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Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

17 de diciembre de 2008

 

Guillermo les oía discutir incluso desde el otro barco, pese a que se encontraban bastante lejos. No alcanzó a comprender el motivo de tan acalorada conversación hasta que empezaron a aproximarse a Nueva Esperanza. Para entonces llevaba mucho más tiempo en cubierta del que creía recomendable, pero ya no había marcha atrás. Lo único que temía era que su imprudencia pudiese traducirse en un incendio, y aunque el olor parecía corroborar esa teoría, ni una brizna de humo manaba de la escotilla que comunicaba con el camarote principal. De lo contrario ya habría bajado las escaleras a toda prisa.

Se había asegurado de que Guille no volvería a salir del dormitorio trabando la puerta del mismo y echando el cerrojo a la puerta que comunicaba con el baño. De todos modos, el niño no le preocupaba: estaba muerto de sueño, y tras beberse la leche, con el estómago lleno, había vuelto a caer redondo en la cama. Siempre lo hacía. Era el conejo el que le traía sin descanso. Llevaba más de quince minutos en la sartén con el fuego a toda potencia, y por esos entonces el investigador biomédico estaba convencido que debía ser una masa informe negruzca a medio momificar.

Finalmente llegaron. Lo hicieron con el mismo tono tenso que habían acarreado durante el trayecto. A Guillermo le sorprendió descubrir que la discusión había acabado centrándose entre Bárbara y Darío. Los demás tan solo les escuchaban, algo abochornados por la situación. Jamás les había visto discutir. De hecho, no había visto discutir a nadie desde que emprendieron el viaje, lo cual, en un grupo tan numeroso, era todo un logro. El viejo pescador fue el primero en subir de nuevo a cubierta. Ni siquiera se molestó en saludarle.

GUILLERMO – Ho… hola.

Darío se giró durante un solo instante, y le correspondió el saludo con un gesto de la cabeza, para centrarse de nuevo en la profesora.

DARÍO – Pues voy a hacer lo que me dé la gana. No te digo más.

BÁRBARA – Pero que no te estamos diciendo que no, Darío. Entiéndelo. Sólo… te intento hacer comprender que no… que no tiene mucho sentido.

DARÍO – Pero si eres tú precisamente la que dice que ha pasado por yo qué sé cuántos puertos sin ver un solo barco. Ahora tenemos uno vacío delante, y quieres que pasemos de largo. No lo entiendo, la verdad.

BÁRBARA – ¿Pero para qué queremos otro? Ya tenemos este. Ese es más pequeño. Y además, las velas están fatal, y… está sucio.

DARÍO – ¿Sucio? Qué más dará eso, por el amor de Dios. Se puede limpiar. Y… las velas se pueden arreglar. No están tan mal. Aquí tenemos todo lo que hace falta para hacerlo.

El viejo pescador ayudó a Zoe a subir a Nueva Esperanza. Lo hizo mecánicamente, sin siquiera pensarlo. La niña, tan pronto puso un pie en el velero comenzó a olisquear el ambiente, de idéntico modo a como lo había hecho al aproximarse al otro barco. El olor no era el mismo, pero resultaba igualmente llamativo.

ZOE – Huele raro aquí también.

El viejo pescador se giró un momento hacia la niña, pero la voz de su nieta enseguida le hizo despistarse.

CARLA – Bárbara tiene razón, yayo.

DARÍO – ¿Tú también?

Darío resopló, irritado.

CARLA – No tiene sentido que volvamos a Nefesh con dos barcos. Y además… que a mi me daría miedo encargarnos nosotros solos de llevar uno de los dos.

DARÍO – Pero si lleváis haciéndolo prácticamente desde que salimos.

CARLA – Ya, pero tú siempre estás ahí para echarnos una mano si tenemos alguna duda.

DARÍO – Y seguiré estándolo. No voy a ir a ninguna parte.

CARLA – No sé… No es lo mismo. Yo preferiría que te lo pensaras.

DARÍO – No. Está claro que os habéis puesto todos en mi contra. ¿Y tú que dices? ¿También como ellos, que nos vayamos y dejemos ahí el barco para que se lo lleve cualquiera que pase?

Guillermo alzó los hombros, más preocupado por el estado de la sartén que por esa discusión en su opinión absurda.

DARÍO – Mira. Mira, me voy a echar un rato. Que no quiero oíros. Haced lo que os dé la gana.

El viejo pescador dio un par de zancadas y comenzó a bajar las escaleras. No había llegado siquiera a pisar el camarote, y todos le escucharon gritar.

DARÍO – ¡¿Pero qué está pasando aquí?!

Zoe corrió a reunirse con él. Guillermo se quedó donde estaba, concentrándose en el papel que tendría que interpretar a continuación. Bárbara, sobresaltada, se afanó en subir al barco, pero con las prisas resbaló y cayó de espaldas al bote. Olga la sujetó por las axilas, a tiempo evitar que se hiciera daño. Todos escucharon con meridiana claridad el característico sonido de un extintor.

DARÍO – ¡Madre del amor hermoso!

GUILLERMO – ¡El conejo!

Guillermo hizo el amago de ir a auxiliar a la niña y a Darío, pero se encontró de frente con éste último, que subía de nuevo la escaleras. Llevaba lo que quedaba del conejo goteando espuma. Se encontraba en bastante mejor estado de lo que había previsto, pero de lo que no cabía la menor duda era de que nadie osaría hincarle el diente.

DARÍO – ¿En qué estabas pensando?

GUILLERMO – Quería… Ah. ¡Dios! Qué rabia. Quería daros una sorpresa. Pero… se… se me pasó por completo.

DARÍO – No, no. Si una sorpresa sí nos has dado. ¿Verdad Zoe?

La niña se rió de la ocurrencia del viejo pescador.

DARÍO – Un poco más y acabas dándome la razón, y nos tenemos que ir todos cagando leches al otro barco.

Sin saber cómo, su jugarreta había conseguido romper el halo de tensión que había reinado en el barco desde que volviera el resto de la tripulación. Guillermo también rió, notando un cosquilleo en el estómago al haberse quitado ese peso de encima. Respiró aliviado al ver cómo Darío tiraba el conejo por la borda. La peor parte había pasado.

En adelante fueron subiendo a bordo los demás y tras una larga conversación, Darío acabó reconociendo que su fijación por apoderarse del otro barco era más fruto de su amor por el mar y la frustración personal de haber perdido su propio barco, que de una utilidad real.

Reemprendieron el viaje de vuelta, pero el viejo pescador no perdió la oportunidad de apuntar esa ubicación en las cartas náuticas. Se había molestado en inmovilizar el otro barco, aprovechando que el fondo marino no era muy profundo, y aunque sabía que no tenía mucho sentido, pues para llegar hasta esa localización en mitad del mar les haría falta de sí o sí un segundo barco, al menos se quedó tranquilo.