3×966 – Silencio

Publicado: 26/05/2015 en Al otro lado de la vida

966

Puerto deportivo de Bejor

15 de diciembre de 2008

Bárbara se giró una vez más para echar un último vistazo a quienes dejaba atrás. Zoe estaba junto a Darío en la cubierta de Nueva Esperanza. La niña agitó el brazo en el aire, saludándola, o quizá despidiéndose de ella. A esa distancia apenas se la distinguía. La pequeña estaba enfadada como una mona, porque no le habían permitido acercarse a la península. En un principio, tan solo tenían que llamar la atención a quienes venían a buscar, acercarse al puerto deportivo y traérselos consigo. Si la cosa salía bien, no sería siquiera necesario pisar tierra firme. No obstante, Bárbara se mostró de nuevo inflexible, y por más que Zoe ardía en deseos de acompañarla, en esta ocasión tuvo una reacción mucho más adulta y se limitó a acatar esa orden. Aunque viendo el modo cómo apretaba los labios, Bárbara supo perfectamente que la niña no estaba para nada conforme con su exclusión en tan crucial empresa.

En esos momentos cruzaron junto al espigón que protegía el puerto deportivo, donde se erguía aquél viejo edificio azul y blanco de los años sesenta que había instruido a tantos futuros marines y donde habían hecho el servicio militar miles de civiles durante la dictadura. El edificio se enclavaba en una pequeña península natural a la que se llegaba por un corto aunque majestuoso paseo con altas palmeras a lado y lado. Estaba integrada al puerto deportivo, en el extremo oriental del mismo, junto una ancha playa de arena, de modo que el único modo de acceder era desde el interior del mismo. El aspecto que mostraba ese puerto era idéntico a todos cuantos había visto Bárbara en los últimos meses: no había un solo barco amarrado. Se trataba de un lugar triste, yermo, y en cierto modo inquietante.

Era ella quien estaba a los mandos de los remos de aquél bote de llamativo color, acercándose sin prisa pero sin pausa a tan ansiado destino. Carla estaba sentada frente a ella y jugueteaba con el aro de su labio, distraída. Se había mostrado igual de inflexible con su abuelo que Bárbara con Zoe, y por más que el anciano trató de convencerla de lo contrario, la veinteañera acabó imponiendo su voluntad.

No hubiera sabido decir por qué, pero Bárbara no estaba nerviosa, en absoluto. Sin embargo, le atenazaba un mal presentimiento. El viaje había resultado tan pacífico, sin el menor sobresalto, y todo estaba tan tranquilo ahí en Bejor, que resultaba incluso desagradable. Ni tan siquiera había pájaros sobrevolando el litoral, como tan acostumbrados estaban a ver en Nefesh. Sus últimas experiencias le habían enseñado que nada se conseguía sin esfuerzo, sudor, sangre y alguna que otra lágrima. Ahora estaba resultando todo tan sencillo, que no podía evitar estar en guardia, por más que no había signo alguno de hostilidad en el puerto que le invitase a pensar mal.

Bárbara guió el bote hacia uno de los brazos de la zona de amarre, el más próximo al paseo de la escuela náutica. Carla se encargó de amarrar la soga a un noray, tal como le había enseñado su abuelo, mientras Bárbara revisaba una vez más que su arma estuviese cargada y preparada para hacer frente a cualquier indeseable que se cruzase en su camino. Ella fue la primera en subir al muelle, ayudada por su compañera. Ambas iban embutidas en ropa de abrigo, dada la gélida brisa que soplaba esa mañana. La profesora ayudó a su vez a Carla a salir del bote, y ambas contemplaron maravilladas el imponente edificio.

Bárbara tragó saliva, y caminó con paso indeciso hacia la calle que comunicaba con el paseo. Carla la seguía muy de cerca, más preocupada por la proximidad del paseo marítimo, de donde sin duda vendrían los infectados, si es que a esas horas de la mañana aún había algún despistado que aún no se hubiese ocultado del astro rey.

Ambas se sorprendieron al comprobar que no podrían acceder a la escuela de náutica a pie, al menos no sin empaparse de arriba abajo, lo cual no era nada aconsejable dada la temperatura que reinaba esa mañana de otoño. Alguien, con bastante buen criterio, se había encargado de destrozar una franja irregular de suelo de más de cinco metros, vagamente perpendicular a aquél majestuoso paseo lleno de palmeras, transformando lo que habían confundido con una pequeña península en lo que fuera originalmente: un minúsculo islote. Todo el perímetro de dicho islote estaba vallado, y el único punto de acceso era la entrada principal, que se encontraba a escasos diez metros de aquél paréntesis en el paseo. Bárbara se acercó hasta el borde, y comprobó que no era tan profundo como aparentaba. A duras penas tendría metro y medio de profundidad, pero sin duda mantendría a raya a los infectados, que no eran muy amantes del agua.

BÁRBARA – ¡Guillermo!

Ambas mujeres observaron con atención las ventanas de la fachada principal de la escuela de náutica, todas idénticas, en tres franjas longitudinales correspondientes a las tres plantas. Nada se movió ahí dentro. La profesora repitió idéntico grito con más fuerza, pero tan solo obtuvo el silencio como respuesta. Trató de convencerse de que todavía era muy pronto, pues a duras penas serían las nueve de la mañana, y que era más que posible que su hermano, su sobrino, Olga y Gustavo aún durmieran, pero ahora sí empezó a ponerse nerviosa.

BÁRBARA – ¿¡Olga!?

Carla no paraba de mirar hacía atrás girando el cuello, temiendo que los gritos de Bárbara atrajesen a quienes no eran bienvenidos. Pero ni los infectados acudían, ni se producía el menor cambio en la escuela de náutica. Todo seguía igual, como si se hubiese congelado el tiempo a su alrededor.

Bárbara siguió así durante cinco angustiosos minutos, sintiéndose cada vez más impotente y asustada. Se negaba a creer que después de haber pasado tantísimo tiempo buscándole en vano, después de haberle dado por muerto y haberle vuelto a encontrar lejos de todo pronóstico, una vez más se le escurriese entre los dedos en el último momento. Entonces empezó a llorar y a hiperventilarse. Carla trató en vano de calmarla, intentando argumentar mil y un motivos por los cuales podían no haberla escuchado. Bárbara estaba al borde del colapso nervioso.

Anuncios
comentarios
  1. Betty dice:

    Uf ! Madre mía! Nos quedamos en vilo con este capítulo xD. Qué impaciencia hasta el viernes….. 😉

  2. Sunkay dice:

    Se nos “acabó la paz”, ja, ja, ja, con lo bien que iba todo… y ahora a esperar hasta el sábado, que tensión por favor…

  3. Ya queda poco para este último capítulo que implica un nuevo salto hacia la receta y otro flashback. Espero que la resolución os guste. Este inicio de novela está siendo muy pausado, pero todo irá derivando hacia un crescendo que cerrará tramas y generará hitos irreversibles que confío os hagan gozar lo que no está escrito. Literalmente. xD

    David.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s