Archivos para mayo, 2016

3×1040 – Secreto

Publicado: 29/05/2016 en Al otro lado de la vida

1040

 

Inmediaciones del chalet de Jaime

31 de agosto de 2008

 

Guillermo se asomó entre los matorrales, escudriñando en dirección a la casa de su compañero de trabajo y amigo. Había pasado muchas tardes de verano en su jardín, tomando un cóctel tras otro mientras las esposas de ambos se hacían cargo de sus respectivas tarjetas de crédito. El investigador biomédico recordaba con especial afecto la cancha de tenis de Jaime, donde tan buenas horas habían pasado los dos. Lo que le llevaba ahí esa noche, no obstante, nada tenía que ver con el ocio.

Armándose de valor, aún temeroso de que apareciese un policía detrás de cualquier esquina para llevárselo detenido, se dirigió sigilosamente hacia el portón de entrada. No se molestó siquiera en presionar el botón del timbre: sabía a ciencia cierta que esa puerta jamás se cerraba. La urbanización disponía de su propio guarda de seguridad, que ahora descansaba en su garita a un par de calles de distancia. Fue él quien le había dado paso, después de obsequiarle con un fuerte abrazo. Guillermo empujó el portón y renqueó en dirección a la puerta de entrada al chalet, pisando sobre el lujoso empedrado rodeado de césped todavía húmedo, pese a que hacía ya casi una hora que había cesado de llover.

La decisión había sido realmente complicada. Tenía la firme convicción de desaparecer, pero no podía hacerlo en la masía de sus abuelos, ni en la casa familiar del paseo marítimo: estaba convencido que la policía se le adelantaría y ello se traduciría en su perdición. Empezaba a ser vagamente consciente de la repercusión que había tenido su acto de inconsciencia, y estaba aterrorizado. De lo que no le cabía la menor duda era que debía esfumarse, y la mejor solución que encontró fue ampararse en su viejo amigo.

Golpeó la puerta con los nudillos, atusándose la sucia ropa. Aún no había tenido ocasión de cambiarse. Enseguida escuchó unos pasos acercándose, arrastrando los pies por encima del parquet de madera noble. Tragó saliva. La puerta se entreabrió y Guillermo reconoció a Jaime, que enseguida se abotonó la bata que llevaba puesta, para acto seguido abrir la puerta sólo un palmo más. Era ya muy tarde para recibir visitas.

JAIME – ¿Qué haces aquí a estas horas, Guille? ¿Y qué… qué te ha pasado? ¿Estás bien?

Guillermo se miró por un momento. El aspecto que ofrecía era realmente lamentable. Pero esa era la última de sus preocupaciones en ese momento.

GUILLERMO – Necesito… que me hagas un favor.

Del interior del chalet sonó la voz de la esposa de Jaime, preguntándole si todo iba bien.

JAIME – ¡Sí cariño! ¡Ve metiendo las palomitas en el micro, que ahora enseguida voy!

Jaime se dirigió de nuevo a su amigo, salió al porche y entrecerró la puerta a su paso. Estaba empezando a preocuparse.

JAIME – Acabamos de cenar. Íbamos a ver una película, pero si quieres que te prepare algo… ¿Has cenado?

Guillermo cayó en la cuenta que hacía más de veinticuatro horas que no se llevaba nada a la boca, a excepción de aquellos sabrosos chicles de menta que había comprado poco antes de exhumar el cadáver de su padre.

GUILLERMO – No. No tengo tiempo. Necesito que me hagas un favor.

JAIME – Sí, claro. Lo que te haga falta.

GUILLERMO – Necesito las llaves de la casa de campo. Donde pasamos aquél fin de semana, cuando todavía estaba con Estefanía. ¿Todavía la tienes no?

Jaime frunció el ceño.

JAIME – Sí… Sí, claro. Pero… ¿se puede saber qué pasa? ¿A qué viene…?

GUILLERMO – No. Si no lo necesitase no te lo pediría. Tú lo sabes. Pero tiene que ser ya. No puedo…

El investigador biomédico miró en derredor. Su manía persecutoria estaba volviéndose cada vez más acusada.

JAIME – ¿No me vas a contar nada?

Guillermo se mantuvo inmóvil, en silencio. Ambos se aguantaron la mirada.

JAIME – Pues… al igual no te las doy. No me gustan los secretos, Guille. No te puedes presentar en mi casa a estas horas y pretender…

GUILLERMO – Pues mira… al igual le cuento a tu mujer lo que pasó durante el último congreso.

Los ojos de Jaime se abrieron como platos. Cerró un poco más la puerta, y comenzó a hablar en voz muy baja.

JAIME – Me prometiste que no dirías nada. No serás capaz.

GUILLERMO – No lo pienso hacer. Tú guardas mi secreto. Yo guardo el tuyo. Pero necesito esas llaves.

Jaime respiró hondo y le aguantó la mirada un par de segundos más, tratando de averiguar si estaba hablando en serio o le estaba vacilando. Abrió de nuevo la puerta, asegurándose que su esposa no le viera, y sacó las llaves de la casita de la sierra del cajón de una cómoda que había en el recibidor. Se las entregó directamente, sin pensárselo dos veces. Confiaba en Guillermo como en un hermano, pese a que ahora apenas podía reconocerle, y aunque estaba convencido que no le traicionaría, no podía permitirse la más mínima duda. Su mujer jamás debía averiguar qué ocurrió aquél largísimo fin de semana, hacía poco más de medio año.

GUILLERMO – Gracias. Muchas gracias, de verdad. Y… tienes que prometerme que no le vas a decir a nadie dónde estoy. A nadie. Necesito desaparecer por un tiempo.

JAIME – ¿Pero qué es lo que pasa? Si me lo cuentas… quizá pueda ayudarte.

GUILLERMO – Mientras menos sepas, mejor. Créeme. Ahora… me tengo que ir. ¿Me lo prometerás?

JAIME – Por la cuenta que me trae. ¿Qué quieres que te diga?

GUILLERMO – Eres un buen tío… Siento… Oye, que me voy. Gracias por todo. Y… acuérdate. Yo no he estado aquí.

Jaime se le quedó mirando a medida que desandaba el camino hacia el portón de acceso, caminando con una evidente dificultad, como si tuviera un esguince en el pie derecho. Pronto desapareció entre las sombras, y en el jardín tan solo reinó el acostumbrado silencio de la urbanización. Respiró hondo, volvió a entrar al chalet y cerró tras de sí. Durante las casi dos horas que duró la película, no pudo quitarse de la cabeza la extraña visita que había recibido.

3×1039 – Bocina

Publicado: 24/05/2016 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 5

Rehogar medio kilo de cobardía

 

1039

Bosque de Pardez, a diez kilómetros de Sheol

31 de agosto de 2008

 

Guillermo despertó sucio, con el tobillo derecho hinchado y dolorido, y empapado de pies a cabeza. No fue la lluvia la que le despertó, si no uno de aquellos estruendosos truenos que hacían que el mundo quedase inmóvil por un instante.

Durante un par de segundos, un maravilloso par de segundos, no fue capaz de recordar qué hacía ahí, tumbado sobre un montón de tierra húmeda, perdido de la mano de Dios en mitad del bosque. La realidad le cayó encima como una losa: en un acto de manifiesta inconsciencia había intentado devolver a la vida a su difunto padre, llevándose su cadáver del cementerio con nocturnidad y alevosía. Si lo había conseguido o no, era todavía un enigma para él, pero de lo que no cabía la menor duda era que su padre ya no se encontraba junto al olmo donde él le había inyectado la sangre de aquél pequeño roedor. Y aunque todo apuntaba a pensar que José había abandonado la zona por su propio pie, ni siquiera el propio Guillermo era todavía capaz de creerlo.

Pese a las nubes que cubrían el cielo, de lo que no cabía la menor duda era que hacía horas que había amanecido. Su mente comenzó a divagar e imaginó cómo el guarda del cementerio habría llamado a la policía tan pronto descubriese la tumba abierta de José, y cómo éstos enseguida le relacionarían con la exhumación. Trató de ponerse en pie a toda prisa, pero trastabilló al notar un intenso dolor en su tobillo herido, y tuvo que hincar una rodilla en el suelo, con los ojos bien cerrados y los dientes apretados. Segundos más tarde lo volvió a intentar, y en esta ocasión sí fue capaz de tenerse en pie. Se acercó a un pino muerto que tenía al lado, y arrancó una de sus ramas, que en adelante utilizaría como muleta, para poder caminar sin necesidad de apoyar el pie herido en la lodosa superficie boscosa. Sin saber muy bien hacia dónde, siguió el peregrinaje errático que había comenzado la noche anterior, ahora con la única esperanza de volver a la civilización.

No fue hasta bien entrada la tarde, tras más de diez horas de deambular errático por el bosque, que consiguió dar con el camino que le había llevado a perderse. Tan pronto comenzó a reconocer la zona, pese a la evidente diferencia que mostraba a plena luz del día, enseguida desanduvo sus pasos. El corazón se le encogió en el pecho al pasar junto al olmo. Seguía sin más compañía que el incesante repiqueteo de las gotas de lluvia sobre sus hojas. No se dejó llevar por los sentimientos, y continuó su camino hasta que finalmente dio con su coche, en el que se metió enseguida, pese a estar empapado de pies a cabeza y dejar la tapicería húmeda y el suelo lleno de barro.

Tomó aire intermitentemente, en la medida que el repiqueteo de sus dientes, delator del nerviosismo que atenazaba su cuerpo, se lo permitió. Echó un vistazo al salpicadero. Tan solo faltaban unos minutos para las ocho de la tarde. Había pasado casi veinte horas desconectado del mundo. Echó un vistazo a su teléfono móvil. Tenía cinco llamadas perdidas de Bárbara, y otras sesenta y dos de un número oculto. Sin pensárselo dos veces salió del coche con el móvil en la mano, lo acercó a una roca cercana y comenzó a golpearlo con una piedra del tamaño de un melocotón que encontró por el suelo, hasta que quedó hecho trizas. Ahora ya no le cabía la menor duda: la policía estaba buscándole.

Temblando de pies a cabeza dejó lo que quedaba del teléfono sobre aquella roca y volvió al coche. Introdujo la llave en el contacto e instintivamente encendió la radio, antes incluso de ponerse el cinturón. Siempre lo hacía. Le sorprendió escuchar a un locutor, pues no era una hora punta, los únicos momentos del día en los que se interrumpía la programación musical para ofrecer un minúsculo noticiario. Se disponía a apagar la radio, pero se quedó con la mano suspendida frente al botón.

LOCUTOR – … de última hora. Un anciano desorientado ha sido encontrado en el bosque de Pardez, en las inmediaciones de…

Guillermo abrió los ojos como platos, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Notó cómo le sobrevenía un mareo. Se llevo una mano a la sien, empezando a ser consciente de lo que había provocado, pues para él resultaba evidente que el anciano del que hablaban no era otro que José, su padre. No cabía ninguna otra posibilidad. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y su propia carcajada no le permitió escuchar bien lo siguiente que decía el locutor, que bien parecía estar improvisando sobre la marcha su discurso. Con una mano temblorosa, alcanzó a subir el dial del sonido, mientras el corazón luchaba por salírsele del pecho.

LOCUTOR – … el septuagenario, visiblemente enajenado y en actitud extremadamente violenta, ha atacado a unos jóvenes que estaban pasando el fin de semana…

El investigador biomédico se quedó de piedra. La imagen de aquél pequeño roedor sobre el cadáver ensangrentado de su compañero de jaula se le vino a la mente como una losa. Tragó saliva. Ya no quedaba ni rastro de la sonrisa que había surcado su rostro instantes antes.

LOCUTOR – … el atacante ha sido abatido por las fuerzas de seguridad del estado, tras acabar con la vida de …

Guillermo exclamó a voz en grito, maldiciendo su mala suerte.

LOCUTOR – … su cadáver ha sido trasladado al anatómico forense local para efectuar las pruebas pertinentes, pues se baraja la posibilidad que estuviera infectado de un raro brote de rabia que…

El investigador biomédico no fue capaz de escuchar una sola palabra más. Golpeó con fuerza la radio, con tan buen tino que la apagó a la primera, y acto seguido comenzó a dar golpes al volante, haciendo sonar la bocina y asustando a un tiempo a los pájaros que se resguardaban de la lluvia en los árboles cercanos, que no dudaron en alzar el vuelo. Grandes lagrimones recorrieron sus mejillas, todavía húmedas por la lluvia que había azotado su cuerpo durante horas, mientras él se desgañitaba y no paraba de dar golpes a todo cuanto tenía a su alcance.

Su plan había sido al tiempo un éxito rotundo y el más flagrante de los fracasos, y pese a que su padre sí había recuperado la vida, tal como él había previsto, ello tan solo había sido durante un brevísimo lapso de tiempo, pues había vuelto a morir, y en esta ocasión, ya nadie podría arrebatarle del abrazo de Hades.

1038

 

Puerto deportivo de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

No fue tarea fácil embutir a tanta gente en un coche tan pequeño. Guillermo tomó el asiento tras el volante, gratamente sorprendido por cuanto había aprendido su hermana en su ausencia. Bárbara se colocó a su vera en el asiento del copiloto, con el pequeño Guille en su regazo. Zoe se sentó sobre el de Olga, del mismo modo que hizo Carla con su abuelo. Gustavo tomó asiento entre su hermana y el viejo pescador, y tan pronto tuvieron las cuatro puertas cerradas y un pedazo de cartón de una vieja caja de arroz adherido a conciencia con cinta americana sobre la ventanilla rota, partieron hacia Bayit, entre bromas, risas y muy buen humor.

Darío no las tuvo todas consigo al dejar el velero en el desierto puerto deportivo, a la vista y al alcance de cualquiera que gustase en llevárselo. Ellos habían hecho eso mismo, llevárselo sin más, pero ahora él se sentía el dueño de Nueva Esperanza, copropietario cuanto menos, y no estaba dispuesto a dejárselo robar. Pese a que tenía serias dudas de que nadie fuese a verlo, y mucho más que ese alguien supiese cómo llevárselo, se prometió que tan pronto llegasen a Bayit arrastraría a Carlos hasta ahí con el remolque para volver a dejar el velero a buen recaudo intramuros.

El trayecto hasta el barrio amurallado resultó excepcionalmente tranquilo. Pese a que sí pudieron ser testigos de los estragos que la pandemia había hecho en la ciudad, ni un solo infectado acudió a su encuentro. El cielo seguía oscureciéndose, y daba la impresión que fuese a ponerse a llover de un momento a otro. La sensación para quienes acababan de pisar Nefesh por vez primera fue muy positiva. Olga sintió un agradable cosquilleo en el estómago, delator de que estaba satisfecha con la decisión que había tomado en Éseb. Había sido apresurada y prácticamente a cara o cruz, pero viendo tanta paz en una ciudad tan pequeña, supo que había hecho lo correcto. Zoe seguía más silenciosa que de costumbre, aún preguntándose por qué Samuel había rechazado quedarse con ellos. No tardaron ni diez minutos en llegar, mientras Darío y Bárbara daban indicaciones a Guillermo sobre el mejor camino a coger, que por supuesto no era ni el más corto ni el más rápido.

Bárbara fue la primera que le vio. Su hermano estaba pendiente de la carretera, cortada abruptamente por aquella mole de hormigón, su sobrino se había quedado dormido en su regazo, y los tripulantes que había atrás no pudieron, ya que se encontraba en una cota muy superior a la del nivel de sus vistas. La profesora sintió un mal presentimiento al instante, y tan pronto su hermano estacionó aquél viejo coche en la base del baluarte norte, junto al cadáver de un infectado que tenía tres agujeros de bala en el pecho y un cuarto en la frente, abrió a toda prisa la puerta, colocó suavemente a su sobrino en el asiento, la cerró de nuevo y se dirigió hacia aquél hombre. El desconocido la observaba curioso desde el baluarte, detrás de un pasamontañas negro, más que necesario a tenor del aire gélido que traía el viento, que tan solo dejaba a la vista sus ojos, subrayados por un grueso gorro de lana de color beige con un pompón blanco.

La profesora y aquél hombre se aguantaron la mirada unos segundos. Ella tragó saliva, sin saber cómo reaccionar. Aquella figura desconocida la saludó amistosamente, agitando la mano izquierda. Pese a que portaba un rifle la derecha, en ningún momento hizo amago alguno de hacer uso de él. Bárbara no se sintió intimidada por ello.

BÁRBARA – ¿Ca… Carlos?

El hombre negó con la cabeza, sin abrir la boca.

BÁRBARA – ¿Chris?

Aquella figura repitió idéntico gesto. Parecía estar divirtiéndose.

BÁRBARA – Paris no eres.

Bárbara se sorprendió al escucharle reír. Estaba convencida de que no se trataba de Carlos ni de Christian. Juanjo era mucho más bajo que él, y Paris mucho más gordo. Pensó por un momento que podría tratarse de otro superviviente de la isla que hubiese llegado al barro durante su ausencia, de igual modo que lo habían hecho Carla, Darío y Juanjo no hacía tanto, pero enseguida lo descartó. Estaba convencida de que había visto a ese hombre con anterioridad, pero había algo que no le encajaba.

BÁRBARA – ¿Te conozco?

El hombre hizo un gesto afirmativo, agitando la cabeza arriba y abajo, todavía con los ojos ligeramente cerrados. Se lo estaba pasando en grande. Bárbara, al contrario, estaba empezando a ponerse nerviosa. No se dio cuenta, pero a excepción de Guillermo y del pequeño Guille, todos los demás habían salido ya del coche y observaban la situación en silencio.

BÁRBARA – Me rindo.

El hombre asintió de nuevo y procedió a quitarse el gorro de lana. Acto seguido agarró la braga por debajo y la levantó lentamente, dejando a la vista su rostro. Lucía una tupida barba entrecana de al menos un mes, unas acusadas ojeras, estaba mucho más delgado y no llevaba las gafas puestas, pero Bárbara no tardó ni un segundo en reconocerle. La voz en grito de Zoe le hizo dar un respingo.

ZOE – ¡Fernando!

FERNANDO – Zoe, cariño. ¡Me alegro mucho de verte!

La niña estaba que no cabía en sí de gozo, y se puso a gritar de alegría. Olga cruzó una mirada con Carla, buscando en ella una respuesta, pero la veinteañera se limitó a alzar los hombros. Ella no había llegado a conocerle más que de oídas. Lo más cerca de verle que estuvo fue mediante el mural de Christian. Bárbara no podía creer lo que le decían sus ojos. No tenía el más remoto sentido. Fernando se dirigió de nuevo a ella, sosteniendo una enorme sonrisa.

FERNANDO – ¿Ya no te acuerdas de mí?

Bárbara se quedó literalmente boquiabierta. Tragó saliva de nuevo, superada por la situación. Le costó mucho encontrar las palabras.

BÁRBARA – Pero… Tú… ¿Tú no habías…? ¿Tú no estabas muerto?

Fernando asintió, con una expresión algo sombría en el  rostro.

FERNANDO – Y enterrado.

1037

 

Puerto deportivo de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

GUSTAVO – ¿Y no será que está demasiado lejos, sencillamente? Ese cacharro tampoco parece que tenga mucho alcance.

Bárbara levantó la mirada del walkie y la fijó en un punto indeterminado del paseo marítimo. Frunció ligeramente el ceño, sorprendida por lo que vio.

BÁRBARA – No lo sé… puede ser. Tampoco estamos muy cerca de Bayit, verdad sea dicha, pero… pensé que sería suficiente.

GUILLERMO – ¿Y cómo vinisteis hasta aquí cuando os fuisteis la otra vez?

BÁRBARA – En una furgoneta. Pero… Carlos y Chris se la llevaron de vuelta a Bayit cuando nos fuimos. Por eso traía el walkie, para que nos vinieran a buscar. Esa era la idea. Si lo llego a saber…

ZOE – ¿Y ahora qué hacemos?

CARLA – Siempre estamos a tiempo de volver a donde los acantilados, y probarlo de nuevo. Desde ahí seguro que nos oyen. Hemos pasado muy cerca antes.

BÁRBARA – No… No creo que haga falta. Creo que… Quedaos aquí.

GUILLERMO – ¿Qué vas a hacer, Bárbara?

La profesora se dirigió a Olga.

BÁRBARA – ¿Tú sabes conducir, verdad?

OLGA – Sí.

BÁRBARA – Ahá. ¿Y… tú, tienes el arco a mano?

Gustavo asintió, decidido. Dio media vuelta y desapareció por la escotilla.

GUILLERMO – ¿Qué quieres hacer?

BÁRBARA – ¿Ves ese coche de ahí?

GUILLERMO – ¿Cuál?

BÁRBARA – El rojo.

GUILLERMO – ¿Esa carraca?

BÁRBARA – Creo que puedo arrancarlo.

El investigador biomédico puso los ojos en blanco. Detestaba haber tenido que abandonar su flamante Audi en la península.

GUILLERMO – Pero si tú no sabes conducir.

BÁRBARA – Ella sí.

Olga mostró los dientes en una sonrisa burlona, mientras hacía el signo de la victoria con el dedo índice y el corazón. En ese momento Gustavo emergió del camarote principal, con el carcaj lleno de flechas a la espalda y el enorme arco olímpico sujeto en la mano derecha.

DARÍO – No nos cuesta nada volver, Bárbara. No hace falta que vayáis. Ya no viene de media hora.

BÁRBARA – No tardaremos nada, de verdad. Está ahí al lado mismo. Y… el paseo está muerto. No se ve un alma. Fíjate. Parece que se vaya a poner a llover en cualquier momento. No creo que haya ningún infectado con ganas de salir a la calle. ¿Vosotros os animáis?

Ambos hermanos asintieron, convencidos. Zoe se mordió la lengua y se limitó a ver cómo los tres abandonaban el barco y dejaban atrás el puerto deportivo en dirección a aquél viejo coche. Guillermo chistó con la lengua al verles alejarse. No descansaría tranquilo hasta que estuviesen rodeados de aquellos altos y gruesos muros de los que tan bien le habían hablado.

El pequeño grupo de aventureros llegó hasta el extremo del paseo marítimo. Bárbara se molestó incluso en mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar. La fuerza de la costumbre todavía era demasiado fuerte. Olga sujetaba su propia automática, apuntando al suelo, como Bárbara le había enseñado. No parecía muy segura de sí misma, a diferencia de su hermano. Gustavo tenía una flecha preparada ante cualquier eventualidad. Todo apuntaba a que no les haría falta.

No tardaron en llegar hasta aquél arcaico Ford Sierra de color rojo. Una pequeña joya para su difunto dueño, cuando se hizo con él hacía ya más de un cuarto de siglo. Carne de desguace en los tiempos que corrían. Pero les resultaría muy útil, si Bárbara conseguía ponerlo en funcionamiento. La profesora trató de abrirlo, pero le resultó imposible. Creía saber cómo puentearlo, pero no tenía ni idea de cómo acceder al interior. Sacó su pistola de la parte trasera del pantalón, comprobó que el seguro estuviera puesto, y la agarró por el cañón. Miró en derredor por enésima vez, para comprobar que no tenían compañía. En efecto. Estaban ellos tres solos, observados con atención por quienes se habían quedado en el barco. No se lo pensó dos veces, e impactó la culata de la pistola contra el cristal del copiloto. La luna se hizo añicos instantáneamente, y un millar de pequeños cristales se desperdigó por el suelo y por el asiento.

BÁRBARA – ¡Dios mío!

GUSTAVO – ¿Ya sabes lo que haces, Bárbara?

La profesora asintió, restándole importancia a su torpeza. Conducir sin ese cristal no entraba dentro de sus planes, pero ya había llegado demasiado lejos para echarse atrás. Metió la mano por el agujero y quitó el seguro. Abrió la puerta y retiró la mayor parte de los cristales del asiento, tirándolos a la calle. Ya había localizado los cables que necesitaría para devolver la vida al motor cuando escuchó cómo Gustavo le llamaba la atención con un grito apagado y un gesto de la mano izquierda instándole a salir. Bárbara abandonó el coche a toda prisa y echó mano de su automática.

Se trataba de una niña morena, algo menor que Zoe. Su único atuendo era la pieza superior de un pijama tan lleno de barro reseco que resultaba imposible averiguar qué estampado tuvo. El inconfundible color de sus ojos delataba que se trataba de una infectada. Estaba de pie al otro lado de la calle, inmóvil, limitándose a observarles. Bárbara exhaló el aire de sus pulmones, molesta. Había aprendido, por las malas, a que dejase de afectarle tener que deshacerse de un infectado. Pero cuando se trataba de un niño, le resultaba especialmente difícil.

BÁRBARA – Ya me encargo yo.

La profesora alzó su pistola hacia la niña, pero Olga la sujetó por el antebrazo, impidiéndole apuntarla.

OLGA – ¿Qué haces?

BÁRBARA – Tenemos que limpiar la isla de infectados.

Olga negó con la cabeza.

OLGA – ¿No ves que es inofensiva? Los hay que tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos. Somos tres, y más grandes que ella. No creo que nos haga nada.

Bárbara tuvo una pequeña revelación. Se vio reflejada en los ojos de Olga. Había mantenido una conversación muy parecida a esa con el policía, en un tiempo que parecía ya muy lejano. Cayó en la cuenta que finalmente había adoptado su papel, ocupando el enorme hueco que dejó al abandonarles, aún cuando hubiera sido incapaz de determinar en qué momento se produjo dicha inflexión. Ello le sentó algo mal.

OLGA – ¡Fuera de aquí!

Olga acompañó el grito de un fuerte pisotón, amenazando con salir corriendo en su dirección, y la pequeña infectada desapareció de ahí a toda prisa, mientras gritaba incongruencias sin mirar atrás.

OLGA – ¿Ves?

La joven de los pendientes de perla miró a Bárbara, satisfecha de su buena acción. La profesora se quedó pensativa unos segundos, valorando lo que acababa de ocurrir. Enseguida decidió que valía más la pena no pensar al respecto, y acto seguido prosiguió con su tarea. No tardó más de un minuto en puentear el coche. Gustavo dejó por un momento de mirar en derredor en busca de infectados y se dirigió a ella, que sonreía, satisfecha de su hazaña.

GUSTAVO – ¿Quién te ha enseñado a hacer eso?

BÁRBARA – Un… un buen amigo.

Gustavo hizo un gesto afirmativo con la cabeza, satisfecho. Por suerte, ningún otro infectado acudió alertado por el ruido del motor. Olga ocupó el asiento tras el volante, y Bárbara y Gustavo hicieron lo propio en los asientos traseros. En un abrir y cerrar de ojos se plantaron en la zona de amarre, donde fueron muy bien recibidos, entre risas y aplausos.

3×1036 – Vista

Publicado: 07/05/2016 en Al otro lado de la vida

1036

 

A veinte kilómetros de la costa de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

Olga juntó ambas manos formando una especie de cuenco y exhaló aire caliente de sus pulmones, tratando de devolver la vida a sus dedos entumecidos por el frío. La última vez que miró el termómetro éste marcaba seis grados, pero eso fue hacía cerca de media hora, antes del amanecer. Hacía un día horrible: Frío, húmedo y con unas nubes colosales negras que auguraban lluvia. La parte positiva es que también hacía mucho viento, y ello, sumado a la fuerza del motor, les había permitido volver a Nefesh en tiempo récord.

Ella misma había escogido ese ingrato turno al mando del navío, antes que Darío tomase de nuevo el timón un par de horas más tarde, pues sabía que la llegada a Nefesh era inminente y quería ser la primera en avistar la isla. En esos momentos todos los demás dormían en sus camarotes. Incluso el pequeño Guille, que había pasado la mayor parte de la noche en vela, como de costumbre, y ahora dormía a pierna suelta abrazado a su padre.

Le hizo falta hacer uso de los prismáticos que llevaba sujetos al cuello para corroborar que aquella sutil distorsión en el horizonte marino no era fruto de su imaginación. No tardó en avisar a voz en grito a todos sus compañeros, con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro enrojecido por el frío.

OLGA – ¡Tierra a la vista!

En su interior se mezclaba la ilusión del descubrimiento, de la asunción de un destino mejor en un lugar seguro y con la mejor compañía, con el sempiterno miedo a los peligros que sin duda le aguardaban en aquella isla, que parecía desierta y virgen, a juzgar por cuanto le mostraban los prismáticos. De cuanto más orgullosa se sentía, con diferencia, era de haber conseguido llegar tan lejos en compañía de lo único que le quedaba de la que había sido su vida hasta hacía escasos meses: su hermano pequeño. Él fue el primero en llegar a cubierta, pues dormía en el sofá del camarote principal, dada la escasez de camas y la más que generosa tripulación del pequeño velero. Poco a poco los demás fueron atestando el poco espacio que había alrededor del timón, ansiando ver la tierra prometida. Guillermo incluso consintió  que Guille subiera a cubierta, por más que el muchacho acostumbraba a ponerse algo nervioso al verse rodeado de la abrumadora visión que ofrecía el mar abierto.

Pronto las voces de unos y otros, en alegres conversaciones cruzadas, inundaron la cubierta del velero entre bostezos carentes de pudor y gritos de genuina alegría. Bárbara se acercó a Zoe, que se había sentado en el extremo de la proa del barco, con los pies descalzos colgando a un escaso metro del agua. Tomó asiento a su lado, imitándola. La niña la miró, con una radiante sonrisa en el rostro infantil salpicado de pecas. Lejos quedaba ya la rabieta tras el inesperado abandono de Samuel.

BÁRBARA – ¿Te acuerdas, Zoe?

ZOE – Sí. Por fin hemos vuelto a casa.

La niña no pudo evitar recordar la última conversación que había mantenido con Morgan. En ese momento no lo había entendido, pero con el paso del tiempo comprendió que se trataba de una despedida. De haberlo sabido, jamás le hubiera soltado mientras se daban aquél abrazo. Su último abrazo antes que el policía desapareciera de sus vidas como por arte de magia para no volver. Se encontraban literalmente en el mismo lugar, pero en un barco mucho más fiable. Ahora iban mucho más rápido que a bordo del Nautilus IV, con idéntico destino.

Bárbara se echó hacia atrás, sujetándose con ambas manos en la barra metálica que tenía a la altura del pecho. Su cabello rubio relucía con los rayos de sol casi horizontales del alba.

BÁRBARA – Por aquí no vamos bien, Darío.

El viejo pescador, que había arrebatado el puesto tras el timón a Olga, le echó un vistazo, sin prestarle demasiada atención. Siempre adoptaba un semblante muy serio y concentrado cuando dirigía el barco, y la aproximación a la isla suponía un tema demasiado importante para él como para permitirse distracciones innecesarias.

DARÍO – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – No nos podemos acercar a la isla por esta parte.

DARÍO – ¿Por qué no?

BÁRBARA – El fondo marino está lleno de rocas. Rocas afiladas que están casi al nivel del agua. Es lo que te conté, de cuando llegamos nosotros aquí la primera vez… que perdimos nuestro barco aquí mismo. Bueno… un poco más cerca. Bastante más cerca. Pero… De todas maneras, yo empezaría ya a dar un rodeo para entrar por el puerto deportivo. No me fío un pelo.

Darío asintió, le hizo un gesto a su nieta para que tomase el timón, y comenzó a trabajar en las velas. Pronto el barco comenzó a virar a estribor, y su avance comenzó a dibujar un arco alrededor de Nefesh, manteniéndose en todo momento a una distancia más que prudencial de la isla.

El frente boscoso y de aspecto paradisíaco que les había dado la bienvenida dio paso a la costa oriental. Bárbara incluso distinguió la urbanización de lujo donde había encontrado ese mismo velero por mera casualidad, en compañía de Carlos, no hacía mucho. Los acantilados que hacían de límite al crecimiento de Bayit se presentaron majestuosos frente a ellos minutos más tarde, pero la altura a la que se encontraban les impidió ver el barrio amurallado y a sus moradores. Por más que se esforzaron, ninguno fue capaz de ver infectado alguno en el trayecto que les llevó de vuelta al puerto deportivo. Todo estaba tal cual lo habían dejado hacía escasas dos semanas. Cualquiera hubiera podido jurar que en la isla no quedaba ya un solo alma.

Bárbara no esperó siquiera a que Darío aproximase el velero a la desierta zona de amarre. Se dirigió al camarote que había compartido tantas noches con la inquieta Zoe y sacó de su mochila uno de los dos walkies que había traído consigo. Echó mano de un par de pilas del bolsillo lateral y las introdujo en el compartimiento correspondiente. Volvió sobre sus pasos a cubierta, sintonizó la frecuencia acordada, y puso en funcionamiento el aparato.

BÁRBARA – ¿Carlos? Carlos. Soy Bárbara. ¿Me recibes?

La profesora esperó pacientemente una respuesta que jamás llegaría. Volvió a intentarlo, pero el resultado fue idéntico. Le cambió las pilas, usó el walkie de recambio que había traído, lo intentó una y otra vez, pero fue incapaz de contactar con Bayit. Todos observaban cómo iba poniéndose cada vez más nerviosa, en silencio, al tiempo que Darío aproximaba con precisión milimétrica el velero al noray donde acto seguido amarraría el barco, dando por finalizada la travesía.

1035

 

Corona de barcos alrededor del islote Éseb

22 de diciembre de 2008

 

ZOE – Pero es que no lo entiendo. Es un idiota.

La profesora se esforzaba en vano por tranquilizar a la pequeña de la cinta violeta en la muñeca, sin perder de vista el timón con el que guiaba a Nueva Esperanza de vuelta a Nefesh. No le estaba resultando tarea fácil. Ésta era la vez que más rebelde se había mostrado Zoe desde que abandonaron la isla.

BÁRBARA – Ha sido su decisión, Zoe. Debemos respetarla.

ZOE – Pero… ¡Pero si estaba deseando venirse con nosotras! ¿No te acuerdas de lo contento que se puso? Y… y ahora, va, y… se queda con esa gente. Que no conoce de nada. ¡Es que no tiene sentido!

BÁRBARA – Entiéndelo, cariño. Tiene miedo. Tú y yo ya estamos acostumbradas. Pero para él… todo es nuevo. Él nunca ha tenido que enfrentarse a un infectado. Ponte en su piel. Imagínate por un momento lo que ha debido costarle tomar esa decisión. Nosotras no somos nadie para juzgarle.

ZOE – Sí, pero ahí no tienen una radio. No vamos a saber qué es de él. Nunca más. No vamos a saber si está bien. O… si… le tratan bien.

BÁRBARA – Va a vivir con Víctor. Ya le oíste, que él se hacía responsable de que no le faltase de nada. Víctor… parece un buen tipo. Si tu padre era amigo suyo, estoy segura de que nos podemos fiar de él.

Zoe hinchó los carrillos, molesta. Había estado intentando convencer al joven negro para que no les abandonase desde el mismo momento que éste informó a Bárbara de su deseo de dirigirse a Éseb en lugar de a Nefesh. Todos sus esfuerzos habían caído en saco roto, no obstante. El miedo a los infectados se había impuesto al cariño que tenía a sus libertadores. La despedida había sido bastante fría, en contraste con los llantos de alegría y las sonrisas de oreja a oreja del día en que le rescataron de la estación petrolífera.

BÁRBARA – Y además, que… tenemos un barco. Y… estamos a un tiro de piedra de él. Seguro que le volvemos a ver. Confía en mí.

La niña no respondió. Se limitó a darle la espalda, y observar cómo el islote iba quedando cada vez más lejos. Bárbara hizo un gesto negativo con la cabeza. Abrió la boca y tomó aire para seguir hablando, pero enseguida concluyó que no sería buena idea. Zoe debería asumir que Samuel se había ido, le gustase o no.

Olga y Gustavo decidieron quedarse con ellos, acompañándoles a la infectada Nefesh. Bárbara había llegado a convencerse de que no lo harían, puesto que habían demorado la decisión hasta literalmente el último instante. Al parecer, la visita guiada que les ofreció Víctor por las inmediaciones del islote no sirvió de mucho para convencerles de que ese sería el lugar idóneo para pasar el resto de sus días. Ellos habían pasado más hambre que Samuel, y su decisión final, consensuada en petit comité, como todas las decisiones que tomaban ambos hermanos, acabó dándole más valor a escaso índice de población de Bayit, y por ende al escaso volumen de bocas que alimentar, que al hecho que la isla hubiese sido víctima de la pandemia. Al fin y al cabo, ellos, a diferencia de Samuel, sí habían lidiado con infectados con anterioridad, y sabían a qué se enfrentaban.

Ambas se giraron al escuchar un ruido proveniente del atestado camarote principal del velero. Darío posó ambos pies en cubierta y se apresuró a abrocharse la chaqueta que llevaba puesta. Las últimas cuarenta y ocho horas el tiempo había cambiado drásticamente, y el recién estrenado invierno hizo por fin acto de presencia. Dio un paso al frente, dirigiéndose a la profesora, mientras se enfundaba unos gruesos guantes.

DARÍO – Madre de Dios. Si el viento sigue así, podemos llegar a Nefesh para Navidad.

Bárbara se giró y contempló de nuevo el islote, rodeado de todos aquellos barcos. Hubiera podido jurar que ahora había incluso más que la anterior vez que estuvieron ahí, hacía escasos diez días. Respiró hondo y miró a Darío, que observaba con extrañeza y curiosidad a la enfurruñada Zoe, que no se había molestado siquiera en girarse a saludarle.

BÁRBARA – Y si no, siempre estamos a tiempo de encender el motor.

El viejo pescador alzó ambas cejas, sorprendido por lo que acababa de escuchar. Bárbara siempre había sido muy reacia a hacer uso del motor, por más que tenían combustible de sobra. Su cambio drástico de parecer era para él una buena noticia, más después de haber perdido al menos otro día de viaje para dejar al chaval en el islote. La voz en grito de Gustavo, proveniente del interior del velero, distrajo a los tres de sus pensamientos.

GUSTAVO – ¡Corre, Zoe! ¡Guillermo nos está enseñando a hacer pajaritas de papel!

La niña se giró a toda prisa y dio un salto de su asiento en dirección a la escotilla. Ya no había rastro del semblante sombrío que había adoptado desde que volvieron a Nueva Esperanza en el socorrido bote rojo. Bárbara la miró, sorprendida, y ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. La profesora asintió a la niña, instándola a hacer lo que estaba deseando, y Zoe desapareció por la escotilla. Darío y Bárbara enseguida escucharon sus risas, junto con las de Olga y Carla, mezcladas con la voz de Guillermo, que tenía a Guille en su regazo y enseñaba a los más jóvenes a hacer esas sencillas pajaritas, malgastando en el proceso varias hojas del diario de a bordo.

DARÍO – Entonces… ¿Te parece bien que encienda el motor?

Bárbara respiró hondo y soltó el aire lentamente.

BÁRBARA – Estoy cansada de tanto mar… Tengo ganas de acostarme en mi cama, de ver el barrio, de… de saludar a Carlos. A… a todos.

Darío asintió. Bárbara agradeció que no hiciese hincapié en su facilidad por cambiar de opinión, más después de las discusiones que habían compartido a tenor de ese mismo tema.

DARÍO – Pues no se hable más. Con este viento, y la ayuda extra del motor, verás que esto más que navegar, vuela.

La profesora sonrió.

BÁRBARA – Pero tienes que enseñarme.

DARÍO – Eso no tienes ni que dudarlo. Ven conmigo.

El viejo pescador hizo un gesto con la cabeza, y Bárbara le acompañó, no sin antes inmovilizar el timón del modo que su maestro le había enseñado.