3×1001 – Arco

Publicado: 14/11/2015 en Al otro lado de la vida

1001

De camino a la comisaría de Bejor

15 de diciembre de 2008

Bárbara ocupaba el asiento del copiloto. Su hermano iba al volante. Él era el único de los presentes que sabía conducir, y además el coche era de su propiedad. Lo conservaba desde mucho antes del inicio de la pandemia, y con él había hecho centenares de kilómetros tratando en vano de conseguir lo que su hermana acababa de hacer por mar.

El trayecto hacia la comisaría estaba siendo excepcionalmente tranquilo. Bárbara, consciente del volumen de infectados que podían llegar a acumularse en un entorno urbano, temía que pudieran tener problemas. Estaba preparada para afrontarlos: las prácticas de tiro continuadas y su perpetuo desafío a la muerte le habían hecho perder el miedo. No obstante, temía por su hermano. Después de luchar tanto por reunirse con él, jamás se perdonaría perderlo por un descuido.

En los asientos traseros se encontraban Darío y Gustavo. Charlaban distendidamente sobre lo que encontrarían una vez llegasen a Nefesh. El muchacho no paraba de hacerle preguntas y estaba emocionadísimo con todo cuanto le contaba el viejo pescador: un barrio entero para ellos solos, libre del yugo de los infectados, con abundante alimento y agua potable. Después de la precaria vida que había tenido las última semanas en compañía de su hermana y de los dos Guillermos, se le antojaba como un sueño inalcanzable hecho realidad. No obstante, siempre tenía un ojo puesto en cuanto les rodeaba, dispuesto a echar mano de una flecha si las cosas se ponían feas.

La ciudad estaba patas arriba. El volumen de cadáveres medio devorados secándose al sol era mucho mayor que el de cualquier otro de los lugares por los que Bárbara había pasado los últimos meses. La profesora sintió la tentación de amontonarlos en un lugar apartado e incinerarlos, como había hecho tantas ocasiones en Nefesh, por miedo a que su putrefacción acabase haciendo la ciudad inhabitable. Pero ello hubiera resultado absurdo. Ese mismo día partirían de Bejor para no volver jamás. Ese no era su problema.

Guillermo conocía muy bien las calles. Lo que en apariencia era un trayecto errático en una especie de zigzag en el que en ocasiones incluso se alejaban del destino, respondía a un conocimiento profundo de qué calles estaban cortadas, o de las zonas calientes por las que no les convenía pasar. Resultaba evidente que no era la primera vez que hacían ese trayecto. En un momento dado, Guillermo cortó abruptamente la conversación que mantenían el joven arquero y Darío, dejando a éste último con la palabra en la boca.

GUILLERMO – Agarraos bien.

Todos llevaban puesto el cinturón de seguridad. No obstante, tuvieron que aferrarse con fuerza a los asientos y las asideras de las puertas para mantenerse erguidos. Guillermo dio un violento volantazo a la derecha, virando noventa grados el rumbo que llevaban, para acto seguido acelerar a conciencia. Bárbara no se había percatado del motivo, pero enseguida vio por el retrovisor a una pareja de infectados corriendo en su dirección. No tardaron en perderles de vista, y tras cruzar un parque y pasar bajo una vía elevada, todo volvió a la normalidad. En menos de un minuto llegaron a su destino.

A Bárbara se le antojó un viaje largo, aunque en realidad apenas habían pasado algo más de cinco minutos desde que se despidieran de Olga. Guillermo estacionó en mitad de una pequeña glorieta que tenía un montículo de tierra cubierto de césped que se elevaba un metro y medio sobre la rasante de la calzada. Era el lugar más eficiente para otear los alrededores antes de dar el siguiente paso.

Tras las pertinentes recomendaciones de seguridad y la enésima explicación del funcionamiento de las armas que acarreaban los inexpertos Darío y Guillermo, finalmente abandonaron el vehículo. Gustavo fue el primero en hacerlo, y Bárbara se sorprendió al ver cómo, aún con la puerta abierta, se llevaba la mano derecha al carcaj y preparaba una flecha. Fue increíblemente rápido. En menos de cinco segundos, la flecha desapareció de la vista de la profesora. Ella siguió con la mirada su trayectoria, pero sólo alcanzó a ver una sombra desplomándose en la distancia, entre los matorrales de una rambla ajardinada con viviendas recientes de protección oficial a ambos lados.

GUSTAVO – Quedaos aquí. Voy a por la flecha.

Gustavo sacó otra flecha del carcaj y puso rumbo a su víctima. Bárbara echó un vistazo a su hermano, que hurgaba en el maletero del Audi, y se apresuró a seguir el paso del chaval.

BÁRBARA – ¡Te acompaño!

El joven arquero se giró y frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada. Enseguida llegaron a su destino. A duras penas tuvieron que caminar poco más de cien metros. La profesora contempló fascinada cómo el chico arrancaba la flecha del cuerpo sin vida del infectado. Cómo había conseguido efectuar un tiro tan certero, atinando en el mero centro del cuello a un blanco en movimiento y a semejante distancia, era algo que se le escapaba. El chico observó la flecha atentamente, y concluyó que aún podría seguir dándole uso. Luego aprovechó las hojas del matorral sobre el que descansaba el cuerpo del infectado para limpiarla de sangre, y la introdujo de nuevo en el carcaj.

Cuando llegaron de vuelta junto al vehículo, Guillermo sostenía en la mano derecha una garrafa de plástico rojo, que a juzgar por su postura, parecía bastante pesada. Prácticamente sin mediar palabra, pusieron rumbo a la comisaría.

El edificio era relativamente reciente; no tendría más de diez años. Todo cuanto se podía ver era una monolítica fachada de bloques prefabricados de hormigón, con aberturas minúsculas e idénticas, tras las que se veían pequeñas ventanas ocultas tras unos gruesos barrotes. La profesora se percató de que una de aquellas aberturas de la planta primera carecía de barrotes. Ahí fue hacia donde se dirigieron. Pese a que en ese punto el edificio estaba parcialmente soterrado, dada la pendiente de la calle, la altura resultaba excesiva para alcanzar la ventana. Gustavo se encargó de solucionar ese problema limitándose a acercar a la fachada un gran contenedor de basura de color verde al que él mismo trepó acto seguido.

Guillermo fue el siguiente en subir, tras entregarle la garrafa al chico. Luego trepó Darío, seguido de Bárbara. Para entonces Gustavo ya se encontraba en el interior de la comisaría.

GUILLERMO – Cuidado no os cortéis, que esto es como la hoja de una navaja.

Darío cruzó la abertura, esquivando hábilmente los barrotes serrados cuyos extremos estaban increíblemente afilados. Bárbara le imitó, y ya estaba prácticamente dentro cuando su hermano la sujetó por las axilas y trató de ayudarla a entrar. En el último momento se enganchó la pernera de los tejanos en una de aquellas barras burdamente cortadas, y la tela se desgarró. Por fortuna no llegó a cortarse la piel.

Lo primero que vio la profesora al entrar fueron tres urinarios colgados de la pared. Habían accedido por el lavabo de hombres. Ahí la luz era escasa. Bárbara caminó hacia la zona donde se encontraban los lavamanos y miró con inquietud las puertas cerradas de los lavabos. Al salir, le sorprendió ver un montón ingente de muebles taponando la escalera que comunicaba con la planta baja. Se limitó a seguir a su hermano, con Darío pisándole los talones. Pasaron de largo junto a un generador portátil del que emergía un cable negro en tensión que parecía marcar la dirección a seguir. Eso fue lo que hicieron, mientras Guillermo vertía el contenido de la garrafa en su depósito, y uno a uno entraron a una pequeña sala con un montón de archivadores en la pared frontal, un par de escritorios y una gran mesa en la que se encontraba la estación de radio. Alrededor de la mesa de la radio había tres sillas. Gustavo emergió de la puerta de aquella oficina con una cuarta.

GUSTAVO – Tomad asiento.

Guillermo sacó una linterna de su mochila, la encendió y la colocó con delicadeza sobre uno de los archivadores, enfocando hacia la radio. Acto seguido cerró la ventana y bajó con cuidado la persiana. El investigador biomédico salió un momento de la sala, y enseguida comenzó a sonar un ruido bastante molesto. Prácticamente al instante, la estación de radio recobró la vida. Guillermo entró de nuevo, cerró la puerta, tanto como se lo permitió el cable, y tomó asiento en la cuarta silla.

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