3×982 – Lluvia

Publicado: 25/07/2015 en Al otro lado de la vida

982

Roble junto al campamento de refugiados a las afueras de Midbar

2 de octubre de 2008

No fue hasta seis largas horas después que desapareciese el último infectado de la vista de Olga, cuando ya no quedaba civil ni militar alguno en varios kilómetros a la redonda, que la joven de los pendientes de perla concluyó que debía ser seguro dar el siguiente paso.

Ahora ahí reinaba el más absoluto silencio, tan solo roto por los ocasionales truenos de la tormenta que se les había venido encima y el repicar de la insistente lluvia en las rocas de los alrededores y en los techos de chapa de los módulos de obra del campamento cercano. Ambos estaban calados de pies a cabeza. Tenían toda la ropa empapada, hasta la ropa interior, e incluso los calcetines, pues les había entrado agua en los zapatos. Pero no por ello habían dudado un segundo en seguir encaramados a aquél alto árbol, donde habían conseguido salvar la vida contra todo pronóstico.

Los dientes de Gustavo castañeaban insistentemente, aunque Olga desconocía si ello era debido al frío o al miedo que a todas luces aún sentía el chico. A duras penas había abierto la boca desde que subieran a aquél alto roble la noche anterior, siempre con la mirada perdida en un punto indeterminado en la distancia, y Olga temía que no fuese capaz de superar ese duro trance.

Hasta tres veces tuvo que llamarle la atención antes que el joven arquero reaccionase. Se había agarrado a una gruesa rama como si le fuera la vida en ello, y tenía la marca de la corteza dibujada en los brazos y las manos. El chico finalmente reaccionó y miró a su hermana a los ojos.

OLGA – Gus. Vamos a bajar. Tenemos que comer algo.

Gustavo negó ligeramente con la cabeza, con el ceño fruncido y una expresión de pánico en los ojos con la que suplicaba a su hermana que olvidase esa descabellada idea. Si de él hubiese dependido, se hubiese quedado encima del roble el resto de su vida con tal de no volver a posar sus pies en el suelo y enfrentarse de nuevo a la realidad.

OLGA – Ahora ya se han ido todos. Míralo.

El joven arquero echó un vistazo al campamento. Había cuerpos por doquier, tanto dentro como fuera, y los evidentes estragos de la encarnizada batalla que se había vivido ahí esa trágica noche. Sin embargo, su hermana tenía razón: ahí ya no quedaba nadie en pie, ni sano ni infectado. Al menos a simple vista. Tampoco había rastro del incendio que había arrasado Sheol la noche anterior. Sin duda la lluvia habría acabado con él.

Gustavo tragó saliva, respiró hondo, y asintió tímidamente con la cabeza. La compañía de su hermana era lo único que le animaba a seguir luchando.

Ella fue la primera en bajar. El tronco estaba tan húmedo que perdió tracción y a punto estuvo de caer al vacío, pero consiguió sujetarse en el último momento y hacer pie en el suelo sin mayores contratiempos. A Gustavo no se le dio tan bien, pero por fortuna Olga estaba debajo y pudo amortiguar la caída.

Amparados en gran medida por la seguridad que les ofrecía la lluvia, sabedores de lo poco amigos que eran los infectados de ella, desanduvieron el camino que habían hecho la jornada anterior, de vuelta al campamento. En esta ocasión lo hicieron caminando, sin prisa, mirando en derredor continuamente con el temor de encontrarse con algún infectado despistado que se les hubiese pasado por alto en la enésima revisión del complejo desde aquella atalaya donde habían pasado la noche en vela.

No lo pusieron en común, pero ambos caminaban hacia el mismo lugar. Tuvieron que sortear docenas de cadáveres, algunos mutilados por los infectados, otros acribillados por el fuego de las armas de los militares. Pero se limitaron a sortearlos, ignorándoles, pues ya nada se podía hacer por ellos. Los dos tenían grabado en la retina el lugar donde Jacinto había perdido la vida. Y ahí seguía. El agua de la lluvia había borrado la sangre de su piel y su ropa, pero la franja prácticamente recta de agujeros que tenía su camisa, desde donde se intuían los balazos que habían acabado con su vida, resultaba indiscutible. Olga sujetó a su hermano de los hombros, y se agachó ligeramente para estar a su altura.

OLGA – Ahora estamos solos en esto, Gus. ¿Lo entiendes?

El joven arquero no dio muestras siquiera de haberla escuchado.

OLGA – No quiero que te separes de mí nunca. Nunca. Prométemelo.

Gustavo tragó saliva.

OLGA – ¡Te he dicho que me lo prometas!

La mandíbula inferior del chaval empezó a temblar convulsivamente, y la primera lágrima brotó de sus ojos ya casi secos de tanto llorar.

GUSTAVO – Te lo prometo.

Olga lo atrajo hacia sí y lo abrazó con fuerza. Lo hizo con los ojos bien abiertos, pendiente del más mínimo movimiento que surgiera a su alrededor. Pero ahí ya no quedaba nadie, y no verían a nadie más en lo que quedaba de día. Sus propias lágrimas se fundieron con las gotas de lluvia que impactaban contra su rostro, y no fue hasta entonces que Olga comprendió que todo cuando había vivido en el campamento no era más que un espejismo, que la pandemia les había ganado la batalla a la raza humana, y que todo cuanto Jacinto les contaba sobre lo que harían tan pronto todo volviera a la normalidad no eran más que mentiras piadosas para apaciguar sus maltrechos espíritus.

Utilizaron una de las camillas de la ambulancia para llevar el cadáver de Jacinto hasta lo más alto de la colina, cerca de donde ellos habían pasado la noche. Por fortuna, el suelo estaba ya muy húmedo, y no les costó demasiado cavar la fosa donde enterrarían a Jacinto. No obstante, les llevó más de dos horas, y más de un llanto, acabar aquella desagradable tarea.

Tan pronto volvieron al campamento y llenaron el estómago, se dieron cuenta que en el estado en el que se encontraba, ahí no podrían quedarse a vivir. Olga no sabía conducir, aunque tampoco había ningún coche en las proximidades, y la idea de alejarse del campamento, donde todavía había algunas reservas de alimento, que no de armas de fuego, y mucho menos de munición, pues de éstas dieron buena cuenta los militares antes de huir definitivamente del enclave, se les antojó muy poco atractiva. Sin demasiada reflexión a la espaldas, acabaron de convencerse de que lo más sensato sería adecentar el lugar, y pasar las noches encerrados en alguno de los módulos de obra que utilizaban los militares y sus familiares, mucho más robustos e impenetrables que las carpas de lona donde dormían ellos.

La siguiente tarea resultó tanto o más desagradable: cogieron uno a uno a todos los cadáveres que había desperdigados por el campamento y los alrededores, y los llevaron a lo alto de la colina. La idea original de tirarlos en la fosa que habían cavado los militares para echar dentro los cuerpos de los infectados les pareció de excesivo mal gusto, de modo que se limitaron a colocarlos en el suelo, unos junto a otros, todos perfectamente alineados y mirando al cielo con la mirada vacía de la muerte.

Tan pronto el cielo empezó a oscurecerse, ambos volvieron al campamento y trasladaron algo de comida a la mayor caseta prefabricada de chapa que había en todo el complejo, donde hasta hacía escasas veinticuatro horas vivía el sargento Serrano con su mujer y sus dos hijas pequeñas. Ahí había comida y agua, un servicio higiénico y un par de dormitorios. Las ventanas disponían de barrotes y la puerta era metálica y robusta; era cuanto ellos necesitaban. Ahí cenaron y pasaron la noche. Se fueron a dormir ocupando cada uno un dormitorio: Olga el de matrimonio y Gustavo el de las niñas, que tenía dos camas. Sin embargo, rayando la medianoche, Olga notó cómo el joven arquero se metía en su cama, sin mediar palabra, y se tapaba hasta la nariz. Ella se limitó a darle un beso en la frente, y acto seguido le dio la espalda. Ambos durmieron como marmotas esa noche.

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comentarios
  1. Sunkay dice:

    ¡¡¡Feliz Cumpleaños!!!, estoy como loca arreglando historias de cara a las vacaciones, así que aunque me sigo leyendo los capítulos en cuanto los cuelgas, no he tenido tiempo para comentar nada de nada, pero no quería que se me pasase el día sin felicitarte. Muchos besos y espero que lo pases genial hoy. Un abrazo.

    • ¡Muchas gracias lady Sunkay!

      Yo mismo ando ajetreadísimo úlitmamente, y no soy tan puntual con las nuevas entregas como acostumbraba, aunque me esfuerzo porque lleguen, aunque sea algo tarde. A finales de agosto tengo una semana entera de vacaciones, y de bien seguro le meteré caña para poder seguir colgando al menos un par de meses sin tener que preocuparme de hacerlo casi al día.

      Gracias por todo. Que tengas un buen día. 🙂

      David.

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