3×1048 – Empapado

Publicado: 30/08/2016 en Al otro lado de la vida

1048

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

13 de diciembre de 2008

 

Christian bostezó con la boca abierta, sin hacer el menor amago de ocultar su falta de sueño. Al fin y al cabo, estaba él solo en el baluarte de occidente, sentado en aquella vieja silla plegable de madera. Todos sus demás compañeros, a excepción de Marion y Carlos, que le habían sustituido a él y a Maya al cargo de los bebés, debían estar durmiendo en sus respectivos pisos. Al menguar la población de Bayit los turnos se habían vuelto más largos, y por ende, más tediosos. De un tiempo acá él siempre compartía dicha tarea con la hija de Salvador. Su relación se estaba volviendo cada vez más cercana, e incluso platónica a la fuerza, pues ambos eran conscientes que no podrían llevarla al siguiente nivel sin poner en serio riesgo la vida del ex presidiario.

Pasaban unos minutos de las ocho de la mañana y las gotas de lluvia repiqueteaban con insistencia sobre la cubierta de chapa y las lonas de plástico que cubrían el parcialmente anegado sembradío. Christian había acompañado a su chica al piso donde la joven ya dormía a pierna suelta. Él estaba muerto de sueño, pero había preferido acercarse al baluarte para estar unos minutos a solas. Acostumbraba a ser muy madrugador, y ver el amanecer desde esa posición privilegiada se había convertido en una rutina la última semana. Si bien ese día no tuvo ocasión de ver salir el sol, con la lluvia que llevaba cayendo intermitentemente desde hacía más de veinticuatro horas, al menos tenía la tranquilidad de que no necesitaría hacer uso del rifle que descansaba a su lado en el banco.

Hacía algo más de una semana que Carla, Darío y Bárbara se habían marchado en busca del hermano y el sobrino de ésta última. El mismo tiempo que hacía que no sabían nada de la pequeña Zoe, por más que Ío había insistido en que la niña había escapado con ellos en el barco. Él estaba convencido que la joven del cabello plateado decía la verdad, y que Zoe estaba a buen recaudo al cargo de la profesora. Carlos, sin embargo, no las tenía todas consigo y se pasaba gran parte del día rondando el ático de Bárbara esperando una llamada de radio que jamás se producía. Se había puesto en contacto con Guillermo y con Samuel en más de una ocasión, pero ellos tampoco sabían nada.

Quien peor lo llevaba era Ío. La chica se mostraba aún menos comunicativa que de costumbre, y el abierto reproche de Carlos por su secreto le había afectado más de lo que jamás reconocería. Christian se esforzaba por integrarla en sus salidas a la calle larga con Maya, pero la joven siempre solía rechazar educadamente sus ofertas. Por fortuna, Carboncillo le estaba haciendo mucha compañía. Ella se había hecho cargo del pequeño can, que estaba saliendo adelante con salud pese al fallecimiento de su madre y sus hermanos.

Desde entonces la vida en el barrio había sido muy tranquila y muy placentera. Muy aburrida. Sus días rondaban entorno al cuidado de los bebés y de los animales que tenían a su cargo, amén de la tediosa e inevitable rutina de alimentación, higiene y sueño. Desde que Darío no estaba con ellos el cuidado del huerto prácticamente había caído en el olvido. Nadie se había erigido heredero de el difícil trabajo que había dejado el viejo pescador tras su ausencia y ello, sumado a las heladas nocturnas y las lluvias que anegaban los plantíos con bastante frecuencia, hizo que acabasen dando la tarea por imposible, a la espera de mejores condiciones cuando llegase la primavera.

El ex presidiario estiró los brazos al aire, entrecruzando los dedos en medio de otro gran bostezo, planteándose seriamente si no sería más conveniente acostarse ya. Se quedó mirando el mural que él mismo había pintado. Llevaba ya bastante tiempo acabado. Revisó una a una las cuatro figuras: Arturo, Salvador, Morgan y Fernando. Esbozó una ligera sonrisa y respiró hondo mientras le daba vueltas a la cabeza sobre qué podría hacer esa tarde con Maya. Tenía varias ideas en la cabeza pero si la lluvia persistía, como todo apuntaba a augurar, tendría que idear un plan alternativo a cubierto. En ese momento vio por el rabillo del ojo que algo se movía en la distancia y se giró. Estaba todavía muy lejos, y venía de la irregular y escarpada línea de la costa.

Christian echó mano del rifle y apuntó a aquella figura errante, observándola por la mirilla telescópica. Le sorprendió descubrir que, en efecto, se trataba de un hombre. No era habitual ver a un infectado deambulando bajo la lluvia, y si bien su caminar era algo irregular, acusando una ligera cojera, algo en sus movimientos le invitó a esperar antes de apretar del gatillo. Se quedó cerca de cinco minutos viéndole avanzar fatigosamente, con el ceño fruncido, sorprendido por los ropajes que llevaba, empapados mucho más allá de lo que la propia lluvia sería capaz de justificar. De repente y sin previo aviso, cuando aquél caballero se encontraba a unos doscientos metros del baluarte, se quedó inmóvil. Acto seguido comenzó a agitar los brazos, y Christian creyó escuchar entre el repiqueteo constante de las gotas de lluvia una voz que imploraba que no disparase. Su corazón comenzó a latir a toda velocidad, e instintivamente levantó el arma con ambas manos y la dejó colgada de una de las sujeciones del techo del baluarte, bien a la vista de aquél extraño. No fue hasta entonces que aquél hombre, del que el ex presidiario se había convencido por completo que no se trataba de un infectado, reanudó su marcha, ahora con mucha más prisa que antes, pese a su cojera.

A medida que la distancia se acortaba, la mandíbula inferior de Christian iba cayendo más y más.

CHRISTIAN – No puede ser verdad…

Llevaba una ropa muy distinta a la de la última vez que se habían visto, una barba espesa, carecía de sus inseparables gafas y llevaba el pelo suelto, pero no le cupo la menor duda: se trataba de Fernando. El mismo hombre al que él mismo había visto morir y había enterrado. Llegó incluso a pellizcarse para cerciorarse de no estar en medio de un sueño. La presencia del mecánico ahí no respondía a ningún patrón lógico al que él pudiese ofrecer verosimilitud. No obstante, debía rendirse a la evidencia. Ambos se mantuvieron en silencio, largo tiempo después de haberse reconocido mutuamente, hasta que el mecánico estuvo a poco más de cinco metros del baluarte. Sonrió.

FERNANDO – ¿A qué viene esa cara? Ni que estuvieras viendo a un muerto.

Christian también sonrió.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Me ha encantado este capítulo, le has permitido a Christian ser el primero en reencontrarse con Fernando.

    Sonia.

  2. Drock9999 dice:

    Jajajajajajajajajaja que gran comentario. Las risas jamas estarán de mas!

    D-Rock.

    • En las historias de este género se suele recurrir de un modo demasiado neutro al desasosiego y el victimismo. Hay gente de todos los tipos, y estados de ánimo para dar y vender. El humor, incluso en las situaciones más inapropiadas, está tan a la orden del día como ayuda a equilibrar la carga dramática. En situaciones como esa, una broma o un chiste de vez en cuando a mi me parecen incluso necesarios.

      David.

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