3×985 – Cuerda

Publicado: 08/08/2015 en Al otro lado de la vida

985

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

3 de octubre de 2008

GUSTAVO – ¡Rápido, es por aquí!

Bárbara y Morgan se quedaron parados al contemplar aquél dantesco espectáculo. Christian y Zoe les iban a la zaga. Gustavo frenó en seco, se dio media vuelta, y les instó a que dejaran de perder el tiempo y siguieran adelante. Él, al ser su coautor, no dio mayor importancia a aquél manto de cadáveres que cubría la colina, pero para los recién llegados resultó todo un shock.

Tras unos segundos de incomodidad manifiesta, una vez le sorprendieron en aquél estrecho cofre, Gustavo reconoció que les había malinterpretado, o al menos trató de convencerse de ello, y prefirió llevárselos a su terreno. Su hermana necesitaba ayuda, y debía estar ya muy inquieta por su tardanza: si conseguía que aquellos desconocidos le echasen una mano para sacarla de aquél agujero, mataría dos pájaros de un tiro. En cualquier caso, ya era tarde para seguir ocultándose, y si hubiesen tenido verdaderas malas intenciones, él ya no estaría ahí para contarlo.

Corriendo de idéntico modo a cuando huía de ellos minutos antes, el joven arquero se dirigió hacia la pequeña colina que había junto al campamento. Los demás le siguieron. Fue al pasar más allá de la carpa que hacía de dormitorio cuando aquél improvisado cementerio al aire libre quedó a la vista. No obstante, enseguida reemprendieron el camino, y pronto llegaron a aquélla lodosa excavación de la que Olga aún trataba, aunque infructuosamente, de salir.

GUSTAVO – ¡Estoy aquí, Olga! ¡Traigo ayuda!

La joven de los pendientes de perla llenos de barro respiró aliviada al escuchar la voz de su hermano. Enseguida vio emerger del borde del abismo que la retenía ahí abajo a cuatro personas, cada cual más dispar a la anterior. Sonrió abiertamente, tratando de recordar aquellas caras, aunque le resultó imposible. Era tanta la gente que había pasado por el campamento cuando éste estaba en activo, que no había podido retener más que una pequeña porción.

OLGA – ¡Hola! ¡Siento no poder darles la mano!

BÁRBARA – ¿¡Qué te ha pasado!?

OLGA – ¡Me caí, y ahora no puedo subir!

MORGAN – ¡¿Cuánto tiempo llevas ahí?!

OLGA – ¡Poco! ¡Apenas media hora!

MORGAN – ¡No te muevas que iremos a buscar algo con lo que sacarte!

OLGA – ¡Tranquilo, no voy a ir a ninguna parte!

Aquél alto y robusto policía se llevó consigo al chico huesudo y a su hermano, y la dejó a solas con Bárbara y con la pequeña Zoe. Por más que su instinto, sobre todo en lo concerniente a Gustavo, le gritaba que debía estar alerta con esos desconocidos, tan solo echando un vistazo a quienes la acompañaban se esfumó cualquier atisbo de suspicacia.

OLGA – ¡¿Por qué habéis vuelto?!

BÁRBARA – ¡¿Cómo que vuelto?!

OLGA – ¡¿No erais refugiados de aquí?!

BÁRBARA – ¡Que va! ¡Nosotros venimos de Sheol!

OLGA – ¡¿Y qué tal está Sheol?!

BÁRBARA – ¡Digamos que… no es lo que era!

OLGA – ¡Pues entonces igual que Midbar!

BÁRBARA – ¡Yo soy Bárbara, ella es Zoe!

OLGA – ¡Encantada! ¡Yo me llamo Olga! ¡A mi hermano Gus ya le conocéis!

BÁRBARA – ¡Si… algo así!

Olga se quitó algo de barro del pelo estrujándolo con ambas manos. La sensación era repugnante, pero ahí abajo no tenía otra manera de asearse. Estaba convencida que no conseguiría quitarse el sabor a tierra de la boca en varias horas.

BÁRBARA – ¿Y cómo has acabado ahí abajo?

OLGA – Mi hermano, que es un inconsciente. Iba corriendo y casi se cae aquí abajo. Yo fui a ayudarle, y al final fui yo la que me caí. Lo malo es que no hay manera de salir de aquí. El barro… resbala demasiado.

BÁRBARA – Tú tranquila, que ahora viene Morgan y te saca de ahí en un periquete. Morgan es el policía. El otro chico se llama Chris. Son buena gente. Ya les conocerás.

OLGA – Ahá… Oye, y… ¿vosotros veníais aquí al campamento?

BÁRBARA – ¿Nosotros? Qué va. Tan solo… nos ha pillado de camino, y… decidimos acercarnos, a ver si había alguien.

OLGA – Os habréis llevado un chasco…

BÁRBARA – Pues no te creas… Por todos los sitios que hemos pasado últimamente… no hay nadie. Está todo desierto. Parece que todo el mundo se haya esfumado, o… bueno… que se hayan…

En ese momento volvían los tres varones con la ayuda que tanto necesitaba Olga. No resultó sencillo, pero gracias a la larga cuerda verde que Morgan traía consigo, consiguieron sacarla de ahí abajo, tras atarla a aquél viejo roble que bien parecía querer ganarse el puesto de ángel de la guarda.

Una vez arriba, más llena de barro que nunca, y tras recibir un entusiasta abrazo de su hermano, prometiéndose a sí misma que no volvería a permitir que se separasen, hablaron en voz baja unos segundos antes de reunirse nuevamente con quienes tan altruistamente les habían ayudado.

OLGA – ¿Qué opinas de ellos?

GUSTAVO – El policía y la rubia están armados.

OLGA – ¿Me tengo que preocupar?

GUSTAVO – No… Yo creo que no, parecen buena gente…

OLGA – A mi también me dio esa impresión, pero… vayamos con cuidado, de todas maneras.

El joven arquero asintió.

OLGA – Tú haz caso a todo lo que yo diga, y no me lleves la contraria. ¿Vale?

GUSTAVO – Sí.

Acto seguido ambos se dirigieron hacia el corrillo de los recién llegados. La niña de la cinta violeta en la muñeca parecía divertida, y genuinamente interesada por conocerles, aunque se mostraba algo tímida. Olga se acercó a Morgan con una sonrisa de oreja a oreja.

OLGA – Muchísimas gracias, de verdad. Sin vuestra ayuda todavía estaría ahí abajo. Y gracias por cuidar del enano.

La joven de los pendientes de perla trató de alborotar el rebelde pelo de su hermano, pero lo único que consiguió fue llenarlo aún más de barro. Él intentó en vano apartarse, y le dio un codazo amistoso.

MORGAN – ¿Alguien me puede contar qué es todo eso?

Morgan señaló el manto de cadáveres que cubría parte de la colina. Pese al poco tiempo que hacía que habían abandonado la vida, las moscas habían dado buena cuenta de ellos, y el olor a putrefacción llegaba hasta ahí, haciendo que la estancia junto al roble resultase muy desagradable.

OLGA – Esos… esos son los demás refugiados que había con nosotros en el campamento. Al menos una parte de ellos.

MORGAN – ¿Qué fue lo que pasó con el resto?

OLGA – Es una larga historia. Si queréis vamos al campamento y os la cuento. Tenemos café. ¡Café caliente!

MORGAN – Esa es una oferta que no puedo rechazar.

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