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3×1018 – Último

Publicado: 13/02/2016 en Al otro lado de la vida

XX. SAMUEL

El último pasajero

1018

Mar Mediterráneo, a 114 kilómetros de la costa de Argel

2 de enero de 2006

 

Samuel recuperó la conciencia de manera intermitente. La boca le sabía a una mezcla entre el salitre del mar y metal. Tenía la cabeza embotada, y le resultaba doloroso incluso abrir los ojos. Los entornó con evidente dificultad, parpadeando incontrolablemente, y se preguntó si cuanto le rodeaba era fruto de su imaginación o la nueva y cruda realidad en la que se había transformado de la noche a la mañana su corta vida, que apenas alcanzaba los dos lustros.

El frío resultaba prácticamente insoportable. Cerrar de nuevo los ojos y abandonarse al abrazo de las olas que mecían su cuerpo inerte era demasiado tentador. Aunque eso hubiese significado su fin. Estaba empapado de pies a cabeza, y sabía que debía estar lleno de cortes, quemaduras y moretones. No le hacía falta verlos para saberlo. Las lágrimas que brotaron irremediablemente de sus ojos se mezclaron con la igualmente salada agua del mar.

El sol emergía tímidamente de la línea del horizonte marino, exigiendo recuperar su hegemonía al agonizante reino de la oscuridad. No obstante, varios puntos de luz titilante a su alrededor hacían que la dolorosa experiencia de enfocar la vista resultase en cierto modo irreal. Cerró los ojos unos segundos, tratando de recuperar fuerzas, sin mover un solo músculo por miedo a hundirse, y enfocó de nuevo la mirada en una de aquellas luces. Se trataba de un pedazo de barco, que ardía con violencia, ignorando que todo cuanto le rodeaba estaba más que dispuesto a extinguir su fuego. Entonces comenzó a recordar lo que había ocurrido antes de perder el conocimiento.

Él estaba acostado en la cama del minúsculo camarote que compartía con su padre en aquél destartalado barco. La discusión que él y aquél hombre tan educado mantenían le había despertado, y no hacía más que preguntarse si debía quedarse donde estaba o salir a poner algo de paz. Su padre era un hombre de mucho carácter, y prefirió quedarse donde estaba. De lo contrario quizá podría haber evitado la catástrofe. Ellos hablaban en árabe, y él a duras penas comprendía algunas palabras sueltas, y no llegó a averiguar el motivo de la discusión, que se volvía más acalorada por momentos.

Samuel era hijo de Abdellah, un argelino de piel morena, y de Manuela, una española de la que se enamoró en uno de sus frecuentes viajes al sur de España. De ahí el color de su piel, mestizaje de tan dispares razas, aunque resultaba evidente que los genes de su padre habían salido victoriosos del reparto. Desde su nacimiento había vivido en la península con su madre. Abdellah estaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, atendiendo sus negocios, y fue Manuela quien le crió y le educó. Lamentablemente, ella perdió la vida el verano anterior en un trágico accidente de tráfico, y desde entonces su padre se hizo cargo de él, con mayor o menor fortuna dados sus largos períodos de ausencia, durante los cuales Samuel pasaba semanas enteras en casa de una vecina de su difunta madre, que le idolatraba y le trataba como el hijo que nunca tuvo.

Tan pronto acabó el período lectivo ese mismo año, su padre se lo llevó a Argel a pasar las navidades. Era la primera vez que salía de España, y estaba emocionado e ilusionado por el viaje. Le costó integrarse a ese nuevo país, con nuevas costumbres, nuevas reglas y un idioma que su padre no se había molestado jamás en enseñarle. Pasó con él sus vacaciones en relativa armonía, e incluso recibió los mejores regalos, tal como ya le tenía acostumbrado. Todo ello ayudó en gran medida a soportar el omnipresente recuerdo de su madre ausente.

La víspera de año nuevo su padre irrumpió atropelladamente en la casa a media mañana y le obligó a hacer la maleta a toda prisa. No le explicó el motivo de tan repentino cambio de planes, y Samuel estaba tan asustado por la expresión de su rostro y sus comentarios que no osó preguntarle. Se limitó a dejarse hacer, y para cuando se quiso dar cuenta, ya estaba a bordo de aquél viejo barco que ahora descansaba hecho pedazos a su alrededor. El barco era propiedad de aquél argelino que apenas chapurreaba el español, lo cual sorprendió bastante a Samuel, ya que su padre tenía su propio barco, mucho más grande y cómodo que ese.

El viaje fue un verdadero un tormento. Su padre estuvo de mal humor desde que partieron, y la presencia de aquél desconocido, que Abdellah presentó como un gran amigo de la infancia, no ayudó en absoluto a mejorar su estado de ánimo. Apenas repararon en él para poco más que alimentarlo, y pasaban la mayor parte del tiempo hablando entre sí, de modo que el chico se sentía totalmente desplazado.

La discusión de aquella segunda noche a bordo le despertó asustado, pero se quedó arropado en la cama en todo momento, a medida que subía el tono de voz, deseando que cesase cuanto antes. Se sentía realmente impotente al no entender prácticamente nada de cuánto se decía. Apenas tuvo ocasión de empezar a preocuparse al sentir aquél característico olor y ver el humo filtrándose por las rendijas de la puerta, antes que todo estallase y él perdiese el conocimiento. Lo había recuperado flotando en el agua, y no había rastro de ninguno de sus dos acompañantes.

Sacando fuerzas de donde creía que no las había consiguió darse media vuelta. Al perder el precario equilibrio que le había ofrecido el estar boca arriba pensó que se ahogaría, pues no sabía nadar. Por fortuna consiguió mantenerse a flote. Necesitaba saber qué había sido de su padre, y no cejaría en su empeño aunque eso fuese lo último que hiciera en vida. Tras grandes esfuerzos, consiguió alcanzar una gran tabla que flotaba no muy lejos de su punto de partida, y se colocó aparatosamente boca abajo sobre ella. Usando sus brazos como remos podía navegar con relativa facilidad. Algo más seguro de sí mismo, se puso de pie sobre la tabla y oteó en todas direcciones, buscando algún cuerpo flotando entre los restos del barco. No tuvo éxito en su empresa, de modo que sólo le quedaba un lugar al que dirigirse: aquella imponente estación petrolífera abandonada.