Archivos para enero, 2016

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Frente al cementerio de Sheol

31 de agosto de 2008

 

Guillermo le dio otra calada a lo que ya era poco más que una colilla, y tiró el cigarro al suelo a través de la ventanilla abierta. Fue a parar a la calzada, junto con la otra media docena que el investigador biomédico había consumido tratando en vano de vencer a la impaciencia. Echó un vistazo al reloj que llevaba en la muñeca: pasaban veinte minutos de la medianoche.

Llevaba ahí aparcado lo que le había parecido una eternidad, esperando que ocurriese algo, cualquier cosa, que le permitiese entrar sin ser visto. Su viaje al cementerio había sido más un arrebato de inconformismo ante la muerte de su padre que un acto realmente premeditado. Se creía en potestad de enmendar el accidente que había ocurrido hacía escasas veinticuatro horas, pero no estaba tan enajenado como para ponerse en evidencia. Si algo temía en esos momentos era a la policía, y no estaba dispuesto a ponérselo fácil.

A través de los grandes portones de acceso podía ver la garita del guarda nocturno, que estaba compartiendo pizza y cervezas con el jardinero, cuyo turno había acabado hacía ya más de tres horas. Estaban viendo en streaming en el portátil del guarda un partido de fútbol amistoso entre la selección española y la argentina que parecía no querer acabar nunca.

Guillermo miró de nuevo el reloj: no habían pasado ni cinco minutos. Harto de esperar, consciente de que no podía pasarse ahí quieto toda la noche, giró de nuevo la llave en el contacto, dispuesto a volver a aquél hipermercado y llevarse la escalera más alta que hubiese a la venta. Con ella podría pasar al otro lado del gran muro que circundaba el camposanto, en algún punto del mismo que no estuviese iluminado por aquellos malditos focos. Si no se había hecho con ella antes fue porque no pretendía llevar a cabo su pequeño experimento dentro del cementerio. Su intención era la de sacar a su padre de ahí y proceder en un lugar seguro, lejos de cualquier mirada indiscreta, y para ello necesitaría salir por una puerta. Pero ahora ya ni siquiera eso le importaba. Quería entrar, y quería hacerlo cuanto antes. Cada minuto jugaba en su contra.

Arrancó, e incluso introdujo la primera marcha, pero justo en ese momento vio cómo el jardinero, un hombre argentino de su misma edad, visiblemente perjudicado por la cerveza, salía de la garita voceando el himno de su patria, festejando la victoria de su equipo mientras el guarda, entre carcajadas, ponía en duda la honra de su madre. Guillermo observó, conteniendo la respiración, cómo el jardinero subía a una camioneta blanca con el escudo de Sheol grabado en el lateral, y la acercaba al portón de acceso, al tiempo que el guarda lo abría para darle paso. Le llamó la atención comprobar que la caja trasera estaba llena de ramas y hojas secas, medio ocultas por una lona sujeta por varias cuerdas elásticas. Sin saber muy bien por qué, comenzó a seguirle calle abajo al tiempo que el guarda cerraba de nuevo el portón.

El investigador biomédico trató de ser lo más discreto posible durante los escasos dos minutos que duró la persecución. En todo momento dejó una distancia más que prudencial para pasar desapercibido, y el jardinero no llegó a darse cuenta de que le seguían. Sin duda, el influjo etílico de la cerveza también tuvo algo que ver.

El jardinero aparcó la camioneta a escasas tres manzanas del cementerio, junto a un vertedero de dudosa legalidad en una zona marginal con viviendas de autoconstrucción. Guillermo pasó de largo y estacionó su coche tras el siguiente recodo de la carretera, fuera del arco de visión del argentino. Mientras éste se deshacía de la carga, trabajo que debía haber hecho a media tarde y en un punto limpio, Guillermo se amparó en la oscuridad para observarle desde detrás de unos contenedores. El jardinero se dio más prisa de la que él hubiese querido, y subió de nuevo a la camioneta. Sin embargo, no la puso de nuevo en marcha. Pasó ahí dentro cerca de un minuto, y acto seguido volvió a salir, se puso de espaldas al vehículo, se bajó la bragueta, y comenzó a mear.

Guillermo, consciente de que esa era su oportunidad de oro, corrió hacia su coche y agarró la bolsa de deporte que contenía todo el material que debía servirle para exhumar el cuerpo de su padre. Los mangos de ambas palas sobresalían de la cremallera. Dio un par de pasos sigilosos aunque apresurados hacia la camioneta, pero entonces frenó en seco, y dio media vuelta.

Dejó la bolsa de deporte en el suelo y volvió al coche, a tiempo de coger el neceser que descansaba en el asiento del copiloto. Tan pronto tuvo en su poder todo cuanto necesitaba, corrió hacia la camioneta y trepó a la caja trasera, que hasta hacía escasos minutos había estado ocupada por todas aquellas ramas y hojas secas. El jardinero seguía vaciando su vejiga, y él aprovechó para esconderse bajo la lona, confiando no haber llamado su atención. Ahí abajo olía a tierra, a césped recién cortado y a rancio. Era un olor muy intenso, y Guillermo se vio obligado a taparse las fosas nasales con la manga de la chaqueta de verano que llevaba puesta.

En el momento en el que notó cómo la camioneta se ponía en marcha, toda la tensión que había acumulado, convencido de que le iban a pillar con las manos en la masa, se transformó en júbilo. Tuvo dificultades para contener un grito de alegría al sentirse como un verdadero ninja. Lo que hizo fue taparse aún mejor con aquella apestosa lona y disfrutar del viaje, consciente de que ahora ya no había marcha atrás.

Minutos más tarde, tal y como él había previsto, la camioneta entró de nuevo al cementerio. Guillermo no osó mover un músculo, mas sí escuchó con claridad cómo el portón que se había abierto para darles paso se volvía a cerrar con un fuerte estrépito. Eso ya no importaba: había conseguido burlar tanto al jardinero como al guarda, y estaba dentro.

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 4

Salpimentar al gusto con una pizca de temeridad

1013

Hiper24, periferia de Sheol

30 de agosto de 2008

 

Guillermo echó un último vistazo a la lista, repasando uno a uno con la mirada todos los artículos que había metido en el carro de la compra: no se había dejado nada. Su particular botín se componía de una pata de cabra, una pala grande y otra algo más pequeña, dos sierras para metal, una linterna minera y otra de mano, dos paquetes de pilas, una bolsa de deporte negra y cinco botellas de agua.

Se había tenido que alejar casi diez kilómetros de su destino para poder efectuar esa disparatada compra. Ese era el único establecimiento de los alrededores con licencia de apertura nocturna, y además disponía de una amplia sección de ferretería y jardinería. Era justo lo que él necesitaba: discreción y material para llevar a cabo su plan.

Llevaba más de treinta y seis horas despierto, a excepción de un par de cabezadas que había dado esa tarde en el ático de su hermana, a donde había acudido tras el entierro del padre de ambos. Cosme se había llevado a Guille de vuelta con su madre y su hermana recién nacida, y él había aceptado la invitación de Bárbara de ir a tomar un café, que había acabado demorándose hasta más allá del ocaso. Ambos cenaron una pizza cuatro estaciones que trajo en moto una chica joven desde una pizzería que había a escasas dos manzanas de ahí. Bárbara se quedó dormida en el sofá después de la cena: ella tampoco había pegado ojo la noche anterior, y estaba que se caía de sueño. Él aprovechó la oportunidad para irse, consciente de que como siguiera dándole vueltas a la cabeza, acabaría por echarse atrás. Condujo directamente hacia el hipermercado, al que llegó rayando la medianoche.

Con todo cuanto había venido a buscar ya en su poder, se dirigió a la desierta línea de cajas. Tan solo había un único cajero atendiendo a la inexistente clientela. Era un chaval de dieciocho años que había entrado para la campaña de verano, cuyo contrato vencía esa misma noche. Estaba apurando sus últimas horas de trabajo leyendo un cómic japonés, aprovechando que el encargado estaba en el almacén fumándose el enésimo cigarro de la noche. Pasada la hora de las brujas, la afluencia de clientes era más bien escasa. Ese fue uno de los principales motivos que impulsaron a Guillermo a retrasar su plan hasta esas horas de la noche.

El investigador biomédico comenzó a colocar todo cuanto había echado al carro sobre la cinta automática. El cajero levantó la mirada del cómic, dobló la esquina superior de la página que estaba leyendo, lo echó a un lado, y comenzó a escanear los códigos de barras, cada vez más sorprendido por cuanto veía.

CAJERO – Vaya, cualquiera diría que vas a profanar una tumba con todo esto.

El cajero rió escandalosamente, y esperó un comentario chistoso por parte de Guillermo. El turno de noche era muy aburrido, y él tan solo pretendía mostrarse amable. Guillermo sintió una palpitación en el corazón, y el mal presagio de que tan pronto saliera por la puerta, un par de agentes de policía se lo llevarían detenido. Sin embargo, supo mantenerse firme, y se limitó a ofrecerle una mirada de desprecio al chico que hizo que se diese por aludido y continuase haciendo su trabajo con la boca cerrada.

El investigador biomédico añadió un paquete de chicles de menta a la compra, en un intento a la desesperada de no resultar tan sospechoso. El cajero lo añadió al total y él pagó en metálico, pues aunque no sabía muy bien por qué, no consideró oportuno dejar un registro de esa compra en su tarjeta de crédito. Echó un último vistazo a las cámaras de seguridad que pendían del techo, preguntándose si realmente eran de verdad o tan solo un disuasorio para los potenciales ladrones, y empujó el carro hacia la salida, mientras el cajero le seguía con la mirada y el ceño ligeramente fruncido.

Tan pronto se cerraron las puertas automáticas a su paso, Guillermo se apartó lo suficiente para que el cajero le perdiera de vista antes de meter todo cuanto había comprado dentro de la bolsa de deporte. El chico enseguida perdió interés, y echó mano de nuevo del cómic. Guillermo devolvió el carro al lugar de donde lo había cogido y, con la bolsa al hombro, caminó hacia su coche y la metió en el maletero. En todo el aparcamiento del hipermercado tan solo había tres vehículos. Uno era el suyo, y los otros dos debían corresponder a los trabajadores del establecimiento. Por fortuna, él no se había cruzado con ningún otro cliente por los pasillos.

Algo más relajado, aunque con la cabeza embotada por la falta de sueño y la inquietud por lo que estaba a punto de hacer, dirigió el coche de vuelta a su casa. Estacionó delante del vado de la entrada de su parking privado y se dirigió a la puerta principal. En todo el vecindario tan solo se oía el canto de los grillos y el pitido monótono de las farolas. Respiró aliviado al comprobar que no había luz tras ninguna de las ventanas de sus vecinos. Era la noche perfecta para pasar desapercibido.

Salió de su casa un minuto después de haber entrado. En su mano derecha llevaba un neceser con una aguja hipodérmica y un pequeño vial con unas pocas gotas de sangre en estado líquido. Caminó de vuelta al coche y se paró frente al maletero. Llegó incluso a posar la mano sobre el tirador que lo abriría, pero acabó rechazando esa idea. Lo que llevaba en ese neceser era demasiado valioso para dejarlo en un vulgar maletero.

El investigador biomédico ocupó de nuevo el asiento del conductor y colocó con delicadeza el neceser en el asiento contiguo, asegurándose de que no se movería aunque tuviera que efectuar una frenada de emergencia. Encendió las luces, se puso el cinturón y guió el vehículo hacia su siguiente destino: el cementerio de Sheol.

De camino, durante su trayecto casi a solas por la carretera, se sorprendió al ver unos coloridos y espectaculares fuegos artificiales en la lontananza nocturna. Provenían del parque de atracciones que habían construido hacía poco más de un lustro a escasos kilómetros de la ciudad, donde Guille no había parado de insistir para que le llevase. Echó un vistazo a los brillantes números del reloj del salpicadero. Era medianoche.

1012

Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

20 de diciembre de 2008

 

Darío guiaba la nave con mano diestra. Una sonrisa de satisfacción se dibujaba bajo su bigote cano. A su izquierda se encontraba Bárbara, que observaba maravillada aquella distorsión en la homogeneidad del horizonte marino. Junto a ella estaba su hermano Guillermo, que sujetaba al pequeño Guille de la mano. Tras ellos, el resto de la tripulación contemplaba expectante la magnificencia de la escala que habían hecho en el camino de vuelta al que en adelante sería el hogar de todos ellos.

Lucía un sol espléndido, en un cielo azul sin mácula. Cualquiera hubiera podido jurar que se trataba de uno de los últimos días de primavera, y no del otoño que estaban a punto de dejar atrás. El termómetro de cubierta marcaba veinte grados centígrados. Llevaban cerca de un cuarto de hora aproximándose, desde que Olga avistase por primera vez la estación petrolífera, durante el que fuera su primer turno tras el timón, y alertase a los demás. En esos momentos la estación no era más que una pequeña mancha azulada en la distancia. Ahora, sin embargo, lucía imponente muy por encima de sus cabezas.

Era al mismo tiempo cuanto habían esperado de ella, y todo lo contrario. Cuatro imponentes estructuras metálicas en forma de cercha surgían de las entrañas del mar, haciendo de sustento a una especie de complejo industrial con una grúa descomunal que se mecía alegremente al viento, ajena tanto a su propósito original como al paso del tiempo.

La profesora observó la decadencia que manaba de todo aquél hormigón ennegrecido y la herrumbre del metal, y tuvo la sensación de encontrarse en un mundo nuevo, en el que la hegemonía del hombre en la Tierra no era ya más que una historia que se contaba a los niños las noches sin luna. Entonces cayó en la cuenta de que esa sensación que le llevaba acompañando desde hacía varios minutos se acabaría imponiendo como norma para quienes consiguieran sobrevivir a ese Apocalipsis particular al que había sido arrastrada la humanidad. Siempre y cuando alguien consiguiera hacerlo.

A medida que se acercaban, los pocos comentarios que habían cruzado los sorprendidos tripulantes de Nueva Esperanza fueron disolviéndose hasta que cundió el silencio. La escala de aquella mole, en comparación con el pequeño velero que les había traído hasta ahí, resultaba incluso ridícula, sobre todo al asumir que estaba habitada por una única persona. Bárbara no paraba de escrutar cada palmo de la estructura en busca del que consideraba su amigo, aunque sin éxito. El lugar parecía no haber recibido visita alguna en lustros. Pero no cabía la menor duda: las coordenadas eran correctas. Samuel debía encontrarse en algún lugar en las entrañas de aquel monstruo metálico, ignorante de que sus salvadores se encontraban ya a escasos metros.

El viejo pescador inmovilizó el navío a una distancia prudencial, y volvieron a echar el bote salvavidas rojo al agua. Zoe suplicó a Bárbara formar parte de la partida de búsqueda. En esta ocasión la profesora no dudó un momento en concederle ese capricho. Se había mostrado muy inflexible con ella desde que descubriese su fechoría al colarse en el barco, y sentía la obligación de recompensarle por ello, pues la niña había cumplido su parte del trato, siendo prudente ante cualquier eventualidad y acatando todas y cada una de sus órdenes. La pequeña se moría de ganas de conocer cara a cara a la persona con la que tantas horas había conversado. Exactamente igual que Bárbara.

También subieron al bote Olga y Gustavo, que de igual modo habían pasado mucho tiempo charlando con aquella persona tan afable y enigmática, y los cuatro pusieron rumbo a una de las patas de aquella enorme estructura, la única que disponía de una escalera en espiral que comunicaba con el complejo que había encima.

Amarraron el bote a la plataforma más baja de la escalera, que se encontraba al mismo nivel del mar, por más que las olas lamían reiteradamente su base. Bárbara fue la primera en romper el silencio llamando a viva voz a Samuel, a medida que iba subiendo tramo tras tramo de escalera, esperando encontrárselo de frente. Mientras tanto, Zoe observaba con curiosidad unos pantalones cuyas perneras estaban atadas a la escalera que estaban a punto de trepar. Ella fue la última en subir.

Enseguida comenzaron a escrutar el complejo, sorprendidos por cuanto descubrían y al mismo tiempo convencidos de que no se habían confundido: resultaba evidente que ese lugar no estaba abandonado. No eran más que pequeños detalles en un contexto en el que todo parecía haber sido desmantelado hacía años. Sin embargo, por más que revisaron los tres pisos de los que se componía la estación, no fueron capaces de dar con él. Vieron la estación de radio desde la que se comunicaba, el lugar donde presumiblemente pasaría las noches más frías, el sitio donde cocinaba cuanto atrapaba en unas redes llenas de remiendos que parecían haber sido usadas muy recientemente. Sin embargo, no había rastro de él. Bien podían buscarlo cuanto quisieran: él no estaba en la estación petrolífera.

Fue Zoe quien le vio. Al principio le confundió con algún pez de gran tamaño, quizá un delfín. No era la primera vez que avistaban delfines, aunque nunca lo habían hecho a tan corta distancia. Pero eso no era un delfín. Aquella mancha oscura que aparecía y desaparecía entre el oleaje y se dirigía hacia ellos era mucho más pequeño, y sus movimientos no eran los de un pez.

Él sí les había visto, y aunque estaba agotado, nadaba tan rápido como sus brazos y sus piernas se lo permitían para reunirse con ellos, para cumplir el sueño que se había convertido en su única razón de ser durante las últimas dos semanas. Aprovechando el buen día que hacía, Samuel había decidido protagonizar uno de sus acostumbrados paseos marítimos. A la fuerza se había convertido en un experto nadador, y cada vez llegaba más lejos. Más de una vez había soñado alejarse de la estación para no volver, y no parar de nadar hasta que arribase a la costa más cercana. Pero eso no eran más que las ensoñaciones de un iluso: a la distancia que estaba de la costa más cercana, hubiera muerto mucho antes de llegar siquiera al ecuador de su viaje. En esta ocasión, había superado la barrera de los dos kilómetros, y no fue hasta que se cansó y se dio media vuelta, que descubrió el velero aproximándose.

Zoe llamó la atención de los presentes, para que corriesen a asomarse a la misma barandilla que ella y contemplasen la vuelta de Samuel. No fue hasta que subió a la plataforma a la que ellos habían amarrado el bote que pudieron contemplar el dueño de aquella voz que siempre habían escuchado parcialmente distorsionada por la estática.

Se trataba de un niño negro, de no más de doce años, barbilampiño, de moreno pelo corto ensortijado y extremadamente delgado. Samuel se agarró a uno de los peldaños por los que había subido y bajado en infinidad de ocasiones y trepó hábilmente hasta la primera plataforma, desde donde pudo discernir con claridad de dónde provenían aquellas voces que vitoreaban su nombre. El chico les saludó amistosamente agitando su brazo derecho.

El color de su piel no sorprendió a Bárbara tanto como su juventud. Ella siempre había imaginado que se trataba de un hombre de su misma edad, quizá algo más joven, a juzgar por su actitud, y aunque no sabría justificar el motivo, le había imaginado caucásico. Lo que más sorprendió a Zoe fue el hecho que estuviera desnudo de pies a cabeza. Tan pronto vio a la niña llevarse la palma de la mano a los ojos, avergonzada, Samuel se tapó sus intimidades con el mismo brazo con el que les había estado saludando instantes antes, y se dio media vuelta, mostrando sus posaderas negras al tiempo que desanudaba los pantalones de la escalera y se los ponía.

Bárbara tenía serias dudas al respecto de su identidad, pues aunque nunca se habían molestado en describirse mutuamente, ese chaval, más joven incluso que el propio Gustavo, no se parecía en nada a la persona que ella había imaginado. No fue hasta que escuchó su voz, ya ocultas sus vergüenzas, que reconoció en aquél chico a la persona con la que había pasado tantas horas conversando por radio. Su voz era aguda y masculina; la voz de un adulto y no la de un adolescente.

SAMUEL – ¡Bienvenidos!

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Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

17 de diciembre de 2008

 

Guillermo les oía discutir incluso desde el otro barco, pese a que se encontraban bastante lejos. No alcanzó a comprender el motivo de tan acalorada conversación hasta que empezaron a aproximarse a Nueva Esperanza. Para entonces llevaba mucho más tiempo en cubierta del que creía recomendable, pero ya no había marcha atrás. Lo único que temía era que su imprudencia pudiese traducirse en un incendio, y aunque el olor parecía corroborar esa teoría, ni una brizna de humo manaba de la escotilla que comunicaba con el camarote principal. De lo contrario ya habría bajado las escaleras a toda prisa.

Se había asegurado de que Guille no volvería a salir del dormitorio trabando la puerta del mismo y echando el cerrojo a la puerta que comunicaba con el baño. De todos modos, el niño no le preocupaba: estaba muerto de sueño, y tras beberse la leche, con el estómago lleno, había vuelto a caer redondo en la cama. Siempre lo hacía. Era el conejo el que le traía sin descanso. Llevaba más de quince minutos en la sartén con el fuego a toda potencia, y por esos entonces el investigador biomédico estaba convencido que debía ser una masa informe negruzca a medio momificar.

Finalmente llegaron. Lo hicieron con el mismo tono tenso que habían acarreado durante el trayecto. A Guillermo le sorprendió descubrir que la discusión había acabado centrándose entre Bárbara y Darío. Los demás tan solo les escuchaban, algo abochornados por la situación. Jamás les había visto discutir. De hecho, no había visto discutir a nadie desde que emprendieron el viaje, lo cual, en un grupo tan numeroso, era todo un logro. El viejo pescador fue el primero en subir de nuevo a cubierta. Ni siquiera se molestó en saludarle.

GUILLERMO – Ho… hola.

Darío se giró durante un solo instante, y le correspondió el saludo con un gesto de la cabeza, para centrarse de nuevo en la profesora.

DARÍO – Pues voy a hacer lo que me dé la gana. No te digo más.

BÁRBARA – Pero que no te estamos diciendo que no, Darío. Entiéndelo. Sólo… te intento hacer comprender que no… que no tiene mucho sentido.

DARÍO – Pero si eres tú precisamente la que dice que ha pasado por yo qué sé cuántos puertos sin ver un solo barco. Ahora tenemos uno vacío delante, y quieres que pasemos de largo. No lo entiendo, la verdad.

BÁRBARA – ¿Pero para qué queremos otro? Ya tenemos este. Ese es más pequeño. Y además, las velas están fatal, y… está sucio.

DARÍO – ¿Sucio? Qué más dará eso, por el amor de Dios. Se puede limpiar. Y… las velas se pueden arreglar. No están tan mal. Aquí tenemos todo lo que hace falta para hacerlo.

El viejo pescador ayudó a Zoe a subir a Nueva Esperanza. Lo hizo mecánicamente, sin siquiera pensarlo. La niña, tan pronto puso un pie en el velero comenzó a olisquear el ambiente, de idéntico modo a como lo había hecho al aproximarse al otro barco. El olor no era el mismo, pero resultaba igualmente llamativo.

ZOE – Huele raro aquí también.

El viejo pescador se giró un momento hacia la niña, pero la voz de su nieta enseguida le hizo despistarse.

CARLA – Bárbara tiene razón, yayo.

DARÍO – ¿Tú también?

Darío resopló, irritado.

CARLA – No tiene sentido que volvamos a Nefesh con dos barcos. Y además… que a mi me daría miedo encargarnos nosotros solos de llevar uno de los dos.

DARÍO – Pero si lleváis haciéndolo prácticamente desde que salimos.

CARLA – Ya, pero tú siempre estás ahí para echarnos una mano si tenemos alguna duda.

DARÍO – Y seguiré estándolo. No voy a ir a ninguna parte.

CARLA – No sé… No es lo mismo. Yo preferiría que te lo pensaras.

DARÍO – No. Está claro que os habéis puesto todos en mi contra. ¿Y tú que dices? ¿También como ellos, que nos vayamos y dejemos ahí el barco para que se lo lleve cualquiera que pase?

Guillermo alzó los hombros, más preocupado por el estado de la sartén que por esa discusión en su opinión absurda.

DARÍO – Mira. Mira, me voy a echar un rato. Que no quiero oíros. Haced lo que os dé la gana.

El viejo pescador dio un par de zancadas y comenzó a bajar las escaleras. No había llegado siquiera a pisar el camarote, y todos le escucharon gritar.

DARÍO – ¡¿Pero qué está pasando aquí?!

Zoe corrió a reunirse con él. Guillermo se quedó donde estaba, concentrándose en el papel que tendría que interpretar a continuación. Bárbara, sobresaltada, se afanó en subir al barco, pero con las prisas resbaló y cayó de espaldas al bote. Olga la sujetó por las axilas, a tiempo evitar que se hiciera daño. Todos escucharon con meridiana claridad el característico sonido de un extintor.

DARÍO – ¡Madre del amor hermoso!

GUILLERMO – ¡El conejo!

Guillermo hizo el amago de ir a auxiliar a la niña y a Darío, pero se encontró de frente con éste último, que subía de nuevo la escaleras. Llevaba lo que quedaba del conejo goteando espuma. Se encontraba en bastante mejor estado de lo que había previsto, pero de lo que no cabía la menor duda era de que nadie osaría hincarle el diente.

DARÍO – ¿En qué estabas pensando?

GUILLERMO – Quería… Ah. ¡Dios! Qué rabia. Quería daros una sorpresa. Pero… se… se me pasó por completo.

DARÍO – No, no. Si una sorpresa sí nos has dado. ¿Verdad Zoe?

La niña se rió de la ocurrencia del viejo pescador.

DARÍO – Un poco más y acabas dándome la razón, y nos tenemos que ir todos cagando leches al otro barco.

Sin saber cómo, su jugarreta había conseguido romper el halo de tensión que había reinado en el barco desde que volviera el resto de la tripulación. Guillermo también rió, notando un cosquilleo en el estómago al haberse quitado ese peso de encima. Respiró aliviado al ver cómo Darío tiraba el conejo por la borda. La peor parte había pasado.

En adelante fueron subiendo a bordo los demás y tras una larga conversación, Darío acabó reconociendo que su fijación por apoderarse del otro barco era más fruto de su amor por el mar y la frustración personal de haber perdido su propio barco, que de una utilidad real.

Reemprendieron el viaje de vuelta, pero el viejo pescador no perdió la oportunidad de apuntar esa ubicación en las cartas náuticas. Se había molestado en inmovilizar el otro barco, aprovechando que el fondo marino no era muy profundo, y aunque sabía que no tenía mucho sentido, pues para llegar hasta esa localización en mitad del mar les haría falta de sí o sí un segundo barco, al menos se quedó tranquilo.

3×1010 – Cocina

Publicado: 16/01/2016 en Al otro lado de la vida

1010

 

Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

17 de diciembre de 2008

 

Guillermo observaba cómo aquél pequeño bote rojo se alejaba. Aún parecía más ridículo con tanta gente a bordo. Echó un vistazo en derredor mientras se rascaba la barba. Mar y más mar, y un cielo azul salpicado tan solo por alguna nívea nube ocasional. Era la primera vez que hacía un viaje en barco, y aunque ya llevaba más de veinticuatro horas a bordo, todavía se sentía bastante incómodo. La sensación de estar perdido era permanente, sin ningún punto de referencia en el horizonte, y ésta no le abandonaría hasta que volviese a pisar tierra firme.

Se sentía algo nervioso por ser ahora el único tripulante del barco, excluyendo a su hijo, que debía estar durmiendo en el camarote familiar. No había prestado la más mínima atención a las explicaciones de Darío al respecto de su navegación, al contrario que Olga y Gustavo. Sabía que podía confiar en los demás en esa empresa; por ello se había desentendido. Hasta la niña pelirroja parecía capaz de devolver el barco a tierra. Pero ahora todos los demás estaban fuera, y aunque sabía que no tardarían en volver, no pudo evitar intranquilizarse. Más por Guille que por sí mismo.

Vio a su hermana y a aquél chaval del pelo rebelde abandonar el bote y subir al otro barco. Él era uno de los pocos que había votado en contra de hacer un alto en el camino y acercarse, pero tan solo obtuvo apoyo de aquella joven que le hubiese hecho cambiar de acera de habérsela cruzado antes de la epidemia. Incluso su hermana, después de cuanto había vivido en su anterior travesía, estuvo a favor. Él lo único que quería era encontrarse cuanto antes entre aquellos altos muros de los que tan bien le habían hablado, y no tener que volver a preocuparse ni de infectados ni de piratas resto de su vida.

Si lo que pretendían hacer era volver a Nefesh, haciendo escala en el lugar donde vivía Samuel, pues el muchacho se lo había ganado a pulso permitiéndole recuperar a Bárbara, visitar ese barco no les aportaría nada. En el peor de los casos, habría algún infectado dentro, o quizá algún superviviente desesperado que pudiese hacer alguna tontería. En el mejor de los casos, el barco llevaría a algún superviviente con el que tendrían que compartir el alimento, o sencillamente no habría nadie y tendrían que volver por donde habían venido. Ninguna de las combinaciones parecía especialmente halagüeña, a su parecer.

En ese momento escuchó un ruido que provenía del camarote principal del velero. Se trataba de algo así como un cuenco metálico golpeando contra el suelo. El investigador biomédico se giró a toda prisa, y corrió de vuelta a los escalones que le llevarían al camarote principal del velero. Al bajarlos se encontró de frente con su hijo. El chico sostenía entre sus rollizos dedos el cadáver del conejo que debía servir de alimento esa misma noche a todo el grupo, junto con un arroz caldoso receta de Olga, que sin duda era la mejor cocinera a bordo.

La puerta del pequeño refrigerador donde hasta entonces había estado el conejo estaba abierta de par en par. Desparramado por el suelo, se encontraba parte del contenido de la nevera, y la bolsa de plástico en la que estuvo envuelto el conejo. La comisura de los labios del chaval chorreaba sangre, y en esos momentos estaba masticando uno de los enjutos riñones de aquél pobre animal. Debía haberse despertado cuando estuvieron todos ahí abajo hablando, y aprovechando que ahora cundía el silencio, pues el nuevo Guille no era muy amigo de las aglomeraciones, decidió salir.

Guillermo le observó, con un nudo en el estómago. Resultaba evidente que estaba disfrutando desgarrando la carne cruda del animalillo. En momentos como ese le resultaba más evidente que nunca que le había fallado. Había tratado de enmendar su error, pero no había llegado a tiempo, y ahora su hijo estaba a mitad de camino entre el ser que había intentado acabar con él y el chico que fuera antaño, al que cada vez le costaba más reconocer.

No era la primera vez que lo hacía, y Guillermo no se sentía orgulloso de habérselo permitido en más de una ocasión, preocupado por los largos períodos de ayuno que protagonizaba el chico, reacio a alimentarse de ninguno de los platos que su padre le brindaba a no ser que tuviera realmente mucha hambre. Guille observaba a su padre con mucha atención, como si estuviera esperando su reacción por su parte para dejar de hacer lo que él bien sabía que estaba prohibido, pero no por ello seguía deleitándose con la pieza que se había ganado.

Entonces a Guillermo le dio un vuelco al corazón. De lo que no cabía la menor duda era que ese conejo ya no podía servir de alimento a los demás tripulantes del barco. En el estado en el que se encontraba ahora, con la saliva infecta de su hijo distribuida por medio animal, sería el pasaporte al infierno de Olga, de Gustavo, de Carla y de la pequeña Zoe.

El investigador biomédico empezó a ponerse realmente nervioso, pues sabía que se encontraba en un callejón sin salida. Que tenía que deshacerse del conejo era una evidencia: el problema era justificar su ausencia cuando los demás volvieran. Tardó cerca de un minuto en dar con una solución, que Guille aprovechó a conciencia para seguir devorando al conejo. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Guillermo. Cogió una sartén grande y la colocó sobre el fuego de la cocina. Por fortuna en el barco había varias bombonas de gas que habían traído de la isla, con las que acostumbraban a cocinar el pescado. Acto seguido agarró una garrafa de aceite de oliva y vertió un buen puñado sobre la sartén. Giró el dial del gas hasta la máxima potencia y se dirigió a Guille.

Tragó saliva y arrebató el conejo de las manos de su hijo, que mostró algo de resistencia, pues estaba disfrutando mucho de aquél manjar, e incluso emitió un levísimo gruñido, por el cual fue duramente amonestado por su padre. Guillermo cogió el conejo y lo colocó sobre el aceite, tomándose la libertad de empaparlo bien antes de cubrir la sartén con una tapa acristalada. Se llevó al Guille al baño y le limpió concienzudamente las manos, la boca y la barbilla, mientras le explicaba de nuevo el por qué estaba mal lo que había hecho. El chico se dejó hacer, sin ofrecer ninguna resistencia. Una vez limpio su padre le ofreció un vaso de leche con un chorro de miel, uno de los pocos alimentos que Guille toleraba, y se lo llevó de vuelta al camarote que compartían con Bárbara. Desde ahí echó un vistazo por uno de los ventanucos apaisados, y comprobó que el bote todavía se encontraba junto a aquél velero abandonado. Pero estaba vacío. Lo habían amarrado al barco y todos sus tripulantes deambulaban por su cubierta o por las dependencias inferiores.

El investigador biomédico echó un vistazo a la sartén a través de la puerta abierta y volvió a mirar por el ventanuco, rezando porque el conejo tuviera ocasión de quemarse y resultar incomible antes que ellos volvieran.

3×1009 – Olor

Publicado: 12/01/2016 en Al otro lado de la vida

1009

 

Bote de remos, mar Mediterráneo

17 de diciembre de 2008

 

ZOE – Huele… Huele raro.

La profesora se giró hacia Zoe con el ceño ligeramente fruncido. Tragó saliva y se guardó el arma en la parte trasera de la cintura, por debajo del pantalón. Era cierto: por encima del omnipresente olor a agua de mar se intuía un aroma dulzón algo desagradable y en cierto modo familiar.

El bote salvavidas que habían usado para aproximarse a aquél pequeño velero sin temor de dañar a Nueva Esperanza tenía el aforo completo: los únicos que no se habían sumado a aquella inesperada misión que rompía la rutina de la travesía eran Guillermo padre y Guillermo hijo. A nadie le sorprendió demasiado que el investigador biomédico no quisiera dejar al chaval solo, pese a que éste seguía durmiendo plácidamente en el camarote de la familia Vidal. Él pareció encantado de poder quedarse a solas con el chico aunque sólo fuera por unos minutos. Darío había dejado el barco al pairo, y no tardarían en volver, en cualquier caso.

Se aproximaron al velero aparentemente abandonado a golpe de remo, sin prisa, voceando en todo momento para alertar a los posibles tripulantes del mismo de su presencia, pero sin obtener respuesta. Ahora tan solo les separaban escasos cinco metros de la nave, y no había el menor rastro de vida en su interior. Bárbara, que en un primer momento se había mostrado algo más intranquila al temer que pudiesen encontrar hostilidad, de cualquier tipo, se ofreció para hacer una primera inspección, alegando que era más ducha que el resto en el uso de las armas, y que tan pronto corroborase que no había peligro, invitaría a los demás a acercarse. Zoe rechistó al verse excluida, pero a Bárbara no le hizo falta repetirlo dos veces antes de que la niña se diese por vencida. Tan solo consintió que le acompañase Gustavo, acompañado por su incondicional arco olímpico.

Desde su posición como infectada se sentía mucho más tranquila, y en cierto modo en deuda con los demás para con su protección. Ellos no solo no lo estaban, sino que habían recibido la vacuna que inventó su padre. Todos a excepción de Darío. Ahora que su hermano había confirmado todas sus sospechas al respecto de su particular condición, entendía más que nunca que si alguien debía exponerse a algún peligro, era ella, que ni sentía dolor como tal ni podía convertirse en una de aquellas bestias aunque recibiese un mordisco.

Hicieron las últimas maniobras de aproximación, y Bárbara subió al barco con la ayuda de Olga. A continuación subió su hermano.

Inspeccionaron la cubierta. Les sorprendió lo inmaculadamente limpia que se encontraba. Desde esa distancia pudieron comprobar el mal estado de la única vela que aún seguía en pie. Debía haber soportado una tormenta de granizo, o quizá una ventada excesiva que había acabado por quebrar la mayor parte de sus sujeciones. Difícilmente se podría volver a usar sin un buen puñado de remiendos. Mientras Gustavo se entretenía observando más de cerca los desperfectos, la profesora se apresuró a bajar al único camarote del que disponía el barco. De lo que no cabía la menor duda era de que aquél olor tan desagradable venía de ahí abajo.

Bárbara bajó de frente los escalones, bien sujeta a las barandas laterales, y chistó al empaparse las deportivas que llevaba puestas. Debía haberlo pensado antes: la escotilla de aquél pequeño camarote estaba abierta de par en par, y el agua de lluvia, y quién sabe si también agua de mar, se había filtrado al interior sin problemas, encharcando el suelo. Le llamó la atención el color sucio que había adquirido, pero no le hizo falta bajar más para averiguar el motivo.

Se llevó el antebrazo a la nariz, consciente de que no necesitaría usar el arma que había traído consigo. El olor, aunque intenso, no era ni por casualidad comparable al de la plaza frente al ayuntamiento de Nefesh, pero sí le hizo recordar aquella etapa de su vida que ahora parecía tan lejana. Era el olor de la muerte.

Medio oculto por la vela que había utilizado de sábana, que estaba manchada de la misma sangre que había tintado el agua que cubría el suelo, se encontraba el cadáver de una mujer de mediana edad. Lo que enseguida atrajo la atención de Bárbara fue su brazo izquierdo. La ausencia de su brazo izquierdo. Gustavo se hizo un hueco a su lado. Bárbara le advirtió del agua sucia, y el chico evitó bajar el último escalón. Ambos observaron la escena con idéntico malestar en el estómago. Habían aprendido a convivir con ese tipo de escenas, pero no por ello dejaba de afectarles.

A escasos centímetros del muñón hinchado y ennegrecido de la mujer, ambos vieron un cinturón con un agujero extra que hacía las veces de torniquete. Bárbara no tuvo ocasión de preguntarse el motivo de esa aparente amputación, pues Gustavo señaló hacia la puerta abierta del minúsculo aseo, donde habían ido a parar la mayoría de los bártulos que se habían caído de los armarios abiertos y las estanterías vacías. Se trataba de un brazo humano, que flotaba entre latas vacías de bonito y revistas viejas apelmazadas por el agua. Tanto el húmero como el cúbito y el radio habían sido roídos a conciencia. Sin embargo, la mano seguía de una pieza, aunque en un estado deplorable.

Bárbara recordó una conversación que había tenido con Christian, a tenor del tiempo que había pasado a solas en la cárcel en la que le habían encontrado, y asumió que aquella mujer no había muerto de hambre, como todo parecía indicar, sino de sed. De lo que no cabía la menor duda era que no iban a sacar nada en claro de la visita, y que ya no había nada que pudieran hacer por aquella pobre infeliz. Ahí no había rastro alguno de útiles de pesca, ni de agua potable, y con cuanto había en la sobrecargada Nueva Esperanza, resultaría absurdo saquear el barco.

GUSTAVO – Aquí no se nos ha perdido nada.

Bárbara asintió vagamente, mientras se preguntaba cuánto tiempo habría pasado desde el fallecimiento de la mujer. Ambos subieron de nuevo a cubierta, a tiempo de ser acribillados a preguntas por todos quienes esperaban pacientemente en el bote.

3×1008 – Pairo

Publicado: 09/01/2016 en Al otro lado de la vida

1008

 

Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

16 de diciembre de 2008

 

Carla era la única que se encontraba en cubierta, dirigiendo el navío hacia aquella vieja estación petrolífera abandonada. El viento estaba poniendo todo de su parte para permitirles llegar cuanto antes al encuentro con Samuel, y la veinteañera se encontraba de muy buen humor, pese a que hacía más de dos horas que había comenzado su turno y estaba algo cansada.

Desde su posición tras el timón escuchaba con claridad las risas del resto de la tripulación en el camarote principal. Olga había traído consigo una baraja española, y las dos parejas de hermanos, Zoe y su abuelo estaban jugando con ellas. Esa era una costumbre que habían traído consigo los recién llegados, y parecía haber calado entre los demás, a juzgar por las horas ininterrumpidas que llevaba el juego en activo desde la comida. Incluso ella misma había echado media docena de partidas esa mañana, por más que nunca había encontrado gran atractivo en ese tipo de entretenimiento. El único que no les acompañaba era Guille. Él llevaba ya varias horas durmiendo plácidamente en el camarote que compartía con su padre y con su hermana. Se había saltado la comida, por quinta vez consecutiva desde que partieran la jornada anterior, yéndose a dormir a poco que rompió el alba.

Bárbara le había hablado de él durante el trayecto hacia la península. El chico que ahora dormía en aquella cama enorme no parecía tener nada que ver con el que la profesora le había descrito, pero Carla no consideró oportuno hacer ningún comentario al respecto por respeto. Su padre decía que muchacho había pasado por un episodio traumático, al perder a su madre y a su hermana, y que desde entonces no había vuelto a ser la misma persona. Ella misma había pasado por cosas incluso peores, al igual que Bárbara, al igual que Olga o Gustavo. Incluso Zoe, que tenía la misma edad que él, había visto morir a sus dos padres para luego intentar acabar con ella. Todos ellos habían conseguido salir adelante, de un modo u otro, pero el chico no, y su padre lejos de intentar normalizar su situación, le malcriaba, permitiéndole distorsionar sus horas de sueño y saltarse las horas de comida para, al menos eso creía ella, darse atracones nocturnos mientras los demás dormían.

La veinteañera alejó esa idea de su cabeza. Al fin y al cabo, ella no era nadie para juzgarle, y el muchacho no hacía daño a nadie.

Comprobó por enésima vez el rumbo, más concienciada que nunca de su papel, con el recuerdo del hallazgo inesperado del islote Eseb aún presente en su memoria. Lo vio tan pronto levantó la vista de los aparejos que utilizaba para orientarse. Notó cómo el pulso se le aceleraba, y se metió en la boca el piercing de su labio, mordiéndose éste en un acto reflejo. Revisó a conciencia la carta náutica plastificada que tenía delante, pese a que sabía a ciencia cierta que donde se encontraban no había tierra a la vista en más de treinta kilómetros a la redonda. En efecto. Ahí no debía haber más que agua y más agua. Pero ahí estaba aquella figura oscura, justo en el punto donde el azul del cielo daba paso al azul del mar.

CARLA – ¡Yayo!

Las risas continuaron abajo, pero Carla escuchó cómo su abuelo abandonaba su posición, ofreciéndole sus cartas a Zoe para que se las guardase, pues era la única jugadora genuinamente honrada que había en la mesa, y subía los peldaños que le separaban de cubierta.

Lo primero que vio Darío al llegar arriba, mientras se abrochaba la chaqueta, fue a su nieta mirando por los prismáticos. Se aproximó a ella, entrecerrando los ojos para tratar de averiguar lo que la joven estaba mirando. Aún faltaban al menos un par de horas para que empezase a oscurecer, y con el cielo tan despejado, aquella distorsión en la homogeneidad del horizonte resultaba demasiado llamativa.

No hizo falta que mediaran palabra. Carla le ofreció los prismáticos a su abuelo, y éste observó a través de ellos con mucha atención. Había perdido la sonrisa que le acompañara al subir.

DARÍO – Es un barco. De eso no cabe duda.

CARLA – ¿Y ahora qué hacemos?

El anciano seguía mirando por los prismáticos, con la mano izquierda firmemente sujeta al cable que le separaba de una caída libre en el mar.

DARÍO – Ese barco no está… no está bien.

CARLA – ¿Cómo no que no está bien? ¿Qué pasa?

DARÍO – Le falta una vela, y la otra está… No está bien sujeta. Está dando bandazos con el viento.

CARLA – ¿Y eso qué significa?

DARÍO – Bueno… Si hay alguien… no debe tener ni idea de lo que está haciendo, o no está en condiciones de dirigirlo.

CARLA – O quizá no haya nadie.

DARÍO – O quizá no haya nadie…

Un silencio incómodo se apoderó de la cubierta. Las risas se habían convertido en voces apagadas en la distancia.

CARLA – ¿Pasamos… de largo? O… ¿O qué?

DARÍO – No sé… Deberíamos comentárselo a los demás. Apenas nos desviaríamos nada, pero…

BÁRBARA – ¿Todo va bien?

Ambos se giraron al oír la voz de la profesora. No la habían escuchado subir los escalones.

DARÍO – Hemos avistado un barco.

BÁRBARA – ¿Es grande?

Darío le ofreció los prismáticos. Bárbara escudriñó el horizonte marino hasta que lo vio. Estaba extremadamente lejos, pero resultaba inconfundible.

DARÍO – Algo más pequeño que éste. Lo que más nos ha llamado la atención es que va a la deriva. No parece que haya nadie guiándolo.

La profesora apartó los ojos de las lentes y miró al viejo pescador.

DARÍO – Ese tipo de embarcación ni siquiera tiene motor, y tiene las velas inutilizadas. Una de ellas ni siquiera está izada. Y estamos muy lejos de la costa más cercana.

CARLA – Deberíamos pasar de largo. No…

BÁRBARA – Quizá tengan problemas. Y necesiten que les rescatemos. Nosotros pasamos por algo así antes de llegar a la isla.

CARLA – Si es que no están muertos.

BÁRBARA – Si es que no está vacío.

CARLA – Quizá haya infectados dentro.

BÁRBARA – ¿En un barco tan pequeño? Se habrían caído por la borda.

CARLA – No me parece seguro acercarnos. Al fin y al cabo, si hay alguien a bordo y ni siquiera se ha molestado en poner las velas derechas… es su problema.

BÁRBARA – Quizá no puede, porque… No sé. ¿Tú qué opinas?

DARÍO – A mi no me miréis. Hombre, yo me acercaría, pero…

Hicieron una votación a mano alzada, todos los integrantes de la tripulación a excepción de Guille, que seguía durmiendo a sus anchas en aquella amplia y cómoda cama de matrimonio. La propuesta de acercarse a auxiliar a los posibles supervivientes de aquél pequeño barco ganó por mayoría absoluta.