3×1040 – Secreto

Publicado: 29/05/2016 en Al otro lado de la vida

1040

 

Inmediaciones del chalet de Jaime

31 de agosto de 2008

 

Guillermo se asomó entre los matorrales, escudriñando en dirección a la casa de su compañero de trabajo y amigo. Había pasado muchas tardes de verano en su jardín, tomando un cóctel tras otro mientras las esposas de ambos se hacían cargo de sus respectivas tarjetas de crédito. El investigador biomédico recordaba con especial afecto la cancha de tenis de Jaime, donde tan buenas horas habían pasado los dos. Lo que le llevaba ahí esa noche, no obstante, nada tenía que ver con el ocio.

Armándose de valor, aún temeroso de que apareciese un policía detrás de cualquier esquina para llevárselo detenido, se dirigió sigilosamente hacia el portón de entrada. No se molestó siquiera en presionar el botón del timbre: sabía a ciencia cierta que esa puerta jamás se cerraba. La urbanización disponía de su propio guarda de seguridad, que ahora descansaba en su garita a un par de calles de distancia. Fue él quien le había dado paso, después de obsequiarle con un fuerte abrazo. Guillermo empujó el portón y renqueó en dirección a la puerta de entrada al chalet, pisando sobre el lujoso empedrado rodeado de césped todavía húmedo, pese a que hacía ya casi una hora que había cesado de llover.

La decisión había sido realmente complicada. Tenía la firme convicción de desaparecer, pero no podía hacerlo en la masía de sus abuelos, ni en la casa familiar del paseo marítimo: estaba convencido que la policía se le adelantaría y ello se traduciría en su perdición. Empezaba a ser vagamente consciente de la repercusión que había tenido su acto de inconsciencia, y estaba aterrorizado. De lo que no le cabía la menor duda era que debía esfumarse, y la mejor solución que encontró fue ampararse en su viejo amigo.

Golpeó la puerta con los nudillos, atusándose la sucia ropa. Aún no había tenido ocasión de cambiarse. Enseguida escuchó unos pasos acercándose, arrastrando los pies por encima del parquet de madera noble. Tragó saliva. La puerta se entreabrió y Guillermo reconoció a Jaime, que enseguida se abotonó la bata que llevaba puesta, para acto seguido abrir la puerta sólo un palmo más. Era ya muy tarde para recibir visitas.

JAIME – ¿Qué haces aquí a estas horas, Guille? ¿Y qué… qué te ha pasado? ¿Estás bien?

Guillermo se miró por un momento. El aspecto que ofrecía era realmente lamentable. Pero esa era la última de sus preocupaciones en ese momento.

GUILLERMO – Necesito… que me hagas un favor.

Del interior del chalet sonó la voz de la esposa de Jaime, preguntándole si todo iba bien.

JAIME – ¡Sí cariño! ¡Ve metiendo las palomitas en el micro, que ahora enseguida voy!

Jaime se dirigió de nuevo a su amigo, salió al porche y entrecerró la puerta a su paso. Estaba empezando a preocuparse.

JAIME – Acabamos de cenar. Íbamos a ver una película, pero si quieres que te prepare algo… ¿Has cenado?

Guillermo cayó en la cuenta que hacía más de veinticuatro horas que no se llevaba nada a la boca, a excepción de aquellos sabrosos chicles de menta que había comprado poco antes de exhumar el cadáver de su padre.

GUILLERMO – No. No tengo tiempo. Necesito que me hagas un favor.

JAIME – Sí, claro. Lo que te haga falta.

GUILLERMO – Necesito las llaves de la casa de campo. Donde pasamos aquél fin de semana, cuando todavía estaba con Estefanía. ¿Todavía la tienes no?

Jaime frunció el ceño.

JAIME – Sí… Sí, claro. Pero… ¿se puede saber qué pasa? ¿A qué viene…?

GUILLERMO – No. Si no lo necesitase no te lo pediría. Tú lo sabes. Pero tiene que ser ya. No puedo…

El investigador biomédico miró en derredor. Su manía persecutoria estaba volviéndose cada vez más acusada.

JAIME – ¿No me vas a contar nada?

Guillermo se mantuvo inmóvil, en silencio. Ambos se aguantaron la mirada.

JAIME – Pues… al igual no te las doy. No me gustan los secretos, Guille. No te puedes presentar en mi casa a estas horas y pretender…

GUILLERMO – Pues mira… al igual le cuento a tu mujer lo que pasó durante el último congreso.

Los ojos de Jaime se abrieron como platos. Cerró un poco más la puerta, y comenzó a hablar en voz muy baja.

JAIME – Me prometiste que no dirías nada. No serás capaz.

GUILLERMO – No lo pienso hacer. Tú guardas mi secreto. Yo guardo el tuyo. Pero necesito esas llaves.

Jaime respiró hondo y le aguantó la mirada un par de segundos más, tratando de averiguar si estaba hablando en serio o le estaba vacilando. Abrió de nuevo la puerta, asegurándose que su esposa no le viera, y sacó las llaves de la casita de la sierra del cajón de una cómoda que había en el recibidor. Se las entregó directamente, sin pensárselo dos veces. Confiaba en Guillermo como en un hermano, pese a que ahora apenas podía reconocerle, y aunque estaba convencido que no le traicionaría, no podía permitirse la más mínima duda. Su mujer jamás debía averiguar qué ocurrió aquél largísimo fin de semana, hacía poco más de medio año.

GUILLERMO – Gracias. Muchas gracias, de verdad. Y… tienes que prometerme que no le vas a decir a nadie dónde estoy. A nadie. Necesito desaparecer por un tiempo.

JAIME – ¿Pero qué es lo que pasa? Si me lo cuentas… quizá pueda ayudarte.

GUILLERMO – Mientras menos sepas, mejor. Créeme. Ahora… me tengo que ir. ¿Me lo prometerás?

JAIME – Por la cuenta que me trae. ¿Qué quieres que te diga?

GUILLERMO – Eres un buen tío… Siento… Oye, que me voy. Gracias por todo. Y… acuérdate. Yo no he estado aquí.

Jaime se le quedó mirando a medida que desandaba el camino hacia el portón de acceso, caminando con una evidente dificultad, como si tuviera un esguince en el pie derecho. Pronto desapareció entre las sombras, y en el jardín tan solo reinó el acostumbrado silencio de la urbanización. Respiró hondo, volvió a entrar al chalet y cerró tras de sí. Durante las casi dos horas que duró la película, no pudo quitarse de la cabeza la extraña visita que había recibido.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Pobre Jaime. Estoy seguro que quiere evitar que su esposa sepa que canto de lo peor en un karaoke en ese congreso. O que tal vez comió algún plato exótico que le cayo mal. Pobre hombre, evitando que su mujer le regañe por esos descuidos.

    Jajajajajajajajajajajajajaja

    D-Rock.

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