Archivos para 23/05/2015

3×965 – Viento

Publicado: 23/05/2015 en Al otro lado de la vida

965

Las horas siguientes a esa visita relámpago al islote las pasaron repasando todo lo visto y compartiendo impresiones. En cierto modo coincidieron en que eso era cuanto ellos debían luchar por conseguir levantar en Bayit. Ellos ya tenían los inmuebles en los que refugiarse, muchos más de los que precisarían jamás, por lo cual la parte más fatigosa del trabajo ya la tenían hecha. Sí es cierto que contaban con la desafortunada compañía de los infectados al otro lado de la muralla, pero en nada debían envidiar a los habitantes de Éseb, siempre y cuando continuasen trabajando duro en el Jardín y siguiesen su ejemplo con los animales, no entendiéndoles sólo como mera fuente de leche y huevos, sino como una potencial fuente de alimento de gran valor nutritivo con su carne, por más que la niña pelirroja se mostrase en contra.

Esa noche cenaron copiosamente, acompañados de un viento inaudito y de un cielo estrellado completamente libre de nubes. Esa fue la noche más fría de cuantas pasarían a bordo de Nueva Esperanza. Por fortuna habían traído mucha ropa de abrigo, y ello, acompañado de las infusiones que preparaba Darío a todos los tripulantes antes de dormir, hizo que les resultase bastante más llevadero. La que peor llevaba el frío era Bárbara. Por mucho que recibir un impacto de bala no supusiera para ella más molestia que la picadura de una avispa, la profesora era igual de inmune al frío que el común de los mortales. Desde siempre había sido bastante friolera, y de entre los cuatro era la que siempre iba más abrigada.

La jornada siguiente se presentó bastante dura. Las estimaciones de Darío se alargaban cada vez más, y esa mañana llegó un momento en el que la calma chicha fue tal que incluso la propia Bárbara acabó asumiendo la necesidad de arrancar de una vez por todas el motor del navío. El depósito estaba hasta arriba de combustible, y habían traído varias garrafas llenas de aquél preciado líquido. A excepción de Darío, todas las demás tripulantes se sorprendieron enormemente al ver cuán rápido avanzaba el velero con esa aportación extra de potencia, mucho más que con el viento más fuerte de cuantos tuvieron desde la partida. El viejo pescador les anunció que a ese ritmo podrían llegar perfectamente a la península rayando la medianoche. Bárbara no las tenía todas consigo, pues prefería llegar un poco más tarde con tal de conservar cuanto combustible fuese posible, por si lo necesitaban en una emergencia real. Por fortuna, a las pocas horas comenzó a soplar de nuevo el viento, y pudieron apagar los motores, para sosiego de la profesora.

Aprovecharon para soltar las redes y recoger algo más de pescado, del que darían buena cuenta esa noche, y gran parte de cual conservarían para más adelante. Darío poco a poco se convirtió en un mero espectador que se limitaba a corregirlas cuando cometían un error. Su papel como instructor de navegación y pesca se había demostrado muy eficiente, y sus compañeras de viaje acogieron encantadas el relevo, como agradecimiento a todo el esfuerzo dedicado por el anciano, y por el puro placer de ser útiles. Ni Bárbara ni Zoe hubieran podido imaginar lo satisfactorio que resultaba, y lo eficiente que era para olvidar, incluso durante horas, el drama que se vivía en tierra firme.

Carla siguió entregada a la lectura, temiendo que a ese ritmo acabaría quedándose sin material del que echar mano para el trayecto de vuelta. Trató de compartir su afición con Bárbara, recomendándole en especial uno de los libros que más le habían gustado, pero la profesora rechazó educadamente su ofrecimiento. A esas alturas su mente estaba hipotecada por la idea de reencontrarse con su hermano, y hubiese sido incapaz de concentrarse en la ficción.

Zoe dedicó muchas horas al regalo que le había hecho uno de los mejores amigos de su difunto padre. Sin embargo, y pese a todo el esfuerzo y las ganas que le puso, fue incapaz de finalizar aquél ingenioso puzzle tridimensional. Bárbara trató de ayudarla en más de una ocasión, pero ni siquiera entre las dos consiguieron pasar de la tercera cara con idéntico color.

Esa noche llovió copiosamente, lo cual les obligó a modificar las rutinas que habían adoptado durante la semana que llevaban ya a las espaldas a bordo del velero. Por fortuna, no tuvieron que lamentar una tormenta en alta mar, uno de los mayores temores de Darío. Lo que sí consiguieron fue recoger agua suficiente para volver a dejar rebosante el depósito de agua potable del que echaban mano para beber y cocinar.

Sorprendidos y en cierto modo agradecidos de no haberse cruzado con nadie durante el viaje, a excepción de los habitantes de Éseb, afrontaron una nueva jornada sin sobresaltos y con rachas de viento intermitentes que les permitieron avanzar a un rito aceptable. Ya estaban muy próximos a su destino, y Bárbara era consciente de ello, por más que Darío se mostraba más enigmático a ese respecto a medida que dicho momento se iba haciendo más próximo. Sin embargo, volvió a hacerse de noche sin que fuesen capaces de llegar a tierra firme.

Todo el mundo dormía a excepción de Darío, que había pasado la noche en vela guiando el velero, como de costumbre, cuando finalmente avistaron la península, en la madrugada del octavo día de travesía. Tan solo se habían desviado treinta y cinco kilómetros del punto exacto al que el viejo pescador pretendía llegar, lo cual hizo que se sintiese especialmente orgulloso de su buen hacer. Darío conocía muy bien esa zona de litoral, y tenía a su disposición un gran arsenal de cartas náuticas, de modo que guió el navío en paralelo a la costa, a una distancia más que prudencial para evitar que cualquier superviviente desesperado les viese y tratase de abordarles, hasta que finalmente distinguió el edificio que tan bien les había descrito Guillermo antes de partir. Llegó incluso a anclar el barco a escasos dos kilómetros de la escuela de náutica donde debía encontrarse el hermano de Bárbara, antes de proceder a despertar a las demás tripulantes de Nueva Esperanza para darles la buena nueva. El viaje se había traducido en un éxito rotundo, sin el menor contratiempo, contraviniendo todos los malos presentimientos con los que habían partido de Nefesh.