3×1046 – Regreso

Publicado: 23/08/2016 en Al otro lado de la vida

1046

 

Norte de la ciudad de Nefesh

29 de noviembre de 2008

 

Fernando arrugó la nariz al sentir aquél olor rancio y ácido. Echó un vistazo al suelo y descubrió la fuente del nauseabundo hedor. Por la pared y el suelo del portal aún se podía distinguir el vómito que Christian había expulsado tras rescatarle en compañía de Paris, hacía menos de una semana. Nada comparable al del móvil de perros en descomposición que había dejado atrás hacía un escaso minuto. Le llamó en especial la atención una mancha oscura en el suelo, a escasos pasos de la puerta de entrada. Él lo desconocía, pero se trataba de su propia sangre. Paris y Christian le habían dejado ahí tras rescatarle de las garras de sus atacantes, mientras estaba inconsciente.

El camino hasta ahí había sido de lo más tranquilo, pero no por ello Fernando bajó la guardia un solo segundo. Ese era un día soleado e incluso algo caluroso, pese a la inminencia el período invernal, bastante crudo en esas latitudes. Los pocos infectados que quedasen en las inmediaciones debían estar durmiendo. Cuando pasó junto a aquél gran montón de cadáveres carbonizados se tranquilizó considerablemente. Al parecer, la precariedad de su estado físico y el hecho que estuviese debatiéndose entre la vida y la muerte no impidió a sus compañeros llevar a cabo el plan original: limpiar la zona de infectados. Él les bendijo por ello, pues en caso contrario hubiese podido tener serios problemas para llegar hasta ahí de una pieza. La calle frente al portal al que él acababa de acceder estaba llena de casquillos de bala, restregones de sangre y una cantidad de inusitada de basura, incluso para los tiempos que corrían.

Respiró hondo, tratado de ignorar el mal olor, y comenzó a subir las escaleras, esquivando bolsas de plástico y jeringuillas vacías. El ascenso fue penoso, igual que el camino que le había llevado hasta ahí. Aún conservaba la improvisada escayola de su pierna izquierda, pese a que ésta ofrecía mejor aspecto de lo que él hubiese siquiera podido imaginar. La imposibilidad de flexionar correctamente la rodilla le hacía perder mucha movilidad, y le convertía en un blanco excesivamente fácil al impedirle correr, pero aún así prefirió arriesgar esa nueva vida que el destino le había brindado, con la ingenua intención de reencontrarse con sus compañeros y amigos.

Recorrer las tres manzanas que le separaban de ese viejo bloque de pisos había resultado una tarea farragosa, preocupantemente peligrosa y sobre todo lenta. Volver hasta Bayit, en su estado, era algo en lo que no podía siquiera soñar. No se atrevió a levantar la voz hasta que no llegó frente a la puerta del piso en el que había perdido la vida. El hecho que dicha puerta estuviese abierta de par en par resultaba poco prometedor.

FERNANDO – ¿Paris? ¡¿Chris?!

Ni siquiera se molestó en esperar una respuesta. Con muy poca o ninguna presencia de ánimo, cruzó el umbral y cerró tras de sí. Si se habían tomado la molestia de enterrarle al creerle muerto, e incluso habían tenido tiempo de incinerar los cadáveres de sus verdugos, ahí ya no se les había perdido nada. Él sabía muy bien dónde debían estar a esas alturas.

Deambuló por la casa, preguntándose si no hubiese sido más sensato esperar en el videoclub unos pocos días más. Resultaba evidente que no estaba recuperado de todas sus lesiones, por más que su mejora a ese respecto no dejaba de sorprenderle a cada nuevo día que pasaba. Su caminar errático le llevó instintivamente hacia el dormitorio en el que había perdido la vida. Las cortinas rojas se mecieron sutilmente con una repentina ráfaga de viento tan pronto abrió la puerta. El corazón le dio un vuelco al descubrir su mochila hecha un ovillo tirada en el suelo. Se arrodilló torpemente y comenzó a hurgar en su interior, en busca del walkie que él mismo había guardado ahí.

Maldijo al aire al comprobar que la habían saqueado. No había rastro del ansiado aparato. De igual modo había desaparecido su arma y toda la munición y las latas de conserva que había traído consigo. Sólo habían dejado su cantimplora, prácticamente vacía, lo poco que quedaba de su botiquín de viaje y sus herramientas para hacer puentes y forzar puertas de vehículos. Al menos eso podría resultarle útil.

Más desanimado incluso que antes, tomó asiento en el borde de la cama, cerró los ojos y apoyó ambas manos sobre sus sienes, codos en las rodillas. Soltó lentamente el aire de sus pulmones mientras trataba de tranquilizarse.

Recordó las palabras de su antiguo compañero de celda. Si el hecho de no estar vacunado era lo que le había salvado de convertirse en una de aquellas bestias, estaría en deuda con su mujer mientras viviese, allá donde hubiese ido a parar ella. De lo que no cabía la menor duda, no después de cuanto tiempo hacía que había despertado, era que no había contraído el virus. O al menos no como lo hacía el común de los mortales. Eso era algo en lo que no le gustaba pensar. Demasiadas preguntas sin respuesta. Se echó de espaldas sobre la cama y pasó varios minutos en silencio, con los ojos cerrados.

Algo más tarde se acercó al baño y comprobó que aún quedaba algo de agua en la cisterna. Pese a que su olor no invitaba al consumo, no pudo evitar echar mano de la cantimplora, llenarla hasta rebosar y beber el preciado líquido. Hacía más de veinticuatro horas que no bebía nada, otro de los motivos por los que se decidió a abandonar el videoclub.

Saciada su necesidad fisiológica más primaria, atrancó la puerta de entrada con una pesada cómoda de madera. Ese piso inmundo sería su hogar hasta que se sintiese en condiciones de dar el paso de abandonar el barrio y dirigirse a Bayit. Siempre y cuando el hambre y la sed no acababan con él antes.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Bienvenido de la vuelta de tus vacaciones, David!! Supongo que disfrutadas al máximo 😃!!
    Y cómo no disfrutar y retomar la lectura otra vez de aoldlv qué por lo que he podido leer promete si cabe todavía más, grandes momentos… 😃

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