3×969 – Chino

Publicado: 06/06/2015 en Al otro lado de la vida

969

Restaurante chino La gran muralla, Etzel

29 de agosto de 2008

Un hombre chino, delgado, y con mucho nervio, salió de espaldas por la puerta de la cocina del restaurante, con un casco en el antebrazo, sujetando dos bolsas blancas llenas de fiambreras de plástico con comida china caliente. Las dejó sobre el mostrador, sin soltar el casco, y echó un vistazo a los tickets que tenían grapadas. Cogió una de ellas y se acercó a la mesa en la que esperaban Guillermo y José desde hacía poco más de diez minutos.

CHEUNG – Son veintitles con sincuenta y seis.

Guillermo echó mano de su cartera y sacó un billete de veinte y otro de cinco. Se los entregó a aquél hombre, que parecía tener mucha prisa por salir de ahí. Cheung abrió la caja registradora que tenía al lado y empezó a hurgar en los cubilotes de las monedas. Tan pronto Guillemo escuchó el característico tintineo metálico, le hizo un gesto con la mano, invitándole a no devolverle el cambio.

CHEUNG – Glasias. Que aploveche.

Aquél curioso hombrecillo hizo una leve inclinación de cabeza, agarró la otra bolsa que había dejado sobre el mostrador y salió a toda prisa pasillo abajo, para desaparecer segundos después por la puerta de entrada. De fondo se oyó el amortiguado sonido del motor de una motocicleta.

Guillermo se levantó de la silla, agarró la bolsa y se dirigió a su padre, que tenía la mirada perdida en una pecera llena de carpas que había a escasos metros de ahí. Parecía hipnotizado por aquélla folklórica música ambiental oriental.

GUILLERMO – Venga, vamos. Que todavía tenemos que pasar por la pastelería.

José levantó la mirada y observó a su primogénito, con el ceño ligeramente fruncido.

JOSÉ – No sé ni por qué te he hecho caso.

GUILLERMO – Porque sabes que es lo correcto. Y porque ni siquiera te presentaste al funeral de Enrique.

JOSÉ – ¡Pero si no llegué a conocerle!

GUILLERMO – ¿Y eso de quién es culpa?

JOSÉ – De tu hermana, que es demasiado orgullosa para…

GUILLERMO – ¿Otra vez? ¡Será posible! ¿En qué habíamos quedado? Hoy no os quiero oír discutir, a ninguno de los dos.

JOSÉ – Si es que vamos a volver a discutir. Ya conoces a tu hermana, con ella no se puede hablar.

GUILLERMO – Haz un esfuerzo. Intenta contenerte. Ella lo está pasando muy mal, ahora.

JOSÉ – Bárbara es joven, y es muy guapa. Ya encontrará a otro.

Guillermo chistó con la lengua. Llevaba insistiéndole a su padre desde hacía un par de semanas para ir a ver a Bárbara, pero él siempre había encontrado una excusa u otra para aplazarlo. No obstante, él en ningún momento se dio por vencido. Aprovechando el reciente estreno del ático de la profesora, y el hecho de que era viernes y su padre tenía la costumbre de abandonar los laboratorios algo más pronto que el resto de la semana, consiguió al fin convencerle para ir a hacerle una visita. Bárbara pasaba  por una de las peores etapas de su vida, y Guillermo estaba convencido que sólo con el apoyo de su familia conseguiría salir adelante. Si conseguía que padre e hija se reconciliasen, al menos la muerte de Enrique habría servido para algo.

GUILLERMO – Venga, levántate.

José resopló, y ambos abandonaron el restaurante chino. Pasaron por una pastelería y se llevaron un postre helado de menta y chocolate, uno de los favoritos de Bárbara. Acto seguido se dirigieron al piso que ella y Enrique habían escogido para comenzar su vida en común. Al pasar junto al estanque de los cisnes José se quejó por enésima vez de que estaba agotado de tanto caminar. José detestaba Etzel, y estaba acostumbrado a ir a todos lados en coche.

Ambos pararon frente al paso de peatones, y Guillermo hizo un gesto al edificio que tenían justo delante, uno de reciente construcción en un polígono fruto del boom inmobiliario de finales de los setenta, herencia del vertiginoso crecimiento industrial de Sheol, de la que Etzel nació como ciudad satélite.

JOSÉ – ¿Es aquí donde vive tu hermana?

GUILLERMO – ¿No te gusta?

José negó con la cabeza, con el labio superior ligeramente levantado.

JOSÉ – La casa del paseo muriéndose de asco, y tu hermana se compra un pisucho en este barrio de mala muerte. Además en Etzel. Y luego quieres que no me enfade con ella.

GUILLERMO – Papa, por Dios. ¿En qué habíamos quedado?

JOSÉ – Vale, vale… Ya me callo. Está claro que yo no puedo abrir la boca.

Aprovechando que entraba un chaval joven, de unos dieciséis años, accedieron al portal sin necesidad de picar al timbre. El chico llevaba unos auriculares puestos, pero aún así, la estridente música rock que estaba escuchando se oía claramente. Subieron los tres en el angosto ascensor, que se impregnó del característico olor a comida china, mientras el chico movía la cabeza acompañando al ritmo de la música y tarareaba en voz baja. Al abrirse la puerta, corrió hacia la puerta primera del rellano y presionó repetidas veces el timbre hasta que una mujer de elevado sobrepeso, ataviada con un moño y un delantal, le abrió y le riñó por llegar tan tarde, argumentando que la cena ya se le había enfriado.

Guillermo se dirigió a la puerta opuesta, y antes de presionar el botón del timbre, se dirigió de nuevo a su padre.

GUILLERMO – Vamos a llevarnos bien todos, por lo menos hoy. ¿Me lo prometes?

JOSÉ – Que sí, pesado. Hoy no habrá discusiones.

GUILLERMO – Eso espero.

Guillermo presionó el timbre. Ambos escucharon con claridad el sonido del otro lado de la puerta. Esperaron pacientemente, pero nadie respondió. José paseó la mirada por el rellano. No pareció darle la menor importancia al hecho de que las barandillas que separaban las escaleras de aquél agujero vertical de casi quince metros de altura a duras penas le llegase al ombligo. Guillermo presionó de nuevo el timbre. El resultado fue idéntico.

JOSÉ – Quizá no está en casa. ¿Tú la has llamado?

GUILLERMO – No. Era una sorpresa.

JOSÉ – ¿Y para eso me arrastras hasta aquí?

GUILLERMO – Espera…

Lo intentó por tercera vez, en esta ocasión con mayor insistencia. Entonces se escuchó un arrastrar de pies y el característico sonido de unos cerrojos descorriéndose. La puerta se abrió, y ambos hermanos quedaron cara a cara. Bárbara iba despeinada, vestida con una camiseta vieja y unas mallas negras. Lucía unas imponentes ojeras, más pronunciadas de lo por otra parte ya habitual en ella. Pese a tener ambas manos ocupadas; la una con una botella de vino y la otra con el pastel helado, Guillermo la abrazó emotivamente, sin necesidad de mediar palabra. A la profesora se le escapó una lágrima. Al abrir los ojos de nuevo, descubrió a su padre esperando junto a la puerta del ascensor, con la bolsa blanca con el logotipo del restaurante chino sujeta con ambas manos. Bárbara se quedó con la boca abierta, sin saber cómo reaccionar. Resultaba evidente que no esperaba una visita suya. No obstante, les abrió las puertas de su casa a ambos, disculpándose por el desorden, y cerró tras de sí.

Anuncios
comentarios
  1. Betty dice:

    Y aquí empezó a torcerse todo…

  2. battysco dice:

    Me ha gustado especialmente la mención a la barandilla 😉

    He encontrado algunos errores David:

    Cuando sale el chico del ascensor dices que
    “Corrió hacia puerta primera”.

    Respecto a Bárbara “Lucía unas ojeras más pronunciadas de lo por otra parte ya habitual en ella”

    JOSÉ – Al igual no está en casa. ¿Tú la has llamado? Ese “al igual” me suena raro, pero quizás sea correcto no lo sé.

    Espero ayudarte. Un saludo!

    Sonia.

    • Muchas gracias por las correcciones. Este capítulo lo colgué recién escrito y no tuve ocasión de revisarlo varias veces, como acostumbro. Estoy trabajando más que nunca y con los preparativos de la reforma no tengo tiempo. Con decirte que aún no he escrito el capítulo del martes que viene… Intentaré mantenerme al día con las colgadas, aunque sea así in expremis, y cuando tenga algo más de tiempo, le pegaré un buen empujón. Al fin y al cabo, tengo guión preparado de capítulos nuevos hasta septiembre. Gracias por vuestra paciencia. 🙂

      David.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s