3×1035 – Incomprensión

Publicado: 03/05/2016 en Al otro lado de la vida

1035

 

Corona de barcos alrededor del islote Éseb

22 de diciembre de 2008

 

ZOE – Pero es que no lo entiendo. Es un idiota.

La profesora se esforzaba en vano por tranquilizar a la pequeña de la cinta violeta en la muñeca, sin perder de vista el timón con el que guiaba a Nueva Esperanza de vuelta a Nefesh. No le estaba resultando tarea fácil. Ésta era la vez que más rebelde se había mostrado Zoe desde que abandonaron la isla.

BÁRBARA – Ha sido su decisión, Zoe. Debemos respetarla.

ZOE – Pero… ¡Pero si estaba deseando venirse con nosotras! ¿No te acuerdas de lo contento que se puso? Y… y ahora, va, y… se queda con esa gente. Que no conoce de nada. ¡Es que no tiene sentido!

BÁRBARA – Entiéndelo, cariño. Tiene miedo. Tú y yo ya estamos acostumbradas. Pero para él… todo es nuevo. Él nunca ha tenido que enfrentarse a un infectado. Ponte en su piel. Imagínate por un momento lo que ha debido costarle tomar esa decisión. Nosotras no somos nadie para juzgarle.

ZOE – Sí, pero ahí no tienen una radio. No vamos a saber qué es de él. Nunca más. No vamos a saber si está bien. O… si… le tratan bien.

BÁRBARA – Va a vivir con Víctor. Ya le oíste, que él se hacía responsable de que no le faltase de nada. Víctor… parece un buen tipo. Si tu padre era amigo suyo, estoy segura de que nos podemos fiar de él.

Zoe hinchó los carrillos, molesta. Había estado intentando convencer al joven negro para que no les abandonase desde el mismo momento que éste informó a Bárbara de su deseo de dirigirse a Éseb en lugar de a Nefesh. Todos sus esfuerzos habían caído en saco roto, no obstante. El miedo a los infectados se había impuesto al cariño que tenía a sus libertadores. La despedida había sido bastante fría, en contraste con los llantos de alegría y las sonrisas de oreja a oreja del día en que le rescataron de la estación petrolífera.

BÁRBARA – Y además, que… tenemos un barco. Y… estamos a un tiro de piedra de él. Seguro que le volvemos a ver. Confía en mí.

La niña no respondió. Se limitó a darle la espalda, y observar cómo el islote iba quedando cada vez más lejos. Bárbara hizo un gesto negativo con la cabeza. Abrió la boca y tomó aire para seguir hablando, pero enseguida concluyó que no sería buena idea. Zoe debería asumir que Samuel se había ido, le gustase o no.

Olga y Gustavo decidieron quedarse con ellos, acompañándoles a la infectada Nefesh. Bárbara había llegado a convencerse de que no lo harían, puesto que habían demorado la decisión hasta literalmente el último instante. Al parecer, la visita guiada que les ofreció Víctor por las inmediaciones del islote no sirvió de mucho para convencerles de que ese sería el lugar idóneo para pasar el resto de sus días. Ellos habían pasado más hambre que Samuel, y su decisión final, consensuada en petit comité, como todas las decisiones que tomaban ambos hermanos, acabó dándole más valor a escaso índice de población de Bayit, y por ende al escaso volumen de bocas que alimentar, que al hecho que la isla hubiese sido víctima de la pandemia. Al fin y al cabo, ellos, a diferencia de Samuel, sí habían lidiado con infectados con anterioridad, y sabían a qué se enfrentaban.

Ambas se giraron al escuchar un ruido proveniente del atestado camarote principal del velero. Darío posó ambos pies en cubierta y se apresuró a abrocharse la chaqueta que llevaba puesta. Las últimas cuarenta y ocho horas el tiempo había cambiado drásticamente, y el recién estrenado invierno hizo por fin acto de presencia. Dio un paso al frente, dirigiéndose a la profesora, mientras se enfundaba unos gruesos guantes.

DARÍO – Madre de Dios. Si el viento sigue así, podemos llegar a Nefesh para Navidad.

Bárbara se giró y contempló de nuevo el islote, rodeado de todos aquellos barcos. Hubiera podido jurar que ahora había incluso más que la anterior vez que estuvieron ahí, hacía escasos diez días. Respiró hondo y miró a Darío, que observaba con extrañeza y curiosidad a la enfurruñada Zoe, que no se había molestado siquiera en girarse a saludarle.

BÁRBARA – Y si no, siempre estamos a tiempo de encender el motor.

El viejo pescador alzó ambas cejas, sorprendido por lo que acababa de escuchar. Bárbara siempre había sido muy reacia a hacer uso del motor, por más que tenían combustible de sobra. Su cambio drástico de parecer era para él una buena noticia, más después de haber perdido al menos otro día de viaje para dejar al chaval en el islote. La voz en grito de Gustavo, proveniente del interior del velero, distrajo a los tres de sus pensamientos.

GUSTAVO – ¡Corre, Zoe! ¡Guillermo nos está enseñando a hacer pajaritas de papel!

La niña se giró a toda prisa y dio un salto de su asiento en dirección a la escotilla. Ya no había rastro del semblante sombrío que había adoptado desde que volvieron a Nueva Esperanza en el socorrido bote rojo. Bárbara la miró, sorprendida, y ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. La profesora asintió a la niña, instándola a hacer lo que estaba deseando, y Zoe desapareció por la escotilla. Darío y Bárbara enseguida escucharon sus risas, junto con las de Olga y Carla, mezcladas con la voz de Guillermo, que tenía a Guille en su regazo y enseñaba a los más jóvenes a hacer esas sencillas pajaritas, malgastando en el proceso varias hojas del diario de a bordo.

DARÍO – Entonces… ¿Te parece bien que encienda el motor?

Bárbara respiró hondo y soltó el aire lentamente.

BÁRBARA – Estoy cansada de tanto mar… Tengo ganas de acostarme en mi cama, de ver el barrio, de… de saludar a Carlos. A… a todos.

Darío asintió. Bárbara agradeció que no hiciese hincapié en su facilidad por cambiar de opinión, más después de las discusiones que habían compartido a tenor de ese mismo tema.

DARÍO – Pues no se hable más. Con este viento, y la ayuda extra del motor, verás que esto más que navegar, vuela.

La profesora sonrió.

BÁRBARA – Pero tienes que enseñarme.

DARÍO – Eso no tienes ni que dudarlo. Ven conmigo.

El viejo pescador hizo un gesto con la cabeza, y Bárbara le acompañó, no sin antes inmovilizar el timón del modo que su maestro le había enseñado.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Me sorprendes, todo ha ido muy bien.

  2. Betty dice:

    Quizás Samuel en un futuro se arrepienta de la decisión qué acaba de tomar, no me parece qué ese islote sea un lugar muy seguro… Espero equivocarme 😉

  3. Interesante reflexión, lady Betty. Samuel es uno de los personajes más raros que he hecho. Es una herramienta más que un personaje, y su decisión responde a algo que ocurrirá más adelante en el libro, que me ayuda a cerrar tramas y dejarlo todo mejor atado. Nunca fue un personaje como tal. Nació de la necesidad de encontrar un motivo para reunir a los hermanos que resultase interesante y creíble. Curiosamente… en la idea primigenia de la novela, cuando se titulaba “Al otro lado de la niebla” y ni siquiera había infectados, el protagonista se llamaba Samuel. Qué de vueltas da la imaginación. xD

    David.

  4. battysco dice:

    Qué chasco!!! Yo quería a Sam con el grupo… Entiendo que si era una herramienta, por el momento, ya ha cumplido su función, pero… te has currado un personaje con un matiz especial, que me ha encandilado más de lo que me esperaba, más que algunos otros, incluso. Seré paciente y esperaré a que vuelva a aparecer. Ahora más que nunca sabemos que el islote tendrá un papel importante.

    Sonia.

    • Samuel nació como herramienta. Luego adquirió vida y un papel relevante, pero todavía me podía ser útil para alguna otra cosilla y dejarle en el islote fue una idea muy meditada. Originalmente quería llevármelo, pero me era más útil ahí, y adquiría más sentido en mi cabeza que ALGUIEN quisiera acabar un un sitio sin infectados. Por dar versimilitud a la supervivencia por encima del compadreo. xD

      David.

      • battysco dice:

        Lo sé lo sé… pero de forma inesperada ha sido un personaje con un pasado y contexto geniales.

        Sonia.

        • También me interesa generar de vez en cuando unas expectativas y luego darle la vuelta inesperadamente. Como al matar a Arturo, al infectar a Morgan, o ahora dejando en la estacada a un personaje que de entrada tenían todas las papeletas para forma parte del grupo. ¡La magia de lo inesperado!

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