3×1031 – Desnudo

Publicado: 09/04/2016 en Al otro lado de la vida

1031

 

Estación petrolífera abandonada

20 de diciembre de 2008

 

Samuel introdujo la ropa interior hecha un ovillo en el bolsillo del pantalón, y anudó las perneras de éste a la baranda de la escalera. No era la primera vez que lo hacía. Cerró los ojos y se emborrachó con la luz del sol que brillaba en aquél cielo azul sin mácula. Pese a que faltaban escasas veinticuatro horas para que comenzase el invierno, ese día había amanecido cuanto menos primaveral, y el joven negro decidió darse un baño, consciente de que pronto ese placer, uno de los pocos de los que podía disfrutar en aquella maldita estación petrolífera, le sería vetado. Se molestó incluso en mojarse el estómago, las muñecas y la nuca, como su madre le había enseñado, para evitar un corte de digestión, pues acababa de desayunar.

Entró poco a poco en el agua, que pese al ambiente más que agradable que reinaba por doquier, seguía helada. Tan pronto tuvo las piernas sumergidas, no dudó en zambullirse. Había aprendido que valía más la pena hacerlo rápido que sufrir una lenta agonía. Al fin y al cabo, no tardaría en entrar en calor. Salió a la superficie, gritando con alegría, y comenzó a dar brazadas hacia el sol. Se alejaría tanto como su instinto le permitiese, para luego volver sobre sus pasos. El sedentarismo era demasiado tentador, y esa era una de las pocas maneras que había encontrado de mantenerse en forma. Con el paso de los meses había aprendido a amar el mar, y esa actividad le servía para desconectar del mundo, cosa que necesitaba más que nunca ahora.

Hacía cinco días Bárbara y sus demás acompañantes, entre los que se encontraba Zoe, para alivio de los habitantes de Bayit, llegaron finalmente a Bejor. Pasaron tan solo una noche ahí, y partieron de nuevo a bordo de Nueva Esperanza con esa misma estación que él acababa de dejar atrás como destino. A esas alturas ya había expirado el plazo límite que la profesora le había dado para venir en su busca, y ello le inquietaba sobremanera. No hacía más que pensar en mil y una posibilidades que justificasen dicha demora, a cada cual más trágica. En momentos como ese, rememoraba la congoja en la voz de Guillermo cada vez que le llamaba preguntándole si tenía noticias de su hermana Bárbara. Ella misma era la principal culpable, al haberle contado aquella historia tan dramática sobre su primera travesía en barco, con piratas modernos robándoles todo cuanto tenían, y barcos llenos de infectados.

Durante todo el tiempo que estuvo esperando, Samuel había tenido ocasión de reflexionar al respecto de su futuro. De hecho, llevaba más de dos semanas pensando sólo en eso, a todas horas del día, y al final había acabado tomando una decisión. No fue fácil, pues a ambos lados de la balanza había motivos de gran calado para desestimar la otra opción, pero acabó asumiendo que sea como fuere, debía abandonar la estación. Si había conseguido sobrevivir a solas tanto tiempo, había sido sin duda gracias a las raciones del ejército argelino de su tío, unas redes que estaban mucho más que deterioradas a esas alturas, y un sistema de filtrado de agua que funcionaba tan mal que acabaría matándole si se avecinaba una temporada larga sin lluvias. Debía acompañarles, sea como fuere. Incluso aunque ello significase tener que enfrentarse a su mayor miedo: la pandemia que había arrasado con la práctica totalidad de la raza humana.

Debía llevar cerca de veinte minutos nadando, pensando en sus cosas, imaginando un destino idílico en Nefesh alimentándose de todo cuanto pudiera imaginar, a excepción de cerdo, pues esa era una de las pocas cosas en la que su padre había podido convencer a Manuela para dotar al niño de parte de su herencia cultural, cuando consideró que ya había llegado suficientemente lejos. No se había molestado en mirar atrás una sola vez. Fue al dar media vuelta, cuando lo vio.

Lo primero en lo que reparó fue en Nueva Esperanza. Se trataba de un barco mucho más pequeño de lo que él había imaginado, un velero de poco más de once metros de eslora. Era el primer barco que veía desde que llegase a la estación, y el corazón le vio un vuelco. No tardó en ver el pequeño bote de remos que se aproximaba a la estación. Pese a que estaba agotado, no lo dudó un instante, y comenzó a dar brazadas de vuelta a la que había sido su cárcel los últimos años. Sería la última vez que lo hiciese.

Consiguió hacer el mejor tiempo que había efectuado jamás en un trayecto tan largo a nado. No en vano la recompensa bien lo valía. Fue Zoe la primera persona que reparó en él. Pese a que no la había visto jamás, enseguida supo que se trataba de ella. Era idéntica a como la había imaginado. Ella no podía decir lo mismo, no obstante. Pese a que lo creía imposible, aún aceleró aún más su avance. A la figura de Zoe pronto se le sumaron otras tres: la de un chaval moreno algo más alto que él, una joven de unos veinte años, igualmente morena, con el pelo recogido en una coleta, y una mujer joven, rubia, con el pelo muy corto. Se preguntó cuál de las dos sería Bárbara.

Finalmente alcanzó su destino y trepó hasta la plataforma inferior de la escalera que subía a la estación. Cuatro voces al unísono jaleaban su nombre. Él se ruborizó y les saludó amistosamente, agitando su brazo derecho. No fue hasta que vio cómo Zoe se llevaba la palma de la mano a los ojos, que se dio cuenta de que les estaba dando la bienvenida completamente desnudo. El joven negro no perdió un segundo en tapar sus intimidades con el mismo brazo con el que les había estado dando la bienvenida, y acto seguido les mostró sus nalgas tostadas, al tiempo que se calzaba los pantalones, pasando por alto la ropa interior que aún descansaba en uno de los bolsillos.

Aún muy avergonzado, pero más animado e ilusionado de lo que recordaba haber estado en muchísimo tiempo, se giró de nuevo hacia quienes se habían convertido en sus salvadores, y les volvió a saludar, en esta ocasión a voz en grito.

SAMUEL – ¡Bienvenidos!

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comentarios
  1. battysco dice:

    He saboreado ese último chapuzón en alta mar de Samuel como si fuera yo misma quien estuviera nadando.

    Sonia.

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