Archivos para octubre, 2015

3×997 – Hermanos

Publicado: 31/10/2015 en Al otro lado de la vida

XIX. HERMANOS

Secretos inconfesables

997

Puerto deportivo de Bejor

15 de diciembre de 2008

Guillermo sujetó a su hermana por los hombros, mostrando una radiante sonrisa de oreja a oreja. El reencuentro le había cogido con la guardia baja, y aún le costaría asumir que, después de tantísimo tiempo buscándola, por fin había dado con ella. Bárbara respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. El corazón le latía a toda velocidad en el pecho. Su hermano había estado abrazándola tan fuerte que incluso le había cortado la respiración. Fueron tantas las veces que soñó con ese momento, que se sentía totalmente fuera de lugar. No cabía en sí de gozo.

La profesora dio un paso atrás y observó a su hermano de arriba abajo. Había perdido mucho peso, mucho pelo, y lucía una barba desarreglada que le restaba años, pese a que empezaba a canear por los lados. La riñonera roja que rodeaba su cintura, justo por debajo de la chaqueta, le daba un aspecto ridículo, pero estaba de una pieza. Se prometió que jamás volvería a alejarse de su lado. Pasara lo que pasara.

GUILLERMO – ¿Qué te has hecho en el pelo, Barbie?

Bárbara frunció el ceño, sorprendida por la pregunta. Entonces cayó en la cuenta de que ella también ofrecía un aspecto muy distinto al de la última vez que se vieron, frente a aquella comisaría en Sheol. Ella siempre había lucido una larga melena rubia, y su corte de pelo actual, que le dotaba de un aspecto al mismo tiempo más moderno y andrógino, debía ser cuanto menos chocante para él.

BÁRBARA – ¡El que fue a hablar!

El investigador biomédico esbozó una sonrisa. A su hermana le brillaban los ojos y no podía parar de sonreír.

GUILLERMO – Ya estábamos empezando a preocuparnos. Habéis tardado mucho en llegar. ¿Todo… Ha ido todo bien?

BÁRBARA – ¡Sí! Hemos tardado más porque nos hemos obligados a usar sólo las velas, para ahorrar combustible, pero… el viaje ha sido una gozada. Ha ido mucho mejor de lo que yo pensaba.

Guillermo hizo un gesto afirmativo agitando la cabeza de arriba abajo. Ambos se giraron al escuchar una voz juvenil a su lado. Hasta el momento habían estado tan absortos el uno en el otro que se habían olvidado de todo cuanto les rodeaba, incluso del hecho que estaban en plena calle en una ciudad llena de infectados.

GUSTAVO – ¡Hola Bárbara!

La profesora sintió un agradable cosquilleo en el estómago al ver a los dos hermanos aproximándose. Olga se había recogido el pelo en una trenza lateral, y seguía luciendo sus característicos pendientes blancos en forma de perla. Gustavo parecía en cierto modo distinto, incluso hubiera podido jurar que era algo más alto. Él también se había cortado el pelo, aunque no por ello dejaban de intuirse sus característicos rizos morenos. Tenía una cicatriz reciente en la mejilla y sostenía en su mano derecha un enorme arco olímpico. Por encima de su hombro se intuían al menos una docena de largas flechas que sobresalían de un carcaj de cuero negro. Ambos iban bien abrigados de pies a cabeza, tal como el clima, cada vez más frío, exigía.

Bárbara se acercó a ellos. Les besó con entusiasmo y les abrazó, agradeciéndoles que hubiesen cuidado tan bien de Guillermo. Carla les observaba desde el otro extremo del interrumpido paseo. Bárbara la presentó alzando la voz, y la veinteañera les saludó agitando un brazo desde su orilla, presentándose a voz en grito, mucho más tranquila al ver a la profesora tan animada. Fue en ese momento cuando Bárbara cayó en la cuenta de que Guille no estaba con ellos, y le dio un vuelco al corazón. Dio un paso al lado, escrutando con ansiedad el lujoso vehículo en el que habían llegado los demás. Tres de las puertas estaban abiertas, pero no había rastro de un cuarto pasajero. Bárbara tenía muy buena vista, antes incluso de resultar infectada: Guille no estaba ahí, a no ser que le hubiesen metido en el maletero, lo cual no tenía el menor sentido.

BÁRBARA – ¿Y Guille? ¿¡Dónde está!?

La sonrisa que lucía su hermano se esfumó repentinamente. El investigador biomédico tragó saliva. La profesora tuvo de nuevo un mal presentimiento.

GUILLERMO – Tranquila, Bárbara. Guille está… bien. Está ahí, en la escuela de náutica.

Bárbara se giró hacia aquél monolítico edificio azul y blanco, pero enseguida se centró de nuevo en su hermano. Le temblaba la mandíbula, y sus ojos habían vuelto a adquirir aquél característico brillo previo al llanto.

BÁRBARA – No. No puede ser. Me he pasado por lo menos diez minutos gritando aquí delante. Nos habría oído. Habría… habría dicho algo. ¿Cuánto tiempo hace que os fuisteis vosotros?

GUILLERMO – Eso no tiene importancia. Él está dentro. Te lo digo yo.

La profesora frunció el ceño, irritada.

BÁRBARA – ¿Cómo estás tan seguro?

GUILLERMO – Está ahí, Bárbara. Confía en mí.

Bárbara miró alternativamente a Olga y a Gustavo. Ellos también habían perdido la sonrisa. Ahí había algo que no encajaba.

BÁRBARA – ¿Qué es lo que está pasando aquí?

GUILLERMO – Vamos con tu amiga al otro lado. Déjame… déjame que acerque el coche. Será sólo un momento.

BÁRBARA – Pero…

Bárbara observó cómo su hermano se alejaba de vuelta al coche cuyo motor había dejado en funcionamiento, dejándola con la palabra en la boca. De nuevo se dirigió a los dos hermanos.

BÁRBARA – Decidme la verdad. ¿Está mi sobrino ahí? ¿Está bien?

OLGA – Guille está ahí. Ahora… ahora vamos con él, y… le podrás ver tú misma. No te preocupes, de verdad.

Sin embargo, ya era tarde para eso. La profesora comenzó a girar nerviosamente su anillo de pedida.

Su hermano no tardó en aparcar el Audi junto a aquél enorme agujero, y entre los cuatro bajaron de la baca aquella pesada tabla de madera. Con toda seguridad la habían llevado consigo para evitar que cualquiera que la viese tuviese la tentación de acceder a la escuela de náutica. Eso tendría sentido, si lo que pretendían era salvaguardar la seguridad de Guille, pero de todos modos, Bárbara no estaría tranquila hasta que le viese con sus propios ojos.