3×999 – Sobrino

Publicado: 07/11/2015 en Al otro lado de la vida

999

Escuela de náutica, puerto deportivo de Bejor

15 de diciembre de 2008

Bárbara seguía en silencio a su hermano por aquél interminable pasillo con las puertas cerradas de las aulas a ambos lados. Sólo rompían el silencio sus pisadas y el rumor de voces que provenía de las escaleras.

Habían subido dos pisos y llegado al extremo más alejado del pasillo más largo de esa última planta. A la profesora le sorprendió el hecho de que a medida que se acercaban, cada vez hubiera más oscuridad. Las persianas de las aulas del inicio de ese largo pasillo estaban subidas hasta arriba, y la intensa luz matutina se filtraba a través del cristal de las puertas, pero a medida que avanzaban, las siguientes estaban bajadas, y al final del pasillo reinaba una penumbra en cierto modo inquietante. De no ir acompañada por su hermano, que parecía excepcionalmente tranquilo, Bárbara haría ya mucho que hubiese empuñado su arma.

GUILLERMO – ¿Ves bien?

Bárbara hizo un gesto afirmativo. Él mismo no parecía tener ningún tipo de complicación para orientarse, pese a la escasez de luz. Se dio media vuelta y siguió hasta el final del pasillo. Se acercó a una puerta algo más pequeña que el resto, ciega, y posó su mano sobre el viejo pomo dorado.

GUILLERMO – Está aquí dentro. No hagas mucho ruido, ¿vale? A estas horas… debe estar durmiendo.

La profesora asintió con la cabeza, sin abrir la boca. Guillermo giró el pomo y empujó la puerta con suavidad. Al otro lado se escuchó un arrastrar de pies y un quejido lastimero. El investigador biomédico abrió la puerta noventa grados, hasta que el pomo chocó contra la pared interior, echó un rápido vistazo a su hermana, y se dirigió a su hijo.

GUILLERMO – Guille, cariño. Ha venido la tita Bárbara a verte.

La profesora escuchó un vago gemido, algo parecido a una pregunta sin palabras. Guillermo entró en aquella habitación y le hizo un gesto con la mano a su hermana para que le imitase.

GUILLERMO – Pasa. Pero no hagas movimientos bruscos ni levantes mucho la voz, que se puede asustar.

Bárbara no comprendía nada. En ese momento se dio cuenta de que ya no estaba nerviosa. Su principal temor, desde el primer momento, fue el de que Guille hubiera muerto, y que su hermano le hubiese ofrecido una mentira piadosa para no preocuparla durante el viaje. Pero resultaba evidente que había errado en su pronóstico. La profesora respiró hondo y dio un paso al frente.

Se trataba de una estancia muy pequeña, de apenas dos metros cuadrados. Pese a que estaba vacía, a excepción de una gruesa manta de lana que yacía desparramada en el suelo y un par de baldas igualmente vacías burdamente ancladas a la pared lateral, el olor que reinaba en su interior delataba que había sido un almacén de productos de limpieza. La profesora no alcanzaba a comprender por qué diablos Guille se había encerrado ahí, en una habitación tan pequeña, sin luz natural ni artificial, ni ningún tipo de ventilación.

El niño estaba de pie, de espaldas a la pared, en el extremo opuesto al de la puerta por donde habían entrado sus familiares. Llevaba puesta una sudadera negra, con grandes letras blancas que escribían el nombre de una célebre universidad de Estados Unidos. Llevaba puesta la capucha de la sudadera, y estaba tan encorvado que Bárbara fue incapaz de ver su cara más allá del mentón. Guillermo se acercó a él y le sujetó por los hombros, tratando de erguirlo.

GUILLERMO – Ponte bien, haz el favor.

El niño se dejó hacer. Su padre le hizo sacar pecho y le quitó la capucha. Fue entonces cuando la profesora comprendió el motivo de tanto secretismo. Pese a que Guille tenía la cabeza gacha y que la oscuridad ahí dentro era muy acusada, Bárbara distinguió claramente que algo no andaba bien en su mirada. La profesora hizo una corta aspiración, justo antes de llevarse una mano a la boca. Guille se giró a toda prisa hacia ella, agachando la cabeza entre los hombros, y repitió aquél característico gemido con el que les había dado la bienvenida. Guillermo se giró hacia su hermana, con una expresión apesadumbrada en el rostro. Bárbara le miró inquisitivamente, ofendida, asustada y entristecida a un tiempo.

BÁRBARA – ¿Está infectado?

Guillermo tragó saliva y suspiró largamente. Había ensayado esa conversación en su cabeza infinidad de veces, contemplando una y mil réplicas por parte de Bárbara, pero a la hora de la verdad, se había quedado en blanco.

GUILLERMO – ¡No! Bueno… Sí… pero… no como nosotros dos. Él…

BÁRBARA – ¡¿Tú también…?! ¿Y cómo sabes que yo…?

Bárbara no comprendía nada. Estaba teniendo serios problemas para procesar tal cantidad de información en tan corto período de tiempo. Guille, al escucharles levantar el tono de voz, empezó a ponerse nervioso y se acurrucó en el suelo, con la cabeza gacha. Se abrazó las piernas, hecho un ovillo. Guillermo se arrodilló frente a él y le acarició el hombro, tratando de tranquilizarlo.

GUILLERMO – Está bien… Está bien… No pasa nada, cariño.

La profesora dio un paso atrás, superada por el desarrollo de los acontecimientos. Cualquier otro infectado hubiese intentado atacarles, hubiese gritado, o al menos hubiese tratado de salir corriendo al sentirse acorralado. La reacción de Guille no tenía el menor sentido para ella.

BÁRBARA – ¿Está sedado, le has…?

Guillermo se levantó, y la acompañó fuera de aquél minúsculo habitáculo. Entrecerró la puerta, para evitar que Guille se pusiera aún más nervioso. Comenzó a hablar con su hermana, pero lo hizo en un tono excepcionalmente bajo, temeroso de que cualquiera de sus compañeros pudiese oírle.

GUILLERMO – Guille está bien. Está perfectamente sano, no le pasa nada. Sólo que…

BÁRBARA – ¿Pero está infectado o no?

Guillermo miró hacia el fondo del pasillo, por encima del hombro de Bárbara.

GUILLERMO – No es tan sencillo. No es… no es como los demás infectados. Nunca ha atacado a nadie. Es súper tranquilo, y… se ha vuelto muy tímido. Ahora él… se está adaptando al cambio. Supongo que de aquí a un tiempo… empezará a coger más confianza… De cara a Olga y a… su hermano, yo… les he dicho que está traumatizado por todo lo que ha pasado, cuando perdió a su madre y a su hermana, que nunca llegó a recuperarse, y que por eso se comporta así. En cierto modo… tampoco estoy engañando a nadie.

BÁRBARA – ¿Pero… pero entonces…? No… No entiendo nada.

Pese a que ella hablaba con un tono de voz normal, él seguía haciéndolo en voz muy baja, cada vez más baja, y además parecía bastante incómodo por el hecho que ella no le imitase, pese a que no le instaba a bajar el tono.

GUILLERMO – Ya te lo explicaré mejor cuando… cuando estemos solos. No quiero que nadie nos oiga. Ahora… lo que necesito es que estés conmigo en esto, porque si no, no nos van a dejar llevárnoslo.

BÁRBARA – Pero… ¿Por qué no me has contado esto antes?

GUILLERMO – No podía. No por la radio. ¿No lo entiendes?

Bárbara no pudo aguantar más y estalló en llanto. Golpeó el pecho de su hermano, superada por la situación. Al otro lado de la puerta, los gimoteos nerviosos de Guille se intensificaron.

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comentarios
  1. Gamab dice:

    I knew it!!! Lo que no me esperaba es que su estado no fuera algo secreto, sino conocido por todos.

  2. Betty dice:

    Uf… Ya me imaginaba algo así!! Qué intriga… A ver qué explicaciones le da a Barbara y cómo reacciona ella…!
    Guillermo sigue haciendo de las suyas con sus experimentos! 😉

    Saludos

    Betty

  3. Drock9999 dice:

    Hasta aquí me caía bien Guillermo, pero…… Es que todo depende de como se vea. Creo que el nombre del grupo de comentaristas debería ser: Para gustos los colores

    D-Rock.

  4. Mucho margen a matices para este hombre. Yo creo que de igual modo podéis empatizar u odiarle por sus actos. Que el tiempo sea quien lo juzgue. 🙂

    David.

  5. No es blanco ni negro ni gris. Guille tiene todavía más matices, y por ello se puede tomar la libertad de pasar desapercibido… En próximos capítulos irá quedando todo mucho más claro.

    David.

  6. battysco dice:

    OOOOHHH!!! Sorpresaaa!!!

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