3×1010 – Cocina

Publicado: 16/01/2016 en Al otro lado de la vida

1010

 

Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

17 de diciembre de 2008

 

Guillermo observaba cómo aquél pequeño bote rojo se alejaba. Aún parecía más ridículo con tanta gente a bordo. Echó un vistazo en derredor mientras se rascaba la barba. Mar y más mar, y un cielo azul salpicado tan solo por alguna nívea nube ocasional. Era la primera vez que hacía un viaje en barco, y aunque ya llevaba más de veinticuatro horas a bordo, todavía se sentía bastante incómodo. La sensación de estar perdido era permanente, sin ningún punto de referencia en el horizonte, y ésta no le abandonaría hasta que volviese a pisar tierra firme.

Se sentía algo nervioso por ser ahora el único tripulante del barco, excluyendo a su hijo, que debía estar durmiendo en el camarote familiar. No había prestado la más mínima atención a las explicaciones de Darío al respecto de su navegación, al contrario que Olga y Gustavo. Sabía que podía confiar en los demás en esa empresa; por ello se había desentendido. Hasta la niña pelirroja parecía capaz de devolver el barco a tierra. Pero ahora todos los demás estaban fuera, y aunque sabía que no tardarían en volver, no pudo evitar intranquilizarse. Más por Guille que por sí mismo.

Vio a su hermana y a aquél chaval del pelo rebelde abandonar el bote y subir al otro barco. Él era uno de los pocos que había votado en contra de hacer un alto en el camino y acercarse, pero tan solo obtuvo apoyo de aquella joven que le hubiese hecho cambiar de acera de habérsela cruzado antes de la epidemia. Incluso su hermana, después de cuanto había vivido en su anterior travesía, estuvo a favor. Él lo único que quería era encontrarse cuanto antes entre aquellos altos muros de los que tan bien le habían hablado, y no tener que volver a preocuparse ni de infectados ni de piratas resto de su vida.

Si lo que pretendían hacer era volver a Nefesh, haciendo escala en el lugar donde vivía Samuel, pues el muchacho se lo había ganado a pulso permitiéndole recuperar a Bárbara, visitar ese barco no les aportaría nada. En el peor de los casos, habría algún infectado dentro, o quizá algún superviviente desesperado que pudiese hacer alguna tontería. En el mejor de los casos, el barco llevaría a algún superviviente con el que tendrían que compartir el alimento, o sencillamente no habría nadie y tendrían que volver por donde habían venido. Ninguna de las combinaciones parecía especialmente halagüeña, a su parecer.

En ese momento escuchó un ruido que provenía del camarote principal del velero. Se trataba de algo así como un cuenco metálico golpeando contra el suelo. El investigador biomédico se giró a toda prisa, y corrió de vuelta a los escalones que le llevarían al camarote principal del velero. Al bajarlos se encontró de frente con su hijo. El chico sostenía entre sus rollizos dedos el cadáver del conejo que debía servir de alimento esa misma noche a todo el grupo, junto con un arroz caldoso receta de Olga, que sin duda era la mejor cocinera a bordo.

La puerta del pequeño refrigerador donde hasta entonces había estado el conejo estaba abierta de par en par. Desparramado por el suelo, se encontraba parte del contenido de la nevera, y la bolsa de plástico en la que estuvo envuelto el conejo. La comisura de los labios del chaval chorreaba sangre, y en esos momentos estaba masticando uno de los enjutos riñones de aquél pobre animal. Debía haberse despertado cuando estuvieron todos ahí abajo hablando, y aprovechando que ahora cundía el silencio, pues el nuevo Guille no era muy amigo de las aglomeraciones, decidió salir.

Guillermo le observó, con un nudo en el estómago. Resultaba evidente que estaba disfrutando desgarrando la carne cruda del animalillo. En momentos como ese le resultaba más evidente que nunca que le había fallado. Había tratado de enmendar su error, pero no había llegado a tiempo, y ahora su hijo estaba a mitad de camino entre el ser que había intentado acabar con él y el chico que fuera antaño, al que cada vez le costaba más reconocer.

No era la primera vez que lo hacía, y Guillermo no se sentía orgulloso de habérselo permitido en más de una ocasión, preocupado por los largos períodos de ayuno que protagonizaba el chico, reacio a alimentarse de ninguno de los platos que su padre le brindaba a no ser que tuviera realmente mucha hambre. Guille observaba a su padre con mucha atención, como si estuviera esperando su reacción por su parte para dejar de hacer lo que él bien sabía que estaba prohibido, pero no por ello seguía deleitándose con la pieza que se había ganado.

Entonces a Guillermo le dio un vuelco al corazón. De lo que no cabía la menor duda era que ese conejo ya no podía servir de alimento a los demás tripulantes del barco. En el estado en el que se encontraba ahora, con la saliva infecta de su hijo distribuida por medio animal, sería el pasaporte al infierno de Olga, de Gustavo, de Carla y de la pequeña Zoe.

El investigador biomédico empezó a ponerse realmente nervioso, pues sabía que se encontraba en un callejón sin salida. Que tenía que deshacerse del conejo era una evidencia: el problema era justificar su ausencia cuando los demás volvieran. Tardó cerca de un minuto en dar con una solución, que Guille aprovechó a conciencia para seguir devorando al conejo. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Guillermo. Cogió una sartén grande y la colocó sobre el fuego de la cocina. Por fortuna en el barco había varias bombonas de gas que habían traído de la isla, con las que acostumbraban a cocinar el pescado. Acto seguido agarró una garrafa de aceite de oliva y vertió un buen puñado sobre la sartén. Giró el dial del gas hasta la máxima potencia y se dirigió a Guille.

Tragó saliva y arrebató el conejo de las manos de su hijo, que mostró algo de resistencia, pues estaba disfrutando mucho de aquél manjar, e incluso emitió un levísimo gruñido, por el cual fue duramente amonestado por su padre. Guillermo cogió el conejo y lo colocó sobre el aceite, tomándose la libertad de empaparlo bien antes de cubrir la sartén con una tapa acristalada. Se llevó al Guille al baño y le limpió concienzudamente las manos, la boca y la barbilla, mientras le explicaba de nuevo el por qué estaba mal lo que había hecho. El chico se dejó hacer, sin ofrecer ninguna resistencia. Una vez limpio su padre le ofreció un vaso de leche con un chorro de miel, uno de los pocos alimentos que Guille toleraba, y se lo llevó de vuelta al camarote que compartían con Bárbara. Desde ahí echó un vistazo por uno de los ventanucos apaisados, y comprobó que el bote todavía se encontraba junto a aquél velero abandonado. Pero estaba vacío. Lo habían amarrado al barco y todos sus tripulantes deambulaban por su cubierta o por las dependencias inferiores.

El investigador biomédico echó un vistazo a la sartén a través de la puerta abierta y volvió a mirar por el ventanuco, rezando porque el conejo tuviera ocasión de quemarse y resultar incomible antes que ellos volvieran.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Está claro qué guille ahora es medio infectado, medio humano y estoy intrigadisima por saber cómo a conseguido Guillermo llevarlo a ese estado intermedio!!

    • Todo será desvelado en su debido momento. Uno de los mayores retos de este tomo ha sido precisamente organizar los flashbacks de Guille y Guillermo para que el momento en el que se explica eso que tú bien auguras, no destripe una parte de la trama troncal que es, sin duda, uno de los dos mayores ejes vertebradores de la trama de este último tomo.
      ¡El martes más y mejor! 😀

      David.

  2. battysco dice:

    Este capítulo me ha permitido conocer mejor a Guillermo, por lo que se ve es una persona mucho más racional de lo que lo es Bárbara. Además, es una persona con una gran agilidad mental y que en su vida anterior tenía prejuicios por el aspecto físico de los demás. Me ha llamado la atención la alusión a Carla…

    En cuanto a Guille, me lo podría haber esperado infectado, ¿pero a medias? Siempre me sorprendes Sr. Villahermosa!!

    Sonia.

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