3×972 – Verdugo

Publicado: 20/06/2015 en Al otro lado de la vida

972

 

Estadio olímpico Emah, ciudad de Sheol

3 de septiembre de 2008

 

Los gritos de auxilio se mezclaban con los de pánico. Al parecer, aquella maldita anciana que estaba golpeando a su madre no era la única que había perdido el juicio esa calurosa mañana, pues había otro corrillo a escasos cincuenta metros de su familia, varias gradas más arriba, en el que ocurría algo similar, aunque ello parecía más una pelea entre hooligans, a juzgar por la violencia, los insultos a voz en grito y el número de implicados. Los espectadores seguían huyendo despavoridos. Pocos se molestaron en auxiliar a quienes habían resultado heridos durante la estampida original, muchos de los cuales se alejaban, renqueantes, del lugar en el que se estaba produciendo aquél inusitado brote de violencia gratuita.

            Gustavo creyó ver un estallido de sangre por el rabillo del ojo, pero no le prestó la menor atención, y corrió a auxiliar a su madre y a su hermana. Se dirigió hacia la porción de grada en la que ellas se encontraban, a unos cuatro metros por encima del nivel del suelo que él pisaba, ignorante de que para poder alcanzarlas debía dar un rodeo de más de cincuenta metros hasta la escalera más cercana. Los golpes iracundos que estaba recibiendo su madre de manos de aquélla vieja loca le habían trastocado por completo, y ahora no era capaz de ver nada más, ni siquiera la niña de origen chino a la que había abatido hacía menos de un minuto, que se había agarrado a la espalda de su entrenadora, y estaba intentando morderle el cuello.

GUSTAVO – ¡Eh!

            El joven arquero frenó a escasos tres metros del extremo de la pista, donde se encontraban aquellos grandes carteles publicitarios que invitaban a los espectadores a refrescar sus gaznates con cierto refresco de cola centenario.

GUSTAVO – ¡Haz el favor de parar! ¿¡Qué coño haces!?

            Aquella mujer de pelo cano paró por un momento de golpear a Agustina, y se giró hacia la fuente de los gritos. Su mirada se cruzó con la de Gustavo. Esa fue la primera vez que el joven arquero vio los ojos inyectados en sangre de una de aquellas bestias, y fue realmente consciente de que lo que ahí estaba ocurriendo no respondía a ninguna de las pautas de la realidad que él conocía. Nada de eso tenía sentido para él.

La anciana se volvió a dar media vuelta y agarró a su madre del pelo, zarandeándola y tratando de morderla. Agustina trató en vano de protegerse de sus envites, con las pocas fuerzas que le quedaban. Para esos entonces tenía ya una ceja rota, al igual que el labio inferior y el radio del brazo derecho, amén de un feo moratón en la mejilla que palpitaba y crecía por momentos.

Gustavo no pudo soportarlo más. Eran muchos los ojos que le observaban, pero él no le dio la menor importancia. Se llevó una mano a la espalda y sacó una nueva flecha del carcaj. Aún le quedaba media docena.

GUSTAVO – ¡Para de una vez o disparo!

            La mujer del pelo cano no le hizo el menor caso en esta ocasión. El joven arquero no se lo pensó dos veces y preparó la flecha. Sabía que la primera norma de ese noble deporte era no apuntar jamás a un ser humano, bajo ningún concepto, pero no le importó lo más mínimo.

GUSTAVO – ¡Te juro por Dios que voy a disparar como no pares inmediatamente!

            Un grito agónico de su madre pidiendo auxilio acabó de convencerle de que debía hacerlo. Tensó un poco más el arco, y disparó. La flecha se clavó un centímetro por debajo del omoplato de la anciana. La anciana se llevó una mano al costado, manchándosela de su propia sangre en el proceso, la observó durante un segundo, y prosiguió con su tarea, como si nada hubiera ocurrido. Gustavo no daba crédito a lo que le decían sus ojos. Aquella mujer debía estar retorciéndose de dolor en el suelo, y más bien parecía que hubiese recibido una caricia. En esos momentos Olga empezó a recobrar el conocimiento, tras el fuerte golpe que había recibido en la cabeza por parte de aquella mujer enferma mientras trataba de auxiliar a su madre.

GUSTAVO – ¡Que pares de una maldita vez!

            Gustavo, con lágrimas en los ojos, no pudo soportarlo más. Agarró una nueva flecha, la colocó, tensó el arco y disparó. Pese a que su madre estaba muy próxima a su objetivo, él sabía muy bien lo que hacía, y la diana fue tanto o más perfecta que la que le hizo ganar el campeonato, si es que eso abrigaba ahora la menor importancia.

            La flecha entró por el mero centro de su nuca, y alcanzó a salir medio palmo de su boca, entre los dientes manchados de la sangre de Agustina. Al parecer eso sí fue suficiente para frenar su ira homicida. La anciana cayó como un saco de patatas sobre la madre de los chicos. Ya no volvería a dañar a nadie más.

Las miradas de los dos hermanos se cruzaron por un instante que a ambos se les antojó una eternidad. En los ojos de Olga se leían al tiempo una gratitud infinita y un reproche inconmensurable. En los de Gustavo tan solo se podía leer el miedo más absoluto.

Olga se abalanzó sobre su madre malherida, echó a un lado no sin mucho esfuerzo el cadáver de aquella maldita mujer que a punto estuvo de acabar con su vida, y contempló apesadumbrada el desaguisado que había protagonizado. Su madre seguía con vida, y consciente, pero su rostro había recibido tantos golpes, y lo que parecían dentelladas, que resultaba espeluznante mirarla a la cara. Olga sintió un nudo en el estómago, y miró en derredor, presa del pánico, al tiempo que gritaba a viva voz.

OLGA – ¡Que alguien llame a una ambulancia!

            Gustavo corrió hacia las escaleras más cercanas, dispuesto a reunirse con su familia cuanto antes, ahora que el peligro más inminente parecía haber cesado, gracias a su actuación, de la que creyó se arrepentiría el resto de su vida. Las sirenas tanto de varios coches de policía como de un par de ambulancias no tardarían en empezar a sonar en la distancia.

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comentarios
  1. gamab dice:

    La reacción de Gustavo me parece lógica y sobretodo su sentimiento de culpabilidad. En la vida real, creo que todos defenderíamos a los nuestros pese a ser conscientes de las consecuencias y luego ya tendríamos tiempo de arrepentirnos. De la cárcel se sale, pero del cementerio no.

    Presiento que va a querer explicarse ante la policía cuando llegue y nadie le hará mucho caso debido a las circunstancias.

  2. battysco dice:

    Buen capítulo!!! Narra una escena que bien podría darse en la realidad, si es que los infectados existiesen.

    Que tengáis una feliz semana.

    Sonia.

  3. Betty dice:

    Saludos Gamad, siempre es un placer contar con otro compañero más por aquí, disfrutando y comentando, sobre la genial Aoldlv 😃

    Efectivamente creo qué todos reaccionaríamos de parecida forma si nos encontráramos en una situación así, tan extrema xD

    Saludos a tod@s

    Betty

    Y esta noche más 😉

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