3×990 – Visitantes

Publicado: 26/08/2015 en Al otro lado de la vida

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Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

6 de octubre de 2008

El ruido del motor de aquél viejo y destartalado coche rompía el silencio que hasta el momento había imperado en las inmediaciones del campamento. Por encima del sonido de su ralentí se escuchaban los gimoteos de un niño pequeño, de unos siete u ocho años, que no paraba de llamar a su mami desde el interior del vehículo. Iluminados por los altos focos que bañaban de luz el campamento a esas altas horas de la tarde, cercanas ya al ocaso, Olga y Gustavo se encontraban a un lado del vallado. Al otro lado había una pareja joven. No debían ser mucho mayores que Olga.

Les había llevado un día y medio de trabajo, pero al fin habían conseguido devolver al campamento la seguridad pretérita. Si bien el refuerzo que habían usado para unir de nuevo las partes de la valla que habían sucumbido al peso de los infectados era de una calidad cuanto menos cuestionable, al menos aguantaría sin problemas un asedio como el que sufrieron hacía un par de días, permitiéndoles hacer vida normal en el interior. Ahora el único punto débil que tenía el campamento era la puerta principal, pero ésta estaba firmemente cerrada con llave. Olga mostró su sonrisa más entusiasta a aquellas dos personas, al tiempo que dejaba en segundo plano a Gustavo. Esa podía ser la oportunidad que tanto había buscado. No obstante, no quería cometer ninguna imprudencia.

OLGA – Buenas noches.

JONATAN – Buenas noches.

OLGA – ¿En qué os podemos ayudar?

Ambos eran caucásicos. Él era moreno, muy alto y resultaba evidente que en su vida previa al holocausto debía haber pasado varias horas al día en el gimnasio. Tenía el pelo muy corto y varios tatuajes asomaban de las mangas de su camiseta y de su cuello. Ella era muy delgada y también bastante alta, aunque no tanto como él. Unos grandes y dorados pendientes de aros pendían de sus orejas. Lucía una media melena impecablemente peinada e incluso estaba maquillada. A Olga le sorprendió mucho ese detalle. Ella había olvidado al última vez que se pintó las uñas o los labios.

MÓNICA – ¿No hay nadie más aquí?

La joven de los pendientes de perla frunció ligeramente el ceño. Mónica aprovechó para seguir mascando el chicle que tenía en la boca. Parecía bastante impaciente y nerviosa, y no hacía más que mirar en derredor.

OLGA – Ahora mismo… no.

MÓNICA – ¿No hay más nadie? Joder, pero si esto es enorme…

OLGA – Hubo un incidente hace unos días, y…

MÓNICA – Bueno, da igual. Abre la puerta. Haz el favor.

Olga cruzó la mirada con su hermano. Él se limitó a levantar los hombros. El llanto del pequeño exigiendo la atención de su madre se hacía cada vez más molesto.

MÓNICA – ¿A qué esperas? ¿Qué quieres, que se nos coman aquí fuera? ¡Abre la maldita puerta de una vez!

Estaba anocheciendo a marchas forzadas, y tanto un grupo como el otro sabían perfectamente lo que eso significaba en los tiempos que corrían. Jonatan se encaró a su novia, y le levantó la mano a modo de advertencia.

JONATAN – Cierra la boca, Moni, por Dios. Vete a ver qué quiere el niño, anda. Déjame a mí hablar con la chica.

La joven puso los ojos en blanco, mascó chicle con la boca abierta, el labio superior izado, y acató la orden de su pareja.

JONATAN – ¡Tranquilo, Izan, que ya viene la mama!

Jonatan se giró de nuevo hacia los hermanos. La expresión de su rostro había cambiado por completo.

JONATAN – Perdónala. Llevamos todo el día en la carretera, y está muy nerviosa. Yo soy Jonatan.

El joven metió su robusta mano entre los barrotes del vallado y se la ofreció a Olga. Ella se la estrechó con fuerza, aún algo recelosa.

JONATAN – Perdió a sus padres hace una semana, y está algo sensible.

Olga asintió vagamente con la cabeza. Ella bien sabía lo que eso significaba, y consiguió ponerse en su papel.

JONATAN – Sólo queremos pasar aquí la noche. Venimos de muy lejos, y no nos hemos atrevido a acercarnos a ninguna ciudad. Están todas… que no se puede ni entrar. Pasamos por casualidad por delante del cartel ese… de ahí abajo, y… pensamos que nos podríamos quedar. Pero… Bueno… Sólo te pido que nos dejes pasar aquí la noche. Por el muchacho, más que nada. Es muy pequeño, y no quiero que vuelva a pasar la noche en el coche. Ya hemos tenido más de un susto. Además… No vamos a molestar nada. Ni siquiera os vais a enterar de que estamos aquí. Mañana a primera hora, cogemos el coche y nos vamos por donde hemos venido. Vamos de camino a un centro que hay en el sur, que nos han dicho que es enorme y… muy seguro. ¡Y tienen hasta una guardería! Si fueras tan amable…

La joven de los pendientes de perla respiró hondo. Jonatan echó un vistazo al horizonte. El sol estaba a punto de ocultarse bajo la línea del horizonte.

GUSTAVO – Déjalos pasar, Olga. Aquí hay sitio de sobra.

Olga arrugó los labios. Gustavo había visto en esa pareja la redención perfecta al pequeño desastre que había provocado hacía un par de días estropeando la estación de radio. Ya se imaginaba a sí mismo sentado en uno de los asientos traseros de aquél viejo coche, con su hermana a un lado y aquél niño llorón al otro, la baca hasta arriba con las reservas de alimento que habían rescatado y rumbo a aquél centro tan prometedor del que hablaba Jonatan. Olga, superada por la presión de aquellos dos pares de ojos, acabó accediendo.

OLGA – La puerta está ahí.

La joven de los pendientes de perla señaló hacia su derecha.

OLGA – Acerca el coche y te abrimos para que lo metas. Nosotros íbamos a cenar ahora. ¿Habéis cenado vosotros?

Jonatan negó con la cabeza.

OLGA – Pues la cena corre de nuestra cuenta.

El joven sonrió abiertamente.

JONATAN – Muchas gracias. De verdad. No te vas a arrepentir.

Olga sonrió de nuevo. Su hermano la ayudó a abrir el portón de acceso y una vez el coche estuvo dentro, volvieron a cerrar.

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