3×1026 – Mono

Publicado: 19/03/2016 en Al otro lado de la vida

 

1026

 

Estación petrolífera abandonada

16 de noviembre de 2008

 

El sonido de la radio despertó a Samuel. Estaba soñando con una invasión pirata que abordaba su estación. Los corsarios le invitaban a ron y se lo llevaba consigo a surcar los siete mares, saqueando buques mercantes y escondiendo el botín en islas paradisíacas pobladas con mujeres voluptuosas que les daban la bienvenida de maneras muy sugerentes. Ese era uno de sus sueños más recurrentes, y de los que más acostumbraba a recordar al despertar. Con el paso de los meses, sus sueños cada vez resultaban menos imaginativos, siempre relacionados con su nueva y monótona existencia rodeado de agua, y esos instantes después de despertar de una vida llena de acción y aventuras, le resultaban muy agradables.

Se incorporó, ilusionado ante la idea que se tratase de su amiga Marina, con la que no hablaba desde hacía ya casi una semana, tras una conversación que si bien comenzó especialmente animada, acabó algo fría, dejándole con un mal presentimiento en el cuerpo, con una despedida de lo más extraña. Se destapó y apartó a un lado una de las sábanas que cerraba el dosel improvisado bajo el que dormía, más parecido a una tienda de campaña, que le mantenía caliente las frías noches en alta mar. Corrió entusiasta hacia la sala de la radio, que se encontraba a escasos metros de la oficina interior que había adoptado como dormitorio de invierno. Frenó de golpe contra la mesa de madera llena de inscripciones y leyó los números rojos de la máquina que tan buenos y malos momentos le había brindado las últimas semanas.

Chistó molesto al comprobar que no se trataba de la frecuencia desde la que le hablaba Marina. Se la había aprendido de memoria, pues últimamente ella era la única persona con la que hablaba. Del mismo modo que hubo una pequeña temporada en la que podía llegar a recibir hasta más de una docena de llamadas distintas al día, últimamente raro era el día que usaba la radio. Durante la última semana tan solo había hecho uso de ella en tres ocasiones, y fueron conversaciones excepcionalmente cortas, de personas que al ver que Samuel no les podía ayudar, se despedían de él con brusquedad sin la menor intención de mantener el contacto.

Tuvo incluso que bajar el volumen, ante semejante cantidad de ruido. Quien quiera que hubiese al otro lado no había sintonizado bien la frecuencia. Eso ya le había pasado en más de una ocasión, pero no tenía la menor idea de cómo arreglarlo. El uso de la radio no fue una de las cosas que su padre le enseñase antes de morir, pues él mismo a duras penas sabía encenderla, de modo que tuvo que aprender por sí solo, y desconocía para que servían la enorme mayoría de todos aquellos botones y diales. Confiaba en que la otra persona acabase arreglando el problema, y varias veces tuvo incluso que desistir, al resultar imposible mantener una conversación con tanto ruido de fondo que la distorsionaba.

SAMUEL – ¿Hay alguien ahí? ¿¡Oiga!? ¡¡Oiga!!

El joven negro creyó escuchar una voz femenina al otro lado, y le dio un vuelco al corazón. Por un momento se ilusionó ante la idea de que se tratase realmente de Marina, que le llamaba desde otra radio distinta, pero poco a poco el ruido de fondo se fue diluyendo, y enseguida no le cupo la menor duda: esa voz no era la de su amiga.

BÁRBARA – Aquí Bárbara, ¿con quién hablo?

SAMUEL – ¿¡Oiga!? ¡No te oigo bien!

Como por arte de magia la estática desapareció, y la voz de aquella desconocida se escuchó con total nitidez. Samuel estaba convencido que era la primera vez que la oía.

BÁRBARA – Aquí Bárbara, ¿con quién hablo?

SAMUEL – ¡Hombre! Encantado, Bárbara.

BÁRBARA – ¿Con quién hablo?

SAMUEL – Yo soy Samuel, pero puedes llamarme Sam. Nadie me llama Samuel, no sé por qué te lo he dicho.

BÁRBARA – Encantada, Sam. ¿Eres de la isla?

SAMUEL – ¿Isla? ¿Qué isla?

BÁRBARA – Te llamo desde Nefesh.

Esa fue la primera conversación que mantuvieron Samuel y Bárbara. La primera de muchas. Ambos ignoraban cuánto bien acabarían haciéndose el uno al otro, pero desde el primer momento, los dos sintieron una conexión especial. Había algo en la candidez y en el entusiasmo de Samuel que hizo que Bárbara confiase en él inmediatamente, pese a que el joven negro no puso nada de su parte en dar a conocer quien era realmente. La profesora llegó a convencerse, más por intuición que otra cosa, que se trataba de un hombre mayor que ella. La pubertad había entrado por la puerta grande en el cuerpo de Samuel a principios de ese verano, y uno de los rasgos más característicos fue su cambio de voz, de un tono infantil e incluso algo agudo, a la voz de un hombre en toda regla, aunque su aspecto exterior fuese el de un chaval algo bajo, y bastante delgado, aunque con buenos músculos. Samuel, por su parte, sintió enseguida que Bárbara era distinta a todos los demás que le habían llamado anteriormente. Todas las personas con las que había hablado desde el inicio de la epidemia llamaban única y exclusivamente para pedir ayuda. Los había más educados y los había más bruscos, pero Bárbara fue la primera persona que lejos de requerir algo de él, se mostró abierta a ofrecerle una mano amiga.

El miedo de abandonar la estación, que hasta el momento había venido dictado por el sentimiento de culpa por la muerte del que fuera amigo de su padre y por todo el tema del omnipresente ajuste de cuentas en el tema del narcotráfico, había virado a otro tipo de miedo, mucho más visceral. Ahora no le cabía la menor duda de que la policía no vendría a detenerle por su delito, ni que los antiguos socios de su tío pudiesen acabar con él como venganza por el agravio hecho por su padre, principalmente porque tanto los unos como los otros bien podrían ya estar criando malvas, sin embargo, su apego a la monotonía seguía prácticamente inmutable. Fuera de ese recinto de seguridad y tranquilidad había un mundo hostil que no dudaría un momento en comérselo vivo, si no literalmente, si bajaba la guardia. Decidir abandonarlo, aunque fuese como mera hipótesis, le aterraba, y por ello mantenía con sus nuevos interlocutores el mismo hermetismo que había mantenido con Manuel.

La conversación con Bárbara, por más que cordial, fue muy corta. La profesora se despidió comprometiéndose a llamarle de nuevo el día siguiente. Samuel siguió atendiendo a sus quehaceres de ermitaño, pero lo hizo con otro ánimo.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Por fin!! apareció Barbara… ya la extrañaba, haber que les depara el futuro.
    me gusto la historia de Samuel, pobre, ha sido víctima de circunstancias muy adversas, si consideramos que solo es un niño.
    Gracias David, he estado muy entretenida leyendo sobre Samuel.

    • ¡Saludos lady Ángela!

      Gracias por tus palabras. Últimamente apenas tengo tiempo para escribir, y siempre intento sacar un hueco para teneros al día. Es muy de agradecer saber que quienes estáis al otro lado seguís disfrutando las desventuras de Bárbara y compañía. 🙂

      No falta mucho para que la historia de Samuel converja con la de los demás supervivientes, y una vez eso ocurra, el resto del tercer tomo dejará de tener interrupciones y seguirá on fire hasta el último capítulo. Aún queda mucho que contar. ¡Lo mejor! 😀

      David.

  2. Angela dice:

    Gracias a ti por hacer trabajar mi imaginación, aunque a veces no tenga tiempo para hacer algún comentario, aquí sigo leyendo y esperando por los nuevos capítulos.
    Gracias por hacerte el tiempo en tu ajetreada vida y regalarnos esta historia.

    • Y yo bien que lo agradezco, lady Ángela. 🙂

      Esta novela es la niña de mis ojos, aunque esté muy atareado, siempre intentaré sacar tiempo para que dé de sí todo lo que tengo preparado para ella. Y el tercer tomo es la apoteosis de tantas tramas, y pasan tantas cosas, que estoy deseando avanzar cuanto antes mejor.

      ¡Este sábado nuevo capítulo! Ya sólo quedan tres para que Samuel se encuentre con Bárbara y compañía y continúe la trama troncal.

      David.

  3. battysco dice:

    ¡Qué ilusión leer la alusión a Marina!, con decirte que he vuelto a leer mi relato 🙂

    Sonia.

  4. Rosa Ponce dice:

    Regrese a leer y ya casi alcanzó a las publicaciones..hay una parte en el primer párrafo que dice “de los que mas acostumbraba a recordaba al despertar” esa a deberia ser y?

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