3×1055 – Grasa

Publicado: 24/09/2016 en Al otro lado de la vida

1055

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

15 de diciembre de 2008

 

Las gotas de lluvia impactaban incansables sobre las lonas que cubrían el anegado sembradío. El olor a tierra mojada se extendía por doquier, incluso al interior del taller mecánico donde Fernando y Christian se encontraban, trabajando en la motocicleta roja del ex presidiario. Ambos llevaban cerca de una hora ahí encerrados, disfrutando el uno de tener con quien compartir su conocimiento, y el otro de tener el honor de recibir esa clase magistral.

Tras la inesperada vuelta de Fernando al barrio la relación entre los antiguos compañeros de celda se había vuelto de lo más cercana. Lejos quedaban ya los reproches y las malas contestaciones de Christian, que al fin había aprendido a pasar página y estaba redescubriendo en Fernando al amigo que tanto le ayudó durante su estancia en prisión. Esa era la primera clase de mecánica que recibía desde que abandonó la península, y no sería la última. Fernando, por su parte, y aunque aún se encontraba todavía algo incómodo en su cuerpo tras todas las tribulaciones que había tenido que soportar, se sentía como en una burbuja, haciendo lo que más amaba en un entorno seguro y con amigos por doquier con quien combatir la sempiterna sensación de aislamiento que la epidemia había impuesto a los pocos supervivientes que aún deambulaban por la superficie de la Tierra.

Christian se estaba poniendo algo nervioso al ver tantas piezas sueltas. Pese a que era plenamente consciente que Fernando sabía muy bien lo que hacía, ver en tal estado a esa motocicleta a la que tanto aprecio tenía, y en la que tan buenos ratos había pasado en compañía de Maya, le producía cierta incomodidad. El mecánico era muy escueto en sus explicaciones y tendía a delegar la mayor parte del trabajo en su ayudante. Por fortuna, Christian se estaba demostrando un buen alumno, y estaba aprovechando hasta la última palabra, absorbiendo la información cual esponja.

MARION – ¡Chris! ¡Ha llamado Bárbara! ¡Que ya han llegado! ¡Dile a Carlos que suba, corre!

Ambos se giraron hacia la persiana abierta que daba a la calle corta, de donde provenía el grito de Marion. Fernando le hizo un gesto con la barbilla, instándole a abandonar el taller, y Christian salió corriendo, con una sonrisa de oreja a oreja. Pese a que nunca lo había exteriorizado, él también estaba preocupado por Bárbara, y sobre todo por Zoe. Al fin y podría salir de dudas. Pasó buscando a Carlos a toda prisa por el centro de día, dejando a Ío sola al cargo de los bebés, que no estaban dando guerra alguna, y ambos corrieron escaleras arriba hacia el ático de Bárbara, donde les esperaba Marion, que se limitó a echarse a un lado tan pronto ambos entraron en tromba por la puerta.

La conversación fue realmente corta, pero sirvió para apaciguar por completo sus atribulados espíritus. Esa misma mañana Carlos había estado charlando con el hermano de la profesora y ello no había hecho más que aumentar su impaciencia. Ahora, sin embargo, ya nada importaba. Zoe estaba con Bárbara. Sana y salva. Ío decía la verdad, al fin y al cabo. Los cuatro habían llegado al fin a su destino y se habían reunido con quienes habían ido a buscar, que también se encontraban en perfectas condiciones. En adelante tan solo tendrían que desandar el camino y todo volvería a la normalidad. Ahí en Bayit no les vendrían mal todas esas manos extra para hacerse cargo del farragoso trabajo que su ausencia había multiplicado exponencialmente.

Carlos se sorprendió por la repentina e inesperada idea de Christian de negarles a sus interlocutores la buena nueva de la vuelta de Fernando al barrio, pero tampoco encontró motivos para oponerse. Todo ocurrió demasiado rápido. Al fin y al cabo, todavía podían cambiar mucho las cosas hasta que ellos volvieran, y coincidió con él en que sería divertido estudiar la expresión de Bárbara y de Zoe en primera persona al ver de nuevo al mecánico. Tras una corta conversación entre ambos, mientras Marion apuraba un refresco de cola en la terraza, como si nada de eso fuera con ella, cada cual reanudó la tarea que había dejado a medias cuando se produjo la llamada.

Al volver al taller, Christian se sorprendió al descubrir que Fernando no estaba solo.

CHRISTIAN – ¿En qué andáis liados ahí vosotros dos?

FERNANDO – Uh. Tu chico se está poniendo celoso. Sólo quiere que le enseñe cosas a él.

Maya sonrió. Christian se acercó a ellos y acarició el brazo de la joven. No se había sentido mejor en mucho tiempo.

MAYA – Acabo de llegar. Fernando me iba a enseñar lo que estabais haciendo.

CHRISTIAN – ¿A que no sabes de dónde vengo?

La hija del difunto pescador alzó los hombros, delatando su ignorancia.

CHRISTIAN – Acaba de llamar Bárbara. Están todos bien. Y está Zoe con ellos.

MAYA – ¡Hombre! Me alegro. Me alegro mucho.

CHRISTIAN – Sí. Dicen que ya se ha reunido con su hermano, con su sobrino y con los chicos aquellos de los que te hablé, y que ya vuelven.

MAYA – Joder, qué bien. ¿Lo sabe Carlos?

CHRISTIAN – Sí. Estaba ahí conmigo.

El mecánico se limpió la grasa de la mano en un paño y le entregó a Christian la herramienta con la que había estado trabajando hasta el momento.

FERNANDO – Hala. Ya sabes cómo seguir. Yo me voy a tomar un descanso. Te dejo en buenas manos.

Fernando guiñó un ojo a Maya, agarró el paraguas que había dejado junto a la persiana abierta, y se dirigió a la persiana que comunicaba con la calle corta.

CHRISTIAN – Mira, ¿ves esto de aquí?

Maya asintió.

CHRISTIAN – Aquí es donde se mete la… ¡Oh! ¡No te muevas!

La joven miró en derredor, sin saber a qué atenerse. Todo parecía en regla. Entonces se dio cuenta que la estaba mirando a ella, a la cara.

MAYA – ¿Qué pasa?

CHRISTIAN – No te muevas, no te muevas.

MAYA – Por el amor de Dios. ¿Qué tengo, Chris?

El ex presidiario acercó su mano a la cara de Maya, muy lentamente, como tratando de evitar espantar a algún insecto.

CHRISTIAN – Una mancha de grasa en la nariz.

Christian posó su dedo índice impregnado en grasa de motor en la nariz de Maya, y ésta se puso roja al instante.

MAYA – ¡Serás imbécil!

Maya metió el dedo en la parte más sucia del motor y obsequió a Christian con una franja negra en la mejilla izquierda. Ambos rieron a carcajadas y siguieron haciéndose bromas y charlando amistosamente. Pese a que ninguno de los dos lo verbalizaba, por el bien de la relación y la convivencia mutuas, la frustración por saberse imposibilitados para proceder a cualquier acercamiento más allá de lo fraternal estaba haciendo mella en ambos.

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comentarios
  1. Josetxu dice:

    Tienes q leer este libro ” abrir en caso de apocalpsis” de Lewis Dartnell. Es un manual de divulgación científica de como reconstruir la civilización.
    Un saludo
    Josetxu

    • ¡Muchísimas gracias Josetxu! 😀

      Es JUSTO lo que necesitaba para empezar a darle forma a “Al otro lado de la muerte”, y llevaba ya tiempo queriendo encontrar algo así. No te digo más, que acabo de encargarlo en Amazon, y a principios del mes que viene me llega por correo. Ya te contaré.

      ¡Gracias de nuevo! 🙂

      David.

      • Josetxu dice:

        Yo lo estoy leyendo de estrajis digital pero tengo pensado añadirlo a mi biblioteca de supervivencia.
        Un saludo
        Josetxu

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