3×980 – Lontananza

Publicado: 18/07/2015 en Al otro lado de la vida

980

Los días que siguieron a la incorporación de la familia de Olga y Gustavo al campamento de refugiados fueron muy ajetreados, pero al mismo tiempo insólitamente productivos. Con tantas manos con las que levantar aquél ambicioso sueño de seguridad y prosperidad, el proyecto enseguida comenzó a tomar forma.

En cuestión de días acabaron con el muro perimetral, con lo cual pudieron dormir mucho más tranquilos. Mientras tanto, también consiguieron dejar listo el módulo del comedor, el segundo dormitorio y acercaron al recinto más módulos prefabricados que servirían para cubrir las necesidades de un campamento cada vez más poblado. Los militares demostraron su valía deshaciéndose enseguida de cuantos infectados se acercaban, aunque a decir verdad, no tuvieron excesivo trabajo a ese respecto. El enclave escogido demostró ser muy acertado. Llegaron a pasar días enteros sin que recibieran una sola visita indeseada. Incluso llegaron a dejar abandonada una gran fosa en la que pretendían enterrar a los infectados que abatían, junto al roble que había en lo alto de la colina desde la que acostumbraban a controlar el perímetro, visto que el esfuerzo acabaría resultando estéril.

Tener algo en lo que trabajar tan duramente les permitía abstraerse de la realidad imperante fuera de aquella barrera que ellos mismos habían levantado, y pese al drama que a todos les había llevado ahí, el ánimo general empezó a mejorar paulatinamente. Si bien los lamentos y los llantos se repetían sin aparente descanso, sobre todo por las noches y en especial entre los recién llegados, la sensación general era de que finalmente, y si todos ponían de su parte, acabarían saliendo adelante.

Las noticias del exterior no eran en absoluto halagüeñas. El campamento disponía de un pequeño centro de comunicaciones con una estación de radio de baja frecuencia desde donde los militares se comunicaban con otros centros vecinos, para gestionar el exponencial número de refugiados del que tenían que hacerse cargo, y desde donde se ponían al día del estado en las calles de las ciudades de las que eran satélite. Las cosas alrededor del país no estaban mucho mejor que en Midbar, e incluso pequeñas poblaciones por las que la infección parecía haber pasado por alto, que se habían convertido en grandes fortines para los supervivientes de los pueblos vecinos que no tuvieron tanta suerte, empezaron también a caer en manos de aquél enemigo sin rostro ni más fin aparente que el de destruir todo a su paso.

El número de civiles que, alertados por los militares o quizá sólo atraídos por los cantos de sirena que corrían por doquier sobre la seguridad que ofrecía aquél centro, se acercaron al él, comenzó a crecer exponencialmente, incluso haciendo peligrar las reservas de alimento y agua potable de las que disponían, que no eran en absoluto despreciables. La mayoría de ellos no se conocían entre sí más que de vista, y no paraban de llegar más a cada nueva jornada. Algunos vinieron de fuera con sus propios vehículos, otros muchos a bordo de autobuses que trasladaban supervivientes de zonas en las que los centros estaban colapsados a otras zonas que sí podían hacerse cargo de ellos. No obstante, el de Midbar siguió prosperando, añadiendo más medios físicos para poder hacerse cargo del incremento demográfico, y se transformó en un referente a nivel nacional de buena gestión y optimización de recursos.

Pasaron los días y las semanas en una calma chicha que acabó confundiéndose con la certeza de que entre esas cuatro paredes ya nadie podría hacerles daño, y que por más que el país o incluso el mundo entero se hundiesen definitivamente, ese pequeño reducto resistiría cuanto tiempo fuese preciso hasta que las cosas, más tarde o más temprano, fuesen volviendo a la normalidad. Todo ello cambiaría drásticamente el primero de octubre.

Pese a la más que generosa distancia que les separaba de Sheol, todos escucharon con meridiana claridad aquella descomunal explosión, que incluso despertó a más de uno de quienes aún dormían y provocó el llanto de más de un bebé. Del mismo modo vieron la enorme columna de humo negro que se elevó en la distancia, movida por el viento, que fue creciendo a medida que pasaban las horas. Asumieron que se trataba de uno de los muchos incendios que habían asolado la península, que debió dar con alguna fábrica o depósito de combustible.

No eran pocas las hectáreas de montes calcinados que habían sucumbido a los incendios las últimas semanas, pese a los esfuerzos que aún seguían haciendo los cada vez más escasos cuerpos de seguridad del estado por intentar sofocarlos. En esta ocasión no tenía por qué ser diferente, y dada la más que generosa distancia que les separaba, lo tomaron como una anécdota más que añadir al libro de las atrocidades que les había tocado vivir en ese mundo en crisis permanente.

Ocurrió a media tarde. Muchos de los refugiados estaban en la sobremesa de la cena, charlando tranquilamente entre sus semejantes. Otros tantos dormían plácidamente en las carpas dormitorio. Lo primero que les alertó de cuanto estaba por venir fue el ruido. Si bien aquellas bestias se mantenían en un relativo silencio en su avanzar errático aunque contundente, lo que no podían ocultar era el ensordecedor batir de sus pies en el suelo.

Eran cientos, más de mil almas avanzando en estampida. La enorme mayoría venían de Sheol, huyendo del incendio que provocó la explosión en la gasolinera Amoco, pero a éste inicial grupo se le sumaron tantos infectados se cruzaron en su camino, que incitados por sus semejantes, se unían a ellos llamados por una extraña fuerza que les obligaba a imitarles. Resultaba muy difícil verles como seres individuales; parecían parte de un todo más grande, como un banco de atunes o una bandada de pájaros en plena migración. Ninguno de ellos marcaba el camino, no había líderes, ni siquiera un objetivo, pero a ellos no les hacía falta. Se limitaban a huir, sin saber ya muy bien de qué o con qué objetivo. Sus semejantes corrían en esa dirección, y eso era cuanto ellos necesitaban saber.

A duras penas tuvieron ocasión de dar la voz de alarma, y mucho menos de preparar una evacuación como a todas luces hubiera hecho falta, cuando aquella marabunta de infectados les rodeó por los cuatro flancos, haciendo que cualquier atisbo de supervivencia se asemejase al ingenuo sueño de un niño.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Ese Morgan es un loquillo!

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