3×1024 – Rutina

Publicado: 12/03/2016 en Al otro lado de la vida

1024

Estación petrolífera abandonada

9 de septiembre de 2008

 

CABO JIMÉNEZ – ¿Cómo se apaga esto?

SAMUEL – ¿Manolo?

CABO JIMÉNEZ – ¿Sí? ¿Oiga? ¿Con quién hablo?

Samuel tragó saliva. Se vio tentado a cortar la comunicación de inmediato, pues resultaba evidente que el hombre que había respondido a su llamada no era Manuel. No obstante, hacía demasiados días que habían perdido el contacto con él, y estaba ávido de respuestas.

SAMUEL – ¿Está…? ¿Está Manuel ahí?

CABO JIMÉNEZ – ¿De qué conocía usted a Manuel?

SAMUEL – Es… Es mi amigo.

CABO JIMÉNEZ – ¿Cómo se llama?

SAMUEL – Sa… Santiago.

CABO JIMÉNEZ – Lo lamento mucho, Santiago, pero su amigo ha muerto.

Samuel se quedó de piedra. A duras penas alcanzó a escuchar lo que el cabo le decía a continuación como una débil melodía de fondo.

CABO JIMÉNEZ – Pero no ha tenido una muerte violenta. No ha sufrido. Y… su atacante ha sido debidamente reducido, y ya no hará daño a nadie más. Le doy mi palabra. Siento mucho su pérdida, Santiago, pero tenemos mucho trabajo por hacer y no le puedo atender ahora. Puede ponerse en contacto con el centro funerario local para preguntar cuándo celebrarán el sepelio, pero ya le adelanto que la lista de espera es muy larga. Muy larga. Si ha de hacerlo, hágalo por teléfono. Recuerde que el toque de queda empieza a las ocho de la tarde. A las veinte horas. A partir de entonces no puede salir de casa, por su propia seguridad. Podrá hacerlo a partir de las ocho de la mañana, pero le aconsejo que no lo haga, al menos no por el momento. Estamos trabajando para atajar el problema cuanto antes, y pronto volveremos a la normalidad, pero hasta entonces necesitamos de su colaboración, así que no cometa ninguna imprudencia. ¿Está usted ahí, Santiago?

SAMUEL – Sí…

CABO JIMÉNEZ – Recuerde todo lo que le he dicho. Que tenga un buen día.

El joven negro se quedó con la mirada fija en una mancha de la pared, incapaz de reaccionar, mientras el ruido de la estática le envolvía.

Pasó el resto del día preguntándose qué diablos podía haberle pasado a su amigo. Al principio quiso convencerse de que cuanto había escuchado era parte de la broma que el propio Manuel había comenzado tres días antes. Pero eso no tenía ningún sentido. Manuel jamás había involucrado a una tercera persona en sus conversaciones, y su humor era blanco e incluso algo infantil. Jamás llegaría tan lejos con una broma de tan pésimo gusto. Pero si realmente había sido asesinado… ¿Quién podía haber sido su verdugo? Y lo más importante: ¿Por qué? Manuel era un prejubilado que apenas salía de casa a hacer la compra y regar las plantas del jardín, sin apenas familia, amigos, y mucho menos enemigos. Entonces recordó la última conversación que habían tenido. Prácticamente la había enterrado en su memoria, descartándola por lo ridícula que resultaba. ¿Y si no le estaba mintiendo? ¿Y si realmente estaba asustado, y buscaba en él un apoyo que jamás recibió?

Pasada cerca de una hora, perdió el miedo inicial de exponerse a otro desconocido, y llamó de nuevo a la frecuencia que compartía con Manuel. Nadie le respondió, lo cual no le sorprendió demasiado, y ello no hizo más que darle crédito a todas sus imaginaciones, que cada vez resultaban más descabelladas. La sensación de impotencia y desamparo que le acompañaba todos y cada uno de los días de su vida creció un poco más, por más que él no lo creía posible.

A media tarde la radio sonó de nuevo. Samuel estaba en la otra punta de la estación petrolífera, destripando un rodaballo y sacándole las espinas para cocinarlo esa misma noche. Tenía los ojos vidriosos y no hacía más que sorber mocos. Dejó cuanto estaba haciendo y corrió veloz hacia la estancia que tenía la estación de radioaficionado. Estaba a punto de responder la llamada, ilusionado ante la idea de recibir cualquier otra información sobre Manuel, la que fuera, cuando se fijó en la frecuencia. No se correspondía ni de lejos con la de su amigo. Se vio tentado a responder, pero su instinto le impidió hacerlo, como otras tantas veces. Tenía miedo. Un nuevo género de miedo. Dejó pasar unos segundos, y para su sosiego, aquél estridente pitido acabó extinguiéndose.

En adelante siguió con su rutina diaria, tratando sin mucho éxito de no pensar en lo que le había contado el cabo Jiménez. Su vida se había convertido en un bucle en el que repetía una serie de acciones que le mantenían con vida y le distraían, con una periodicidad casi milimetrada. Manuel era la única pieza de aquél engrasado mecanismo que había roto la monotonía y le había dado motivos para seguir adelante un día más. Ahora ya no tenía siquiera eso, y la sensación de vacío resultaba vertiginosa.

A poco de caer la noche, mientras cenaba el rodaballo, la radio volvió a sonar. Samuel podría afirmar sin miedo a equivocarse que jamás antes había estado tan solicitada. Puesto que se encontraba en la misma sala, tan solo tuvo que dar un par de pasos para comprobar la frecuencia: se trataba de una tercera, distinta a las dos anteriores. Al igual que había hecho con la previa, la dejó sonar hasta que el ruido cesó, y acto seguido se sentó de nuevo a la mesa y siguió comiendo, como si no hubiera pasado nada.

En los días posteriores, las llamadas se repitieron con más y más frecuencia. El joven negro se marcó el firme propósito de ignorarlas, y seguir con su vida como si nada ocurriese. Incluso llegó a apagar la radio en más de una ocasión, convencido de que estaba haciendo lo correcto, para luego encenderla de nuevo a las pocas horas. Consiguió ignorar más de dos docenas de llamadas, hasta que la tentación fue mayor que su instinto de supervivencia, y acabó respondiendo. Esa no fue más que la primera de las innumerables conversaciones que tendría en adelante con personas asustadas y desesperadas, la mayoría de las cuales pedían una ayuda que Samuel no les podía brindar.

Esa se transformó en su nueva rutina, y para su sorpresa, llegó incluso a gustarle.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Qué interesante, de verdad!!

    Sonia.

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