3×1028 – Vínculo

Publicado: 29/03/2016 en Al otro lado de la vida

1028

 

Estación petrolífera abandonada

5 de diciembre de 2008

 

Samuel llenó otro vaso de agua filtrada y se lo bebió de un trago. Ahora ya apenas le dolía el estómago, aunque había pasado unos días bastante malos. Con el transcurrir de los meses había acabado asumiendo que se trataba de algo cíclico, pues enfermaba con una periodicidad pasmosa, para luego recuperarse a los pocos días. Curiosamente, jamás se ponía enfermo durante las épocas lluviosas, cuando bebía exclusivamente agua de lluvia. En cualquier caso, él no podía escoger qué agua beber. Dadas las circunstancias, aún debía dar gracias al cielo de disponer de aquellos arcaicos filtros, que limpiaba con esmero al menos un par de veces por semana.

Caminó hacia las escaleras que le llevarían al mar y comenzó a desnudarse. Apenas le quedaba ropa, y la poca que tenía, quería cuidarla lo mejor posible, de modo que siempre que decidía bucear, la dejaba en la estación y lo hacía desnudo. Al fin y al cabo, no iba a pasar más frío del que lo haría vestido, y así conseguía al mismo tiempo evitar deteriorar aún más la ropa y no tener que esperar a que se secase para volver a ponérsela una vez volviese de su paseo submarino.

Estaba a punto de zambullirse, cuando escuchó el característico sonido de la radio. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, tal cual su madre le había traído al mundo. En menos de medio minuto llegó a la habitación de la radio, respirando agitadamente. Comprobó la frecuencia, y se sorprendió al descubrir que no se trataba del asentamiento de Bayit. Ese número no recordaba haberlo visto jamás. Un rápido vistazo a la mesa llena de inscripciones le acabó de convencer de que se trataba de un interlocutor totalmente nuevo. Hacía días que sólo hablaba con Bárbara y Zoe, y ello le puso de buen humor. No tardó en contestar.

OLGA – ¿Sam?

SAMUEL – ¿Sí? ¿Quién es? ¿Te conozco?

OLGA – Soy yo, Olga.

SAMUEL – Olga…

Samuel trató de recordar ese nombre. Le sonaba, vagamente, pero en ese momento no caía. Al ruido de fondo de la estática se había sumado un rumor lejano que no supo descifrar. Aún así se la escuchaba sin problemas.

OLGA – Hablamos hace un par de meses. ¿No te acuerdas?

SAMUEL – ¡Ah! ¡Sí! Que estabas con tu hermano en una… en un campamento. ¿No?

OLGA – Exacto.

GUSTAVO – ¡Hola Sam!

SAMUEL – Hola, Gi… Gu… ¿Gustavo?

GUSTAVO – ¡Exacto!

SAMUEL – Me alegro mucho de oíros. De verdad. Había pasado tanto tiempo que ya… casi ni me acordaba. ¿Qué tal estáis?

OLGA – Estamos… bastante mejor que entonces.

SAMUEL – ¿Todavía estáis en el centro aquél, en… en Midbar?

OLGA – ¡No! ¡Qué va! De ahí nos fuimos ya hace bastante tiempo. Ahora estamos en Bejor.

SAMUEL – No… No sé dónde está.

OLGA – Está… Pues yo tampoco sé muy bien dónde cae, ahora que lo dices. Está junto al mar. Mira, estamos como tú. Pero… más cerca de la costa.

SAMUEL – Así podréis pescar.

OLGA – ¡Cómo lo sabes! Es una de las mejores cosas de vivir tan cerca de la costa. Aunque… tampoco se nos da muy bien.

SAMUEL – Oye, ¿y cómo habéis llegado hasta ahí? Creo recordar que dijiste que no teníais ningún vehículo la última vez que hablamos.

GUSTAVO – Nos ha traído un hombre, que vino a… al centro donde estábamos.

SAMUEL – Ah. Y… ¿Qué tal es ese hombre? ¿Os trata bien?

GUSTAVO – Sí. Es un poco… raro. Pero no es mala gente. Su hijo, pobre… está bastante mal.

SAMUEL – ¿Qué le pasa?

GUSTAVO – No sé. Su padre dice que está traumatizado por… por todo lo que ha pasado, por… por haber perdido a su madre. Pero… yo creo que le pasa algo más. La manera cómo se comporta… no es normal. Está como… yo creo que es autista o algo.

OLGA – ¡Gus!

SAMUEL – Bueno. Por fortuna está bien acompañado.

El joven negro escuchó reír a sus interlocutores al otro lado de la línea.

OLGA – No tenemos la radio donde vivimos. De hecho… ésta la hemos encontrado por casualidad. Pasamos delante de una comisaría, y pensamos que quizá podríamos encontrar armas. Habían arrasado con todo. Pero literalmente. Sin embargo… habían dejado la radio, y un generador portátil con gasolina. Y coincide que todavía llevaba encima, en la mochila, el bloc de notas donde apunté la frecuencia de… de donde estás tú, de la última vez que hablamos, y… pensé en saludarte.

SAMUEL – Y yo que me alegro de que así sea. ¿Y… qué tal está Bejor? Es… ¿es segura?

OLGA – ¡No! ¡Qué va!

GUSTAVO – ¡Ojalá!

OLGA – Está… está como todos lados. Pero… no sé. Me da la impresión que haya menos infectados. Por otros sitios que hemos pasado… parece que había todavía más movimiento. Aquí puedes andar por las calles… relativamente tranquilo. Siempre que tengas con qué defenderte.

SAMUEL – Tenéis un valor envidiable. Yo… Yo no creo que pudiese.

OLGA – Bueno… Acabas acostumbrándote, no te creas. Es… es duro, pero… no te queda otra.

SAMUEL – ¿Y estáis bien ahí donde estáis? Quiero decir…

OLGA – Sí. Pasamos un poco de hambre, por eso vamos a buscar suministros fuera de vez en cuando. Y… como somos cuatro, pues… todo se acaba mucho más rápido, pero… bien. Dentro de lo que cabe, bien. No nos podemos quejar.

SAMUEL – Me alegro. Me alegro que así sea. Y… ¿dónde está vuestro compañero, el hombre este del que me habéis hablado?

OLGA – Se ha quedado ahí donde vivimos, en una escuela de… de navegación para militares, con su hijo. Suele venir, y vamos con su coche, pero hoy el niño estaba un poco… rebelde, y se ha quedado a cuidar de él.

SAMUEL – Ah. Entiendo…

OLGA – Oye, pues… Me alegro mucho de volver a saber de ti.

SAMUEL – ¡Igualmente!

OLGA – Ahora que… tenemos la radio más a mano, intentaremos pasarnos de vez en cuando a saludarte.

GUSTAVO – Podríamos llevárnosla a la escuela.

OLGA – No sé yo, Gus. Esto está conectado a una antena. Si nos lo llevamos, lo más seguro es que lo estropeemos. Yo no tengo ni idea de cómo va esto.

GUSTAVO – También es verdad.

OLGA – Bueno, lo dicho, Sam. Un placer volver a hablar contigo. Hablamos en breve.

SAMUEL – ¡Cuidaos!

De nuevo el ruido de la estática inundó la estancia. Samuel se dio cuenta de que había estado de pie durante toda la conversación, con los brazos apoyados en la mesa, frente al micrófono. Se sorprendió al ver que estaba desnudo. Sin pensarlo dos veces, aún conservando la sonrisa que le había regalado la conversación con los dos hermanos, caminó hacia la baranda más cercana del mirador, se subió con cuidado, y saltó hábilmente al vacío, para zambullirse instantes después en el mar. Esa era una actitud abiertamente temeraria que había adoptado no hacía mucho, al ver que no se hacía daño, y una de las pocas cosas que le hacían sentirse realmente vivo ahí en la estación.

Esa misma noche tuvo una conversación con Bárbara y con Zoe, y mencionó su reencuentro con Olga y Gustavo. Para su sorpresa, los hermanos y la profesora se conocían. Al parecer, habían visitado el centro de refugiados de Midbar mientras ellos aún vivían ahí. Prometió ponerles en contacto tan pronto le volvieran a llamar.

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