3×1005 – Tita

Publicado: 01/12/2015 en Al otro lado de la vida

1005

 

Escuela de náutica, puerto deportivo de Bejor

15 de diciembre de 2008

 

 

 

BÁRBARA – Pues qué quieres que te diga… no lo entiendo. ¿Por qué nadie lo hizo público?

GUILLERMO – Vergüenza, culpabilidad… ¿quién sabe? Verdad sea dicha, tampoco tuvieron mucho tiempo para elaborar informes… A mí, al principio, también me costó entenderlo. Es tan… evidente. Por eso me escondí. Pensé que atarían cabos y me meterían en la cárcel de por vida. Pero… no. Yo tengo la teoría de que son los propios gobiernos los que lo negaron todo desde el principio. A ningún partido político le interesa reconocer que la decisión de implantar un medicamento, tomada de manera unilateral, aunque fuera con la mejor de las intenciones, ha provocado la muerte de… tantos inocentes, prácticamente la totalidad de la población mundial. En la enorme mayoría de los casos, esa votación fue consensuada por gobierno y oposición, en bloque, en todos los países, en todos los continentes. Reconocerlo sería como asumir públicamente una derrota electoral… perpetua.

BÁRBARA – No… no puede ser… Madre mía. Pero si me he dado cuenta hasta yo, que no entiendo nada de todo esto de… lo vuestro. La relación es… indiscutible. Yo sólo se lo oí decir a algunas personas por la calle, los primeros días. Un  par de menciones en alguna tertulia pero… ya. Para de contar. Es como si decidieran ignorarlo, voluntariamente. ¿Por qué no lo dijeron por las noticias? ¿Aunque fuera por las cadenas privadas?

Guillermo esbozó una media sonrisa negando ligeramente con la cabeza.

GUILLERMO – Lo hicieron, junto con otro montón de teorías descabelladas. Yo llegué a escuchar por la radio, cuando estaba en la casa de Jaime, que esto era una invasión alienígena, que habían traído unas esporas en una nave espacial. No lo sé. Quizá fuera por miedo. Piensa que a estas alturas… más del 94% de la población mundial estaba vacunado. De la población mundial, incluidos los países del tercer mundo. Vincular la pandemia con la vacuna de tu padre… sería como asumir que no había salvación posible, que todos estábamos condenados. Doy gracias al cielo porque tú no te vacunases.

Bárbara respiró hondo. Se encontraban en una de las aulas de la segunda planta, no muy lejos de donde Guille aún dormitaba en el almacén de material de limpieza. Los últimos rayos de sol se filtraban por las rendijas de la persiana. La profesora ocupaba el lugar que le correspondía en el asiento más cómodo, junto a la pizarra, y su hermano hacía lo propio sobre la mesa del pupitre más cercano. Habían estado charlando desde que llegaron, posponiendo el momento de visitar a Guille. Guillermo lo prefirió así, y su hermana, para su propia sorpresa, no opuso ninguna resistencia.

BÁRBARA – Yo pensé que tú sí estabas vacunado. Que os vacunasteis todos en el laboratorio poco antes de que el papa fuese a aquello de la OMS.

GUILLERMO – Todo el mundo creyó que lo había hecho. Él el primero.

BÁRBARA – ¿Y por qué no lo hiciste?

El investigador biomédico respiró hondo.

GUILLERMO – Esa sí es una larga historia, que me va a llevar bastante tiempo contarte… ¿Quieres que vayamos a ver a Guille? A estas horas suele empezar a despertarse. Y ahora estará algo más… receptivo.

Bárbara frunció ligeramente el ceño. Asintió.

Ambos se dirigieron hacia el final del pasillo, en silencio. A ninguno de los dos les hizo falta encender luz alguna para guiarse entre la creciente oscuridad. Guillermo golpeó con los nudillos la puerta tras la que se encontraba su hijo. Un gemido agudo se escuchó al otro lado a modo de respuesta. El investigador biomédico abrió la puerta.

Guille estaba en pie. Llevaba de nuevo puesta la capucha de la sudadera, hasta la altura de las cejas, lo justo para poder ver. Guillermo encendió una linterna que llevaba en el bolsillo y la colocó sobre una de las baldas que había ancladas a la pared, ofreciéndole a la estancia el don del color. Se acercó a su hijo y le susurró algunas cosas prácticamente al oído. El niño asintió, y su padre se hizo a un lado. El chaval le miró, algo asustado, y Guillermo hizo un gesto de asentimiento. Guille dio un paso al frente.

Bárbara notó un nudo en el estómago. No comprendía absolutamente nada. Pudo distinguir con claridad, gracias a la luz de la linterna, los ojos del pequeño. Ahí había algo que no encajaba. Conservaban su bello color azul grisáceo, y la esclerótica estaba en perfecto estado, de un blanco impecable. Miró al chico, y acto seguido miró a su hermano. Él le instó a aproximarse.

La profesora se acercó a él, se agachó ligeramente y le abrazó con fuerza. Ya no fue capaz de aguantar más las lágrimas. El niño no le correspondió el abrazo, pero tampoco hizo amago alguno de quitársela de encima. Ella se apartó un poco, quedándose frente a frente con él, que miraba a su padre con una expresión algo incómoda.

BÁRBARA – No entiendo nada. ¿Pero… qué es lo que le ha pasado?

Guillermo agachó ligeramente la cabeza, avergonzado.

GUILLERMO – Tú sabes que nosotros estuvimos en Midbar, en el campamento de refugiados.

BÁRBARA – Sí, claro. Ahí fue donde yo conocí a Olga y a Gustavo. Ahí fue donde… ¡Espera!

La profesora se llevó la mano al bolsillo y sacó una minúscula bolsa de plástico con cierre hermético, en cuyo interior se distinguía claramente una pajarita de papel con una mancha azul de tinta en la parte correspondiente a la cabeza.

BÁRBARA – ¿Esto es tuyo?

Guillermo cogió la bolsita y la contempló con mucha curiosidad.

GUILLERMO – ¿Dónde has encontrado esto?

BÁRBARA – Estaba en el centro de refugiados, en una de las mesas del comedor.

GUILLERMO – Pues sí. Supongo que es mío. Hago esas cosas cuando estoy nervioso… Ah, bueno… Ahora que lo dices… ahí en Midbar le enseñé a él a hacerlas. Creo que esta es de las suyas. Yo esta última doblez del cuello no la hago tan recta…

El investigador biomédico le devolvió la pajarita a Bárbara. La profesora no paraba de mirar a su sobrino, que repentinamente había adquirido mucho interés por su tía.

BÁRBARA – ¿Y qué fue lo que pasó?

GUILLERMO – Ellos ya te contaron lo que ocurrió esa noche, ¿no?

Bárbara asintió.

GUILLERMO – Olga y su hermano consiguieron escapar, y se refugiaron en un árbol. Por eso se salvaron. Pero nosotros…

Guillermo echó un vistazo a su hijo, que no le quitaba ojo a Bárbara.

GUILLERMO – Nosotros no tuvimos tanta suerte.

El investigador biomédico suspiró. Sujetó a su hijo por la muñeca, y le levantó la sudadera, llevándose también la camiseta que tenía debajo. Bárbara contempló con estupefacción la herida de un mordisco. Resultaba inconfundible. Tenía forma de almendra, e incluso se podían distinguir con relativa claridad las marcas de los dientes. Era una herida muy profunda, aunque ya estaba perfectamente cicatrizada.

BÁRBARA – Pero… ¿Él tampoco estaba vacunado?

GUILLERMO – No. Él sí lo estaba.

BÁRBARA – ¿Entonces? No entiendo nada. ¿Vas a hacer el favor de explicármelo?

GUILLERMO – ¿Cómo te lo diría? El virus… que transforma a la gente en infectados, del que todo el mundo hablaba… no… no existe.

Bárbara frunció el ceño.

GUILLERMO – No. No me mires así. Es verdad. No existe. Mírate a ti, mírame a mí. Somos el mejor ejemplo. Nosotros sólo hemos recibido eso, y… estamos como una rosa. Yo no he estado mejor en toda mi vida. Hasta respiro mejor.

BÁRBARA – ¿Me vas a explicar de una vez qué es lo que le ha pasado a Guille?

GUILLERMO – Es lo que te estoy intentando decir. La vacuna de tu padre, por sí sola, es totalmente inofensiva. Igual que lo que tenemos tú y yo. El problema está en mezclarlo. Es al juntar las dos cosas cuando todo se va al traste.

BÁRBARA – Eso ya lo sabía.

GUILLERMO – ¿Entonces qué es lo que no entiendes?

Bárbara señaló a su sobrino.

BÁRBARA – ¿Qué es lo que le ha pasado a él? Me dices que está vacunado, y que le han mordido. Y yo lo veo muy bien. Tiene los ojos limpios, y… está muy tranquilo. Debería estar intentando matarnos a los dos. ¿Qué le hace a él diferente al resto?

Guillermo le dio un golpecito a la riñonera roja que llevaba puesta.

GUILLERMO – Esa noche le mordieron. Bueno… nos mordieron a los dos. A mi casi me matan. Todavía no sé muy bien ni cómo, pero conseguí que saliéramos de ahí de una pieza, en el coche. Ensangrentados y magullados, pero enteros. Yo sabía lo que le iba a pasar. Lo sabía perfectamente. Intenté arreglarlo… Te juro que hice todo lo que estuvo en mi mano. Pero…

El investigador biomédico respiró hondo, visiblemente entristecido.

GUILLERMO –  … llegué tarde.

Bárbara se le quedó mirando, en silencio.

BÁRBARA – ¿Qué es lo que llevas ahí dentro?

GUILLERMO – ¿Esto? Un trasto inútil… Es… no es nada. No sé ni por qué lo llevo encima todavía.

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