3×979 – Salvación

Publicado: 14/07/2015 en Al otro lado de la vida

979

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

14 de septiembre de 2008

Jacinto fue el primero en salir del jeep en el que les habían trasladado al campamento. Su primera impresión fue de total desengaño, y enseguida se arrepintió de haber traído consigo a sus hijos a ese lugar, convencido de que ahí estarían mucho más desprotegidos de lo que lo estuvieron en su propia casa.

Él imaginó que les llevarían a un campamento fuertemente vallado, con todas las comodidades imaginables; alimento, agua y abundante personal de seguridad dispuesto a detener a quien quiera que se acercase con la intención de hacerles daño. Sin embargo, les habían traído a una zona yerma de terreno llano, a unos cien metros de la carretera más cercana, junto a una pequeña aunque alta colina coronada por un roble centenario. Por el momento, ahí tan solo habían varios módulos prefabricados, de los que se utilizaban como oficina o sala de descanso en las obras, una carpa de mecano montada y una segunda a medio montar, y un puñado de civiles trabajando en una valla perimetral que más tarde o más temprano acabaría cerrando el perímetro. Le sorprendió especialmente descubrir que eran los civiles quienes se encargaban del trabajo; eso sí, bajo la supervisión de los militares, armados hasta los dientes, que cuidaban que ningún infectado se aproximase.

Jacinto ofreció la mano a su hija, y ésta bajó del jeep, tapándose los ojos con la palma abierta de la mano contraria, a modo de visera. Gustavo dio un salto y se plantó junto a sus familiares, observando cuanto le rodeaba con la boca entreabierta y una expresión mezcla de sorpresa y decepción similar a la de su padre en el rostro. Enseguida les guiaron, a ellos tres y a las otras veinte personas con las que habían hecho el trayecto desde Midbar embutidos en la parte trasera del jeep, y les ofrecieron un generoso desayuno en la carpa que había a medio montar, junto a una pequeña agrupación de pinos, en la que había instaladas tres largas mesas. Ahí fue donde les explicaron pormenorizadamente lo que harían en adelante, mientras devoraban con gusto y quizá excesivo entusiasmo, el banquete de bienvenida.

El monólogo del sargento no daba pie a réplica, ni siquiera a interrupción. Les explicó lo que debían hacer, tal como daría una orden a cualquiera de sus subordinados. Serían ellos quienes se encargarían de levantar el campamento, junto con los demás civiles que ya habían pasado en él la primera noche, y todos cuantos pudieran seguir rescatando de las garras de los infectados de la maltrecha Midbar. Disponían de todo el material necesario, pero la responsabilidad era exclusivamente de ellos. Los militares se limitarían a asegurar su propia protección y la de los civiles.

El plan era realmente ambicioso: construirían tres naves dormitorio con espacio para más de quinientas personas, la carpa del comedor, la que aún estaba a medio montar, los servicios higiénicos, la enfermería, las dependencias de los soldados y sus familiares, e incluso un pequeño huerto. Ellos mismos se encargarían de cocinar, lavar la ropa y mantenerlo todo limpio y ordenado. El único y verdadero aliciente, amén de saberse protegidos por todos aquellos hombres y mujeres armados, era que disponían de una alacena rebosante de alimento, de la reserva para emergencias internacionales del ejército, por lo cual no tendrían que volver a preocuparse jamás a ese respecto. Y en el caso que a largo plazo ésta se extinguiese, si la crisis en el país no se resolvía las próximas semanas, los propios soldados harían redadas periódicas hacia los núcleos urbanos para reabastecerse.

Jacinto sintió una sensación agridulce. El destino que les pintaban era realmente halagüeño, pero él no se sentiría tranquilo hasta saber a sus hijos realmente protegidos por unos muros que aquellas bestias no pudiesen echar abajo. Sin embargo, tuvo que reconocer que la ubicación escogida, a al menos diez kilómetros del núcleo urbano más cercano, la hacía un lugar excelente para dejar atrás las pesadillas que se vivían en la ciudad. Todo apuntaba a que sería mucho más seguro que cualquiera de los centros que se habían habilitado en Sheol los últimos días, varios de los cuales habían sufrido pequeños ataques de infectados que fueron erradicados con presteza, aunque no sin numerosas bajas. Los infectados acostumbraban a concentrarse en los crecimientos urbanos, pues era ahí donde iniciaban esa nueva etapa de sus vidas. Raramente los abandonaban, y ello jugaba mucho a favor de este nuevo emplazamiento.

Lo habían pasado francamente mal a solas en el piso, viendo menguar día a día las existencias de alimento y bebida de las que disponían. Estaba claro que las condiciones del lugar, al menos por el momento, no eran las mejores imaginables, pero al menos el hecho de reencontrarse con la civilización, amén de sentirse protegidos por semejante cantidad de personas armadas dispuestas a abatir a quien quiera que osase perturbar su seguridad, acabaron de convencer a Jacinto de que quizá no había cometido un error. Lo verdaderamente importante era cerrar el perímetro cuanto antes, y de eso parecían todos conscientes, pues no se hablaba de otra cosa en el comedor.

Tan pronto acabaron con el desayuno les guiaron hacia la otra carpa, la única que sí estaba acabada de cuantas se encontraban en proyecto. Ahí encontraron una cantidad obscena de literas alineadas en la pared trasera, un pequeño módulo de obra con dos minúsculos servicios higiénicos, y varios soldados que les adjudicaron varias sábanas, toallas y algunos productos de higiene personal. A Olga le entregaron un pequeño neceser con productos de higiene íntima femenina. Les invitaron a escoger de entre las literas vacías las que prefiriesen, y a guardar las pertenencias que habían traído consigo en las cajoneras que había bajo la cama inferior, avisándoles que en diez minutos les llevarían a trabajar en la construcción de la valla perimetral. Ninguno de los presentes puso objeción alguna a ese respecto. Tan solo se librarían varios niños pequeños y un bebé, que serían atendidos por sus progenitores.

Ese fue un día de duro trabajo, pero pese a lo dura que resultó de la tarea, bajo aquél sol de justicia, todos pusieron de su parte sin rechistar, conscientes que su propia seguridad y la de sus seres queridos dependía de ello. Tan solo tuvieron que lamentar la visita de un único infectado, al declinar el sol, pero éste fue abatido sin miramientos por cinco soldados diferentes, mucho antes de que supusiera peligro alguno para los recientes habitantes del campamento. Se fueron a acostar con tan solo una cuarta parte del perímetro vallada, con más de una docena de centinelas vigilando el perímetro iluminado por grandes focos alimentados por generadores portátiles.

A diferencia de sus hijos, Jacinto tuvo serios problemas para dormirse, y no fue por los ronquidos que veían de las literas vecinas. Lo hizo con una sensación al tiempo de miedo y satisfacción. De lo que no cabía duda alguna, era de que aún había lugar para la esperaza.

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comentarios
  1. Gamab dice:

    A cavar zanjas te ponía yo!!! 😛

    Me ha gustado ese detalle de llegar a un sitio y tener que hacer algo y no llegar a campamentos mágicamente construidos. Además, el detalle de que esté por construir intuye que el final que ya conocemos sea un poco más visualizable. Y aunque ese no sea el motivo, por lo menos da que pensar e imaginar y se agradece esa posibilidad.

    • Dada la extensión de la novela, siempre gusto en perfilar el contexto de las situaciones con información adicional que haga más verosímil lo que yo me he impuesto argumentalmente, y para decir verdad, siempre me ha resultado muy satisfactorio escribir sobre lo escrito y encontrar maneras de argumentar decisiones en apariencia arbitrarias, de modo que el conjunto gane en coherencia y verosimilitud. Lástima lo poco que va a durar el campamento. xD

      David.

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