3×1030 – Cambia

Publicado: 05/04/2016 en Al otro lado de la vida

1030

Estación petrolífera abandonada

8 de diciembre de 2008

 

BÁRBARA – Quiero… Sí. Lo tengo que hablar con Darío y con Carla. Pero… quiero ir a buscarte. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte todo lo que has hecho por mí.

Sam se quedó de piedra. Aún estaba muy sorprendido por la reciente revelación de la profesora: que disponía de un barco y ese mismo día partiría en busca de su hermano, de su sobrino, de Gustavo y de Olga. Desde que fue conocedor de ello, no había podido dejar de soñar en la posibilidad de formar parte de esa travesía, de abandonar de una vez por todas la estación petrolífera en la que llevaba tantísimo tiempo encerrado. No obstante, era consciente de que su rescate implicaría una escala que demoraría varios días el viaje de Nefesh a Bayit, y fue en ello en lo que se amparó para no darle más vueltas. Lo que acababa de proponerle Bárbara de modo totalmente unilateral lo cambiaba todo. Todo.

BÁRBARA – ¿Sam, estás ahí?

SAMUEL – Sí… Sí… Sólo que… me… me has pillado con la guardia baja. Llevo mucho tiempo aquí encerrado…

BÁRBARA – Haré lo posible por pasar a buscarte a la vuelta, te lo prometo. De hecho… estás tú más cerca de aquí que ellos. Ya he localizado la estación en la que estás, en las cartas náuticas, con las coordenadas que me diste. Tendríamos que desviarnos bastante, pero… creo que es lo justo. Y a la vuelta ya no nos vendrá de unos días más o menos.

Samuel comenzó a respirar por la boca, tratando de contener su nerviosismo. Resultaba muy distinto soñar con la posibilidad de salir de ahí, durante las largas noches tratando de conciliar el sueño, que tenerla delante como una posibilidad prácticamente tangible. La más visceral felicidad e ilusión se mezclaba con el miedo más puro, y ni él mismo sabía cuál de los dos acabaría ganando la batalla. Había cambiado todo radicalmente en muy poco tiempo, y eso era algo a lo que él no estaba en absoluto acostumbrado. De nuevo se encontró indefenso, sin nada que decir, y dijo lo primero que le vino a la cabeza.

SAMUEL – Tú… Haz lo que tengas que hacer. Y… vete ya, que te van a echar bronca.

BÁRBARA – Hasta luego, Sam. Y… gracias por todo. Nunca podré agradecerte lo suficiente lo que has hecho por mí.

SAMUEL – ¡Tonterías! Que tengáis buen viaje. Y no olvides llamarme en cuanto lleguéis, ¿vale?

BÁRBARA – Cuenta con ello, Sam. Hasta pronto.

SAMUEL – Adiós.

El joven negro no tardó en apagar los altavoces, tan pronto la estática inundó la estancia. Bárbara partiría esa misma mañana de Nefesh, y si todo salía bien, en pocos días podría llegar a la estación para llevárselo consigo. Sintió un retortijón y tuvo que ir al cuarto de baño. Llevaba con el estómago revuelto desde hacía horas. Desde el mismo momento que descubrió que Bárbara disponía de un barco. Mientras estaba sentado en la taza, mirando el cielo nublado a través de los sucios cristales del pasillo frente a la puerta abierta del aseo, no pudo evitar recordar el día de su llegada a la estación. Había ocurrido hace mucho tiempo: de no ser por Bárbara, pronto cumpliría su tercer aniversario. No obstante, lo recordaba como si fuera ayer mismo, como si todo cuanto había ocurrido desde entonces no hubiese sido más que un pequeño paréntesis en su vida. Tardó más de media hora en salir el baño. No tardó mucho en volver a entrar.

Las llamadas, tan frecuentes hasta el momento, se volvieron cada vez más esporádicas. Si bien hasta el momento, además de las de Bárbara y Zoe, recibía alguna que otra llamada de algún superviviente anónimo, o desde un centro de refugiados, dichas comunicaciones sencillamente dejaron de producirse. Ello le permitió recuperar su habitual monotonía, la que le había permitido seguir adelante pese a todo cuanto jugaba en su contra. No obstante, no fue lo mismo. Jamás lo volvería a ser. Ahora que sabía que su permanencia en la estación tenía fecha de caducidad, no veía las cosas desde la misma perspectiva. No podía evitar soñar despierto, y dichas ensoñaciones siempre acababan con un escalofrío. Recordaba vívidamente todo cuanto le había explicado Marina al respecto de los infectados, y si de algo estaba convencido era de que él no quería pasar también por eso. No había nada que le aterrase más. Pero rechazar el rescate con el que llevaba tantísimo tiempo soñando era algo que no se podía siquiera plantear. Resultaba todo demasiado complejo.

Sí recibió llamadas, no obstante. Desde la partida de Bárbara conversó con Carlos en un par de ocasiones. Apenas habían hablado hasta el momento, y su repentino interés le resultó cuanto menos llamativo. Resultaba evidente que estaba preocupado por la profesora, y sobre todo por Zoe, que todo parecía indicar que había embarcado sin permiso en el barco apodado Nueva Esperanza. Las conversaciones eran cortas pero corteses. Carlos se interesaba por saber si tenía noticias de los viajeros, y tan pronto Samuel le informaba de que carecía de ellas, la conversación enseguida se acababa, con buenos deseos por parte de ambos, y el compromiso mutuo de llamarse tan pronto tuvieran algo que compartir.

También tuvo la ocasión de hablar con Guillermo, Olga y Gustavo en casi media docena de ocasiones. Quien peor lo llevaba, con evidente diferencia, era Guillermo. Era él quien instigaba los continuos viajes a la comisaría, ansioso por reencontrarse con su querida hermana. En una ocasión, incluso había abandonado la seguridad de la escuela de náutica él solo, con la única intención de preguntarle por enésima vez si había recibido cualquier tipo de información al respecto. El joven negro se sentía incluso mal por no poder ofrecerle como respuesta más que una negativa perpetua. A medida que pasaban los días, dichas conversaciones se convirtieron en un continuo apaciguamiento mutuo, al tiempo que trataban de convencerse de que estaban siendo demasiado impacientes.

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