Archivos para marzo, 2016

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Estación petrolífera abandonada

5 de diciembre de 2008

 

Samuel llenó otro vaso de agua filtrada y se lo bebió de un trago. Ahora ya apenas le dolía el estómago, aunque había pasado unos días bastante malos. Con el transcurrir de los meses había acabado asumiendo que se trataba de algo cíclico, pues enfermaba con una periodicidad pasmosa, para luego recuperarse a los pocos días. Curiosamente, jamás se ponía enfermo durante las épocas lluviosas, cuando bebía exclusivamente agua de lluvia. En cualquier caso, él no podía escoger qué agua beber. Dadas las circunstancias, aún debía dar gracias al cielo de disponer de aquellos arcaicos filtros, que limpiaba con esmero al menos un par de veces por semana.

Caminó hacia las escaleras que le llevarían al mar y comenzó a desnudarse. Apenas le quedaba ropa, y la poca que tenía, quería cuidarla lo mejor posible, de modo que siempre que decidía bucear, la dejaba en la estación y lo hacía desnudo. Al fin y al cabo, no iba a pasar más frío del que lo haría vestido, y así conseguía al mismo tiempo evitar deteriorar aún más la ropa y no tener que esperar a que se secase para volver a ponérsela una vez volviese de su paseo submarino.

Estaba a punto de zambullirse, cuando escuchó el característico sonido de la radio. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, tal cual su madre le había traído al mundo. En menos de medio minuto llegó a la habitación de la radio, respirando agitadamente. Comprobó la frecuencia, y se sorprendió al descubrir que no se trataba del asentamiento de Bayit. Ese número no recordaba haberlo visto jamás. Un rápido vistazo a la mesa llena de inscripciones le acabó de convencer de que se trataba de un interlocutor totalmente nuevo. Hacía días que sólo hablaba con Bárbara y Zoe, y ello le puso de buen humor. No tardó en contestar.

OLGA – ¿Sam?

SAMUEL – ¿Sí? ¿Quién es? ¿Te conozco?

OLGA – Soy yo, Olga.

SAMUEL – Olga…

Samuel trató de recordar ese nombre. Le sonaba, vagamente, pero en ese momento no caía. Al ruido de fondo de la estática se había sumado un rumor lejano que no supo descifrar. Aún así se la escuchaba sin problemas.

OLGA – Hablamos hace un par de meses. ¿No te acuerdas?

SAMUEL – ¡Ah! ¡Sí! Que estabas con tu hermano en una… en un campamento. ¿No?

OLGA – Exacto.

GUSTAVO – ¡Hola Sam!

SAMUEL – Hola, Gi… Gu… ¿Gustavo?

GUSTAVO – ¡Exacto!

SAMUEL – Me alegro mucho de oíros. De verdad. Había pasado tanto tiempo que ya… casi ni me acordaba. ¿Qué tal estáis?

OLGA – Estamos… bastante mejor que entonces.

SAMUEL – ¿Todavía estáis en el centro aquél, en… en Midbar?

OLGA – ¡No! ¡Qué va! De ahí nos fuimos ya hace bastante tiempo. Ahora estamos en Bejor.

SAMUEL – No… No sé dónde está.

OLGA – Está… Pues yo tampoco sé muy bien dónde cae, ahora que lo dices. Está junto al mar. Mira, estamos como tú. Pero… más cerca de la costa.

SAMUEL – Así podréis pescar.

OLGA – ¡Cómo lo sabes! Es una de las mejores cosas de vivir tan cerca de la costa. Aunque… tampoco se nos da muy bien.

SAMUEL – Oye, ¿y cómo habéis llegado hasta ahí? Creo recordar que dijiste que no teníais ningún vehículo la última vez que hablamos.

GUSTAVO – Nos ha traído un hombre, que vino a… al centro donde estábamos.

SAMUEL – Ah. Y… ¿Qué tal es ese hombre? ¿Os trata bien?

GUSTAVO – Sí. Es un poco… raro. Pero no es mala gente. Su hijo, pobre… está bastante mal.

SAMUEL – ¿Qué le pasa?

GUSTAVO – No sé. Su padre dice que está traumatizado por… por todo lo que ha pasado, por… por haber perdido a su madre. Pero… yo creo que le pasa algo más. La manera cómo se comporta… no es normal. Está como… yo creo que es autista o algo.

OLGA – ¡Gus!

SAMUEL – Bueno. Por fortuna está bien acompañado.

El joven negro escuchó reír a sus interlocutores al otro lado de la línea.

OLGA – No tenemos la radio donde vivimos. De hecho… ésta la hemos encontrado por casualidad. Pasamos delante de una comisaría, y pensamos que quizá podríamos encontrar armas. Habían arrasado con todo. Pero literalmente. Sin embargo… habían dejado la radio, y un generador portátil con gasolina. Y coincide que todavía llevaba encima, en la mochila, el bloc de notas donde apunté la frecuencia de… de donde estás tú, de la última vez que hablamos, y… pensé en saludarte.

SAMUEL – Y yo que me alegro de que así sea. ¿Y… qué tal está Bejor? Es… ¿es segura?

OLGA – ¡No! ¡Qué va!

GUSTAVO – ¡Ojalá!

OLGA – Está… está como todos lados. Pero… no sé. Me da la impresión que haya menos infectados. Por otros sitios que hemos pasado… parece que había todavía más movimiento. Aquí puedes andar por las calles… relativamente tranquilo. Siempre que tengas con qué defenderte.

SAMUEL – Tenéis un valor envidiable. Yo… Yo no creo que pudiese.

OLGA – Bueno… Acabas acostumbrándote, no te creas. Es… es duro, pero… no te queda otra.

SAMUEL – ¿Y estáis bien ahí donde estáis? Quiero decir…

OLGA – Sí. Pasamos un poco de hambre, por eso vamos a buscar suministros fuera de vez en cuando. Y… como somos cuatro, pues… todo se acaba mucho más rápido, pero… bien. Dentro de lo que cabe, bien. No nos podemos quejar.

SAMUEL – Me alegro. Me alegro que así sea. Y… ¿dónde está vuestro compañero, el hombre este del que me habéis hablado?

OLGA – Se ha quedado ahí donde vivimos, en una escuela de… de navegación para militares, con su hijo. Suele venir, y vamos con su coche, pero hoy el niño estaba un poco… rebelde, y se ha quedado a cuidar de él.

SAMUEL – Ah. Entiendo…

OLGA – Oye, pues… Me alegro mucho de volver a saber de ti.

SAMUEL – ¡Igualmente!

OLGA – Ahora que… tenemos la radio más a mano, intentaremos pasarnos de vez en cuando a saludarte.

GUSTAVO – Podríamos llevárnosla a la escuela.

OLGA – No sé yo, Gus. Esto está conectado a una antena. Si nos lo llevamos, lo más seguro es que lo estropeemos. Yo no tengo ni idea de cómo va esto.

GUSTAVO – También es verdad.

OLGA – Bueno, lo dicho, Sam. Un placer volver a hablar contigo. Hablamos en breve.

SAMUEL – ¡Cuidaos!

De nuevo el ruido de la estática inundó la estancia. Samuel se dio cuenta de que había estado de pie durante toda la conversación, con los brazos apoyados en la mesa, frente al micrófono. Se sorprendió al ver que estaba desnudo. Sin pensarlo dos veces, aún conservando la sonrisa que le había regalado la conversación con los dos hermanos, caminó hacia la baranda más cercana del mirador, se subió con cuidado, y saltó hábilmente al vacío, para zambullirse instantes después en el mar. Esa era una actitud abiertamente temeraria que había adoptado no hacía mucho, al ver que no se hacía daño, y una de las pocas cosas que le hacían sentirse realmente vivo ahí en la estación.

Esa misma noche tuvo una conversación con Bárbara y con Zoe, y mencionó su reencuentro con Olga y Gustavo. Para su sorpresa, los hermanos y la profesora se conocían. Al parecer, habían visitado el centro de refugiados de Midbar mientras ellos aún vivían ahí. Prometió ponerles en contacto tan pronto le volvieran a llamar.

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3×1027 – Miedo

Publicado: 22/03/2016 en Al otro lado de la vida

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Samuel se alegró mucho al recibir de nuevo la llamada de Bárbara tres días más tarde. Al ver pasar las horas y los días, había acabado asumiendo que ella sería una más de las muchas personas que prometían volver a ponerse en contacto con él pero jamás lo hacían, ya fuera por que no podían o porque no lo consideraban oportuno. De nuevo le sorprendió durmiendo, tras un largo día de trabajo en las redes. La conversación le resultó de lo más grata. Echaba en falta el contacto humano al que ya se había acostumbrado.

Para esos entonces ya había perdido la fe en volver a hablar con Marina, y pese a que desde la última vez que hablase con Bárbara había recibido alguna que otra llamada, estaba convencido de que si alguien debía convertirse en su siguiente confidente, del mismo modo que Marina había tomado el relevo a Manuel, esa sería sin duda ella. Bárbara y la pequeña Zoe, a la que le presentó ese mismo día. Ellas parecían tener algo distinto al resto de la gente con la que había hablado, como un aura de empatía y bondad que las hacía especiales.

Zoe era una niña, no mucho menor que él, y por ello se sintió mucho más identificado con ella que con Bárbara. Aunque no lo mostró abiertamente, por razones obvias. Él era perfectamente consciente de que la gente la confundía con un adulto, amparado en la distorsión acústica de la radio y en su recientemente adquirida voz varonil. Eso era algo que le encantaba. Le hacía sentirse más seguro de sí mismo y así conseguía que le tratasen como a un igual. Por ello jamás se esforzaba por hacerles salir de su equívoco, aunque en un par de ocasiones la perspicacia de su interlocutor le había dejado sin defensas y debió reconocer su corta edad.

Esta nueva conversación con la profesora le dejó en cierto modo inquieto. Lo que en su momento había sido tan solo una insinuación, se convirtió en una oferta en toda regla. Pese a que en ese momento no tenía medios para ello, pues el barco en el que habían llegado a la isla se había hundido, Bárbara le ofreció venir con ellas a Nefesh: la libertad que él tanto ansiaba. Su respuesta no fue todo lo entusiasta que él mismo hubiera esperado, y por ello se sorprendió a sí mismo. Llevaba más tiempo del que era capaz de recordar deseando a cada momento abandonar la estación, y ahora que la posibilidad de hacerlo sonaba en la distancia, por más que de un modo excepcionalmente vago, lejos de sentir alivio o ilusión, lo que sentía era el más genuino miedo. El miedo al cambio. El miedo a tener que volver a enfrentarse al mundo real. El miedo a los infectados.

Allá donde vivían Zoe y Bárbara, y otro buen puñado de gente, por lo que le explicaron, habían erigido un pequeño refugio entre bloques de pisos, evitando de ese modo que los infectados pudiesen acceder al interior a atacarles. Le sorprendió de un modo que tardaría mucho en asimilar, que lejos de esconderse cuando éstos se acercaban, como él hubiera hecho, lo que hacían era atraerlos, con música, para luego acabar con ellos con armas de fuego desde posiciones estratégicas en las alturas. Eso era algo a que él estaba convencido que no podría amoldarse. Un nivel de temeridad absolutamente intolerable bajo su punto de vista. Aún no había visto un solo infectado en su vida, y si de algo estaba seguro, era de que les guardaba mucho más celo y respeto que ninguno de los habitantes de Bayit. Incluso que aquella niña pequeña.

Pese al esporádico retumbar de los disparos en la distancia, le resultó muy agradable volver a escuchar música después de tanto tiempo, y Bárbara demostró ser mucho más solícita que el propio Manuel. Al parecer se había traído la radio a su propio dormitorio, por lo que ahora le resultaba mucho más sencillo ponerse en contacto con él. Ello se tradujo en llamadas más frecuentes y más largas, aunque jamás como las que había mantenido con Marina. Lo que empezó como una mera coincidencia en el tiempo y el espacio, acabó transformándose en una genuina amistad. Pese a que en más de una ocasión le presentó a otros de los integrantes de su heterogéneo grupo de supervivientes, a resumidas cuentas, la mayor cantidad de las veces que se hacía uso de la radio para hablar con él, eran Bárbara y/o Zoe quienes estaban al otro lado. Al fin y al cabo, eran ellas dos quienes vivían en el piso en el que habían instalado la radio, y por ende, quienes la tenían más a mano.

Con el paso de los días, la profesora le fue explicando todos los avances que iban haciendo en el barrio que habían escogido para vivir; cómo erigían un muro tras otro, estableciendo cortafuegos ante la posible invasión de los infectados, cómo se repetían las salidas en busca de suministros, semillas, animales y bienes, y sus recurrentes “rondas de limpieza” para librar a la isla de la epidemia que había acabado con la mayor parte de los vecinos. Samuel siempre sentía que cuando él podía explicarle sobre su día a día debía resultarle mucho más aburrido. Su vida era muy monótona e insustancial, y si algo le proporcionaba algo de sal, eran precisamente las conversaciones que mantenía con Bárbara y con Zoe. No obstante, ambas se mostraban muy interesadas por él, aunque para su sorpresa, no insistían en conocer su pasado, como lo habían hecho Manuel y la propia Marina en infinidad de ocasiones. Quizá ese fue uno de los motivos por los que acabaron llevándose tan bien.

Poco a poco le fueron infectando con ese sentimiento de pertenencia y seguridad que manaba de sus palabras, hasta el punto de hacerle replantearse su postura original. Le hablaban tan bien del barrio, de todas las comodidades que tendría si finalmente podía formar parte de él, que inevitablemente, comenzó a soñar despierto.

3×1026 – Mono

Publicado: 19/03/2016 en Al otro lado de la vida

 

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Estación petrolífera abandonada

16 de noviembre de 2008

 

El sonido de la radio despertó a Samuel. Estaba soñando con una invasión pirata que abordaba su estación. Los corsarios le invitaban a ron y se lo llevaba consigo a surcar los siete mares, saqueando buques mercantes y escondiendo el botín en islas paradisíacas pobladas con mujeres voluptuosas que les daban la bienvenida de maneras muy sugerentes. Ese era uno de sus sueños más recurrentes, y de los que más acostumbraba a recordar al despertar. Con el paso de los meses, sus sueños cada vez resultaban menos imaginativos, siempre relacionados con su nueva y monótona existencia rodeado de agua, y esos instantes después de despertar de una vida llena de acción y aventuras, le resultaban muy agradables.

Se incorporó, ilusionado ante la idea que se tratase de su amiga Marina, con la que no hablaba desde hacía ya casi una semana, tras una conversación que si bien comenzó especialmente animada, acabó algo fría, dejándole con un mal presentimiento en el cuerpo, con una despedida de lo más extraña. Se destapó y apartó a un lado una de las sábanas que cerraba el dosel improvisado bajo el que dormía, más parecido a una tienda de campaña, que le mantenía caliente las frías noches en alta mar. Corrió entusiasta hacia la sala de la radio, que se encontraba a escasos metros de la oficina interior que había adoptado como dormitorio de invierno. Frenó de golpe contra la mesa de madera llena de inscripciones y leyó los números rojos de la máquina que tan buenos y malos momentos le había brindado las últimas semanas.

Chistó molesto al comprobar que no se trataba de la frecuencia desde la que le hablaba Marina. Se la había aprendido de memoria, pues últimamente ella era la única persona con la que hablaba. Del mismo modo que hubo una pequeña temporada en la que podía llegar a recibir hasta más de una docena de llamadas distintas al día, últimamente raro era el día que usaba la radio. Durante la última semana tan solo había hecho uso de ella en tres ocasiones, y fueron conversaciones excepcionalmente cortas, de personas que al ver que Samuel no les podía ayudar, se despedían de él con brusquedad sin la menor intención de mantener el contacto.

Tuvo incluso que bajar el volumen, ante semejante cantidad de ruido. Quien quiera que hubiese al otro lado no había sintonizado bien la frecuencia. Eso ya le había pasado en más de una ocasión, pero no tenía la menor idea de cómo arreglarlo. El uso de la radio no fue una de las cosas que su padre le enseñase antes de morir, pues él mismo a duras penas sabía encenderla, de modo que tuvo que aprender por sí solo, y desconocía para que servían la enorme mayoría de todos aquellos botones y diales. Confiaba en que la otra persona acabase arreglando el problema, y varias veces tuvo incluso que desistir, al resultar imposible mantener una conversación con tanto ruido de fondo que la distorsionaba.

SAMUEL – ¿Hay alguien ahí? ¿¡Oiga!? ¡¡Oiga!!

El joven negro creyó escuchar una voz femenina al otro lado, y le dio un vuelco al corazón. Por un momento se ilusionó ante la idea de que se tratase realmente de Marina, que le llamaba desde otra radio distinta, pero poco a poco el ruido de fondo se fue diluyendo, y enseguida no le cupo la menor duda: esa voz no era la de su amiga.

BÁRBARA – Aquí Bárbara, ¿con quién hablo?

SAMUEL – ¿¡Oiga!? ¡No te oigo bien!

Como por arte de magia la estática desapareció, y la voz de aquella desconocida se escuchó con total nitidez. Samuel estaba convencido que era la primera vez que la oía.

BÁRBARA – Aquí Bárbara, ¿con quién hablo?

SAMUEL – ¡Hombre! Encantado, Bárbara.

BÁRBARA – ¿Con quién hablo?

SAMUEL – Yo soy Samuel, pero puedes llamarme Sam. Nadie me llama Samuel, no sé por qué te lo he dicho.

BÁRBARA – Encantada, Sam. ¿Eres de la isla?

SAMUEL – ¿Isla? ¿Qué isla?

BÁRBARA – Te llamo desde Nefesh.

Esa fue la primera conversación que mantuvieron Samuel y Bárbara. La primera de muchas. Ambos ignoraban cuánto bien acabarían haciéndose el uno al otro, pero desde el primer momento, los dos sintieron una conexión especial. Había algo en la candidez y en el entusiasmo de Samuel que hizo que Bárbara confiase en él inmediatamente, pese a que el joven negro no puso nada de su parte en dar a conocer quien era realmente. La profesora llegó a convencerse, más por intuición que otra cosa, que se trataba de un hombre mayor que ella. La pubertad había entrado por la puerta grande en el cuerpo de Samuel a principios de ese verano, y uno de los rasgos más característicos fue su cambio de voz, de un tono infantil e incluso algo agudo, a la voz de un hombre en toda regla, aunque su aspecto exterior fuese el de un chaval algo bajo, y bastante delgado, aunque con buenos músculos. Samuel, por su parte, sintió enseguida que Bárbara era distinta a todos los demás que le habían llamado anteriormente. Todas las personas con las que había hablado desde el inicio de la epidemia llamaban única y exclusivamente para pedir ayuda. Los había más educados y los había más bruscos, pero Bárbara fue la primera persona que lejos de requerir algo de él, se mostró abierta a ofrecerle una mano amiga.

El miedo de abandonar la estación, que hasta el momento había venido dictado por el sentimiento de culpa por la muerte del que fuera amigo de su padre y por todo el tema del omnipresente ajuste de cuentas en el tema del narcotráfico, había virado a otro tipo de miedo, mucho más visceral. Ahora no le cabía la menor duda de que la policía no vendría a detenerle por su delito, ni que los antiguos socios de su tío pudiesen acabar con él como venganza por el agravio hecho por su padre, principalmente porque tanto los unos como los otros bien podrían ya estar criando malvas, sin embargo, su apego a la monotonía seguía prácticamente inmutable. Fuera de ese recinto de seguridad y tranquilidad había un mundo hostil que no dudaría un momento en comérselo vivo, si no literalmente, si bajaba la guardia. Decidir abandonarlo, aunque fuese como mera hipótesis, le aterraba, y por ello mantenía con sus nuevos interlocutores el mismo hermetismo que había mantenido con Manuel.

La conversación con Bárbara, por más que cordial, fue muy corta. La profesora se despidió comprometiéndose a llamarle de nuevo el día siguiente. Samuel siguió atendiendo a sus quehaceres de ermitaño, pero lo hizo con otro ánimo.

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Estación petrolífera abandonada

3 de octubre de 2008

 

SAMUEL – ¿Olga? ¿¡Olga!?

Samuel frunció el ceño. La comunicación se había cortado repentinamente, dejándole con la palabra en la boca. Trató de obtener respuesta por parte de aquella joven, pero fue en vano. Por fortuna, había anotado la frecuencia desde la que llamaba en la mesa de madera, arañándola con un cuchillo que había tenido que rescatar en dos ocasiones del fondo del mar. Había adoptado esa costumbre desde hacía poco más de una semana, cuando las llamadas se hicieron mucho más recurrentes. Hacía mucho tiempo que se había quedado sin lápices ni bolígrafos, y esa fue la mejor manera que se le ocurrió de conservar todos aquellos números, con los respectivos nombres de sus dueños. A decir verdad, la mesa estaba saturada de inscripciones a esas alturas, pues no habían sido pocos los que habían precedido a Olga y su hermano remitiéndose a Samuel en busca de ayuda. Utilizó esa información para restablecer la comunicación, pero no lo consiguió. Eso era algo que había aprendido a normalizar, y no le dio importancia.

Ese día fue el primero y el último que hablaría con ambos hermanos, al menos durante un tiempo más que generoso. Habían dado con él por mera coincidencia, como tantos otros antes que ellos, y le habían confundido con el encargado de las comunicaciones de un centro de refugiados al que pedir ayuda, como tantos otros antes que ellos. Samuel no tardó en sacarles de su equívoco, y escuchó con atención la curiosa historia que le contaron. Resultaba bastante menos glamurosa que las demás que había oído, aunque le pareció bastante original: librarse del ataque de los que todos parecían haber acordado en bautizar como “infectados” subiéndose a un árbol era algo que dudaba que se le hubiese podido ocurrir a él mismo. La mera idea de tener que lidiar con ese problema le espeluznaba.

Llamaron por la mañana, prometiendo que volverían a ponerse en contacto con él entrada la tarde. Y así fue. Le explicaron que habían recibido la visita de un extraño grupo de supervivientes integrado por una niña, una mujer joven, un chaval unos años mayor que él y un policía negro, con los que apenas habían tenido ocasión de mediar palabra antes que éstos siguieran su camino, después de recibir el rechazo de unirse a su grupo. Poco después Olga se interesó por conocer su historia. El joven negro mantuvo su acostumbrado hermetismo, y cuando se disponía a darle largas, de igual modo que había hecho con todos y cada uno de sus anteriores interlocutores, fue cuando la comunicación pasó a mejor vida.

Durante los primeros días del final de su celo frente a las conversaciones con desconocidos, Samuel tuvo el mal presentimiento de que todo era un intrincado complot para hacerle creer que había llegado el Apocalipsis, y que la raza humana estaba siendo erradicada del planeta mediante una plaga. Sabía que una posición tan abiertamente egocéntrica no tenía el menor sentido, pero menos lo tenía la alternativa: que cuanto le contaban fuese verdad.

A esas alturas, todas las personas que le habían conocido debían darle por desaparecido, si no por muerto. Si de algo estaba convencido, era que nadie sabía dónde había ido a parar. De lo contrario, ya habrían venido a rescatarle. No obstante, después de tantas horas de conversaciones con tantas personas distintas, finalmente llegó a convencerse de que no podía tratarse más que de un hecho real, lo cual le convertía a él en un privilegiado. El mundo realmente se estaba yendo al traste en su ausencia, y la última acción de su padre, de la que Abdellah no parecía demasiado orgulloso antes de morir, le había salvado la vida por partida doble.

Su día a día no tenía ahora nada que ver con la vida previa al estallido de la epidemia. Aún echaba mucho de menos a Manuel, pero el continuo flujo de información que obtenía diariamente conseguía distraerle de tal modo que en ocasiones incluso se avergonzaba de no guardarle un luto más riguroso. Después de tantos meses autocompadeciéndose, repitiéndose a diario que era un desgraciado y que estaría mejor en cualquier otro lugar del mundo antes que en ese agujero hediente a mar, ahora su ánimo había dado un viraje de ciento ochenta grados. Trataba de ayudar a sus interlocutores dándoles consejos, compartiendo con ellos la información que había obtenido de los demás, y aunque su aportación acostumbraba a servir para poco más que permitir desahogarse a la persona con la que estaba hablando, él se sentía útil, y ello le proporcionaba una sensación muy agradable que no recordaba haber experimentado en mucho tiempo.

Veinte minutos más tarde, la radio volvió a sonar. Eso era algo que ya ni le sorprendía ni le incomodaba. Todo lo contrario. Lo había normalizado tanto como que debía mantener una rutina estricta de pesca si no quería pasar hambre. Observó el número que aparecía iluminado con grandes números rojos. Revisó la terminación y la comparó con la de Olga y su hermano Gustavo. No eran ellos. Un rápido vistazo a los demás números le convenció de que se trataba de una frecuencia nueva, o al menos una con la que no había mantenido contacto las últimas semanas, desde que empezó a anotarlas. No se lo pensó dos veces antes de contestar.

No se trataba más que de otro superviviente anónimo que desconocía el uso de la radio y la había sintonizado en una frecuencia demasiado baja. No había ninguna otra radio en decenas de kilómetros a la redonda, lo cual le convertía a él en un blanco especialmente fácil. En esta ocasión, la persona que había al otro lado era una mujer mayor, que bien podría haber sido su abuela, si ésta aún conservase la vida. Le costó mucho tranquilizarla, e incluso entenderla entre sus jadeos, sollozos y llantos, mientas le explicaba cómo acababa de perder a sus dos nietos pequeños tras el ataque de una horda de aquellas bestias. Samuel hizo todo lo que pudo para calmarla, pero el estado de ansiedad de la mujer no se lo permitió. No fue en absoluto agradable escucharla gritar pidiendo ayuda, ni mucho menos oírla agonizar mientras los verdugos de su nieto la despedazaban y comenzaban a comérsela todavía viva. En momentos como ese, Samuel hubiese preferido no encender la radio jamás. La ignorancia era un bien demasiado preciado, que una vez se perdía jamás se podía recuperar.

3×1024 – Rutina

Publicado: 12/03/2016 en Al otro lado de la vida

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Estación petrolífera abandonada

9 de septiembre de 2008

 

CABO JIMÉNEZ – ¿Cómo se apaga esto?

SAMUEL – ¿Manolo?

CABO JIMÉNEZ – ¿Sí? ¿Oiga? ¿Con quién hablo?

Samuel tragó saliva. Se vio tentado a cortar la comunicación de inmediato, pues resultaba evidente que el hombre que había respondido a su llamada no era Manuel. No obstante, hacía demasiados días que habían perdido el contacto con él, y estaba ávido de respuestas.

SAMUEL – ¿Está…? ¿Está Manuel ahí?

CABO JIMÉNEZ – ¿De qué conocía usted a Manuel?

SAMUEL – Es… Es mi amigo.

CABO JIMÉNEZ – ¿Cómo se llama?

SAMUEL – Sa… Santiago.

CABO JIMÉNEZ – Lo lamento mucho, Santiago, pero su amigo ha muerto.

Samuel se quedó de piedra. A duras penas alcanzó a escuchar lo que el cabo le decía a continuación como una débil melodía de fondo.

CABO JIMÉNEZ – Pero no ha tenido una muerte violenta. No ha sufrido. Y… su atacante ha sido debidamente reducido, y ya no hará daño a nadie más. Le doy mi palabra. Siento mucho su pérdida, Santiago, pero tenemos mucho trabajo por hacer y no le puedo atender ahora. Puede ponerse en contacto con el centro funerario local para preguntar cuándo celebrarán el sepelio, pero ya le adelanto que la lista de espera es muy larga. Muy larga. Si ha de hacerlo, hágalo por teléfono. Recuerde que el toque de queda empieza a las ocho de la tarde. A las veinte horas. A partir de entonces no puede salir de casa, por su propia seguridad. Podrá hacerlo a partir de las ocho de la mañana, pero le aconsejo que no lo haga, al menos no por el momento. Estamos trabajando para atajar el problema cuanto antes, y pronto volveremos a la normalidad, pero hasta entonces necesitamos de su colaboración, así que no cometa ninguna imprudencia. ¿Está usted ahí, Santiago?

SAMUEL – Sí…

CABO JIMÉNEZ – Recuerde todo lo que le he dicho. Que tenga un buen día.

El joven negro se quedó con la mirada fija en una mancha de la pared, incapaz de reaccionar, mientras el ruido de la estática le envolvía.

Pasó el resto del día preguntándose qué diablos podía haberle pasado a su amigo. Al principio quiso convencerse de que cuanto había escuchado era parte de la broma que el propio Manuel había comenzado tres días antes. Pero eso no tenía ningún sentido. Manuel jamás había involucrado a una tercera persona en sus conversaciones, y su humor era blanco e incluso algo infantil. Jamás llegaría tan lejos con una broma de tan pésimo gusto. Pero si realmente había sido asesinado… ¿Quién podía haber sido su verdugo? Y lo más importante: ¿Por qué? Manuel era un prejubilado que apenas salía de casa a hacer la compra y regar las plantas del jardín, sin apenas familia, amigos, y mucho menos enemigos. Entonces recordó la última conversación que habían tenido. Prácticamente la había enterrado en su memoria, descartándola por lo ridícula que resultaba. ¿Y si no le estaba mintiendo? ¿Y si realmente estaba asustado, y buscaba en él un apoyo que jamás recibió?

Pasada cerca de una hora, perdió el miedo inicial de exponerse a otro desconocido, y llamó de nuevo a la frecuencia que compartía con Manuel. Nadie le respondió, lo cual no le sorprendió demasiado, y ello no hizo más que darle crédito a todas sus imaginaciones, que cada vez resultaban más descabelladas. La sensación de impotencia y desamparo que le acompañaba todos y cada uno de los días de su vida creció un poco más, por más que él no lo creía posible.

A media tarde la radio sonó de nuevo. Samuel estaba en la otra punta de la estación petrolífera, destripando un rodaballo y sacándole las espinas para cocinarlo esa misma noche. Tenía los ojos vidriosos y no hacía más que sorber mocos. Dejó cuanto estaba haciendo y corrió veloz hacia la estancia que tenía la estación de radioaficionado. Estaba a punto de responder la llamada, ilusionado ante la idea de recibir cualquier otra información sobre Manuel, la que fuera, cuando se fijó en la frecuencia. No se correspondía ni de lejos con la de su amigo. Se vio tentado a responder, pero su instinto le impidió hacerlo, como otras tantas veces. Tenía miedo. Un nuevo género de miedo. Dejó pasar unos segundos, y para su sosiego, aquél estridente pitido acabó extinguiéndose.

En adelante siguió con su rutina diaria, tratando sin mucho éxito de no pensar en lo que le había contado el cabo Jiménez. Su vida se había convertido en un bucle en el que repetía una serie de acciones que le mantenían con vida y le distraían, con una periodicidad casi milimetrada. Manuel era la única pieza de aquél engrasado mecanismo que había roto la monotonía y le había dado motivos para seguir adelante un día más. Ahora ya no tenía siquiera eso, y la sensación de vacío resultaba vertiginosa.

A poco de caer la noche, mientras cenaba el rodaballo, la radio volvió a sonar. Samuel podría afirmar sin miedo a equivocarse que jamás antes había estado tan solicitada. Puesto que se encontraba en la misma sala, tan solo tuvo que dar un par de pasos para comprobar la frecuencia: se trataba de una tercera, distinta a las dos anteriores. Al igual que había hecho con la previa, la dejó sonar hasta que el ruido cesó, y acto seguido se sentó de nuevo a la mesa y siguió comiendo, como si no hubiera pasado nada.

En los días posteriores, las llamadas se repitieron con más y más frecuencia. El joven negro se marcó el firme propósito de ignorarlas, y seguir con su vida como si nada ocurriese. Incluso llegó a apagar la radio en más de una ocasión, convencido de que estaba haciendo lo correcto, para luego encenderla de nuevo a las pocas horas. Consiguió ignorar más de dos docenas de llamadas, hasta que la tentación fue mayor que su instinto de supervivencia, y acabó respondiendo. Esa no fue más que la primera de las innumerables conversaciones que tendría en adelante con personas asustadas y desesperadas, la mayoría de las cuales pedían una ayuda que Samuel no les podía brindar.

Esa se transformó en su nueva rutina, y para su sorpresa, llegó incluso a gustarle.

3×1023 – Broma

Publicado: 08/03/2016 en Al otro lado de la vida

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Estación petrolífera abandonada

6 de septiembre de 2008

 

MANUEL – No te estoy engañando. Por el amor de Dios, Sam. Lo he visto con mis propios ojos. Estaba… Todo… Todavía estoy temblando. Tendrías que haberlo visto… Era todo tan… No parecía él mismo.

SAMUEL – No me vas a tomar el pelo otra vez, Manolo. Que hace mucho tiempo que nos conocemos. Antes te lo currabas más.

MANUEL – Si no me vas a tomar en serio, cambio y corto. Te estoy hablando de algo muy importante. Lo más importante que ha pasado… nunca. No te lo tomes a broma.

SAMUEL – No te enfades, hombre. Venga, va. Pon aquella canción tan larga que pusiste la última vez. Esa que me gustó tanto. ¿Cómo se llamaba?

MANUEL – Que no estoy yo para canciones ahora, Sam. ¡Los jodidos muertos se están levantando! No se habla de otra cosa en ningún sitio. ¿Es que no lo entiendes?

SAMUEL – Uh. Pues ten cuidado que no te vayan a chupar la sangre.

MANUEL – ¿Sabes lo que te digo? Mira. ¡Vete a tomar por sa…!

El joven negro escuchó el inconfundible ruido de la estática y se sorprendió. Estaba convencido de que Manuel pretendía tomarle el pelo, como había hecho tantas veces con anterioridad. Aunque a decir verdad, el tema central de sus bromas nunca había sido de tan mal gusto como en esta ocasión. No le dio mayor importancia, pensando que se trataría de una estrategia para dar credibilidad a su ridícula teoría de que había visto a su vecino comiéndose su propio gato en el jardín de atrás. Pronto volvería a llamarle y se echarían unas risas. Quizá incluso haría ver que le creía, para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar con la broma.

Samuel idolatraba a Manuel. Él era la razón por la que no había perdido definitivamente el juicio en los más de dos años y medio que llevaba viviendo en la más absoluta de las soledades en el que ya era, por más que le pesase, su hogar. Su encuentro no fue más que el fruto de una equivocación, un día en el que la desesperación de saberse solo le hizo encender la radio, algo diametralmente opuesto a sus convicciones, hacía ya unos meses. Ambos necesitaban compañía con urgencia, y enseguida se convirtieron en buenos amigos, pese a que apenas tenían nada en común.

Manuel era un hombre de sesenta años, viudo. Perdió a su mujer y a sus dos hijas en un accidente de tráfico hacía ya más de veinte años, y desde entonces se había convertido en una persona reservada y huraña. Su cuñado le regaló una estación de radioaficionado por su cincuenta cumpleaños, y pese a su celo original, pronto empezó a darle uso. Para su sorpresa, ese aparato acabó convirtiéndose en una pieza fundamental de su vida. Así fue como conoció a Samuel, y pronto las llamadas esporádicas se convirtieron en largas conversaciones, más bien monólogos, en los que Samuel paladeaba cada palabra como si fuera un regalo del cielo. No en vano había pasado casi dos años sin escuchar más que su propia voz.

El joven negro, no obstante, jamás le brindó a Manuel su propia historia, por miedo a las represalias que ello pudiera acarrear. No había nada que quisiera más que abandonar la estación petrolífera y volver a la civilización.  Pero temía no recibir una buena acogida después de haber pasado tanto tiempo a solas, pero y temblaba ante la idea de que le relacionaran tanto con la muerte de su padre o del que fuera su amigo, como con los negocios turbios del primero. Manuel respetó su decisión, y de ese modo ambos obtuvieron lo que necesitaban.

Manuel era la única persona con la que Samuel mantenía contacto, pese a que en más de una ocasión, ahora que ya conocía el funcionamiento de la radio, recibió llamadas desde otras frecuencias. Su mayor miedo era que le encontrasen y le hicieran pagar por sus pecados, tanto los propios como los que le dejó su padre en herencia, y por ello se mostró siempre excepcionalmente cauto. Con Manuel, no obstante, era diferente, y aunque estaba convencido que él jamás le delataría, su instinto le impidió explicarle dónde estaba ni qué le había llevado ahí.

Samuel esperó varios minutos a que su amigo volviera a contactar con él, pero la llamada no se produjo. Entonces fue él quien trató de ponerse en contacto con Manuel, pero nadie respondió a su llamada. No era la primera vez que le ocurría, y con toda seguridad no sería la última. Allá fuera, en el mundo real, la gente tenía una vida, y ello consumía tiempo, que era de lo que Samuel disponía a raudales. Lo intentó un par de veces más, y al ver que era inútil, acabó desistiendo.

En adelante, ocupó el resto de la mañana enmendando aquella arcaica red que le había brindado alimento durante meses después que las raciones deshidratadas del ejército argelino que su tío había atesorado en la estación acabasen agotándose. Pese a estar formada exclusivamente por cuanto el mar podía ofrecerle, su dieta era sorprendentemente variada. Con el paso de los años había perfeccionado el arte de la pesca, así como el de la apnea y había acabado convirtiéndose en un experto nadador y mejor buceador. Conocía el fondo marino bajo la estación como la palma de su mano, y era capaz de diferenciar entre más de un centenar de peces, aunque desconocía el nombre de uno solo.

Tras dar el enésimo remiendo a la red y colocarla de nuevo en la posición idónea para atrapar su próximo plato, intentó de nuevo ponerse en contacto con Manuel. Fracasó nuevamente, y se entristeció. Hacía varios días que no hablaban, y la anterior conversación, además de resultar confusa y errática, había sido mucho más corta que de costumbre. Durante las horas que siguieron a la merienda, Samuel llegó incluso a plantearse si realmente Manuel no le estaba tratando engañar, pero enseguida desechó esa posibilidad. ¿En qué cabeza cabía que los muertos volviesen a la vida a comerse a los vivos? El mundo real no era una mala película de serie B.

3×1022 – Olas

Publicado: 01/03/2016 en Al otro lado de la vida

1022

Estación petrolífera abandonada

5 de enero de 2006

 

Samuel respiró hondo con los ojos cerrados. Acto seguido lanzó con todas sus fuerzas el último de los fardos al mar. Éste dibujó un arco en el aire  antes de impactar contra el agua salada, y al hacerlo salpicó en todas direcciones. Flotó, al igual que lo habían hecho los cien anteriores. La marea se había llevado ya a la mayoría lejos de su campo de visión. Se agarró a la barandilla y se quedó cerca de un minuto observando cómo los fardos, mecidos por las olas, se alejaban de la estación petrolífera para no volver.

Pese a que esa era una mañana algo fría, estaba sudando. Llevaba más de una hora desatornillando las planchas del suelo y sacando de debajo el cargamento de su tío. Samuel era sólo vagamente consciente en ese momento que de haber vendido toda esa mentanfetamina, en vez de deshacerse de ella, aunque fuese sólo a una décima parte de su precio, no debería haberse vuelto a preocupar de nada el resto de su vida. Pero no se arrepentía de lo que acababa de hacer. Jamás lo haría mientras viviese. Ese era el motivo por el que había muerto su padre, el motivo por el que su vida había llegado a un punto muerto en el que ni podía seguir adelante ni podía volver atrás. No quería tener nada que ver con esa maldita droga, y no estaba dispuesto a convivir con ella un tiempo cuyo final resultaba imposible de discernir.

Se acomodó los pantalones por enésima vez. Los tenía atados con una cuerda, porque al igual que no había encontrado pantalones de su talla, tampoco había encontrado cinturón alguno en toda la estación petrolífera. El siguiente paso sería mucho más difícil y duro que el que acababa de protagonizar, y él era perfectamente consciente de ello. Se dirigió hacia las escaleras que le llevarían a la superficie del mar. Ya lo tenía todo preparado. A duras penas había pegado ojo, y había empezado a trabajar duro a poco que rompió el alba.

Se tomó su tiempo para bajar todos aquellos tramos de escalera. Sabía muy bien lo que le esperaba abajo, y hubiese dado cualquier cosa porque no acabara nunca su descenso. Sin embargo, enseguida se plantó en la última plataforma. El oleaje no era muy acusado. No obstante, el agua enseguida le empapó hasta la rodilla. Temeroso de echar por tierra su plan, sacó la caja de cerillas de su bolsillo izquierdo. Sacó una cerilla de la caja y la frotó contra el papel de lija. No consiguió encenderla, y al probar de nuevo, la partió en dos. El niño negro gritó indignado, al tiempo que tiraba las dos mitades al mar. Nadie le escuchó. Con los ojos velados por las lágrimas, sacó otra cerilla de la cajita, y en esta ocasión consiguió encenderla a la primera. Protegió la llama del viento con la mano izquierda, y se agachó ligeramente.

El palé sobre el que descansaba el cuerpo sin vida de su padre subía y bajaba con el oleaje. Las sábanas sobre las que le había acostado estaban empapadas con combustible, al igual que el cadáver, de modo que el siguiente paso lo hizo con extrema cautela. Pese a que estaba preparado, no pudo evitar sorprenderse por la llama que enseguida prendió el palé entero. Samuel se apresuró a desanudar la cuerda que mantenía la superficie en llamas aferrada a la plataforma, y el palé enseguida se alejó de él, al igual que lo habían hecho los fardos de droga. No fue hasta entonces que se derrumbó por completo y comenzó a llorar como un bebé.

Presenciar el declive de su padre fue sin duda la experiencia más traumática de toda su vida. Su madre había muerto en el acto, en un accidente de tráfico provocado por un inconsciente que sí sobrevivió al accidente. Él había recibido la noticia en la puerta de la escuela, donde llevaba esperando que le fuese a recoger hacía ya más de media hora. Presenciar en primera persona la muerte agónica de su padre fue algo muy distinto, y bastante más traumático, pues ahí no había nadie para consolarle.

Abdellah consiguió sobrevivir un día más, en el que aprovechó para enseñarle todo cuanto necesitaría saber para sobrevivir a solas el máximo tiempo posible. Samuel no prestó toda la atención que hubiese debido, cosa de la que enseguida se arrepentiría, pues no hacía más que llorar y repetirse una y otra vez que sobreviviría, que no podía morir y dejarle ahí solo. Aunque en el fondo sabía que eso no era posible, y que cada minuto que pasaba a su lado, en el estado en el que se encontraba su padre, era un regalo.

Resultó especialmente duro para él, dada su corta edad, el delirio de su padre moribundo durante sus últimas horas, fruto de la fiebre y el intenso dolor que le abrazaba cada vez con más fuerza. Abdellah murió la noche anterior, mientras su hijo le sujetaba la mano, en un charco de sudor, sangre y orina.

Samuel perdió la fuerza de las piernas y cayó de rodillas a la plataforma metálica, empapándose hasta la cintura con el agua del Mediterráneo. Su padre se alejaba más y más cada vez, hasta que no fue más que una pequeña llama en el horizonte, que aparecía y desaparecía al ritmo de las olas. Una hora más tarde, consciente de que ya no le quedaba nada más por hacer, se dio media vuelta y comenzó a subir los escalones, uno a uno, posando ambos pies en cada huella, sin la menor presencia de ánimo. En adelante le esperaban meses e incluso años de la soledad más absoluta, en los que debía poner en práctica todo cuanto su padre le había explicado en tan poco tiempo, si pretendía seguir con vida. En esos momentos no tenía la menor idea de cuán solo llegaría a sentirse durante los largos días y las interminables noches que tenía por delante.