3×983 – Lodo

Publicado: 01/08/2015 en Al otro lado de la vida

983

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

3 de octubre de 2008

SAMUEL – Pues entonces mejor quedaos donde estáis. He estado hablando con más gente… que está en una situación parecida a la vuestra y… la mayoría se quejan de que no tienen nada que llevarse a la boca. Si vosotros tenéis comida ahí, y no podéis llevárosla a otro sitio… Yo me quedaría. Si podéis encerraros ahí donde me contaste, si viene alguno… Ya… ya me entiendes. Pero… bueno, eso ya es cosa vuestra. Yo… no…

OLGA – No, no. Muchas gracias por tus consejos. Eres la primera persona con la que hablamos desde que… pasó todo esto. No… Si te soy sincera, no sé qué haremos, pero de momento… creo que nos vamos a quedar. Desde que se fue todo el mundo… aquí no ha vuelto a acercarse nadie. Ni ningún infectado ni… nadie. Ahora… te tenemos que dejar. Que tenemos bastante trabajo por hacer todavía.

SAMUEL – Ah… vale. Oye, pues me alegro de haberos conocido. Espero que podamos volver a hablar en otro momento… mejor.

OLGA – Eso está hecho. Muchas gracias por toda la información, Sam. Encantada de conocerte.

SAMUEL – Igualmente. Y gracias a vosotros por darme unos minutos de buena compañía. Cuidaos.

GUSTAVO – ¡Adiós!

OLGA – Te llamaremos esta tarde, ¿vale?

SAMUEL – Genial.

OLGA – Adiós.

Olga cortó la comunicación y se levantó de aquella silla metálica plegable, mientras estiraba los brazos al aire en medio de un gran bostezo.

Ambos hermanos habían madrugado, y tras un opíparo desayuno se habían acercado al centro de comunicaciones. La idea de Olga era la de pedir ayuda a algún otro centro de refugiados de los alrededores, para que movilizasen un grupo de militares que les llevase a un lugar seguro. Se sintió estúpida por no haberlo pensado antes.

El principal problema residió en que no tenían ni la más remota idea de cómo hacer funcionar aquél trasto lleno de botones, lucecitas y diales. Si consiguieron hacer uso de él, fue porque ya estaba encendido cuando llegaron. Con toda seguridad algún soldado habría llamado a un centro vecino demandando auxilio, aquella fatídica tarde, y no habría tenido ocasión de apagarlo. En cualquier caso, desde entonces nadie se había acercado al campamento.

No fueron capaces de ponerse en contacto con centro alguno. No obstante, no se dieron por vencidos, y pasaron más de una hora tratando en vano de abrir algún tipo de comunicación, cualquiera, inconscientes de que no hacían más que ampliar cada vez más el radio de acción de la radio de baja frecuencia.

Habían abarcado ya una distancia mayor que la que les separaba de África, y ya estaban más que dispuestos a darse por vencidos, cuando finalmente consiguieron dar con alguien. Sin embargo, esa persona en nada podía ayudarles. Ni siquiera vivía en un centro de refugiados ni había visto un infectado en su vida: se trataba de Samuel.

Cortada la comunicación, y tras apuntar concienzudamente todos los números que aparecían en aquél arcaico monitor con pantalla de fósforo verde, ambos hermanos abandonaron el centro de comunicaciones. Lo dejaron todo tal cual lo habían encontrado. Tenían miedo de apagarlo y ser incapaces de volver a ponerlo en funcionamiento, y pese a que eran conscientes que el generador que daba vida al centro de comunicaciones acabaría por apagarse cuando se le acabase el combustible, prefirieron no tocar nada. Al menos por el momento.

Ambos sabían cuál debía ser el siguiente paso a seguir, y se pusieron manos a la obra sin mayor dilación, amparados por la paz que reinaba en aquél enclave, que había recuperado la serenidad que le había caracterizado hasta hacía un par de días. Los soldados y los civiles habían arrasado con el campamento antes de irse. Ya no quedaban armas con las que defenderse. Tan solo habían olvidado llevarse algunas pistolas y subfusiles vacíos, que ambos hermanos guardaron celosamente en la caseta del sargento Serrano, por si en algún momento conseguían munición con la que devolverles la vida. Sí había algo más de comida, y sobre todo agua potable. En comparación con la alacena que celosamente guardaban los militares cuando el campamento estaba en pleno funcionamiento, cuanto dejaron atrás quienes sobrevivieron resultaba ridículo, pero teniendo únicamente dos bocas que alimentar, se les antojó el mayor de los tesoros, y como tal debían protegerlo como si les fuera la vida en ello. De hecho, lo hacía.

En un primer momento pensaron en esconderlo todo en algún lugar del campamento. Tras acumular todo cuanto fueron capaces de encontrar en más de dos horas en la caseta que habían tomado como propia, y tras una larga discusión, llegaron a la concusión de que esconderlo todo en un mismo lugar, dentro del campamento, no era la mejor de las ideas. Si se acercaba algún grupo hostil y decidía robarles, indefensos como estaban, lo perderían todo. Fue Gustavo quien sugirió la idea de llevar parte del botín hasta lo alto de la colina. Era un lugar alejado del campamento, pero lo suficientemente próximo para acercarse a buscarlo cuando lo necesitasen. Cada cual cogió una de las pesadas cajas que habían acumulado en la sala principal de la caseta, y se dirigieron con paso firme aunque lento fuera del campamento, hacia la colina coronada por aquél viejo roble que les había salvado la vida.

El enclave que escogieron para ocultar las cajas, en una zona llena de gruesas y pesadas rocas, se les antojó el mejor. No les costó demasiado apartar unas cuantas rocas, sujetándolas entre los dos, para acto seguido hurgar en la tierra que había debajo, hacer hueco para ambas cajas, y volver a colocar las piedras encima. Una vez pusieron la última piedrecita en el montón, ambos concluyeron que habían hecho un trabajo excelente. Nadie podría jamás diferenciar ese montón de piedras de cualquier otro, e incluso ellos podrían tener problemas si no prestaban la atención debida antes de partir.

Gustavo, cansado pero satisfecho de cuanto habían conseguido, corrió colina abajo. Su hermana le llamó la atención para que no se alejase, pero él la ignoró. Ahora que tenía algo en lo que ocupar el cuerpo y la mente, se sentía de nuevo algo animado. Necesitaba como fuera evadirse del drama que merodeaba continuamente por su cabeza. El suelo estaba aún muy húmedo, y aquél terreno era especialmente propenso a transformarse en resbaladizo lodo. El joven arquero hundió su zapato derecho en un pequeño socavón lleno de lodo aún fresco, con tan mala fortuna que la succión le impidió volver a levantarlo, y cayó de bruces al suelo, perdiendo el zapato en el proceso. Era tal la velocidad a la que iba, que resbaló por el suelo enlodado un par de metros, quedando a un escaso metro del inicio de la pendiente que llevaba a la fosa que habían excavado los militares.

Temerosa de que su hermano pudiese caerse en aquél hondo y embarrado agujero, Olga corrió a socorrerle, pues el chico no era capaz de tenerse en pie en tan resbaladiza superficie, por más que se afanaba en ello. Inconsciente de que estaba cometiendo idéntico error que él, la joven de los pendientes de perla trató de frenar a tiempo para quedarse a su lado y echarle una mano, pero fue incapaz. Posó las manos en el suelo para minimizar el impacto de su aparatosa caída, pero dio con la mejilla en el suelo, llenándose la cara e incluso la boca de barro al tiempo que se escurría pendiente abajo.

Una vez su hermana se encontró en el fondo mismo de la excavación, Gustavo consiguió al fin tenerse en pie. Se acercó cautelosamente al borde, y agachó ligeramente la cabeza la ver la expresión enfadada de su hermana, algo difícil de descifrar entre tanto barro.

GUSTAVO – ¿Te has hecho daño?

OLGA – No. Estoy bien.

GUSTAVO – Espera que te…

OLGA – ¡Quieto! No te acerques. Ni se te ocurra acercarte, Gus, no te vayas a caer tú también. Ya salgo yo sola.

GUSTAVO – ¿Y ya vas a poder?

OLGA – ¿Estamos solos?

Gustavo echo un vistazo en derredor. Ambos estaban perpetuamente pendientes de cuanto les rodeaba, por miedo a que algún infectado errático acabase llegando al campamento por casualidad. Por fortuna, ahí no había nadie.

GUSTAVO – Sí, sí.

OLGA – Perfecto.

Olga se acercó a la zona que tenía la pendiente más plana, y trató de subir, segura de sí misma. Sin embargo, por más veces que lo intentó una y otra vez, y aunque en algunas ocasiones daba incluso la impresión que fuese a conseguirlo, siempre acababa resbalando y escurriéndose de nuevo hasta el fondo de la excavación, quedando nuevamente en el punto de partida, llena de lodo de la cabeza a los pies. Pasaron así más de media hora. Olga no era una mujer orgullosa, pero incluso su hermano notó que estaba empezando a enfadarse más de la cuenta.

Gustavo tuvo que intentarlo en hasta más de diez ocasiones, hasta que finalmente Olga consintió en que fuese al campamento a buscar algo que pudiese ayudarla a salir de aquél agujero. La joven de los pendientes de perla no las tenía todas consigo, y temía que a su hermano pudiese pasarle algo ahí solo, pero al mismo tiempo era consciente que por su propio pie sería incapaz de salir de ese agujero. Al menos hasta que el lodo se secase al sol y ofreciese un punto de apoyo algo más consistente.

El joven arquero desanduvo el camino que había hecho con su hermana para ir a esconder la comida entre las rocas. Ofrecía un aspecto lamentable: estaba muy despeinado, más que de costumbre, y tenía el pelo manchado de barro, al igual que sus pantalones cortos, de los que siquiera podía distinguirse el color. Se había rasgado la camiseta al tratar de levantarse, y además había perdido un zapato. En menos de dos o tres minutos llegó al campamento y fue directo hacia la caseta en la que había pasado la noche en compañía de su hermana.

Tras estar un buen rato abriendo cajones y armarios, se dio por vencido y decidió dirigirse a una de las carpas, donde quizá consiguiese algo de utilidad. Al salir le dio un vuelco al corazón. No estaba solo. Ahí fuera había una mujer joven, rubia, con el pelo ridículamente largo, recogido en una coleta, que sostenía en la mano derecha una pistola. Junto a ella había un hombre negro como el tizón, disfrazado de policía. Sostenía una pesada escopeta, y tenía cara de pocos amigos. Por fortuna, el joven arquero tuvo ocasión de volver a ocultarse tras la puerta, antes que ellos le vieran. Había pasado lo que Olga tanto temía: un grupo de bandidos armados se había acercado a robarles. Y lo peor de todo era que ahora estaba él solo para hacerles frente.

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