3×993 – Rubia

Publicado: 08/09/2015 en Al otro lado de la vida

993

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

7 de octubre de 2008

 

Olga se quedó con el tenedor a cinco centímetros de la boca abierta, inmóvil. Cruzó la mirada con su hermano, que ya había acabado su escaso plato, y éste asintió.

Habían escuchado el característico sonido del claxon de un coche. Olga dejó caer el tenedor con aquél trozo tibio de salchicha cubierto de salsa de tomate sobre el plato, y corrió hacia la puerta de la caseta. Gustavo se levantó, pero ella le acribilló con la mirada, al tiempo que cogía el rifle vacío que había apoyado contra el marco de la puerta hacía escasas dos horas.

OLGA – Quédate aquí.

Olga se echó el rifle al hombro, salió a toda prisa por la puerta y cerró tras de sí. El arma podría estar descargada, pero al menos le serviría para amedrentar a cualquier otro ladrón que merodease por la zona.

Aquellos mal nacidos les habían robado todo el alimento que había dentro del campamento, así como la mayor parte del agua, toda la gasolina y otro montón de enseres. Olga aún no comprendía cómo habían podido cargar todo eso en el coche, mientras ellos dormían, y sin que ninguno de los dos se despertase. Al escuchar el claxon, lo primero que pensó fue que habían vuelto, arrepentidos por la sucia jugada que les habían hecho. Pero eso no tenía ningún sentido. Les habían robado cuanto quisieron, después de haberse pasado largas horas regalándoles las orejas sobre el destino feliz que les esperaría si decidían ir con ellos. No volverían.

Al llegar frente al portón que ella misma había cerrado esa mañana, descubrió que la persona que se encontraba al otro lado nada tenía que ver con aquellos dos tunantes.

Se trataba de un hombre de la edad de su padre, de unos cincuenta años, de corta estatura, con una espesa barba negra que empezaba a canear, al igual que su pelo. Sujetaba un robusto maletín plateado con la mano derecha. Había algo en aquél hombre que le resultó familiar, pero Olga se prometió no bajar la guardia. No la volverían a engañar.

Aparcado a escasos tres metros de aquél hombre había un coche negro de alta gama. Dentro del vehículo, sentado en el asiento del copiloto y con el cinturón puesto, había un niño regordete de unos diez años, con la mirada gacha, medio oculta por la capucha de una sudadera que lucía las grandes letras blancas del nombre de una  prestigiosa universidad norteamericana. Olga dio un paso al frente, con el arma apuntando al suelo y cara de pocos amigos.

GUILLERMO – Buenos días.

OLGA – Hola.

Guillermo echó un vistazo por encima del hombro de la joven, sorprendido al no encontrar nadie más en el campamento.

GUILLERMO – ¿Estás tú sola?

Olga respiró hondo. Le sorprendió su pregunta, porque fue eso mismo lo primero que preguntó Mónica la tarde anterior.

OLGA – ¿Qué es lo que quieres?

GUILLERMO – Bueno… quería… A ver… Yo vivía aquí en este campamento, con… mi hijo.

Guillermo echó un vistazo al vehículo con el que había venido hasta ahí. Guille seguía con la mirada fija en el salpicadero, ignorando por completo cuanto hacía su padre. Olga comprendió de qué le sonaba aquél hombre. Debía haberle visto docenas de veces deambulando por el campamento cuando éste aún estaba en activo.

GUILLERMO – Tuvimos que irnos, hace cosa de una semana, cuando… vinieron unos…

OLGA – Sí. Yo también estaba aquí. Sé lo que pasó.

Guillermo asintió cortamente, aunque algo intimidado por la actitud de la chica.

GUILLERMO – Pero he visto que ya lo… que ya está arreglado. Muy buen trabajo.

Guillermo sonrió, tratando de mostrarse amable. El rostro de Olga se mantuvo inexpresivo y amenazador. Aquél hombre saludó amistosamente detrás de Olga. Ella se giró y vio acercarse a su hermano, algo tímido. La joven de los pendientes de perla puso los ojos en blanco y se dirigió de nuevo al recién llegado.

OLGA – ¿Qué es lo que quieres?

GUILLERMO – Bueno… Me gustaría… entrar. Parece que éste vuelve a ser un lugar seguro, y dudo mucho que encuentre nada mejor por los alrededores…

OLGA – Pues me temo que eso no va a ser posible.

Olga sujetó el rifle con la otra mano, dándole a entender a Guillermo que no era bienvenido. Él captó la indirecta y tragó saliva. En adelante debería medir mejor sus palabras.

GUILLERMO – Tengo… Traigo algo de comida, en el coche. Si es por eso… Mi hijo y yo sólo necesitamos un par de camas de la carpa dormitorio. No necesitamos nada más. Si fuerais tan…

OLGA – Lo lamento.

GUILLERMO – ¿Puedo al menos entrar a recoger unas cosas que me dejé en una maleta? Es más que nada ropa, y algo de…

OLGA – No lo hagas más difícil.

Guillermo agachó la cabeza, derrotado. No valía la pena seguir arriesgándose. Si no era bienvenido, tendría que seguir adelante a solas con Guille.

GUILLERMO – Siento haberte molestado.

OLGA – No pasa nada.

Olga asintió satisfecha al verle dar media vuelta. Gustavo le obsequió con una mirada al tiempo sorprendida y molesta. Ese hombre disponía de un vehículo, y hasta hacía unas horas Olga soñaba con que llegase al campamento alguien como él, que pudiese llevárselos lejos de ahí. El joven arquero no acababa de entender la reacción de su hermana, pero tras el desengaño que habían sufrido con sus anteriores visitantes, prefirió callarse y dejarla hacer. No volvería a meter la pata.

Olga no perdió de vista a aquél hombre en ningún momento. Él volvió a aquél lujoso vehículo, se introdujo en él y llegó incluso a arrancar el motor. Se quedó ahí dentro unos segundos tras el volante, sin poner el coche en movimiento, y poco después apagó de nuevo el motor, para sorpresa de ambos hermanos.

Guillermo salió del vehículo, de nuevo con el brillante maletín a cuestas, y volvió hacia el portón de acceso.

GUILLERMO – Perdona… Perdona que te moleste otra vez… Es… seguramente es una tontería, pero…

La joven de los pendientes de perla se mantuvo en silencio, sin soltar el rifle. Guillermo se rascó la coronilla.

GUILLERMO – No habrás visto una… una chica joven. Algo mayor que tú. De unos veinticinco años. Es rubia, y tiene el pelo muy, muy largo… Es… es mi hermana.

Los hermanos se miraron el uno al otro. Gustavo dio un paso al frente, y se dirigió a Guillermo.

GUSTAVO – ¿Tu hermana se llama Bárbara?

Al escuchar las palabras del chico, a Guillermo le dio un vuelco el corazón. Se le aflojaron los dedos, y el maletín que hasta el momento tan firmemente sujetaba en su mano derecha cayó al suelo, al igual que su mandíbula inferior, al tiempo que una lágrima recorría su mejilla. Olga dio un largo suspiro, consciente de que le costaría mucho deshacerse de él.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Hola chic@s, estoy viva. Llevo semanas desconectada de la lectura habitual. Estoy en una nueva y feliz etapa en mi vida y sigo leyendo cosas, pero relacionadas con bebitos. Es que ando muy perdida jiji. A ver si me pongo las pilas porque no me gusta dejar este espacio con vosotros abandonado. Espero que todos estéis bien y que Morgan aún no haya aparecido, no quisiera habérmelo perdido.

    Besitos para todo el mundo que tan bien me acogísteis.

    Sonia.

    • Es un honor saberte de nuevo echando un vistazo al otro lado. A Morgan aún le queda algún que otro arco argumental troncal para asomar el hocico, pero en este flasback se le ve fugazmente cuando el grupo de Bárbara acababa de empezar a consolidarse.
      ¡Que vaya todo de lujo! 🙂

      David.

    • Betty dice:

      Hola Mami 😃!! Se te echaba de menos por aquí!! Felices lecturas y ocupaciones las qué tienes ahora!! Te deseo todo lo mejor!!
      Muchos besitos!!

      Betty

  2. battysco dice:

    Acabo de ponerme al día!!! Muy buen flashback el de Olga y Gustavo y, por otra parte, necesario para descubrir quiénes son y cómo conocieron a Guillermo y Guille. Me sorprende que se encontrasen con tan pocos días de diferencia a la visita de Bárbara y compañía al campamento. Ya son varias las ocasiones en las que parece que están a punto de encontrarse para luego descubrir que llegaron tarde.

    Sonia.

  3. battysco dice:

    Muchas gracias Betty!!! Al principio tenía mareos y náuseas, luego la cabeza en las nubes, después las vacaciones, y ahora ya parece que me vuelvo a centrar. Me quedo por aquí para seguir compartiendo impresiones con todos vosotros.

    Sonia.

  4. Siempre quise enfatizar ese aspecto de equidistancia, que por más que ambos se esforzasen por encontrar al otro, siempre hubiese algo que se lo impidiera en última instancia… hasta ahora. Y este es el momento adecuado, porque Guillermo en el tomo 1 o el 2 no tenía cabida. Sin embargo ahora… Bueno, tiempo al tiempo. xD

    David.

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