3×1041 – Vigilado

Publicado: 01/06/2016 en Al otro lado de la vida

1041

 

A un par de manzanas de la comisaría de Sheol

1 de septiembre de 2008

 

Guillermo apuró el paso, temeroso de perderla de vista. Las calles estaban prácticamente vacías a esas horas de la noche, y Bárbara parecía no querer pasar en ellas más tiempo del estrictamente imprescindible. Los brotes de violencia en las afueras se habían recrudecido durante las últimas horas, e incluso él se sentía extrañamente amenazado, pese que aún no había presenciado ninguno en primera persona. El investigador biomédico aún acarreaba una ligera cojera, pese a que durante las últimas veinticuatro horas se había recuperado considerablemente. Su tobillo ya apenas mostraba una pequeña hinchazón que no tardaría mucho en remitir. La profesora giró otra esquina, y él suspiró, siguiendo sus pasos.

Las últimas veinticuatro horas habían sido un verdadero suplicio. Huir a la casa de campo de Jaime había sido desde el primer momento su principal objetivo. No obstante, sentía que al hacerlo dejaría demasiados cabos sueltos, y ello aún empeoraría más las cosas. Pese al miedo que atenazaba su espíritu, encontró el valor suficiente para acercarse a su casa. Pasó antes por una tienda de la periferia donde adquirió un anorak negro con el que ocultar su ajada ropa. De igual modo, se hizo con una gorra deportiva gris con las iniciales NY y unas gafas de sol de luna espejada. Al salir de la tienda con semejante atuendo y echarse un vistazo en el retrovisor de un coche cercano, se sintió ridículo. Más bien parecía una estrella de rock tratando de pasar desapercibida entre sus enloquecidas fans, pero si conseguía despistar a la policía, bien habría valido la pena.

Muy a su pesar descubrió que sus sospechas estaban perfectamente fundadas, tan pronto se aproximó a su vivienda. Desde la lontananza distinguió con claridad un coche de policía aparcado en la calle opuesta, con dos agentes haciendo guardia. Él estaba convencido que esperaban su vuelta para llevárselo preso, y aunque a regañadientes, dio media vuelta. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que frente al bloque de Estefanía también le estaban esperando. Ello no le preocupó en exceso: Guille estaría bien con su madre y con Cosme. Mucho más asustado, decidió avisar a Bárbara. Su bloque también estaba vigilado. Guillermo sentía que le debía una explicación, que debía tranquilizarla en la medida de lo posible, pues pretendía pasar una larga temporada a la sombra, y no cayó en la cuenta de que no conocía su número de teléfono. Lo tenía anotado en la agenda de contactos que descansaba junto al teléfono fijo, en su casa, a la que tampoco podía entrar, de modo que decidió hacerlo en persona. Bárbara no merecía menos.

En esta ocasión no se sorprendió demasiado al ver a otra pareja de policías rondando las inmediaciones del bloque de pisos donde hacía tan poco su padre había perdido la vida.

Estuvo esperándola pacientemente hasta que la vio salir y la siguió desde lejos, gratamente sorprendido al ver que los policías la ignoraban. Llegó a tiempo de verla subir en un autobús que partió mucho antes que él tuviera ocasión de darle el alto. Volvió a toda prisa a su coche y condujo temerariamente hasta que minutos más tarde consiguió alcanzarlo. Fue a la altura de la parada del hospital, donde Bárbara se apeó. El número de agentes de policía y bomberos que había en las inmediaciones le obligó a mantenerse a una distancia más que prudencia. La vio salir casi una hora más tarde, custodiada por un agente que se la llevó en el coche patrulla hacia la comisaría, al atardecer. Estuvo esperándola desde entonces, tomando un café tras otro en la cafetería que había al otro lado de la calle, poniéndose cada vez más enfermo al ver el noticiario especial que echaban por la televisión del local, donde se narraba, con todo lujo de imágenes de pésimo gusto, la recién bautizada como “Matanza de Sheol”. Bárbara tardó más de tres horas en salir.

Tan pronto la vio despedirse del mismo agente que le había traído hasta ahí, pagó la cuenta a toda prisa, dejando una más que generosa propina, y salió a toda prisa. La fue siguiendo por varias calles, tentado a llamarla en voz alta, pero era tal el miedo que tenía de alertar a cualquier agente, que prefirió ser más discreto. La perdió de vista a la altura de un callejón oscuro, junto a la puerta de emergencia de un restaurante chino. El corazón le dio un vuelco. Paró en seco, convencido que debía haber seguido un camino en el que no había un solo alma. Segundos más tarde la vio aparecer junto a un hediondo contenedor abierto en el que habían echado pescado en mal estado. Sus miradas se cruzaron, y él no dudó en ir en su busca. Se asustó al oírla gritar pidiendo ayuda, y con el corazón latiéndole a toda velocidad, se apresuró en hacerla callar tapándole la boca con la mano, mientras se arrodillaba junto a ella.

Consciente de que debía haberla asustado de lo lindo, se quitó la gorra y se llevó el índice de la mano izquierda a los labios. Tan pronto le reconoció, Bárbara se tranquilizó, y suspiró de alivio.

GUILLERMO – Barbie, tranquila, soy yo.

BÁRBARA – Joder… ¿Qué… qué quieres, matarme de un susto?

Guillermo la ayudó a levantarse. Apretó los dientes al notar un pinchazo en el tobillo herido. Se encontraban lejos de la vista de los viandantes en aquél sucio y oscuro callejón.

BÁRBARA – ¿Qué te ha pasado en la pierna?

El investigador biomédico negó ligeramente, agitando la cabeza a lado y lado.

GUILLERMO – No… nada. No es nada importante. Un… golpe. Un golpe tonto.

BÁRBARA – Me has asustado, joder. Creí que eras… yo qué sé… ¿Qué haces aquí?

Guillermo se sintió increíblemente intimidado por su hermana, avergonzado e incapaz de encontrar las palabras que tan largamente había ensayado durante la interminable espera en la cafetería.

BÁRBARA – Vengo de la comisaría.

GUILLERMO – Lo sé. Te vi entrar. Llevo esperándote desde entonces.

Bárbara frunció el ceño.

BÁRBARA – Me han estado… haciendo un montón de preguntas. El papa… Lo encontraron ayer en el bosque. Estaba… estaba vivo, pero… dicen que… atacó a unos chicos. Les… ¿Has escuchado las noticias?

Guillermo hizo un gesto afirmativo. Sintió un nudo en el estómago al saberse responsable de la congoja que acarreaba su hermana.

BÁRBARA – ¿Tiene algo de esto que ver contigo?

El investigador biomédico agachó la cabeza, avergonzado. Fue entonces cuando cayó en la cuenta que no le podía contar nada. Esa información lo único que haría sería perjudicarla. Se quedó en silencio unos segundos, que hicieron que la profesora se pusiera aún más nerviosa.

BÁRBARA – ¿Y por qué no me has llamado directamente, en vez de montar este paripé?

GUILLERMO – Tiré… tiré mi teléfono. Lo… destrocé. No tengo… no tengo tu número.

BÁRBARA – Pero lo tendrás en tu casa igualmente, ¿no?

GUILLERMO – No… no puedo ir a casa… Está… hay policías. Me están… me están buscando.

BÁRBARA – Me estás poniendo nerviosa. ¿Me vas a contar de una vez de qué va todo esto?

GUILLERMO – Bárbara, he hecho algo…

BÁRBARA – ¿Tiene que ver con el papa, verdad?

Un coche patrulla, conducido por quien semanas más tarde salvaría la vida de su hermana en repetidas ocasiones, pasó por la calle perpendicular al callejón en el que se encontraban. Guillermo se apresuró en ocultarse junto a la sombra del contenedor, temblando como un flan. Pasado un tiempo prudencial, salió de su escondrijo, mientras Bárbara le observaba aún con el ceño fruncido. Estaba temblando.

GUILLERMO – Me tengo que ir. Sólo quería decirte que… que no te preocupes por mí. Voy… a desaparecer un tiempo.

Bárbara acusó aún más las arrugas de su frente. Resultaba evidente que no entendía nada, y ello sirvió para tranquilizarle a él. La ignorancia era un bien demasiado poco valorado.

BÁRBARA – Vamos a tranquilizarnos un poco. ¿Porque no te vienes conmigo a casa, y me lo cuentas todo?

GUILLERMO – No puedo. Me están siguiendo.

Guillermo se llevó una mano a la pierna dolorida, tras sentir un nuevo pinchazo.

GUILLERMO – También hay policías haciendo guardia frente a tu casa.

BÁRBARA – ¿No crees que estás exagerando?

GUILLERMO – Ojala, Barbie… ojala.

BÁRBARA – ¿Pero qué es lo que has hecho, por el amor de Dios?

GUILLERMO – Lo siento, pero tengo que irme… No puedo…

BÁRBARA – ¿Y Guille? ¿Dónde está Guille?

GUILLERMO – Está… Está con su madre. Está a buen recaudo, no tienes nada de lo que preocuparte.

BÁRBARA – ¿Pero qué es lo que has hecho, por Dios?

GUILLERMO – No…

El investigador biomédico hizo otro gesto de negación, con los ojos cerrados.

GUILLERMO – No puedo, Barbie. Lo siento. Ni… ni yo mismo sé lo que he hecho. No… no tengo tiempo, tengo que irme. Mientras menos sepas mejor. Porque la policía… intentará… Si te vuelven a preguntar… diles que no me has visto, o… no, mejor, diles que sí. Da igual…  Bueno, haz lo que quieras.

BÁRBARA – ¿Pero cómo voy a saber dónde estás?

GUILLERMO – Si las cosas se calman… ve a buscarme a la cabaña.

BÁRBARA – ¿A qué cabaña?

Guillermo la miró con firmeza a los ojos, inclinando la cabeza sutilmente.

BÁRBARA – ¿Donde la mama…?

El investigador biomédico asintió.

GUILLERMO – Ahí no creo que se les ocurriese buscar jamás. Pero ahora no es ahí donde voy. Ahora… tengo otras cosas que hacer. Ahora quiero alejarme… cuanto más mejor, de aquí.

BÁRBARA – ¿Pero qué has hecho, dónde vas a ir?

GUILLERMO – No lo sé… No… no lo sé. Lejos.

La mandíbula inferior de Guillermo comenzó a temblar. Detestaba tener que mentir a su hermana, pero estaba convencido de que así sería mejor. Dio un paso al frente y la estrechó entre sus brazos, sin permitirle decir nada más. Una lágrima recorrió su mejilla y cayó en el cuello de la profesora. Acto seguido la obsequió con un beso en la mejilla, le dio la espalda y corrió en dirección opuesta, sin darle tiempo a seguir preguntándole.

BÁRBARA – ¡Pero Guillermo!

El investigador biomédico dio media vuelta por un instante, y cruzó su mirada con la de su hermana por última vez. Luego siguió adelante, prometiéndose no volver a mirar atrás.

Volvió a su coche, que estaba abarrotado de comida precocinada, latas de conserva y agua embotellada, y puso rumbo a la casa de campo de Jaime, donde pasaría las próximas semanas en la más estricta de las soledades, mientras el mundo se caía a pedazos a su alrededor.

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