Archivos para junio, 2015

3×974 – Lechugas

Publicado: 27/06/2015 en Al otro lado de la vida

974

Centro de Sheol

3 de septiembre de 2008

Gustavo salió de su ensimismamiento al escuchar los golpes en el capó del coche de policía. Se había evadido del mundo que le rodeaba sumergiéndose en sus pensamientos desde que partieron del estadio. No podía parar de pensar en lo que había hecho, y en las repercusiones que ello acarrearía tanto para sí mismo como para su familia. Sin duda acabaría en un centro de reeducación, en una cárcel juvenil llena de delincuentes y matones que le harían la vida imposible. Temía también que con todo el revuelo formado nadie se hubiese dado cuenta de su victoria, o que le negasen la gratificación económica que tanto necesitaba Agustina. Pero sin duda lo que más le incomodaba era el hecho que no sentía el menor remordimiento. Su madre estaba siendo brutalmente atacada, y él se había limitado a defenderla con los medios que estaban a su alcance, como hubiese hecho cualquier buen hijo. Tenía dudas sobre muchas cosas de las que habían ocurrido esa mañana, pero de lo que estaba convencido era de que lo volvería a hacer cuantas veces fuese necesario.

Los golpes en el capó no cesaron hasta que la compañera del agente Sañudo, que iba en el asiento del copiloto, salió a atender a aquél joven exaltado. En un primer momento le confundieron con uno de aquellos perturbados, pero éste sí atendía a razones, y les imploraba que parasen y le ayudasen. Debía tener un par de años más que Gustavo, y mostraba su pecho desnudo a través de una camiseta desgarrada desde la axila izquierda hasta la entrepierna.

ANSELMO – ¡Gracias a Dios que por fin habéis llegado! Hace al menos media hora que hemos llamado. ¿Por qué habéis tardado tanto?

AGENTE QUIJO – Disculpe señor, pero…

ANSELMO – Da igual, no tenemos tiempo. ¡Ven, vente conmigo!

Llevaban así desde el inicio del turno esa misma madrugada, atendiendo a diferentes llamadas de auxilio de civiles desesperados e impacientes. Todas compartían idéntico patrón: el de una o varias personas extremadamente violentas que agredían a terceros sin que hubiese ningún móvil aparente. La agente echó un vistazo a su compañero, que lo había escuchado todo desde su posición tras el volante. Éste le hizo un sutil gesto afirmativo con la cabeza, y dio algunas instrucciones por la radio que había instalada en el salpicadero antes de dirigirse a Gustavo.

AGENTE SAÑUDO – Vamos a ausentarnos un momento. No te muevas de ahí.

La única respuesta que recibió por parte del joven arquero fue un pestañeo. Anselmo mostraba cada vez más abiertamente su desasosiego.

AGENTE SAÑUDO – No se te ocurra hacer ninguna tontería, ¿estamos?

Gustavo agitó levísimamente la cabeza a lado y lado, y entonces el agente Sañudo abandonó el vehículo, cerciorándose antes de que las puertas estuviesen cerradas de modo que el joven no pudiese salir. Desde su posición, a través de la ventanilla, el joven arquero pudo contemplar en palco preferente la trágica escena que en breve se produciría en la frutería de la que había salido Anselmo tan pronto descubrió el coche de policía circulando por la estrecha calle.

Se trataba de un local bastante pequeño, totalmente abierto a la calle, sin ningún tipo de puerta ni cristalera más que la persiana que lo hacía inaccesible a extraños durante las horas que no estaba abierto al público. Ahora sí lo estaba, y ahí se habían congregado al menos una docena de personas. Ello contrastaba con lo vacía y silenciosa que estaba la calle.

Había manzanas, peras y plátanos tirados por el suelo, muchos de ellos pisoteados. Junto al mostrador, entre éste y una mesa de madera con ruedas llena de calabazas redondeadas y de un intenso color naranja, que le recordaron a la noche de difuntos del año anterior, había una mujer mayor recostada en el suelo. Parecía bastante afectada. Tenía una brecha en la cabeza, parecida a la de su hermana Olga, oculta tras un puñado informe de papel de cocina parcialmente empapado de su propia sangre, que se afanaba en apretar para cortar la insistente hemorragia. A juzgar por su delantal, esa mujer debía ser la dueña del local.

Desde el interior del coche, Gustavo no alcanzaba a discernir lo que los nerviosos clientes le explicaban atropelladamente a los dos policías. A juzgar por el aspecto que lucían tanto ellos como el local, ahí se había vivido una pequeña batalla campal. Anselmo señaló a la puerta de la trastienda, que estaba cerrada a conciencia, y con una gran mesa de madera llena de lechugas romanas bloqueándola. La mayoría de los presentes hablaba a la vez, atropelladamente, y uno de ellos ayudó a la policía a apartar la mesa, que se apoyaba en el suelo con cuatro ruedas, hasta despejar el acceso a aquella puerta de misterioso contenido. La agente Quijo se colocó delante, con la pistola apuntando al suelo, mientras una de las chicas que había en la frutería, que lucía un vestido veraniego rojo, se llevaba una mano a la boca. Estaba llorando; quien se escondía tras la puerta era su padre. Varios de los presentes caminaron sigilosamente hacia la salida, mientras la policía colocaba su mano libre sobre el pomo.

La agente abrió la puerta de par en par, pero ahí dentro no parecía haber nadie. Se giró hacia Anselmo, con una expresión en el rostro que delataba su molestia, pues tenían demasiado trabajo para perder el tiempo. En ese mismo instante, un hombre alto y muy corpulento apareció tras la puerta, como salido de la nada, y se le echó encima. La agente no pudo evitar la embestida, y cayó irremisiblemente de espaldas al suelo, con tan mala fortuna que presionó por error el gatillo de la pistola e hirió el pecho de la joven del vestido rojo, la hija del infectado. Gustavo hubiera podido jurar que el sonido de su agónico alarido se escuchó con más intensidad que el del disparo que acabó con su vida. El impacto de la nuca de la agente Quijo en el duro suelo del local le hizo perder la conciencia, lo cual se tradujo en una buena noticia, pues no sintió ni los golpes ni los mordiscos que le brindó el furioso infectado.

En adelante todo pasó demasiado rápido. Hubo sangre y forcejeos. Varios disparos y muchos, muchos gritos. Gustavo se colocó de espaldas a la puerta, y con sus manos unidas en la espalda por aquella gruesa brida negra, trató desesperadamente de abrirla. Todo esfuerzo resultó inútil. La violencia iniciada en la frutería se había trasladado a la calle, y pronto todo volvió a quedar en silencio. El joven arquero se puso genuinamente nervioso, más cuando escuchó por la radio que había instalada en la guantera lo que estaba ocurriendo a escasas cinco manzanas de ahí.

Trató de deshacerse de la brida que le privaba de su libertad, pero tan solo consiguió hacerse daño en las muñecas. Todo esfuerzo por abrir las puertas resultó inútil, y la ventanilla parecía irrompible, o al menos estaba hecha de un material mucho más duro que sus maltrechos nudillos.

Ya se había abandonado a la consternación cuando un golpe en la puerta del conductor le hizo girarse a toda prisa. La puerta se abrió atropelladamente, y tras ella apareció el rostro desencajado del agente Sañudo. Había perdido su gorra, lucía tres marcas rojas en la mejilla, delatoras de un arañazo que había traspasado la epidermis, y su mano derecha estaba empapada de una sangre que a todas luces no era suya. El policía cogió el micrófono de la radio, manchándolo del espeso líquido carmesí, sin prestar la menor atención al chico que tenía ahí detrás retenido. A duras penas tuvo ocasión de abrir la comunicación con un compañero suyo al otro lado de la línea, cuando la agente Quijo apareció detrás de él.

La policía agarró a su compañero de los hombros y lo sacó del coche de policía de un fuerte tirón, con una fuerza que no acababa de encajar del todo con su complexión. Lo que más llamó la atención a Gustavo, más allá de la carencia absoluta de sentido de cuanto estaba siendo testigo, eran los ojos de la policía. Lucían idéntico color a los de la mujer con cuya vida había acabado hacía una hora escasa, como víctimas de un derrame tan pronunciado que debía incluso dificultarle la visión.

Ambos policías forcejearon en el suelo, pero finalmente el agente Sañudo consiguió zafarse de la ira de quien fuera su compañera, y salió corriendo calle abajo, suplicándole a su atacante que le dejase en paz. Ella desoyó sus ruegos y le persiguió. Pronto todo volvió a quedar en silencio.

Gustavo no se lo pensó dos veces, y trató de abrir la puerta de nuevo. En esta ocasión ésta cedió sin ofrecer resistencia. El joven arquero sintió una punzada de arrepentimiento. Al menos con las puertas cerradas tenía una excusa para quedarse ahí dentro y no enfrentarse a lo que sin duda le esperaba fuera.

Con el corazón en un puño, abandonó el coche policial, y caminó por la acera, delante de la frutería en la que había comenzado todo. Ahí ya no quedaba más que el cadáver de la frutera, que seguía desangrándose, y mostraba aún más moratones y mordiscos de los que tenía cuando el coche de policía paró ahí delante, el de la joven del vestido rojo, y el de su padre, que lucía un agujero en cada sien, delator del motivo por el que había frenado su ira homicida.

El joven arquero tragó saliva y caminó hasta el extremo opuesto de la tienda. Sobre la mesa de madera en la que aún se encontraban aquellas saludables y apetitosas lechugas romanas descansaba un gran cuchillo, que utilizaba aquella pobre mujer para retirar las hojas exteriores que empezaban a mostrar mal aspecto. Gustavo se puso de espaldas a la mesa, y no sin gran dificultad, consiguió hacerse con el cuchillo. Deshacerse de la brida resultó excepcionalmente sencillo con aquella arma blanca en su poder. Pensó en dejar el cuchillo donde lo había encontrado, pero enseguida recapacitó. Respiró hondo, y desanduvo sus pasos hacia la calle, con el cuchillo fuertemente sujeto entre sus dedos.

Al pasar junto a la frutera, ésta emitió un grito gutural, y le agarró de la pierna, dejándole la marca de sus cinco dedos sanguinolentos. Por fortuna, Gustavo fue rápido en su reacción, y consiguió zafarse de ella sin recibir un solo rasguño. El joven arquero corrió calle abajo, igual que hiciese el policía que debía haberle llevado a la comisaría. Lo hizo sin pensar en nada más, totalmente desorientado y más asustado de lo que lo había estado en su vida.

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973

Estadio olímpico Emah, ciudad de Sheol

3 de septiembre de 2008

JACINTO – ¿Pero es muy grave?

OLGA – No… No te… No te quiero asustar, pero… estaba… estaba como loca. No paraba de golpearla… A mi me… me dio un empujón mientras intentaba ayudarla, y me di un golpe en la cabeza, y… perdí la conciencia un rato. Yo no… Cuando… Lo siento… De verdad…

JACINTO – Por el amor de Dios, Olga, haz el favor de tranquilizarte. ¿Cómo está tu madre?

Olga se apartó un segundo el terminal móvil de la oreja, sobre la que se encontraba el vendaje que cubría la herida que tenía el cuero cabelludo, y echó un vistazo a la camilla sobre la que descansaba Agustina. Conservaba la consciencia, aunque la habían sedado fuertemente. A su lado habían otras tres camillas, pero sus ocupantes no habían tenido tanta suerte como ella. De una de las sábanas que cubrían aquellos cadáveres aún se podía ver claramente cómo sobresalía una protuberancia que correspondía a la flecha que había acabado con la vida de aquella anciana desnortada.

OLGA – Dicen que está fuera de peligro, pero que… tienen que hacerle unas pruebas, porque esa mujer…

Olga tragó saliva, incapaz de creer lo que estaba a punto de decir.

OLGA – … le mordió, y… dicen que puede que le haya pegado algo. A mi me da miedo que…

JACINTO – No se hable más, Olga. Voy para ahí ahora mismo.

OLGA – ¿Pero… vas a venir con el trailer?

JACINTO – Lo dejaré en la cochera ahí en Midbar y vendré a buscaros en el coche. A penas me desviaré un par de kilómetros, y así podré llegar más rápido.

OLGA – Pero todavía no has hecho la entrega…

JACINTO – Que le den por culo a la entrega, Olga. Esto es más importante. ¿Tu hermano cómo está? ¿Está ahí contigo?

OLGA – Sí… Está… está bien. Bastante asustado, pero… él está bien.

JACINTO – Vale. Llegaré ahí cuanto antes. Si salís antes de que llegue, acuérdate de decirme a qué hospital os han llevado. ¿De acuerdo? No os separéis de tu madre.

OLGA – Sí, papa.

JACINTO – Hasta luego, cariño. Ya… ya verás que no es nada.

Olga tragó saliva, y presionó el botón con el icono de un auricular de color rojo. No había tenido valor de contarle a su padre el motivo por el que aquella anciana había dejado de agredir a su madre. Ella misma aún no daba crédito, ni tampoco su hermano, a juzgar por la mirada perdida que le acompañaba y su harto antinatural parquedad en palabras. Esa mujer no había sido la única persona que había perdido la vida durante la final del campeonato, pero sí era la única cuyo asesino había sido delatado por más de una docena de testigos. La joven de la coleta castaña y los pendientes en forma de perla se acercó al agente de policía que custodiaba a su hermano, y éste hizo un gesto de impaciencia al verla acercarse.

AGENTE SAÑUDO – ¿Ya has hablado con vuestro padre?

OLGA – Sí…

AGENTE SAÑUDO – ¿Y qué te ha dicho? ¿Puede venir?

OLGA – Sí… De aquí… una hora, como mucho, él…

AGENTE SAÑUDO – ¿Una hora? No. No podemos esperar tanto. ¿Tú sabes la de faena que tenemos? Parece que media ciudad se haya puesto de acuerdo para volverse loca al mismo tiempo. Lo siento, pero me tengo que llevar a tu hermano ahora.

OLGA – Pero, si sólo…

AGENTE SAÑUDO – ¿No te puedes quedar tú con él? En el coche hay…

OLGA – Pero es que mi madre…

Olga echó un vistazo a Agustina. Parecía que al fin había caído rendida al sueño. El policía chistó con la lengua. Tenía tantas cosas en la cabeza en ese momento que había olvidado el motivo por el que le hizo llamar a su padre en primera instancia.

AGENTE SAÑUDO – Ah, es verdad… Oye, pues… da igual. Tú vete con ella, nosotros nos encargamos de él. No te preocupes. Dile a tu padre que lo llevamos a la comisaría 102 de Sheol para tomarle declaración. Que se pase él cuando pueda. Total, de ahí no se va a mover en todo el día.

OLGA – ¿No pueden…? Deja que se venga conmigo y con mi madre. Luego… cuando venga mi padre, él le puede llevar a la comisaría. Te juro que no vamos a…

AGENTE SAÑUDO – No. Esto funciona así. Lo que ha hecho tu hermano es demasiado grave. Con todos los testigos que había, y el cuerpo de esa mujer… Dios mío. Ya te digo, hoy no va a dormir en casa. Aún tiene suerte de ser menor de edad, porque si no… de esta se va a la cárcel de cabeza.

La chica de los pendientes de perla frunció el ceño y echó un vistazo a su hermano. Gustavo no parecía estar prestando la más mínima atención a la conversación. Su mirada se dirigía a un punto indeterminado del suelo, y su mandíbula inferior pendía inerte, resecándole la boca. Ya no portaba ni el carcaj ni el arco, aunque Olga no recordaba haberle visto desprenderse de ellos. Él era el más afectado por lo ocurrido, y aunque en cierto modo se sentía orgulloso de haber podido socorrer a su madre, aún no había sido capaz de comprender la envergadura ni las consecuencias que acarrearía su acción.

OLGA – Lo hizo en defensa propia.

AGENTE SAÑUDO – En defensa propia es cuando te están agrediendo a ti, no a terceros. Además, que lo que ha hecho tu hermano es muy gordo. Por el amor de Dios. ¿Tú no has visto cómo ha quedado esa mujer?

OLGA – ¿Y tú has visto cómo está mi madre? Si no hubiera hecho nada, ahora sería mi madre la que estaría muerta.

AGENTE SAÑUDO – Sí… Pero eso no lo justifica. Eso… Mira. No es conmigo con quien tienes que discutirlo. Yo sólo te digo lo que hay, y a tu hermano nos lo tenemos que llevar a la comisaría ahora mismo. A la 102. Que no se te olvide.

El policía se alejó de ella bruscamente. Olga se quedó sin palabras, y tan solo atinó a despedirse de su hermano dándole dos besos y diciéndole que todo saldría bien antes que aquél agente de policía se lo llevase esposado con unas bridas y le metiese, con bastante poca educación, en el coche de policía. La joven de los pendientes de perla se quedó mirando el coche a medida que éste salía del estadio, y acto seguido se acercó a la camilla en la que descansaba Agustina. Le peinó con los dedos su cabellera morena, y le dio un beso en la frente. En menos de cinco minutos ya estaban ambas de camino al hospital Shalom.

3×972 – Verdugo

Publicado: 20/06/2015 en Al otro lado de la vida

972

 

Estadio olímpico Emah, ciudad de Sheol

3 de septiembre de 2008

 

Los gritos de auxilio se mezclaban con los de pánico. Al parecer, aquella maldita anciana que estaba golpeando a su madre no era la única que había perdido el juicio esa calurosa mañana, pues había otro corrillo a escasos cincuenta metros de su familia, varias gradas más arriba, en el que ocurría algo similar, aunque ello parecía más una pelea entre hooligans, a juzgar por la violencia, los insultos a voz en grito y el número de implicados. Los espectadores seguían huyendo despavoridos. Pocos se molestaron en auxiliar a quienes habían resultado heridos durante la estampida original, muchos de los cuales se alejaban, renqueantes, del lugar en el que se estaba produciendo aquél inusitado brote de violencia gratuita.

            Gustavo creyó ver un estallido de sangre por el rabillo del ojo, pero no le prestó la menor atención, y corrió a auxiliar a su madre y a su hermana. Se dirigió hacia la porción de grada en la que ellas se encontraban, a unos cuatro metros por encima del nivel del suelo que él pisaba, ignorante de que para poder alcanzarlas debía dar un rodeo de más de cincuenta metros hasta la escalera más cercana. Los golpes iracundos que estaba recibiendo su madre de manos de aquélla vieja loca le habían trastocado por completo, y ahora no era capaz de ver nada más, ni siquiera la niña de origen chino a la que había abatido hacía menos de un minuto, que se había agarrado a la espalda de su entrenadora, y estaba intentando morderle el cuello.

GUSTAVO – ¡Eh!

            El joven arquero frenó a escasos tres metros del extremo de la pista, donde se encontraban aquellos grandes carteles publicitarios que invitaban a los espectadores a refrescar sus gaznates con cierto refresco de cola centenario.

GUSTAVO – ¡Haz el favor de parar! ¿¡Qué coño haces!?

            Aquella mujer de pelo cano paró por un momento de golpear a Agustina, y se giró hacia la fuente de los gritos. Su mirada se cruzó con la de Gustavo. Esa fue la primera vez que el joven arquero vio los ojos inyectados en sangre de una de aquellas bestias, y fue realmente consciente de que lo que ahí estaba ocurriendo no respondía a ninguna de las pautas de la realidad que él conocía. Nada de eso tenía sentido para él.

La anciana se volvió a dar media vuelta y agarró a su madre del pelo, zarandeándola y tratando de morderla. Agustina trató en vano de protegerse de sus envites, con las pocas fuerzas que le quedaban. Para esos entonces tenía ya una ceja rota, al igual que el labio inferior y el radio del brazo derecho, amén de un feo moratón en la mejilla que palpitaba y crecía por momentos.

Gustavo no pudo soportarlo más. Eran muchos los ojos que le observaban, pero él no le dio la menor importancia. Se llevó una mano a la espalda y sacó una nueva flecha del carcaj. Aún le quedaba media docena.

GUSTAVO – ¡Para de una vez o disparo!

            La mujer del pelo cano no le hizo el menor caso en esta ocasión. El joven arquero no se lo pensó dos veces y preparó la flecha. Sabía que la primera norma de ese noble deporte era no apuntar jamás a un ser humano, bajo ningún concepto, pero no le importó lo más mínimo.

GUSTAVO – ¡Te juro por Dios que voy a disparar como no pares inmediatamente!

            Un grito agónico de su madre pidiendo auxilio acabó de convencerle de que debía hacerlo. Tensó un poco más el arco, y disparó. La flecha se clavó un centímetro por debajo del omoplato de la anciana. La anciana se llevó una mano al costado, manchándosela de su propia sangre en el proceso, la observó durante un segundo, y prosiguió con su tarea, como si nada hubiera ocurrido. Gustavo no daba crédito a lo que le decían sus ojos. Aquella mujer debía estar retorciéndose de dolor en el suelo, y más bien parecía que hubiese recibido una caricia. En esos momentos Olga empezó a recobrar el conocimiento, tras el fuerte golpe que había recibido en la cabeza por parte de aquella mujer enferma mientras trataba de auxiliar a su madre.

GUSTAVO – ¡Que pares de una maldita vez!

            Gustavo, con lágrimas en los ojos, no pudo soportarlo más. Agarró una nueva flecha, la colocó, tensó el arco y disparó. Pese a que su madre estaba muy próxima a su objetivo, él sabía muy bien lo que hacía, y la diana fue tanto o más perfecta que la que le hizo ganar el campeonato, si es que eso abrigaba ahora la menor importancia.

            La flecha entró por el mero centro de su nuca, y alcanzó a salir medio palmo de su boca, entre los dientes manchados de la sangre de Agustina. Al parecer eso sí fue suficiente para frenar su ira homicida. La anciana cayó como un saco de patatas sobre la madre de los chicos. Ya no volvería a dañar a nadie más.

Las miradas de los dos hermanos se cruzaron por un instante que a ambos se les antojó una eternidad. En los ojos de Olga se leían al tiempo una gratitud infinita y un reproche inconmensurable. En los de Gustavo tan solo se podía leer el miedo más absoluto.

Olga se abalanzó sobre su madre malherida, echó a un lado no sin mucho esfuerzo el cadáver de aquella maldita mujer que a punto estuvo de acabar con su vida, y contempló apesadumbrada el desaguisado que había protagonizado. Su madre seguía con vida, y consciente, pero su rostro había recibido tantos golpes, y lo que parecían dentelladas, que resultaba espeluznante mirarla a la cara. Olga sintió un nudo en el estómago, y miró en derredor, presa del pánico, al tiempo que gritaba a viva voz.

OLGA – ¡Que alguien llame a una ambulancia!

            Gustavo corrió hacia las escaleras más cercanas, dispuesto a reunirse con su familia cuanto antes, ahora que el peligro más inminente parecía haber cesado, gracias a su actuación, de la que creyó se arrepentiría el resto de su vida. Las sirenas tanto de varios coches de policía como de un par de ambulancias no tardarían en empezar a sonar en la distancia.

3×971 – Blanco

Publicado: 16/06/2015 en Al otro lado de la vida

XVIII. OLGA Y GUSTAVO

La extraña pareja

971

Estadio olímpico Emah, ciudad de Sheol

3 de septiembre de 2008

Gustavo estaba sudando a mares. Sintió cómo una gota de sudor se escurría bajo su axila y recorría sus costillas, acariciándole y refrescándole la piel a su paso. Se recolocó la gorra, que impedía que los rayos del astro rey incidiesen directamente sobre sus ojos, se metió un mechón de su rebelde pelo moreno debajo, y respiró hondo, consciente de que de los siguientes dos tiros dependía obtener el oro o la plata en el campeonato.

Ese día se celebraba la final del campeonato europeo Sub 15 de tiro al arco, y él había conseguido, tras meses de largo esfuerzo, labrarse un puesto entre los finalistas. Ese año Sheol fue la escogida para la sede del campeonato, lo cual se tradujo en una muy buena noticia, puesto que se pudo trasladar sin problemas con su madre y con su hermana, ya que residían a poco más de hora y media en tren de cercanías.

El joven arquero había demostrado una puntería excepcional desde una edad muy temprana, y tanto sus padres como su hermana mayor siempre habían apoyado su afición, incluso cuando ésta tomó un cariz mucho más profesional, lo que implicó más desplazamientos y gasto en material. Su contrincante, una joven de origen asiático que era un año y ocho meses menor que él, había demostrado una pericia inaudita. Sin embargo, él tampoco se había quedado atrás. Si aprovechaba los errores de su ahora última y única contrincante, se llevaría el oro, y con él una gratificación económica que buena falta le hacía a la familia.

Su madre, Agustina, tenía una enfermedad rara, que iba debilitando sus huesos paulatinamente. Se la habían diagnosticado hacía algo más de un lustro, y ni tan siquiera la celebérrima vacuna ЯЭGENЄR había conseguido hacerle frente. El único modo de frenar su acción era con una medicación experimental procedente de los Estados Unidos, pero con ello tan solo se conseguía ralentizar el deterioro, que no pararlo. Su esperanza de vida era de unos quince años, y en cualquier caso acabaría postrada en la cama, sin poder moverse. Dicha medicación era excepcionalmente cara, al menos para el estatus de la familia. Por ello Gustavo estaba tan nervioso, pues no sólo se jugaba su prestigio, sino una gratificación económica que podría garantizar a su madre al menos ocho meses más de medicación.

El joven arquero se dio media vuelta y echó un vistazo a las gradas. Ahí había al menos medio millar de personas, sin contar con la prensa internacional y todo el séquito de entrenadores y los demás participantes que habían sido eliminados. Fijó la vista hasta discernir entre la multitud, en la segunda fila, a su madre y a su hermana. Olga estaba en pie, saludándole, agitando un brazo en el aire, gritando palabras de ánimo que Gustavo no alcanzó a interpretar dada la generosa distancia que les separaba y el ruido de voces que reinaba en el ambiente. Agustina estaba junto a ella, sentada en su silla de ruedas, en un lugar especial habilitado para minusválidos. Ahora los huesos de sus piernas eran tan frágiles que los médicos incluso le desaconsejaron el uso de muletas, pero ello no le había impedido desplazarse hasta la gran ciudad a disfrutar del campeonato que estaba disputando su hijo pequeño. El cabeza de familia, Jacinto, no pudo asistir porque estaba trabajando fuera.

La de Olga y Gustavo era una familia muy humilde. Bien avenida, pero de muy escasos recursos. Dado su delicado estado de salud, Agustina no trabajaba, y percibía una ridícula pensión, que debían complementar con el trabajo de Jacinto, que era transportista. Pero aún así, los ingresos eran insuficientes para cubrir los gastos del día a día y la costosa medicación de Agustina. Olga había tenido que renunciar a su carrera universitaria para contribuir económicamente, y trabajaba en una tienda de equipamiento deportivo desde recién cumplidos los dieciocho, hacía ahora algo menos de dos años. Por fortuna, la final del campeonato de su hermano había coincidido con el inicio de sus quince días de vacaciones tras la campaña de verano, por lo que pudo permitirse acompañarle.

El joven arquero cerró los ojos y trató de concentrarse. Si hacía diana de nuevo, empataría a aquella niña de origen chino. Trató de abstraerse de todo cuanto le rodeaba, miró la diana, y preparó la flecha. Lo había hecho miles de veces; nada tenía por qué salir mal. No obstante, era tanto lo que se jugaba, que pocas veces había estado tan nervioso como lo estaba ahora. Tensó el arco, dejando la mente en blanco, y apuntó hacia la diana, que estaba apoyada en su trípode de madera, sobre el prístino y recién segado césped. Mantuvo la tensión y el pulso unos segundos, y finalmente disparó. La flecha dio en el blanco, aunque algo desviada del centro del minúsculo círculo interior.

Gustavo escuchó unos gritos a su espalda, sin duda vítores de ánimo de los espectadores o abucheos de los familiares de los contrincantes a quienes había abatido sin piedad. Ahora todo se reducía a ese último tiro. Si conseguía volver a hacer diana, todo el esfuerzo habría valido la pena. De lo contrario, se habría fallado tanto a sí mismo como a su madre. Los gritos no cesaban y Gustavo frunció el ceño, enojado. Se suponía que debían mantener un cierto nivel de silencio para que él pudiese concentrarse en tan delicada tarea. Pero no le dio importancia, y ello no le hizo girarse. El joven arquero tenía muy claro lo que debía hacer, y nada ni nadie le harían cambiar de opinión. Sacó una nueva flecha del carcaj, la colocó en su hendidura, tensó el arco, apuntó, y sin pensárselo dos veces, disparó a la nueva diana. En esta ocasión el blanco fue incluso más limpio que la anterior.

Gustavo había ganado el campeonato. Los gritos se intensificaron aún más, sin duda jaleando su éxito. Con una radiante sonrisa se giró a toda prisa, pero ésta se le heló en el rostro. La grada estaba prácticamente vacía, y había gente gritando por doquier, unos pisándose a los otros por abandonar los lugares que hasta hacía un escaso minuto habían ocupado. Su mirada se dirigió irremisiblemente hacia la parcela en la que debían encontrarse su hermana y su madre. Y efectivamente: ahí estaban ambas. Olga estaba tumbada boca arriba sobre dos de los asientos, en apariencia dormida. Su madre seguía en el mismo lugar, sobre su silla. Había una mujer anciana, con un moño cano medio deshecho, abalanzada sobre ella, que agitaba los brazos tratando de quitársela de encima. Gustavo era incapaz de entender lo que estaba ocurriendo.

3×970 – Taxi

Publicado: 09/06/2015 en Al otro lado de la vida

970

 

Ambulancia de camino al hospital Shalom de Sheol

29 de agosto de 2008

 

El repetitivo sonido de la sirena estaba a punto de volverle loco. Guillermo se hallaba sentado en la parte trasera de la ambulancia, sujeto por el cinturón de seguridad más extraño e incómodo que había visto jamás. Hacía cinco minutos que había abandonado Etzel, y con él a su hermana. Ella aún permanecía sentada en el escalón de acceso a su portal, destrozada, con la mirada perdida en el infinito, recorriendo una y otra vez con la memoria la trágica escena que había protagonizado con su padre, que acabó con el cadáver que ahora Guillermo tenía frente a sí, manchando de sangre aquella sábana de color blanco nuclear, herencia de la horrible herida que le cubría media cara.

            Guillermo tenía la mirada gacha, y estudiaba con detenimiento sus zapatos. Eran de ante, de color beige. La puntera de pie izquierdo lucía una irregular salpicadura de sangre, algo parecido a una constelación. Recorría con la mirada los puntitos rojos una y otra vez, trazando líneas imaginarias, esforzándose por abstraer su mente de la atroz realidad que le envolvía. Aunque no tuvo demasiado éxito.

            El técnico sanitario necesitó asirle del hombro para que reaccionase. Ya habían llegado al hospital, pero Guillermo no se había enterado.

TÉCNICO SANITARIO – Necesito que salga. Vamos a bajar la camilla.

GUILLERMO – ¿Y yo qué hago ahora?

TÉCNICO SANITARIO – Vaya con mi compañera, ella le dirá lo que tiene que hacer.

            Guillermo asintió, y siguió a aquella alta doctora, que debía tener la misma edad que hubiese tenido su madre a esas alturas, si aún conservase la vida, por interminables pasillos hasta una pequeña sala con varias sillas ancladas al suelo, con manchas grasientas en forma de elipse en la pared, sobre los respaldos. Ahí se quedó esperando cerca de veinte minutos, en absoluto silencio y sin más compañía que el tintineo ocasional de uno de los fluorescentes del techo, hasta que aquella mujer volvió y le entregó varios documentos con la marca de agua del logotipo del hospital.

DOCTORA SEGURA – Tiene que firmar aquí, aquí y aquí.

            Guillermo lo firmó todo sin leer una sola palabra. Quería salir de ahí cuanto antes. Estaba empezando a agobiarse, y no quería que nadie le viese llorar.

GUILLERMO – ¿Hace… hace falta que haga algo más?

DOCTORA SEGURA – Por ahora no. Nosotros nos haremos cargo de todo. Esta noche la pasará aquí… su padre. Mañana a primera hora acérquese al tanatorio con los papeles que le ha dado mi compañera. Ellos le dirán lo que tiene que hacer. Lamento su pérdida.

GUILLERMO – Gra… gracias.

            La doctora asintió, y desapareció por la misma puerta por la que había salido hacía menos de un minuto. Guillermo se levantó y caminó arrastrando los pies pasillo abajo, siguiendo las señales de color verde que indicaban el camino a seguir hacia la salida.

Las puertas automáticas del vestíbulo de entrada se abrieron a su paso, y él se encontró en mitad de una gran avenida con una vía de servicio en forma de media luna iluminada por media docena de farolas. Caminó hasta la carretera y entonces cayó en la cuenta de que se había dejado el coche en Sheol, a mitad de camino entre el restaurante chino y el ático de su hermana. Se tanteó el bolsillo; las llaves seguían ahí, aunque de poco le servirían. Pasaba la una de la madrugada, y su casa estaba a más de seis kilómetros de ahí. Por fortuna esa era una zona muy concurrida de Sheol, una de las mayores metrópolis del país, y no le costó trabajo dar con un taxi.

Tan solo le hizo falta levantar la mano, y el taxista enseguida aminoró la marcha. Guillermo se acercó al vehículo, que se había parado junto a una papelera, con los cuatro intermitentes en funcionamiento. Abrió la puerta de atrás y se sentó. Suspiró largamente, mientras olisqueaba el ambiente. Un olor dulzón a perfume barato delataba que la última persona que había subido era una mujer.

TAXISTA – ¿A dónde le llevo?

            El sentido común le dictaba que debía volver a Etzel a reunirse con su hermana, o al menos buscar su coche y volver a casa, pues ya era muy tarde y probablemente ella estaría durmiendo. No obstante, las palabras se quedaron atoradas en su garganta, negándose a salir. Un pensamiento que había enterrado en su subconsciente durante décadas acabó por volver a la luz, en el momento más inoportuno. Guillermo era plenamente consciente de que si no lo hacía ahora no lo haría jamás. Ya había echado a perder esa misma oportunidad anteriormente, y eso era algo de lo que se había arrepentido todos y cada uno de sus días desde ese momento. Era la última carta que le quedaba por jugar. Al fin y al cabo, aún se encontraba en la primera fase del duelo; la negación, y él tenía a su disposición algo de lo que carecían el resto de los mortales. Guillermo respiró hondo, cerró los ojos, y se tiró a la piscina. Sabía que si lo meditaba a fondo, aunque sólo fuese durante un minuto, volvería a echarse atrás.

GUILLERMO – A los laboratorios ЯЭGENЄR.

            El taxista le miró por el retrovisor, con el ceño ligeramente fruncido. Estaba acostumbrado a que sus clientes le indicasen destinos atípicos, sobre todo entrada la madrugada, pero Guillermo le había sorprendido genuinamente.

TAXISTA – ¿A los laboratorios, a estas horas?

GUILLERMO – ¿Tiene algún problema? Porque puedo coger otro taxi.

            Guillermo hizo el amago de abrir la puerta para salir, y el taxista se apresuró a convencerle de lo contrario, temeroso de perder la carrera, pues los laboratorios estaban en el otro extremo de la ciudad y le saldría rentable.

TAXISTA – No. En absoluto. A los laboratorios se ha dicho. Faltaría más.

            El taxista puso en marcha el taxímetro, accionó el intermitente, y se incorporó a la vía. Guillermo se quedó mirando por la ventanilla. Mirando pero sin ver. Su cabeza estaba a años luz de ahí. La suerte estaba echada.

3×969 – Chino

Publicado: 06/06/2015 en Al otro lado de la vida

969

Restaurante chino La gran muralla, Etzel

29 de agosto de 2008

Un hombre chino, delgado, y con mucho nervio, salió de espaldas por la puerta de la cocina del restaurante, con un casco en el antebrazo, sujetando dos bolsas blancas llenas de fiambreras de plástico con comida china caliente. Las dejó sobre el mostrador, sin soltar el casco, y echó un vistazo a los tickets que tenían grapadas. Cogió una de ellas y se acercó a la mesa en la que esperaban Guillermo y José desde hacía poco más de diez minutos.

CHEUNG – Son veintitles con sincuenta y seis.

Guillermo echó mano de su cartera y sacó un billete de veinte y otro de cinco. Se los entregó a aquél hombre, que parecía tener mucha prisa por salir de ahí. Cheung abrió la caja registradora que tenía al lado y empezó a hurgar en los cubilotes de las monedas. Tan pronto Guillemo escuchó el característico tintineo metálico, le hizo un gesto con la mano, invitándole a no devolverle el cambio.

CHEUNG – Glasias. Que aploveche.

Aquél curioso hombrecillo hizo una leve inclinación de cabeza, agarró la otra bolsa que había dejado sobre el mostrador y salió a toda prisa pasillo abajo, para desaparecer segundos después por la puerta de entrada. De fondo se oyó el amortiguado sonido del motor de una motocicleta.

Guillermo se levantó de la silla, agarró la bolsa y se dirigió a su padre, que tenía la mirada perdida en una pecera llena de carpas que había a escasos metros de ahí. Parecía hipnotizado por aquélla folklórica música ambiental oriental.

GUILLERMO – Venga, vamos. Que todavía tenemos que pasar por la pastelería.

José levantó la mirada y observó a su primogénito, con el ceño ligeramente fruncido.

JOSÉ – No sé ni por qué te he hecho caso.

GUILLERMO – Porque sabes que es lo correcto. Y porque ni siquiera te presentaste al funeral de Enrique.

JOSÉ – ¡Pero si no llegué a conocerle!

GUILLERMO – ¿Y eso de quién es culpa?

JOSÉ – De tu hermana, que es demasiado orgullosa para…

GUILLERMO – ¿Otra vez? ¡Será posible! ¿En qué habíamos quedado? Hoy no os quiero oír discutir, a ninguno de los dos.

JOSÉ – Si es que vamos a volver a discutir. Ya conoces a tu hermana, con ella no se puede hablar.

GUILLERMO – Haz un esfuerzo. Intenta contenerte. Ella lo está pasando muy mal, ahora.

JOSÉ – Bárbara es joven, y es muy guapa. Ya encontrará a otro.

Guillermo chistó con la lengua. Llevaba insistiéndole a su padre desde hacía un par de semanas para ir a ver a Bárbara, pero él siempre había encontrado una excusa u otra para aplazarlo. No obstante, él en ningún momento se dio por vencido. Aprovechando el reciente estreno del ático de la profesora, y el hecho de que era viernes y su padre tenía la costumbre de abandonar los laboratorios algo más pronto que el resto de la semana, consiguió al fin convencerle para ir a hacerle una visita. Bárbara pasaba  por una de las peores etapas de su vida, y Guillermo estaba convencido que sólo con el apoyo de su familia conseguiría salir adelante. Si conseguía que padre e hija se reconciliasen, al menos la muerte de Enrique habría servido para algo.

GUILLERMO – Venga, levántate.

José resopló, y ambos abandonaron el restaurante chino. Pasaron por una pastelería y se llevaron un postre helado de menta y chocolate, uno de los favoritos de Bárbara. Acto seguido se dirigieron al piso que ella y Enrique habían escogido para comenzar su vida en común. Al pasar junto al estanque de los cisnes José se quejó por enésima vez de que estaba agotado de tanto caminar. José detestaba Etzel, y estaba acostumbrado a ir a todos lados en coche.

Ambos pararon frente al paso de peatones, y Guillermo hizo un gesto al edificio que tenían justo delante, uno de reciente construcción en un polígono fruto del boom inmobiliario de finales de los setenta, herencia del vertiginoso crecimiento industrial de Sheol, de la que Etzel nació como ciudad satélite.

JOSÉ – ¿Es aquí donde vive tu hermana?

GUILLERMO – ¿No te gusta?

José negó con la cabeza, con el labio superior ligeramente levantado.

JOSÉ – La casa del paseo muriéndose de asco, y tu hermana se compra un pisucho en este barrio de mala muerte. Además en Etzel. Y luego quieres que no me enfade con ella.

GUILLERMO – Papa, por Dios. ¿En qué habíamos quedado?

JOSÉ – Vale, vale… Ya me callo. Está claro que yo no puedo abrir la boca.

Aprovechando que entraba un chaval joven, de unos dieciséis años, accedieron al portal sin necesidad de picar al timbre. El chico llevaba unos auriculares puestos, pero aún así, la estridente música rock que estaba escuchando se oía claramente. Subieron los tres en el angosto ascensor, que se impregnó del característico olor a comida china, mientras el chico movía la cabeza acompañando al ritmo de la música y tarareaba en voz baja. Al abrirse la puerta, corrió hacia la puerta primera del rellano y presionó repetidas veces el timbre hasta que una mujer de elevado sobrepeso, ataviada con un moño y un delantal, le abrió y le riñó por llegar tan tarde, argumentando que la cena ya se le había enfriado.

Guillermo se dirigió a la puerta opuesta, y antes de presionar el botón del timbre, se dirigió de nuevo a su padre.

GUILLERMO – Vamos a llevarnos bien todos, por lo menos hoy. ¿Me lo prometes?

JOSÉ – Que sí, pesado. Hoy no habrá discusiones.

GUILLERMO – Eso espero.

Guillermo presionó el timbre. Ambos escucharon con claridad el sonido del otro lado de la puerta. Esperaron pacientemente, pero nadie respondió. José paseó la mirada por el rellano. No pareció darle la menor importancia al hecho de que las barandillas que separaban las escaleras de aquél agujero vertical de casi quince metros de altura a duras penas le llegase al ombligo. Guillermo presionó de nuevo el timbre. El resultado fue idéntico.

JOSÉ – Quizá no está en casa. ¿Tú la has llamado?

GUILLERMO – No. Era una sorpresa.

JOSÉ – ¿Y para eso me arrastras hasta aquí?

GUILLERMO – Espera…

Lo intentó por tercera vez, en esta ocasión con mayor insistencia. Entonces se escuchó un arrastrar de pies y el característico sonido de unos cerrojos descorriéndose. La puerta se abrió, y ambos hermanos quedaron cara a cara. Bárbara iba despeinada, vestida con una camiseta vieja y unas mallas negras. Lucía unas imponentes ojeras, más pronunciadas de lo por otra parte ya habitual en ella. Pese a tener ambas manos ocupadas; la una con una botella de vino y la otra con el pastel helado, Guillermo la abrazó emotivamente, sin necesidad de mediar palabra. A la profesora se le escapó una lágrima. Al abrir los ojos de nuevo, descubrió a su padre esperando junto a la puerta del ascensor, con la bolsa blanca con el logotipo del restaurante chino sujeta con ambas manos. Bárbara se quedó con la boca abierta, sin saber cómo reaccionar. Resultaba evidente que no esperaba una visita suya. No obstante, les abrió las puertas de su casa a ambos, disculpándose por el desorden, y cerró tras de sí.

3×968 – Pésame

Publicado: 02/06/2015 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 2

Cortar en juliana un par de manojos de mala suerte

968

 

Avenida Darash, ciudad de Sheol

7 de agosto de 2008

 

Guillermo respiró hondo, y presionó el botón que había junto al cartel que rezaba 5º3ª. Era una calurosa tarde de verano, y él estaba sudando bajo la americana. Una voz distorsionada sonó al otro lado del telefonillo. Él la distinguió enseguida.

COSME – ¿Sí?

GUILLERMO – Es… Soy Guillermo. Vengo a buscar a Guille, no sé si Estefanía te ha…

COSME – Ah, sí. Sí, sí. Sube.

            Guillermo escuchó aquél característico sonido y empujó la puerta que tenía frente a sí. Abandonó la ajetreada calle y accedió al portal del bloque de pisos en el que vivían su hijo, su ex mujer, y el que era su actual esposo. Cruzó el estrecho pasillo y se miró en el enorme espejo que ocupaba la mayor parte de la pared izquierda. Iba vestido de negro de arriba abajo, muy elegante, pero muy poco acorde a la época del año. Se arregló un poco el pelo, se mesó el bigote, y subió al ascensor en el más estricto de los silencios.

            Tan pronto llegó al quinto piso y la puerta del ascensor se abrió de nuevo, Guille se abalanzó sobre él y le abrazó. Guillermo sonrió y le dio un par de besos. Pese al divorcio, y aunque no se veían tanto como él hubiese querido, no habían perdido ni un ápice de complicidad. Su hijo le idolatraba. Él también iba vestido de negro, pero se notaba que era algo mucho más improvisado. Cosme estaba en el umbral de la puerta, observándoles. Era un hombre muy alto y robusto, pero con cara de no haber roto un plato en su vida.

COSME – Pasa, hombre, no te quedes ahí.

            Guillermo asintió brevemente, y acompañó a su hijo al interior de la vivienda. Siempre se sentía incómodo en presencia de Cosme, aunque debía reconocer que aquél hombretón jamás le había dado el menor motivo para ello. Guillermo tomó asiento en el sofá mientras buscaba con la mirada, sin éxito, a Estefanía.

GUILLERMO – Siento venir tan de sopetón. Sé que no me toca hasta Septiembre, pero…

COSME – No… ya me lo ha contado todo Estefanía. Siento mucho lo de tu hermana, de verdad. Dale condolencias de nuestra parte.

            Guillermo asintió, algo distraído, mientras buscaba de nuevo a su ex mujer con el mentón levantado, visiblemente incómodo. Guille se había puesto a hojear un tebeo que había sobre la mesilla del salón.

COSME – ¿Quieres tomar algo?

GUILLERMO – No. Es que… el funeral es de aquí media hora, y… me gustaría llegar un poco antes.

COSME – Lo entiendo. ¡Estefanía!

            Ambos se giraron hacia la puerta que comunicaba con el pasillo de las habitaciones. De ahí apareció la que fuera esposa de Guillermo durante casi una década, relación de la cual había nacido Guille, su primogénito y único hijo.

            Estefanía estaba embarazadísima. Cualquiera hubiera podido jurar que daría a luz de un momento a otro, dándole una hermana al pequeño Guille. Lucía la misma cara de pocos amigos que había mostrado siempre en su presencia desde antes incluso de pedirle el divorcio. No obstante, seguía igual que el día que la conoció, y el embarazo no hacía más que potenciar su belleza natural.

ESTEFANÍA – Buenas tardes.

            Guillermo se levantó y respiró hondo. La tensión que compartían era evidente, pero ambos se esforzaban por ser diplomáticos, al menos en presencia de Guille.

GUILLERMO – Muy buenas. Estás… Madre mía. ¿Cuándo… cuándo sales de cuentas?

ESTEFANÍA – Mañana.

            Un silencio incómodo se apoderó del salón.

GUILLERMO – Está… ¿Está listo ya, el niño? ¿Puedo…?

            Su ex mujer echó un vistazo al chaval, le colocó bien un mechón de pelo rebelde que tenía en la coronilla, y asintió.

ESTEFANÍA – Ya os podéis ir. Pero no lo traigas muy tarde a casa. Quiero que cene aquí. ¿Vale?

            Guillermo asintió.

GUILLERMO – No tranquila. Si… no nos quedaremos mucho. Venga, vente, campeón.

            Guille corrió hacia su padre, y ambos se dirigieron a la puerta de entrada. Se despidieron, y subieron juntos al ascensor.

GUILLERMO – ¿Te ha contado tu madre a donde vamos?

GUILLE – Sí. Vamos a ver a la tita.

GUILLERMO – ¿Pero te ha dicho por qué vamos a verla?

            El niño asintió, algo tímido. Esa fuera respuesta suficiente para su padre.

GUILLERMO – Ahí donde vamos tienes que comportarte. ¿Entendido? Va a haber mucha gente que no conoces, y estarán todos muy tristes. Quiero que estés quietecito y callado. Nosotros vamos a acompañar a la tita, que está pasando un mal rato.

            El chaval asintió de nuevo, con entusiasmo y convicción.

GUILLERMO – Así me gusta.

            Hicieron juntos un recorrido en coche de apenas cinco minutos hasta llegar a su destino. Aparcaron a un par de manzanas, e hicieron el resto del camino a pie.

Bárbara estaba junto a la puerta de entrada, aislada entre dos grupos de familiares y amigos de Enrique que parloteaban entre sí. Iba vestida de negro de arriba abajo y llevaba puestas unas gafas de sol, algo harto antinatural en ella, que ocultaban sus ojos hinchados y enrojecidos por el llanto. Tenía la mirada perdida entre las colillas que salpicaban la acera, mientras no paraba de dar vueltas a su anillo de pedida. En cuanto vio a su hermano, corrió a su encuentro. Ambos se abrazaron, y la profesora empezó a llorar apoyada en su hombro. No hicieron falta palabras. Él acarició su espalda, e invitó al pequeño a sumarse al abrazo.

BÁRBARA – Muchas gracias por venir. Lo necesitaba.

            Guillermo le secó una lágrima con el dedo índice, y le dio un sonoro beso en la mejilla. Bárbara se quitó las gafas y se dirigió al pequeño, regalándole una sonrisa.

BÁRBARA – Gracias a ti también.

GUILLE – Siento mucho lo que…

            Bárbara asintió, ahorrándole tener que ahondar en el tema.

BÁRBARA – Lo sé, cariño.

GUILLERMO – ¿Vamos entrando?

BÁRBARA – Sí… Ya no creo que tarden mucho en empezar.

Cruzaron las puertas del tanatorio, donde en pocos minutos se celebraría el sepelio del que fuera su prometido. Los tres ignoraban cuán pronto volverían a reunirse bajo ese mismo techo.