los animales. De todas maneras tenemos una lista con todos los nombres, y ahí también dice de dónde es cada uno. Una vez juntamos a dos primos que se habían dado por muertos. No me costaría nada revisarla y decirte quienes son los que vinieron de Nefesh.

DARÍO – No, sí… no hace falta.

MARTA – Mira, hagamos una cosa. ¿Habéis comido ya?

Darío respiró hondo y soltó el aire lentamente. Bárbara negó ligeramente con la cabeza.

MARTA – ¿Por qué no os venís, ni que sea un rato? Os invitamos a comer. No nos viene de tres bocas más, y así nos explicáis cómo está la isla. Y luego si… queréis, os podéis quedar con nosotros. Aquí hay trabajo más que de sobra, y no nos vendría mal un poco de ayuda.

BÁRBARA – Es que… tenemos algo de prisa.

Marta rió amistosamente. A esa distancia se le distinguían claramente algunas raíces canas en un cabello que hace unos meses había estado teñido de castaño.

MARTA – ¿Prisa? ¿Prisa de qué? Veniros, hombre. Así podréis hablar con los demás, y encontrar a vuestros vecinos. ¿De verdad que no os apetece?

BÁRBARA – Es que vamos a buscar a unas personas. Por eso no… no nos podemos quedar.

MARTA – Igualmente tendréis que comer, ¿no?

DARÍO – Ya, pero…

MARTA – ¿Y de verdad os viene de un par de horas?

Darío miró a Bárbara.

DARÍO – ¿Nos dejas… discutirlo, un momento?

Marta asintió, sin darle mayor importancia. Tomó asiento junto a su hijo, mientras el grupo de Bárbara se reunía en un corrillo.

DARÍO – ¿A ti qué te parece?

La profesora resopló. Por primera vez en mucho tiempo no sabía qué hacer.

BÁRBARA – Parecen… buena gente. No sé…

Darío asintió.

CARLA – Yo no creo que mienta.

DARÍO – Yo tengo curiosidad por saber cómo se lo están montando ahí. Si son tantísima gente y consiguen tirar adelante, seguro que podemos aprender un montón de ellos.

CARLA – ¿Entonces qué, vamos?

BÁRBARA – ¿Y qué hacemos con Zoe?

DARÍO – Que se venga también. Seguro que hay un montón de chavales con los que puede jugar.

Bárbara resopló de nuevo. No le vendría de demorarse un par de horas más. Con el viento que estaba haciendo últimamente, ya habían perdido más de un día de viaje.

BÁRBARA – Venga, va. Pero vamos con las armas, por si acaso. Esta mujer parece buena gente, pero de los demás no me fío.

DARÍO – Vale, está bien.

Los tres volvieron a proa.

MARTA – ¿Qué tal? ¿Ya habéis… deliberado?

Marta sonrió de nuevo. Estaba claro que ella no se había cruzado con ningún Héctor en su camino; de lo contrario no trataría así a unos totales desconocidos, con su hijo presente, sin siquiera preocuparse de comprobar si llevaban armas.

BÁRBARA – Os acompañaremos un rato a comer, pero luego nos tenemos que ir. Vamos a buscar a unas personas que están esperándonos, y no podemos perder mucho tiempo.

MARTA – Me parece bien. Y luego… a la vuelta, os podéis venir aquí con nosotros. Estaremos encantados de recibiros. Porque en la península no os pretendéis quedar, ¿verdad?

BÁRBARA – No, no. Ahí sólo vamos de paso, a buscarles.

MARTA – Mucho mejor así. Pues… no se hable más. ¿Os venís con nosotros?

DARÍO – No tranquila. Nosotros tenemos nuestra propia barca.

MARTA – Pero si aquí cabemos todos.

DARÍO – Es que… somos cuatro.

BÁRBARA – ¡Zoe, ya puedes salir!

La niña asomó su pecosa cara por la escotilla. Llevaba varios minutos agazapada en el camarote principal, arma en mano, tratando de averiguar qué decían, y dispuesta a echarles una mano si los recién llegados se demostraban hostiles. Se les unió, y Bárbara la presentó, mientras Darío y Carla descolgaban el bote rojo de remos que venía con el velero. Bárbara y Carla se encargarían de remar.