Archivos para 19/05/2015

964

Cubierta del velero Nueva Esperanza

12 de diciembre de 2008

Zoe subió corriendo los escalones que la separaban de cubierta, sosteniendo una pequeña bolsa de plástico. Se acercó a Marta y se la entregó. Todos observaban a la mujer y a la niña, curiosos por la repentina ocurrencia de la pequeña. Marta echó un vistazo al interior de la bolsa. En ella había al menos una docena de bolsitas que contenían ositos de goma, los favoritos de Zoe. Eran todos cuantos le quedaban de los que había traído consigo en la mochila.

ZOE – Esto es para que los repartas entre los niños que hay en la isla. Le puedes dar una entera a Jesús, pero… que los demás no se enteren, ¿vale?

Marta asintió y le prometió, sonriendo, que haría lo que le pedía.

Víctor y ella les habían acompañado de vuelta a Nueva Esperanza para despedirles y para fraguar un pequeño trueque del que ambos grupos saldrían beneficiados. Bárbara y Darío les entregaron un par de cajas de latas de conserva, varios bricks de zumo, papel higiénico, algunos paquetes de pilas y media docena de cajas de arroz, del superávit que tenían en Bayit. Víctor y Marta, a su vez, les entregaron varios kilos de verduras frescas de su propia cosecha, algunos huevos de gallina, y algo que inquietó bastante a la más pequeña, pero de lo que daría buena cuenta esa misma noche y la jornada siguiente: un par de conejos, debidamente despellejados y eviscerados.

VÍCTOR – Bueno, pues… nosotros ya… os dejamos que sigáis vuestro camino.

MARTA – Que tengáis buen viaje.

CARLA – Gracias.

El hombre de las gafas se acercó a la más pequeña, y se agachó ligeramente para estar a su altura.

VÍCTOR – Siento mucho lo de tus padres.

Zoe asintió, muy seria. Víctor se dirigió a Bárbara.

VÍCTOR – Cuida de ella, ¿vale? Esta niña es un diamante en bruto. Ha tenido muchísima suerte de acabar con vosotros.

BÁRBARA – Gracias.

Víctor le guiñó un ojo a la niña de la cinta violeta en la muñeca. Zoe se ruborizó, y le respondió con una sonrisa.

MARTA – Venga, vayámonos. Que ya os hemos hecho perder suficiente tiempo.

DARÍO – Al contrario. Ha sido todo un placer conoceros. Ojalá nos hubiéramos cruzado con vosotros… en otras circunstancias.

MARTA – No lo olvidéis. Aquí tenéis vuestra casa. Podéis volver cuando queráis.

BÁRBARA – Contamos con ello.

Tras las enésimas despedidas, Víctor y Marta bajaron las escalerillas y accedieron de nuevo al bote que habían usado para acompañarles. El bote rojo pendía de nuevo al velero de sus sujeciones.

Una vez se encontraron a una distancia prudencial, Darío dio el pistoletazo de salida al ritual de las velas, en esta ocasión relegando toda la responsabilidad de la ejecución en sus tres ayudantes, guiándolas con delicadeza y disciplina. No le hizo falta mover un solo dedo, si bien en más de una ocasión tuvo que corregir algún que otro error, sobre todo de Bárbara, que se mostró bastante nerviosa al saberse responsable de tan significativa tarea. El barco reanudó su camino sobre las olas, alejándose cada vez más de aquél idílico paraje, hasta que el conjunto resultó tan diminuto en la distancia que más bien parecía un espejismo.

CARLA – Qué gente más maja, ¿no?

BÁRBARA – Es lo último que me hubiera esperado encontrar en mitad del viaje.

DARÍO – Debe haber muchos sitios más como este, Bárbara. La vida… al final… acaba haciéndose camino.

BÁRBARA – No sé… viendo cómo estaba todo… por todos los lugares por los que pasamos hasta llegar a Nefesh… Tanta muerte, tanto… tanto sufrimiento. Madre mía. Había dado por hecho que estaba todo igual en todos sitios. No es que lo hubiera pensado mucho, pero… quizá tienes tú razón. Espero que la tengas.

DARÍO – Estoy convencido de que hay mil sitios en los que la gente se ha hecho fuerte. Al fin y al cabo… ni nosotros ni ellos tenemos nada que no pueda tener cualquier otro grupo… mejor preparado.

CARLA – Eso no es lo que decía la prensa, yayo.

BÁRBARA – Bueno, piensa que de eso… hace ya mucho.

CARLA – Por eso lo digo.

Durante cerca de cinco minutos cundió el silencio en cubierta. Darío había nombrado capitana en funciones a Zoe, y la niña se estaba tomando muy en serio ese papel, tan concentrada en su tarea que apenas prestaba atención a sus compañeros de viaje.

BÁRBARA – ¿Queréis decir que no están mejor ellos como están ahí que nosotros en Nefesh?

DARÍO – No te creas… Tiene su parte buena y su parte mala, pero… Nosotros somos muy poca gente, con muchos recursos. Ellos son muchos, y pueden trabajar mucho más rápido, pero… tantas bocas que alimentar… No sé yo…

BÁRBARA – Tienen animales, y un huerto… y pueden pescar hasta hartarse.

CARLA – Ya, pero… Marta dijo que eran más de doscientas personas.

BÁRBARA – Sí… Bueno… llevan más de dos meses así, y no parece que se les esté dando tan mal. Y además… van haciendo misiones para ir a buscar comida y demás.

DARÍO – Eso es lo que me preocupa. Si dependen de meterse en zonas infectadas para no quedarse sin comida… si no es más tarde, más temprano… acabarán teniendo problemas. Pero también es verdad que con el huerto que han montado, y con todos esos animales… es fácil que llegue un momento en el que no les haga falta seguir saliendo a buscar nada fuera. No sé…

Bárbara asintió levemente, algo distraída. Tomó aire, y se dirigió de nuevo a ellos, con una expresión muy seria en el rostro.

BÁRBARA – ¿Vosotros…?

Darío sabía perfectamente por dónde iría la pregunta que venía a continuación. Negó con la cabeza, y Bárbara se dio por respondida.

DARÍO – Yo de momento, si la cosa no cambia sustancialmente… prefiero quedarme en Nefesh. Más vale malo conocido… y además, que ese es mi hogar. Ahí está… todo lo que he conocido en la vida.

Bárbara respiró hondo, observando con la mirada perdida el horizonte marino. En momentos como ese se arrepentía de haber instado a Carlos a quedarse en tierra.