3×991 – Opíparo

Publicado: 30/08/2015 en Al otro lado de la vida

991

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

6 de octubre de 2008

La lata de cerveza produjo un siseo cuando Olga tiró de la anilla. La joven de los pendientes de perla le dio un largo sorbo, notando aquél amargo aunque reconfortante sabor en la boca, y volvió a dejarla sobre la mesa, para acto seguido secarse la espuma de los labios con el dorso de la mano. Estaba pletórica, y más que dispuesta a seguir celebrando la buena nueva cuanto tiempo fuera preciso.

Jonatan había accedido a llevarles consigo al sur en su coche, a aquél idílico campamento del que tanto les habló durante la cena. Había sido por iniciativa propia, sin que ni ella ni Gustavo tuviesen que habérselo pedido, por más que ambos tenían idea de hacerlo más pronto que tarde. Se había mostrado muy amable y comunicativo desde que le permitieran resguardar a su pequeña familia en el campamento. Incluso Mónica había sufrido un cambio radical de actitud, ahora que su primogénito estaba a salvo entre esas cuatro paredes. El pequeño Izan dormía plácidamente en la cama de una de las hijas del sargento Serrano, en cuya caseta se encontraban ahora ambas familias. Había estado dando guerra hasta hacía escasa media hora, cuando finalmente sucumbió al sueño y su madre le acostó.

Gustavo ocultó un bostezo con la mano abierta y se metió en la boca otro puñado de frutos secos. Habían tomado un opíparo banquete, y la sobremesa se estaba alargando más de la cuenta. Él, al igual que su hermana, había madrugado de lo lindo con la intención de dejar listo el vallado perimetral del campamento, y ahora estaba que se caía de sueño. Ella, no obstante, se mostraba lúcida, excepcionalmente comunicativa e incluso algo achispada. Había pasado unos días muy malos, convencida de que no podría darle a su hermano un destino más prometedor que el de quedarse ahí encerrado con ella hasta que se les acabasen las existencias. Ese cambio drástico en sus destinos le había hecho recuperar la esperanza de poder darle a Gustavo un destino seguro.

El joven arquero se llevó una mano al cabello y paseó la mirada por la pequeña estancia en la que estaban los cuatro sentados a la mesa. Contra las paredes del fondo estaban apoyadas las cajas que contenían todo el alimento y la bebida que llevarían consigo al nuevo campamento, y que tanto necesitarían durante el camino, que presumiblemente se demoraría uno o dos días. Jonatan afirmaba que podrían cargarlo todo en el coche sin problemas. Olga no estaba tan convencida, porque el vehículo de Jonatan no era muy grande, pero estaba tan animada, en parte por la buena nueva y en parte por el influjo etílico de la cerveza, que no le dio mayor importancia. Ya tendrían tiempo de preocuparse de eso al día siguiente.

Las conversaciones sobre el drama individual que les había llevado hasta ahí derivaron considerablemente la última hora. Olga estaba en ese momento contándoles una historia bastante graciosa, al menos a su parecer, aunque algo embarazosa para Gustavo, sobre una de las primeras veces que le acompañó a un campeonato de tiro con arco a una localidad vecina, a pocos kilómetros de donde ahora se encontraban. Él había escuchado esa historia demasiadas veces, y concluyó que ya había tenido suficiente. Al levantarse de la silla, su hermana se le quedó mirando, algo extrañada. Hacía mucho que había perdido la noción del tiempo.

GUSTAVO – Me voy a ir a dormir. Estoy que me caigo de sueño.

Olga se mostró algo desilusionada. Se lo estaba pasando en grande teniendo de nuevo alguien más que su hermano con quien conversar. No había podido siquiera despedirse de Samuel, aunque había apuntado todas las referencias numéricas que le pondrían de nuevo en contacto con él si encontraba otra estación de radio, y la compañía, si bien era de un estrato social muy distinto al que ella frecuentaba antes de la pandemia, le estaba resultando placentera.

MÓNICA – Tiene razón el chico. Será mejor que nos vayamos ya a dormir todos, que mañana hay que madrugar mucho.

Mónica cruzó una mirada cómplice con Jonatan, y éste le ofreció una cálida sonrisa, al tiempo que asentía. Ambos se levantaron también de la mesa, y entonces a la anfitriona no le quedó más remedio que aceptarlo.

OLGA – Bueno… pues nada. Todo el mundo a dormir.

Tras las despedidas de rigor, Gustavo fue directamente al dormitorio de matrimonio y se echó en su lado de la cama, hecho un ovillo, mirando hacia la pared. Mónica ocupó la única cama libre que quedaba en el otro dormitorio, tras comprobar que el pequeño Izan dormía plácidamente. Jonatan se tumbó en el sillón de la sala principal de la caseta: si compartía la cama con su pareja, alguno de los dos amanecería en el suelo, pues ésta era excesivamente pequeña.

Olga fue la última en acostarse, no sin antes recoger cuanto habían dejado por medio tras la cena. Cuando llegó al dormitorio que compartiría con su hermano, le encontró dormido. Dejó la puerta entornada, se descalzó y ocupó su lugar al otro lado de la cama que había compartido con él desde el primer día que pasaron solos en el campamento. Cerró los ojos y trató de relajarse, pero le resultó imposible. Sus ensoñaciones sobre el destino que les esperaba en el sur del país fueron virando irremediablemente hacia los amargos recuerdos de los días pretéritos, obligándole a rememorar el fallecimiento de sus dos progenitores. Eran tantos los cambios y los nuevos retos que había tenido que afrontar las últimas semanas, que siempre tenía la mente ocupada y podía sobrellevar el día en una relativa paz. Era al llegar la noche cuando todos aquellos fantasmas la acosaban y le formaban un desagradable nudo en el estómago, obligándola a contener las lágrimas.

Esa noche Olga tuvo serios problemas para caer rendida al sueño. No lo hizo hasta bien entrada la madrugada. Al parecer, sus huéspedes también tuvieron complicaciones para conciliar el sueño, pues les escuchó cuchichear en la habitación contigua durante más de media hora antes que cada cual ocupase de nuevo su lugar.

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