3×1027 – Miedo

Publicado: 22/03/2016 en Al otro lado de la vida

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Samuel se alegró mucho al recibir de nuevo la llamada de Bárbara tres días más tarde. Al ver pasar las horas y los días, había acabado asumiendo que ella sería una más de las muchas personas que prometían volver a ponerse en contacto con él pero jamás lo hacían, ya fuera por que no podían o porque no lo consideraban oportuno. De nuevo le sorprendió durmiendo, tras un largo día de trabajo en las redes. La conversación le resultó de lo más grata. Echaba en falta el contacto humano al que ya se había acostumbrado.

Para esos entonces ya había perdido la fe en volver a hablar con Marina, y pese a que desde la última vez que hablase con Bárbara había recibido alguna que otra llamada, estaba convencido de que si alguien debía convertirse en su siguiente confidente, del mismo modo que Marina había tomado el relevo a Manuel, esa sería sin duda ella. Bárbara y la pequeña Zoe, a la que le presentó ese mismo día. Ellas parecían tener algo distinto al resto de la gente con la que había hablado, como un aura de empatía y bondad que las hacía especiales.

Zoe era una niña, no mucho menor que él, y por ello se sintió mucho más identificado con ella que con Bárbara. Aunque no lo mostró abiertamente, por razones obvias. Él era perfectamente consciente de que la gente la confundía con un adulto, amparado en la distorsión acústica de la radio y en su recientemente adquirida voz varonil. Eso era algo que le encantaba. Le hacía sentirse más seguro de sí mismo y así conseguía que le tratasen como a un igual. Por ello jamás se esforzaba por hacerles salir de su equívoco, aunque en un par de ocasiones la perspicacia de su interlocutor le había dejado sin defensas y debió reconocer su corta edad.

Esta nueva conversación con la profesora le dejó en cierto modo inquieto. Lo que en su momento había sido tan solo una insinuación, se convirtió en una oferta en toda regla. Pese a que en ese momento no tenía medios para ello, pues el barco en el que habían llegado a la isla se había hundido, Bárbara le ofreció venir con ellas a Nefesh: la libertad que él tanto ansiaba. Su respuesta no fue todo lo entusiasta que él mismo hubiera esperado, y por ello se sorprendió a sí mismo. Llevaba más tiempo del que era capaz de recordar deseando a cada momento abandonar la estación, y ahora que la posibilidad de hacerlo sonaba en la distancia, por más que de un modo excepcionalmente vago, lejos de sentir alivio o ilusión, lo que sentía era el más genuino miedo. El miedo al cambio. El miedo a tener que volver a enfrentarse al mundo real. El miedo a los infectados.

Allá donde vivían Zoe y Bárbara, y otro buen puñado de gente, por lo que le explicaron, habían erigido un pequeño refugio entre bloques de pisos, evitando de ese modo que los infectados pudiesen acceder al interior a atacarles. Le sorprendió de un modo que tardaría mucho en asimilar, que lejos de esconderse cuando éstos se acercaban, como él hubiera hecho, lo que hacían era atraerlos, con música, para luego acabar con ellos con armas de fuego desde posiciones estratégicas en las alturas. Eso era algo a que él estaba convencido que no podría amoldarse. Un nivel de temeridad absolutamente intolerable bajo su punto de vista. Aún no había visto un solo infectado en su vida, y si de algo estaba seguro, era de que les guardaba mucho más celo y respeto que ninguno de los habitantes de Bayit. Incluso que aquella niña pequeña.

Pese al esporádico retumbar de los disparos en la distancia, le resultó muy agradable volver a escuchar música después de tanto tiempo, y Bárbara demostró ser mucho más solícita que el propio Manuel. Al parecer se había traído la radio a su propio dormitorio, por lo que ahora le resultaba mucho más sencillo ponerse en contacto con él. Ello se tradujo en llamadas más frecuentes y más largas, aunque jamás como las que había mantenido con Marina. Lo que empezó como una mera coincidencia en el tiempo y el espacio, acabó transformándose en una genuina amistad. Pese a que en más de una ocasión le presentó a otros de los integrantes de su heterogéneo grupo de supervivientes, a resumidas cuentas, la mayor cantidad de las veces que se hacía uso de la radio para hablar con él, eran Bárbara y/o Zoe quienes estaban al otro lado. Al fin y al cabo, eran ellas dos quienes vivían en el piso en el que habían instalado la radio, y por ende, quienes la tenían más a mano.

Con el paso de los días, la profesora le fue explicando todos los avances que iban haciendo en el barrio que habían escogido para vivir; cómo erigían un muro tras otro, estableciendo cortafuegos ante la posible invasión de los infectados, cómo se repetían las salidas en busca de suministros, semillas, animales y bienes, y sus recurrentes “rondas de limpieza” para librar a la isla de la epidemia que había acabado con la mayor parte de los vecinos. Samuel siempre sentía que cuando él podía explicarle sobre su día a día debía resultarle mucho más aburrido. Su vida era muy monótona e insustancial, y si algo le proporcionaba algo de sal, eran precisamente las conversaciones que mantenía con Bárbara y con Zoe. No obstante, ambas se mostraban muy interesadas por él, aunque para su sorpresa, no insistían en conocer su pasado, como lo habían hecho Manuel y la propia Marina en infinidad de ocasiones. Quizá ese fue uno de los motivos por los que acabaron llevándose tan bien.

Poco a poco le fueron infectando con ese sentimiento de pertenencia y seguridad que manaba de sus palabras, hasta el punto de hacerle replantearse su postura original. Le hablaban tan bien del barrio, de todas las comodidades que tendría si finalmente podía formar parte de él, que inevitablemente, comenzó a soñar despierto.

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