Archivos para octubre, 2016

3×1065 – Oteo

Publicado: 29/10/2016 en Al otro lado de la vida

1065

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

27 de diciembre de 2008

 

Olga zarandeó con entusiasmo el pequeño peto de bebé que llevaba sujeto con ambas manos, y acto seguido lo colgó en la tensa cuerda con la ayuda de un par de pinzas de madera. Respiró hondo y exhaló el aire lentamente, formando una pequeña nube delante de sí que enseguida se disolvió. Contempló su obra, fascinada; jamás antes en su vida había hecho una colada de semejante envergadura.

El incremento en la población de Bayit había traído consigo tantas ventajas como inconvenientes. Por una parte, disponían de muchas más manos para llevar a cabo todas las tareas que exigía el normal desarrollo el barrio, en especial el cuidado de los bebés, que había sido el fruto de alguna que otra discusión durante la ausencia de quienes habían abandonado el barrio a primeros de mes. En el otro lado de la balanza se encontraba el aumento sustancial de otras muchas tareas, tales como la cocina o la limpieza. No obstante, los turnos que se habían impuesto resultaban bastante eficientes, lo que repercutía positivamente en el buen desarrollo de la convivencia.

Maya ayudó a Olga a bajar de la escalera en la que estaba subida y ambas se reunieron con los demás que se encontraban en el patio cubierto de manzana donde habían tendido la ropa, por miedo a que las inclemencias del tiempo la mojasen, por más que esa mañana lucía un sol espléndido en un cielo apenas mancillado por alguna que otra nube blanca en la lontananza.

CHRISTIAN – Venga, va. Vamos a tirar la basura.

MAYA – ¿Ahora?

Gustavo asintió, ajustándose el carcaj a la espalda. No había abandonado el terreno intramuros desde que llegasen, hacía ya tres días, y tenía curiosidad por conocer los alrededores. El nivel de producción de deshechos había crecido exponencialmente los últimos días, y la cantidad de pañales sucios que había acumulados hacía de tal sugerencia una buena idea.

OLGA – ¿No preferís esperar a que vuelva a llover? Hoy hace muy buen día, no vaya a ser que…

GUSTAVO – Pero si esto está más muerto que tu abuela.

Christian no pudo evitar solar una carcajada, por lo cual se llevó una mirada de reproche de su pareja.

OLGA – ¡Gus! Un respeto.

Ella misma sonrió levemente, y no pudo menos que darle la razón. Desde que comenzase a nevar la madrugada del día de Navidad, ni un solo infectado había osado acercarse al barrio. Coincidencia o no, ello había creado un precedente en la percepción de la seguridad de la isla para los recién llegados. Christian también tenía ganas de dar una vuelta; había andado y desandado cientos de veces la calle larga, hasta acabar aborreciéndola, y estaba convencido que con todo cuanto había nevado los últimos días y el frío que hacía, los infectados no estarían dispuestos a alejarse mucho de sus madrigueras diurnas para cazar.

OLGA – ¿Queréis que avisemos a las chicas?

CHRISTIAN – ¡No! Que van a querer venirse.

OLGA – Sí, claro. De eso se trata.

Maya y Olga cruzaron las miradas. Ambas habían pasado mucho tiempo juntas desde que se conocieron, encontrando en la otra a la potencial amiga que la pandemia les había arrebatado y que el azar les devolvía. Christian se alegaba por ello, porque Ío jamás había ocupado ese lugar, y ahora estaba casi siempre en compañía de Zoe, ahora que la niña pelirroja había vuelto al barrio.

CHRISTIAN – Zoe es muy pesada. Ya sabes cómo se pone. Y… además, como se entere Bárbara que la dejamos salir nos la va a liar. ¿No te acuerdas de lo que pasó la última vez?

Maya puso los ojos en blanco.

OLGA – Bueno… Pero… ir, vaciar el contenedor y volver. Que nos conocemos.

GUSTAVO – Que sí, mujer, que sí.

Los cuatro se dirigieron a la calle corta, echaron mano del contenedor, que estaba prácticamente al límite de su capacidad, y lo arrastraron torpemente por entre la nieve medio derretida en dirección a la puerta del taller. Se despidieron de Fernando, que estaba trabajando en un todo terreno y se ofreció en vano a ayudarles, y abandonaron el barrio saliendo por el patio de la escuela. La obra inacabada en cuyos cimientos echaban los desperdicios estaba muy cerca de la zona amurallada, y apenas tardaron en llegar.

Maya arrugó la nariz. De una alcantarilla cercana venía un característico olor a podredumbre que le recordó al dantesco espectáculo funerario de la plaza frente al Ayuntamiento. No le dio la menor importancia y siguió ayudando a arrastrar el contenedor hacia el portón metálico que ofrecía acceso a la obra inacabada de la que emergía aquella enorme grúa roja con la pluma al viento, que ahora señalaba en dirección a la mansión de Nemesio, donde Abril y Ezequiel tomaban un té en el porche, viendo alimentarse al potrillo, que cada día crecía más.

Tan pronto cerraron tras de sí el portón, asegurando que ningún infectado pudiese colarse, las dos chicas y Christian arrastraron el contenedor hacia la rampa fangosa que llevaba a lo que debiera haber sido el sótano de aparcamiento del enésimo bloque de pisos del barrio. Gustavo aprovechó para escabullirse y se dirigió hacia la base de la grúa. No había subido ni un par de escalones cuando su hermana le llamó la atención.

OLGA – Te estoy viendo, Gus. ¿Se puede saber qué haces?

Gustavo chistó, molesto. Subió un par de escalones más, tanteándola, y se llevó una mano al bolsillo, del que sacó unos prismáticos.

GUSTAVO – Voy a ver qué se ve desde ahí arriba.

OLGA – Deja de hacer el tonto, que te vas a caer.

GUSTAVO – Pero… Si está todo seco. Y esto es muy seguro. Mira.

Gustavo señaló en derredor al cilindro de seguridad que le envolvía, sujetándose tan solo con una mano al peldaño que tenía delante.

OLGA – ¿Qué pretendes ver ahí arriba?

GUSTAVO – No sé… cosas. La isla.

CHRISTIAN – ¡Voy contigo!

Olga exhaló, disgustada.

MAYA – Son como niños.

OLGA – Son niños.

Mientras las dos jóvenes se encargaban de vaciar el contenedor, Christian y Gustavo comenzaron a trepar por la grúa. No les hizo falta llegar siquiera a la mitad para darse cuenta de que no había sido una buena idea. La caída desde ahí arriba era mortal de necesidad, y pese a que ninguno de los dos tenía vértigo, ambos se arrepintieron de su decisión. No obstante, su orgullo púber les obligó a seguir adelante, mostrándose valientes e imperturbables frente a sus acompañantes.

Tan pronto llegaron a lo más alto, Gustavo sacó de nuevo sus prismáticos y comenzó a otear a su alrededor. Las vistas eran inmejorables: desde ahí se veía el majestuoso monte Gibah en todo su esplendor, la línea de la costa de la zona oriental de la isla, gran parte del bosque de coníferas del sur y una panorámica envidiable de la mayor parte de la ciudad.

GUSTAVO – Co… jones.

CHRISTIAN – ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

GUSTAVO – Toma.

Christian tomó los prismáticos y echó un vistazo hacia donde Gustavo le señalaba. Tardó casi medio minuto en verlo. Ambos se aguantaron la mirada, y acto seguido el ex presidiario miró hacia abajo, donde las chicas ya habían llevado el contenedor vacío de vuelta a la verja de entrada y charlaban entre ellas, esperando que se dignasen a bajar.

CHRISTIAN – ¡Chicas, tenéis que ver esto!

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3×1064 – Inmejorable

Publicado: 25/10/2016 en Uncategorized

1064

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de diciembre de 2008

 

 

Pasaron el resto de la mañana encerrados en la pizzería, sentados alrededor de varias mesas estratégicamente situadas junto al escaparate, que les mostraba una bella panorámica de la nieve que se iba acumulando en la calle corta. Al calor de los socorridos radiadores de aceite, todos atendían con entusiasmo a las explicaciones de la niña sorda, agujas y madeja de lana en mano.

Ío al fin parecía haber perdido el pudor de expresarse en voz alta, por más que la mayoría de las explicaciones las daba con comunicación no verbal, gestos e intuitivamente. Lejos quedaban ya los cuchicheos, las risas y las burlas crueles que recibió en su infancia siempre que se armaba de valor y se comunicaba oralmente, y sintió que al fin que se encontraba en un lugar seguro, en la mejor de las compañías que las circunstancias podían ofrecerle. El trauma por el maltrato que había recibido hacía tan poco seguía bien arraigado en su interior, y ahí seguiría mientras viviese, pero durante esa fría mañana de invierno llegó a convencerse que siempre que siguiese a ese lado de la muralla protectora, nada malo podría ocurrirle. El ambiente que se respiraba esa mañana de Navidad era a todas luces inmejorable en cuanto a paz y serenidad, lo que tanto habían ansiado hasta el último de ellos.

Olga apoyó a la joven del pelo plateado en su sueño de instruir a los pupilos ávidos de conocimiento en el bello arte del punto, pues aunque bastante oxidado, ella también tenía cierto conocimiento al respecto. Hubo quienes enseguida le pillaron el truco y se animaron a probar suerte con creaciones más ambiciosas, como gorros e incluso diminutas prendas de ropa para los bebés. Ío había estado practicando mucho las últimas semanas en la soledad de su piso, amparándose en todo cuanto le había enseñado su difunta bisabuela Fernanda y en un par de libros ilustrados que había encontrado por casualidad en uno de los pisos de la calle larga durante sus salidas furtivas a investigar.

Cada cual salió de ahí con alguna que otra pieza acabada o a medio confeccionar. Muchos de ellos la abandonarían en sus respectivas viviendas, sin intención alguna de terminarlas, otros continuarían hasta el final e incluso pedirían ayuda a la joven Ío en dicha empresa, a lo cual ella accedería de muy buen grado, afianzando vínculos y alejándola paulatinamente de la reclusión social que se había auto impuesto durante la ausencia de Zoe y compañía. La pequeña pelirroja se demostró bastante torpe, y pasó varias horas tan solo para conseguir dar forma a una bufanda violeta, su color favorito. El resultado dejaba mucho que desear, era bastante irregular en su confección, con zonas muy prietas y zonas muy holgadas, y acabó obteniendo una forma vagamente parecida a la de un gancho. No obstante, esa sería una de sus piezas de ropa favorita ese frío invierno.

Esa misma tarde Carlos sorprendió a todos con una sorpresa que hizo las delicias de los más pequeños. Aprovechando que el complejo de ocio que había servido como reclamo para la construcción del barrio en el que se encontraban disponía de varias salas de cine, lo preparó todo para deleitarles con una pequeña maratón de cine de animación. Coincidiendo con el turno de Juanjo y Fernando al cargo de los bebés, todos los demás habitantes del barrio tomaron asiento en las butacas de una de las salas del vacío cine, y pasaron la tarde entera atiborrándose de palomitas, gominolas y refrescos, riendo a carcajadas, viendo una película tras otra, comentándolas en voz alta y haciendo piña.

La sensación general era la de que ya estaba todo en su lugar, que la temporada de penurias y dramas que les había acompañado desde el inicio de la pandemia, en la que la mera supervivencia era la primera preocupación cuando despertaban y la última cuando dormían, la noche que lo conseguían, ya era cosa del pasado, y que en adelante todos los días serían iguales. En cierto modo, y aunque ninguno de ellos lo admitiría abiertamente, ni siquiera a ellos mismos, sentían como si les faltase algo, como si echasen en falta la tensión y la adrenalina que llevaba implícita esa etapa de sus vidas que habían dejado atrás.

Pese a todo cuanto habían perdido por el camino, pese a tantos que habían quedado atrás, cundía en el grupo un sabor agridulce en la boca de que había resultado demasiado sencillo. Si ellos, que no destacaban en absoluto por sus cualidades para afrontar tan hercúlea tarea, habían conseguido sobrevivir, cientos si no miles alrededor del mundo lo debían haber hecho de idéntico modo. Lo contrario no tendría el menor sentido. No obstante, todo parecía indicar lo contrario, a juzgar por cuantos lugares desiertos y muertos habían ido encontrando en sus respectivos caminos que habían acabado confluyendo en esas pocas hectáreas de terreno colonizadas al Apocalipsis. De bien seguro debía haber otros muchos núcleos como el de bayit y el islote Éseb, aunque quizá ellos jamás llegasen a averiguarlo, tanto fuera por la distancia que les separaba, como por la actitud abiertamente sedentaria que habían tomado. Tampoco era algo que les preocupase en exceso, siempre y cuando ellos tuvieran un lugar seguro y caliente en el que refugiarse y algo que llevarse a la boca, como era el caso.

En el transcurso de esa inolvidable jornada de risas y conversaciones cruzadas, compañerismo y espíritu de equipo, llegaron incluso a olvidar durante horas seguidas que el mundo al otro lado de esos altos y robustos muros estaba completamente destruido tal cual ellos lo conocieron, que la vida en la Tierra había seguido su curso dejando atrás la amarga etapa en la que el parásito que amenazaba con romper su equilibrio natural había reinado hasta en el lugar más recóndito de la misma.

De lo que no les cupo la menor duda, ahora que ya estaban todos juntos y no tenían mayor objetivo en ciernes que disfrutar del fruto de todo su esfuerzo, era que ese era el punto y aparte de su particular diario de supervivencia. No podían estar más equivocados.

3×1063 – Navidad

Publicado: 22/10/2016 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de diciembre de 2008

 

Carla alzó al pequeño Josete sujetándole por las axilas y el muchacho, desde esa nueva posición ventajosa, aprovechó para colocarle las gafas de sol a aquél enorme muñeco de nieve que llevaban media mañana modelando entre todos. El niño se lo estaba pasando en grande y no paraba de reír a carcajadas. Tenía la nariz y las orejas rojas por el frío y los guantes empapados, pero no parecía importarle lo más mínimo. Las patillas de las gafas se introdujeron en la nieve con un leve crujido y Carla posó de nuevo al muchacho sobre el suelo embarrado de tierra y nieve deshecha.

Ambos dieron un par de pasos atrás, quedando a la altura de los demás artífices del muñeco, y lo observaron en silencio, orgullosos del resultado final. Medía más de metro y medio y estaba ataviado con las mejores galas: una bufanda de cuadros de cachemira, cinco coloridos tapones de tarros de cristal emulando los botones de una camisa inexistente, una sonrisa en forma de media luna moldeada con el asa de una botella de aceitunas, dos ojos hechos con pelotas de tenis pintadas con rotulador permanente, un elegante sombrero de copa y dos largas ramas secas emulando los brazos, con sendos guantes en sus extremos. Sólo le faltaba la nariz, pero Josete se mostró inflexible a ese respecto. Si no podían usar una zanahoria, prefería que no tuviese. En Bayit no había zanahorias.

Se encontraban en el patio de la escuela, donde habían pasado la mayor parte de la mañana. Bárbara y Marion estaban al cargo de los bebés en el centro de día desde hacía más de una hora y Carlos seguía durmiendo, pese a que ya casi era mediodía. Darío y Guillermo estaban sentados en uno de los duros bancos, deleitándose con lo bien que se lo estaban pasando los más jóvenes.

El investigador biomédico no daba crédito a lo que le mostraban sus ojos. Guille estaba jugando con Zoe y con Gustavo en ese momento, y a ojos de un observador externo que no conociese su peculiar condición, bien hubiera pasado por un niño más, quizá uno algo tímido, gozando de la primera nevada del año. Pese a que sabía que no debía ilusionarse, pues el mal que aquejaba a su hijo no tenía cura conocida, sintió revivir el entusiasmo de los primeros días de la pandemia en su compañía, y un pequeño rayo de esperanza embriagó su corazón. Ese barrio era mucho mejor de lo que él pudiese haber soñado jamás, y estar ahí en compañía de su hermana era un sueño hecho realidad.

No cabía duda que la convivencia con todos aquellos chavales le estaba haciendo bien al pequeño Guille, pero al otro lado de la balanza se encontraba la tensión latente que había provocado su presentación en sociedad la jornada anterior. Pese a que todos decidieron ignorarlo, a excepción de Paris, él notaba en los habitantes de Bayit cierto recelo. Por más que lo intentaba, no podía quitárselo de la cabeza. Sólo imaginar que hubiese podido morder a Paris, y por ende infectarle, le hacía poner la piel de gallina, y pese a que sabía que estaban jugando con fuego, prefirió mirar a otro lado. Una vez más.

Darío se metió otra pipa salada en la boca, la abrió con los dientes, y con un ágil movimiento de la lengua atrapó la pipa y escupió la cáscara vacía al suelo, junto a otro montón. A esas alturas ya se había resignado a tratar de revivir el huerto, y la nevada de esa madrugada no hacía más que subrayar que debían esperar a que volviese el buen tiempo. No recordaba un inicio de invierno tan frío en muchos años, aunque bien era cierto que los últimos años de su vida estaban excesivamente borrosos. Su mente divagó de nuevo hacia su querida Palmira, y el viejo pescador emitió un ligero suspiro. Entonces miró a su nieta, con el pelo negro azabache de nuevo, y sonrió. No todo estaba perdido. Aún había lugar para la esperanza.

A ambos les llamó la atención ver cómo todos se congregaban alrededor de Ío, que hacía gestos con su mano amputada para atraer a sus congéneres a su vera. No obstante estaban demasiado lejos para escuchar lo que dijo, con su particular acento de sorda. La enorme mayoría de su público asintió entusiasta, y la joven del pelo plateado caminó en dirección a los portones que comunicaban con el Jardín, que estaban abiertos de par en par. Tal como habían venido, en tromba y dando voces, los nueve fueron abandonando el patio de la escuela, dejando atrás el muñeco de nieve, en el que habían perdido todo interés una vez estuvo acabado. Carla se desvió un poco del grupo y se dirigió a su abuelo. Josete la seguía a corta distancia cual perrito faldero.

DARÍO – ¿Dónde vais todos?

CARLA – Vamos a la pizzería de la calle corta. Ío dice que nos va a enseñar a hacer bufandas y gorros de lana, que lo tiene todo preparado y ha estado practicando para enseñarnos.

DARÍO – Caray, suena divertido.

CARLA – Pues vente.

Darío sonrió y echó un vistazo a Guillermo, que no perdía ojo a Gustavo y a Zoe. Los dos llevaban a Guille cogido cada uno de una mano, siguiendo a Ío. No fue hasta entonces que reparó en que el chaval no llevaba puesta la capucha de la chaqueta.

GUILLERMO – Venga, va.

Ambos se levantaron del banco y se unieron al resto. Darío se quedó el último y cerró los portones con un fuerte estruendo. Entonces cayó en la cuenta que no había visto a un solo infectado acercarse a las vallas de la escuela en todo ese tiempo. El patio de la escuela resultaba mucho más tentador para ellos, puesto que podían verles a través del alambre metálico y ello les ponía frenéticos. No le dio mayor importancia y apuró el paso para unirse al grupo que se dirigía al taller mecánico.

3×1062 – Nieve

Publicado: 18/10/2016 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de diciembre de 2008

 

Dos círculos de vaho se materializaron en el frío cristal frente la nariz de Zoe, uno ligeramente más pequeño que el otro. La niña apartó la palma de ambas manos de la ventana, se dio media vuelta y salió a toda prisa de su dormitorio.

El primer instinto de Bárbara al sentir cómo alguien irrumpía en su cama en plena madrugada dando voces fue el de echar mano de la automática que tenía en el cajón de la mesilla de noche. Al abrir los ojos y descubrir que se trataba de Zoe, su sobresalto inicial se apaciguó considerablemente. Con los ojos entrecerrados miró a la muchacha, que lucía una radiante sonrisa de oreja a oreja.

BÁRBARA – ¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

ZOE – Mira, mira, mira, ven.

Zoe agarró a la profesora de la manga del pijama y la obligó a levantarse, llevándose por delante la sábana y la funda nórdica, cuyo extremo quedó hecho un ovillo en el suelo. La niña tiró de ella hasta la puerta de la terraza y la abrió a toda prisa, dejando entrar una bocanada de aire gélido. La pequeña salió al exterior de un salto, mojándose las zapatillas de andar por casa y corrió con entusiasmo hasta el extremo que comunicaba con el Jardín, esforzándose por no resbalar.

Bárbara la acompañó a regañadientes, no sin antes calzarse sus propias zapatillas. La siguió hasta la barandilla mientras se esforzaba por reprimir un bostezo, aún con los ojos prácticamente cerrados. No fue hasta entonces que reparó en que estaba nevando. Fue la luz de las farolas, alimentadas por la batería de las placas fotovoltaicas que engalanaban su cúspide, al impactar contra los pequeños copos de nieve, la que le desveló el motivo del desmedido entusiasmo de la joven. Últimamente había estado lloviendo bastante y las temperaturas habían ido en franco declive, lo cual hacía que ello resultase incluso previsible. No por eso dejó de sorprenderse, y una tímida sonrisa asomó también de sus labios. Zoe estaba radiante.

BÁRBARA – Pero… ¿Qué hora es? Por el amor de Dios.

ZOE – Las siete y algo de la mañana. Me desperté a hacer pipí, y… vi que estaba nevando. ¡Se me han quitado hasta las ganas!

Faltaba más de una hora para que amaneciera y en el barrio reinaba el más absoluto silencio. Carlos había encendido las luces del improvisado árbol de navidad del Jardín, haciendo un puente a una de las farolas, que destacaba entre el resto por ser la única apagada, y las titilantes luces de colores teñían los copos de nieve que caían cada vez con más insistencia, tiñéndolo todo de blanco sin prisa pero sin pausa.

La profesora bostezó con la boca abierta, estirando los brazos al aire. No hacía ni dos horas que se había acostado, siendo en compañía de Carlos la última persona que abandonó la fiesta de Nochebuena. Detrás sólo quedó atrás Carla, que se encargaría del turno de noche con los bebés, pero incluso ella había caído rendida al sueño para cuando ellos se fueron.

Estuvieron charlando a solas más de dos horas. El instalador de aires acondicionados puso al día a Bárbara de todo cuanto había ocurrido en el barrio durante su ausencia, haciendo especial hincapié en la inesperada vuelta de Fernando, el desmedido cambio de actitud de Paris y la llamativa reacción de Juanjo ante ambos factores. Al parecer, la vida en Bayit desde que ella se fue había sido muy tranquila y serena, llegando incluso a resultar aburrida. Desde que abandonaron las rondas de limpieza, los infectados habían sido el último de sus problemas. Tan solo tuvieron que lidiar con ellos en un par de ocasiones, en sendas partidas al exterior en busca de equipamiento, pero incluso entonces no habían supuesto el menor problema. Cada vez eran menos los que se acercaban al barrio, y los pocos que se atrevían recibían su merecido mucho antes que supusieran la más remota amenaza. No cabía la menor duda que habían tenido un éxito desmedido al amurallar el barrio.

Bárbara también le dedicó el tiempo necesario a explicarle pormenorizadamente todo sobre su viaje boomerang en busca de su familia. Obvió algunas de las partes que involucraban a su hermano y su sobrino, y se mostró bastante esquiva cuando Carlos le preguntó, sin tapujos, qué opinaba de la reacción del pequeño en su primer encuentro con Paris. Pese a que su respuesta resultó más que convincente, alegando que el muchacho estaba demasiado traumatizado por cuanto había presenciado, ella misma se sintió mal por ocultarle la verdad. Carlos y ella habían sido una piña desde que Morgan abandonase el grupo, y sentía que en cierto modo le estaba traicionando. Sin embargo, tenía semejante pánico a la reacción que cualquiera de los habitantes del barrio pudiese tener si descubrían la realidad sobre la identidad de su hermano y la suya propia, que descartó la posibilidad de sincerarse, siquiera con Carlos, en quien confiaba ciegamente.

ZOE – ¡Voy a avisar a los demás!

Bárbara levantó una mano, tratando en vano de calmarla y hacerla entrar en razón.

BÁRBARA – Zoe…

Era demasiado pronto para despertar a nadie, y más después de las altas horas a las que la mayoría de ellos se habían acostado. Pero la niña ya había desaparecido y seguía gritando de alegría, alertando primero a Guillermo e hijo, para luego salir del ático y comenzar a dar voces por la escalera, golpeando puerta tras puerta en su descenso hacia la calle. Al fin y al cabo, era la primera vez que veía nevar en su vida. Había visitado los Pirineos nevados en un par de ocasiones en compañía de sus padres, pero las dos veces lucía un sol espléndido en un cielo azul sin mácula.

En cuestión de diez minutos, hubo congregadas más de diez personas en el Jardín, todas ataviadas con ropa de invierno: botas, guantes, bufandas e incluso algún que otro gorro. La nevada se había intensificado, y el inicio de la batalla de bolas de nieve coincidió con el momento en el que amanecía.

1061

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

BÁRBARA – ¡Y sobre campana una!

DARÍO – ¡Asómate a la ventana!

CHRISTIAN – ¡Verás al niño en la cuna!

Zoe rasgaba con un cuchillo de untar una botella de Anís del mono y Gustavo hacía sonar una zambomba con una habilidad inusitada. Juanjo puso los ojos en blanco, mientras los demás seguían cantando villancicos a voz en grito, entre carcajadas. No hacía más que preguntarse por qué se había dejado enredar para acompañarles. La culpa era de Bárbara y Zoe, que fueron a buscarle a su nueva vivienda poco antes de caer el sol. La niña resultó tan insistente que al final tuvo que acceder, aunque sólo fuese por conseguir que dejase de suplicarle.

Se encontraban en el centro de día, a una distancia prudencial de la sala donde descansaban los bebés para que éstos no se despertasen con el ruido. Después de pasar más de media tarde preparando la opípara cena, de la que había sobrado literalmente más de la mitad, se habían reunido todos al ocaso y llevaban desde entonces celebrando la llegada de la Navidad y la buena fortuna que les acompañaba. Tanto en la sala donde descansaban los bebés como en esa misma habían instalado varios radiadores de aceite que calentaban el ambiente. De fondo se escuchaba el zumbido lejano del generador portátil. Esa era una noche especialmente fría, con temperaturas varios grados bajo cero.

En esos momentos todos estaban ya empachados con la cena. Sobre las tres mesas contiguas que habían instalado para dar cabida a semejante cantidad de gente había distribuido un surtido navideño de primer orden, con turrones, polvorones, almendras garrapiñadas, barquillos, bolitas de cacahuete recubiertas de chocolate y algún que otro licor. Un cubo de rubik resuelto destacaba entre la comida en medio de la mesa de los niños. Aprovechando que el presente villancico había llegado a su fin Bárbara se acercó a la radio y la paró, lo cual le reportó algún que otro abucheo entre risas. Estaban todos de muy buen humor. Incluso Paris, que había tomado asiento en el extremo opuesto de la mesa a Guillermo, con Fernando a su vera, y se estaba esforzando por dejar a un lado la mala experiencia que había vivido horas atrás.

BÁRBARA – ¡Eh! Bajad un poco el tono. Prestadme atención un segundo, por favor.

Las bromas y las risas se fueron apaciguando, y casi medio minuto más tarde, la profesora consiguió el nivel de silencio requerido. Resultaba abrumador ver a tanta gente reunida, a sabiendas de lo que había ocurrido alrededor del globo. Era muy fácil abstraerse de todo, e imaginar que esa era una fiesta entre amigos en un mundo en el que la pandemia no era más que un cuento inverosímil.

BÁRBARA – No… No quiero cortar el rollo a nadie. Pero… hay una cosa que tenemos que hablar, y… vale más que no lo demoremos. Prefiero aprovechar ahora que estamos todos juntos…

Carlos asintió. Había estado conversando con ella esa misma tarde, mientras preparaban la cena, y creía saber muy bien lo que vendría a continuación.

BÁRBARA – Bueno… ya… no es ningún secreto. Todos sabéis que mientras íbamos a buscar a… a nuestros nuevos compañeros…

La profesora señaló al extremo de la mesa donde estaban su hermano, su sobrino, Olga y Gustavo.

BÁRBARA – … nos encontramos con… otro grupo de supervivientes. En un islote. Bueno… Todos… Más o menos ya sabéis de qué va la historia, y si no… podéis preguntarnos lo que queráis. Lo que…

Bárbara tragó saliva. Estaba bastante nerviosa, aunque sabía que no había razón para ello.

BÁRBARA – Hasta el momento, todo lo que hemos… A ver… ¿Cómo lo diría? Nos ha costado mucho llegar a construir todo esto que ahora tenemos, y… ha sido gracias al esfuerzo de todos nosotros que…

CARLA – ¡Al grano!

BÁRBARA – Tienes razón. Me estoy yendo por las ramas.

La profesora se rascó el cuero cabelludo y se sorprendió por cuánto le había crecido el pelo desde que Marion se lo cortó.

BÁRBARA – Lo que quería preguntaros, para… que podamos decidir entre todos qué hacer es… A ver… ese islote es seguro, y… tiene de todo. El problema es que hay mucha gente. Y cuando digo mucha, me quedo corta. Verdad sea dicha, son muchas manos para trabajar, muchas manos más para defenderse, pero… también muchas más bocas que alimentar. Aquí… tenemos comida y agua de sobra, somos… cuatro gatos, y… el barrio es seguro, ¿qué duda cabe? Pero… la isla está perdida. Y… ni todas las rondas de limpieza que pudiéramos imaginar van a cambiar eso. Es demasiado grande. Por más infectados que matemos, siempre quedará algún otro por ahí perdido, que nos puede buscar la ruina. Mi propuesta es que… hagamos una votación, a mano alzada.

La profesora respiró hondo. Había llegado el momento de la verdad.

BÁRBARA – A ver… Que levante la mano quien… quien prefiera abandonar Nefesh e ir con ellos al islote.

Bárbara frunció ligeramente el entrecejo al comprobar que no se levantaba ni una sola mano. Había imaginado un coloquio interminable con posiciones encontradas e irreconciliables que hiciese de la convivencia en Nefesh un infierno, y acabase irremediablemente en la escisión del grupo entre los que decidiesen quedarse en la isla y quienes se llevarían el barco en busca de un mejor porvenir con Samuel y compañía. Erró en su pronóstico.

BÁRBARA – Voy a… Voy a reformular la pregunta. ¿Quién prefiere quedarse en Nefesh?

La respuesta fue abrumadora. Todos y cada uno de los presentes levantaron la mano al unísono. Todos a excepción de Guille y del pequeño Josete, que no se había separado de la vera de Carla desde que se reencontraron. Consciente de que ahí empezaba y acababa la discusión, Bárbara alzó su propia mano, y de nuevo reinaron en la estancia las conversaciones cruzadas. La profesora se giró sorprendida al escuchar el inicio de un nuevo villancico. Carlos había vuelto a encender la radio y comenzó a cantar, desafinando a placer, resultando la risión para los más pequeños. Eso lo zanjaba todo.

Bárbara se sintió algo incómoda por lo rápido que se había solucionado, con un mal presentimiento en el cuerpo, como si dicha pregunta fuese un tabú y la voluntad general fuese la de dejarse llevar, sin buscarse más problemas, aunque la idea de ir a un lugar libre de infección tuviese mucho más sentido de lo que la votación había dado a entender. Al ocupar de nuevo su asiento Guillermo le llamó la atención, posando la mano en su hombro.

GUILLERMO – Barbie, me voy a ir ya. Guille apenas ha dormido nada en todo el día y está que se cae de sueño.

La profesora asintió. Padre e hijo abandonaron la estancia. Paris les siguió con la mirada y Bárbara suspiró. Pronto se había sumado al resto, y cantaba alegremente Hacia Belén va una burra, inventándose las partes de la letra que no conocía.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

ZOE – Mira. Ésta que tiene más pelo se llama Beatriz. Ella…

La niña hizo una leve pausa, tragó saliva y continuó con su particular monólogo.

ZOE – … es Paola. Éste Eusebio. Y esta pequeñita… es Fernanda.

El mecánico asentía a cada nuevo nombre que recitaba Zoe, consciente de que no sería capaz de recordar ni la mitad un minuto más tarde. No obstante, le llamó especialmente la atención el último, pese a que estaba errado en su razonamiento. Había cuidado de los bebés más veces de las que era capaz de recordar desde que volvió al barrio, pero desconocía sus nombres.

Zoe apenas se había separado de él desde que descubrió que seguía con vida y estaba muy excitada, poniéndole al día sobre todo cuanto le había ocurrido y acribillándole a preguntas. No paraba de hablar y de revolotear de un lado a otro. Ahora era el turno de Fernando y de Ío en el centro de día, y Zoe se había unido a ellos mientras Bárbara y Christian se encargaban de acomodar a los recién llegados al barrio en las que serían sus nuevas viviendas de ahí en adelante. La niña estaba que no cabía en sí de gozo; venía de visitar a los pollitos que habían nacido en la granja improvisada que cuidaban en el extremo más occidental de la calle larga, y ahora estaba pasándoselo en grande en compañía de Fernando y de su mejor amiga. No se arrepentía en absoluto de haber decidido ir con Bárbara, pero ahora se sentía realmente en casa.

FERNANDO – Pero… me dijo Carlos que no sabíais cómo se llamaban cuando los encontraron. Que la persona que cuidaba de ellos… murió.

La niña arrugó la frente. Fue ella quien propuso rebautizarlos, y la única que recordaba el nombre de todos y cada uno de ellos.

ZOE – Sí, es verdad. Pero les volvimos a dar nombres. ¡No pueden estar sin nombre! Vale más así.

El mecánico asintió, divertido ante la seguridad y la contundencia con la que hablaba la pequeña.

ZOE – ¿Quieres que te enseñe a cambiarle el pañal?

FERNANDO – No será necesario. He tenido una buena maestra. Me enseñó ella.

Fernando señaló a Ío con la cabeza, que estaba acunando a uno de los bebés para calmar su llanto. Pese a que era la única que no les oía llorar, era de las que mejor mano tenía para hacerles callar. No se dio por aludida, ya que no les estaba mirando en ese momento. Zoe miró de nuevo a Fernando.

FERNANDO – Pero me puedes ayudar, si quieres.

La niña de la cinta violeta en la muñeca sonrió y abrazó a Fernando, que enseguida se infectó de su buen humor y le acarició la espalda. La niña le dio un beso en la barbuda mejilla, y ambos se pusieron a cambiarle el pañal a uno de los bebés. Pese a que era hija única, Zoe estaba demostrando ser la mejor hermana que esos pequeños podían soñar.

Minutos más tarde se les unieron Christian, Maya, Olga y Gustavo. Los dos hermanos aún no habían visitado el centro de día y se sintieron abrumados ante tal cantidad de bebés, incapaces de comprender cómo habían conseguido seguir con vida tras la pandemia, cuando hasta el último de sus padres había perecido a manos de la infección. Les pareció al mismo tiempo inverosímil y maravilloso.

Con tantas conversaciones cruzadas y tanto revuelo los bebés se pusieron nerviosos y comenzaron a dar más guerra de lo habitual. Fernando insistió a los demás que él e Ío ya lo tenían más que controlado, y que serían más útiles enseñándoles el resto del barrio a los recién llegados. Zoe se mostró algo escéptica, pero enseguida comenzó a charlar con Gustavo y se unió al grupo, que volvió al Jardín justo a tiempo de ver volver a Carlos y a Darío. Ver el barrio tan lleno de gente le hacía sentir especialmente bien.

La voz de Bárbara desde su ático llamó la atención de todos los presentes. Guillermo estaba con Guille, en una de las habitaciones que tenía las persianas bajadas. El niño estaba adormilado, y no tardaría mucho en dormirse. Estaba psicológicamente agotado.

BÁRBARA – La virgen… ¡qué frío! ¡¿Oye, y el barco?!

Carlos se acercó a la persiana abierta del taller para poder hablar con la profesora. Había vuelto sano y salvo con Darío, en el mismo vehículo en el que ambos habían abandonado el barrio hacía un par de horas. Pero no había rastro de Nueva Esperanza. No obstante, ambos parecían lo suficientemente tranquilos y seguros de sí mismos para no preocuparse.

CARLOS – No lo hemos traído.

BÁRBARA – No. Ya. Eso ya… lo veo. ¿Habéis tenido problemas por el camino, o algo?

CARLOS – No… Sólo que… Darío pensó que sería mejor no traerlo.

BÁRBARA – Darío. ¿Precisamente tú?

DARÍO – Lo hemos devuelto al lugar del que lo sacamos.

Bárbara frunció el entrecejo, sorprendida por tal aseveración. Ella había dado por hecho que lo ocultarían en el gimnasio de la escuela. Al menos eso era lo que habían acordado durante el viaje de vuelta.

BÁRBARA – ¿Y eso?

DARÍO – Estuvimos charlando y… Mira. Dios no lo quiera… pero si tenemos cualquier problema en el barrio y… tenemos que… irnos, y… necesitamos echar mano de él… ¿No es más sensato que lo tengamos localizado pero en… otro sitio? Como un plan B.

La profesora se rascó la barbilla, reflexionando.

BÁRBARA – No sé… ¿Está bien… escondido?

CARLOS – Exactamente igual que lo encontramos. Y la puerta cerrada a conciencia. Nadie tiene por qué acercarse ahí.

BÁRBARA – Bueno… supongo que tampoco es mala idea. Nosotros lo encontramos por pura casualidad.

DARÍO – Pues eso.

BÁRBARA – Bueno está… Vamos a… Voy a bajar. Venid todos al restaurante. ¡Tenemos que preparar la cena!

CARLOS – ¿Qué cena? Si es prontísimo.

BÁRBARA – ¿Cómo que qué cena? ¡Hoy es nochebuena!

Carlos sonrió e hizo un gesto a cuantos había congregados en el Jardín, que habían estado escuchando la conversación con atención. Tenían mucho trabajo por delante, y él disponía de un disco con villancicos que sin duda haría que le odiasen durante días.

1059

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

BÁRBARA – Adiós.

OLGA – ¡Hasta luego!

Olga y Gustavo vieron desaparecer a los tres últimos supervivientes de la familia Vidal, subiendo escaleras arriba. Ambos hermanos habían acordado que compartirían el piso en el que Bárbara y Zoe vivían desde que se mudaron al barrio. A la niña no le importó en absoluto, al contrario. Apenas lo utilizaban para poco más que pasar la noche y hacer uso de la radio, e incluso eso menguaría su asiduidad, ahora que Samuel estaba incomunicado en aquél pequeño islote. Dicho piso aún tenía dos habitaciones libres; una más de la que necesitarían, habida cuenta que el niño dormiría en la misma que su padre.

Carlos y Darío hacía cerca de media hora que habían partido en busca de Nueva Esperanza. Al final, la insistencia del viejo pescador venció a Carlos, y ambos abandonaron el barrio con dicho propósito. Pese a la insistencia de Christian, Carla y Bárbara por echarles una mano, acabaron yendo ellos dos solos. Para cuanto necesitaban hacer, insistieron en que cuatro manos eran más que suficientes.

Zoe e Ío se habían ido juntas al centro de día, donde en compañía de Fernando atenderían a los bebés, amén de ponerse al día sobre las que habían sido sus vidas en ausencia de la otra. No habían vuelto a ver a Paris desde el desagradable incidente con el pequeño Guille, y nadie había hecho mayor comentario al respecto, al menos no en presencia de ninguno de los dos hermanos.

CHRISTIAN – Es por aquí.

Olga y Gustavo asintieron y siguieron a Christian y a Maya al interior del piso que el ex presidiario había ocupado hasta que se mudó con su pareja, hacía bien poco. Era el único piso libre que quedaba en el bloque azul, y ambos acordaron que ofrecérselo a ellos sería lo correcto, más después de lo bien que Bárbara y Zoe les habían hablado de ellos. Apenas habían conversado, y ya estaban convencidos que harían buenas migas con ellos. Por más que la pandemia hubiese acabado con la práctica totalidad de la raza humana, ellos jamás dejarían de sorprenderse de lo agradable que resultaba descubrir nuevos supervivientes con ganas de construir y de aportar al grupo. Sobre todo en épocas de bonanza.

CHRISTIAN – Aquí es donde vivía yo antes. Es… es un buen piso. Tiene tres habitaciones y… vistas al Jardín.

Gustavo asintió, y sin pedir permiso a nadie, se metió en el dormitorio principal, ignorante de que había otro de tamaño prácticamente igual y una cama de idéntico tamaño, pero con mejor iluminación natural al otro extremo del piso. Dejó su mochila en el suelo y el arco y el carcaj lleno de flechas sobre la cama. Christian se había molestado en limpiar todo a fondo y dejarlo en las mejores condiciones posibles de cara a sus nuevos huéspedes, con la eventual ayuda de Maya. Disponer de más gente que rondase su edad le hacía sentir bien, deseoso de compartir largas conversaciones y descubrir nuevas facetas de la pandemia que les pudiesen ayudar el día de mañana.

OLGA – Muchísimas gracias por ofrecérnoslo. Es mucho más de lo que podríamos esperar. Es… genial.

MAYA – Tonterías. El barrio está lleno de pisos vacíos. Hay más de doscientos pisos en toda la zona intramuros. Podríais haber escogido el que quisierais. Bueno… ahí están, todos vacíos.

OLGA – No, no. Éste está mejor que bien, y así… estamos todos juntos.

Christian asintió, con una sonrisa sincera en el rostro. Olga colocó su mochila sobre la mesa del comedor y se dirigió hacia el balcón, desde el que se veía con toda claridad el engalanado álamo. Por más que era consciente del paso del tiempo, y del hecho que ya debía faltar poco para que ese fatídico año diese paso al siguiente, se había sorprendido bastante al ver aquél detalle navideño. Gustavo, que había estado fisgoneando hasta la última habitación del piso, volvió con el resto. Christian llamó la atención a ambos, y los cuatro se congregaron en el salón.

CHRISTIAN – ¿Queréis que os enseñemos el resto del barrio?

GUSTAVO – ¡Claro!

Los cuatro bajaron de nuevo las escaleras, y Christian y Maya les hicieron un pequeño tour por los principales puntos de interés del barrio. Eran tantos los metros cuadrados que contenía la zona amurallada, que tuvieron que escoger tan solo las localizaciones más emblemáticas. Puesto que ya habían tenido ocasión de visitar el recinto de la escuela, el Jardín y la calle corta, el primer lugar al que les llevaron fue al centro de ocio. Hacía ya algún tiempo que habían abandonado la costumbre de visitarlo para echarse algunas partidas, a la luz de los focos alimentados por el generador portátil, pero tan solo viendo el desmedido entusiasmo de Gustavo al visitar cada una de las salas, concluyeron que en adelante se volvería a convertir en un lugar de visita recurrente.

Les llevaron a los restaurantes donde en ocasiones comían, a los locales comerciales que más visitaban, y tras agotar las principales atracciones de la primera corona de seguridad, se dirigieron a la calle larga. Los dos hermanos se quedaron boquiabiertos al ver semejante barbaridad de terreno colonizado a la infección. Pese a que tanto Christian como Maya les repitieron en más de una ocasión que el lugar era seguro, y que los infectados no podrían acceder ahí, ninguno de los dos se sintió del todo tranquilo hasta que no vieron, al final de cada una de las calles perpendiculares a la principal espina de aquél particular esqueleto de pez un alto muro, indiscutiblemente infranqueable tanto para quienes quisieran entrar como para quienes pretendieran salir.

Al llegar al extremo derecho de la calle larga se cruzaron con Juanjo, que estaba barriendo las hojas secas del pedazo de calle que había delante de la que se había convertido en su nueva vivienda. Christian y Maya llevaron a los hermanos hacia ahí, para hacer las presentaciones oportunas. Juanjo se mostró frío, y ni siquiera se molestó en soltar aquella enorme escoba.

JUANJO – Encantado.

Sin mayor solución de continuidad, el banquero hizo un sutil gesto agachando la cabeza y siguió con sus quehaceres, arrastrando las hojas secas al extremo opuesto de la calle, sin prestar más atención a los recién llegados. Olga y Gustavo cruzaron sus miradas, contrariados, y se dirigieron a Christian.

CHRISTIAN – Este tío es un poco… raro. No… No le hagáis demasiado caso. Últimamente está en plan… independiente, no quiere saber nada de nadie, y… apenas le vemos el pelo. No… No le deis importancia. Es inofensivo.

Habida cuenta que enseñarles toda la calle larga les podría llevar horas, el siguiente destino fue uno de los puntos neurálgicos de todo el barrio, el lugar donde sin duda más tiempo habían pasado todos y cada uno de sus integrantes, a excepción de Paris: el centro de día.

1058

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

FERNANDO – ¿Y lo has arrancado tú sola?

BÁRBARA – ¿Es que acaso lo dudabas?

Fernando esbozó una sonrisa, orgulloso al ver los frutos de cuánto le había enseñado a Bárbara. Entre los dos cerraron el portón de la escuela, lo que hizo que el mecánico se sintiese mucho más tranquilo.

FERNANDO – Ahora sólo me falta enseñarte a abrir las puertas sin destrozar la ventanilla y ya estarás hecha toda una delincuente.

Bárbara echó un vistazo a la ventanilla hecha añicos, burdamente oculta tras unos cartones adheridos con cinta americana.

BÁRBARA – Bueno… y a conducir. Es uno de mis propósitos de año nuevo.

Ambos rieron de nuevo. El mecánico tomó buena nota de ello. No era la primera vez que lo ponían en común. Zoe seguía revoloteando alrededor de ambos y no paraba de hacerle preguntas a Fernando. Pese a que ya había pasado por eso con anterioridad, el mecánico volvía a sentirse abrumado por esa cariñosa bienvenida, tiznada de sorpresa e incredulidad. Daba la impresión que en adelante, ahora que ya estaban todos juntos, nada pudiera salir mal.

Guillermo salió del vehículo y caminó hacia la puerta del copiloto, la abrió e hizo salir al pequeño Guille, sujetándolo de la mano. El niño había vuelto a colocarse la capucha de su sudadera, ocultando de ese modo su rostro. Se encontraba en un lugar que le era extraño, y estaba algo nervioso. Su padre, que era quien mejor conocía su nueva condición, se esforzó por mantenerlo al margen y ofrecerle palabras de aliento, para evitar problemas. Bárbara se acercó a ambos, trayéndose consigo a Fernando. Ya le había presentado a los dos hermanos y a abuelo y nieta.

BÁRBARA – Éste es mi hermano, Guillermo.

FERNANDO – Encantado.

Fernando y Guillermo estrecharon con fuerza sus manos.

BÁRBARA – Y éste de aquí es mi sobrino. Guille. Es… un poco tímido.

FERNANDO – Hola chaval.

El mecánico se agachó un poco, para estar a la altura del niño, pero éste hundió la cabeza entre los hombros y se aferró a su padre, girándole la cara. Guillermo hizo un gesto con el rostro, disculpándose, al que Fernando respondió con un movimiento de la mano, restándole toda importancia.

Tras recoger las pocas pertenencias que habían traído consigo, mientras Darío no paraba de farfullar sobre la necesidad de esconder el barco cuanto antes, abandonaron el patio de la escuela y accedieron al Jardín. La cara de estupefacción de Maya al verles sorprendió a Bárbara tanto como descubrir en la chica tan acusadas raíces castañas en su pelo teñido de pelirrojo. La profesora reflexionó sobre cuánto tiempo había pasado desde que abandonaran Nefesh, pero fue incapaz de encontrar una respuesta. El abrazo se prolongó varios segundos, y Zoe fue su siguiente víctima. Acto seguido dio la voz de alarma, gritando a pleno pulmón, para alertar a los demás de la ansiada vuelta de quienes tanto tiempo llevaban esperando.

Carlos y Marion se asomaron a la ventana del piso que compartían, y el instalador de aires acondicionados les dio la bienvenida a voz en grito, justo antes de dirigirse a las escaleras para reunirse con ellos. En un abrir y cerrar de ojos, se habían congregado en el Jardín más de quince personas. La sensación de comunidad, de que después de tanto esfuerzo Bayit se había convertido en esa tierra prometida que durante tanto tiempo habían soñado, se iba haciendo cada vez más patente entre los presentes.

Josete abrazó a Carla tan pronto se encontraron, y comenzó a llorar a moco tendido. La veinteañera le estrecho con fuerza, susurrándole al oído palabras de aliento, y no pudo evitar soltar alguna que otra lágrima. Zoe e Ío también lloraron de alegría al reencontrarse. Darío no hacía más que instar a Carlos a ir en busca del barco, pero éste le daba largas. Incluso dejó de lado el enfado por el estado tan lamentable en el que se encontraba todo el plantío, más que abandonado tras su ausencia. La posibilidad de que aún quedase algún otro superviviente en la isla era real y tangible, por más que ellos no se habían cruzado con nadie más en los más de dos meses que llevaban ahí viviendo. No obstante, Carlos estaba convencido que aunque así fuera, el barco no debía correr peligro por estar ahí veinte minutos más. Era mucho lo que aún tenían que poner en común. Bárbara se sorprendió al constatar que nadie echó en falta a Samuel. Ni una sola persona hizo la más mínima mención sobre su ausencia, ni se preocupó por su destino.

CARLOS – Joder, ¿y por qué no habéis llamado?

BÁRBARA – Es que… estábamos demasiado lejos, y no llegaba la señal.

CARLOS – No tendríais que haber sido tan temerarios. Podríais haber vuelto hasta aquí donde los acantilados, con el barco. La costa está aquí al lado, y desde ahí seguro que habría llegado la cobertura. Os podríamos haber ido a buscar.

MARION – Bueno, eso ya no importa, ¿no? Han llegado sanos y salvos, que es lo importante.

Carlos respiró hondo y al final se dio por vencido. Durante todo el tiempo que estuvo esperando que volvieran había tenido ocasión de reflexionar mucho sobre las decisiones que habían tomado desde que el grupo empezó a tomar forma, y su conclusión había sido muy desagradable. Si seguían con vida, no era tanto por lo hábiles que se hubieran demostrado luchando contra el enemigo, sino por mero azar. Buena cuenta de ello podían darla quienes se habían quedado por el camino. No obstante, él tenía la firme convicción de no volver a cometer los errores del pasado. Ahora ya tenían todo cuanto necesitaban para sobrevivir sin tener que volver a dar cuenta de los infectados, y él no estaba dispuesto a echarlo a perder. No había rastro de Juanjo.

Paris fue uno de los últimos en acercarse a fisgonear ante tal revuelo en el Jardín. Venía de muy buen humor, y Bárbara se quedó de piedra cuando le plantó dos sonoros besos, uno por mejilla, como si fueran amigos de toda la vida. Fue presentándole uno a uno a todos los que serían los nuevos habitantes del barrio amurallado y dejó a su hermano y a su sobrino para el final. El dinamitero dio la bienvenida al investigador biomédico, que se llevó muy buena impresión de él, más después de cuánto le había prevenido Bárbara sobre su persona. La profesora le presentó a su sobrino, excusando su actitud esquiva y tímida del mismo modo que lo había hecho con Fernando hacía unos minutos. Desgraciadamente, Paris no reaccionó de igual modo que lo había hecho el mecánico.

El dinamitero se acercó a Guille, que seguía escudado en su padre. Bárbara se puso en tensión.

PARIS – Qué pasa, chaval, ¿te ha comido la lengua el gato?

Paris le dio una palmadita amistosa en el hombro, tratando tan solo de hacerle reaccionar y que le devolviera el saludo que acababa de negarle explícitamente. Todas las conversaciones cruzadas que cesaron al instante cuando Guille gritó a pleno pulmón al sentirse agredido, intimidado además por la corpulencia y el tono de voz del dinamitero. En una reacción que cogió por sorpresa incluso a su propio padre, Guille trató de pegar un mordisco a la mano de Paris, que consiguió apartarla en el último instante, al tiempo que montaba en cólera.

PARIS – ¿¡Pero qué cojones le pasa a este crío!?

Guille se puso a gemir y a llorar escandalosamente, mientras todos le miraban. Guillermo quiso que se lo tragara la tierra, y se lo llevó a un lado, apartándolo del dinamitero. Bárbara se colocó entremedias, protegiendo así a su sobrino, sintiendo cómo le temblaban las piernas.

BÁRBARA – Discúlpale, en serio, Paris. Está asustado con tantos cambios, y… se ha debido de poner nervioso… No le…

PARIS – Pues que vaya a morder a su puta madre. Me cago en Dios.

Carlos se alejó de Darío, con el que estaba hablando hasta el momento, y se acercó, tenso al ver la expresión facial de Paris.

CARLOS – Tengamos la fiesta en paz.

PARIS – ¿Pero tú has visto lo que ha hecho el puto crío?

Guillermo dejó de atender por un instante a su hijo y obsequió a Paris con una mirada de odio. Fernando y Bárbara se miraron mutuamente. El mecánico se mordió el labio inferior. Paris les mandó a todos a la mierda y se fue por donde había venido, mientras en el Jardín cundía el silencio sólo roto por los gimoteos del pequeño Guille.

3×1057 – Todos

Publicado: 01/10/2016 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

Fernando disparó por tercera vez consecutiva y la bala impactó de nuevo en el pecho del infectado, que al fin cayó abatido de espaldas al suelo, al tiempo que emitía un gruñido iracundo. No obstante seguía con vida, y no tardaría en incorporarse. El mecánico sabía a ciencia cierta que sólo un disparo en el corazón o en la cabeza acabarían con él, y trató de concentrarse. Tragó saliva, apuntó de nuevo y disparó justo antes que aquél pobre infeliz consiguiera tenerse en pie. En esta ocasión la bala hizo diana en mitad de su frente y el infectado volvió a caer a plomo al suelo. No volvería  levantarse jamás.

Pese a que sabía que no se había tratado de puntería sino de suerte, Fernando se sintió pletórico. Hacía varios días que no tenía ocasión de practicar con el rifle, tan pobre era la afluencia de infectados a la zona, y por primera vez en mucho tiempo vio renacer en él esa sensación de satisfacción al creerse superior a aquellas bestias que habían arrasado con todo a su paso, ese sentimiento de superioridad al saberse uno de los pocos elegidos que habían sobrevivido a su pertinaz yugo. Aunque en su caso, eso no era estrictamente cierto.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Pese a que iba escrupulosamente abrigado, incluso con el pasamontañas y aquél grueso gorro beige de lana, y relativamente protegido por el antepecho de hormigón del baluarte, estaba helado. Hacía bastante viento. Echó un vistazo al cielo y concluyó que se pondría a llover de un momento a otro, lo cual se había convertido en una tediosa rutina los últimos días. El invierno parecía haber llegado a Nefesh para quedarse.

Los minutos pasaban, pero todo seguía en calma. Como era debido. Se fijó de nuevo en el árbol que se habían pasado media tarde engalanando el día anterior, sintiendo un arrebato de orgullo. Se trataba de un álamo, lo más parecido a un abeto que había en el Jardín. El más alto de cuantos había en dicha parcela de terreno. Tenía espumillón de todos los colores enrollado en espiral, bolas, cintas, y figuras de todos los tamaños y colores colgadas por doquier y una enorme estrella que brillaba orgullosa en el extremo más alto. Sonrió al recordar cuánto les había costado a Carlos y a Paris colocarla ahí encima, y cuánto se había enfadado el dinamitero cuando se cayó. Tal y como estaba ahora aferrada, antes se caería el árbol entero que aquella bella figura de aluminio.

Miró hacia la calle de nuevo, en busca de algún otro infectado errante, deseoso de poder seguir haciendo prácticas de tiro. Todo seguía desierto a su alrededor. Apartó la chaqueta de su muñeca y observó el reloj que se había agenciado hacía poco más de una semana. Aún faltaba una hora para que llegase su turno al cargo de los bebés, en compañía de la joven Ío. Estrió ambos brazos al aire, entrelazando sus dedos enguantados y oyéndoles restallar, y fue entonces cuando reparó en aquél pequeño punto que se acercaba a Bayit desde la carretera.

Fernando frunció el ceño y comprobó que su arma estuviese a punto. Lo estaba. La sujetó con la mano derecha, dispuesto a hacer uso de ella al primer paso en falso. Escudriñó la figura, en la que pronto distinguió a un viejo Ford Sierra de color rojo. Por un instante llegó a convencerse que se trataba de alguno de sus antiguos compañeros de prisión, pero enseguida desechó esa posibilidad. Él mismo les había visto subir a todos a aquél barco que voló por los aires. Nadie que estuviese a bordo podría haber sobrevivido. El vehículo paró a escasos metros del baluarte y la puerta del copiloto se abrió a toda prisa, para cerrarse de nuevo acto seguido una vez su ocupante ya se encontraba fuera: era Bárbara.

Ambos se aguantaron la mirada durante unos segundos. Fernando la saludó amistosamente agitando su mano izquierda, curioso por su actitud, al tiempo que bajaba el arma.

BÁRBARA – ¿Ca… Carlos?

Fue entonces cuando se dio cuenta que no le había reconocido. Además del hecho que tenía prácticamente la totalidad de su cuerpo oculta bajo la ropa, incluida la cara, ella le daba por muerto. Concluyó que sería divertido seguirle el juego un poco más, y negó con la cabeza, sin mediar palabra.

BÁRBARA – ¿Chris?

El mecánico negó de nuevo, mostrándose inexpresivo.

BÁRBARA – Paris no eres.

Fernando rió ante tal ocurrencia, lo cual sorprendió y relajó a Bárbara a partes iguales. Paris jamás podría haber subido la cremallera de esa chaqueta, con semejante panza.

BÁRBARA – ¿Te conozco?

El mecánico agitó la cabeza arriba y abajo, al tiempo que un halo de vapor se materializaba frente a su boca. Se estaba divirtiendo bastante más que la profesora. Entonces reparó en que sus demás acompañantes estaban abandonando el coche. Todos a excepción de un hombre de unos cincuenta años y un chaval de unos diez, que parecía dormido. De las cinco personas que le observaban, él sólo reconoció a una: la pequeña Zoe. Sus ojos se iluminaron al ver de nuevo a aquella ocurrente niña. Ella tampoco le había reconocido.

BÁRBARA – Me rindo.

Consciente de que estaba poniéndoles nerviosos y de que una broma inocente podía tornarse en una tragedia, a sabiendas que ellos también estaban armados, Fernando procedió a quitarse el gorro de lana, con aquél llamativo pompón blanco. Seguidamente agarró el pasamontañas por debajo y lo levantó con lentitud, dejando a la vista su rostro ajado por el accidente que acabó con su vida. Pese a lo cambiado que estaba, con su barba entrecana, la ausencia de sus gafas y todo el peso que había perdido, ambas le reconocieron al instante. El grito de alegría de Zoe le hizo dar un respingo.

ZOE – ¡Fernando!

FERNANDO – Zoe, cariño. ¡Me alegro mucho de verte!

Zoe no daba crédito a lo que estaba viendo, y se puso a gritar y a dar saltitos de alegría. Dos de las jóvenes que la acompañaban cruzaron sus miradas. El hombre mayor frunció ligeramente el ceño, curioso pero tranquilo al ver la actitud de la pequeña. El chaval se rascó la cabeza. Bárbara le observaba con atención, con una expresión de incomprensión en el rostro, como si cuanto veía formase parte de una broma, sin acabar de darle el crédito que sin duda merecía.

FERNANDO – ¿Ya no te acuerdas de mí?

La profesora se quedó boquiabierta, y tragó saliva de nuevo, sin encontrar las palabras con las que responder al mecánico.

BÁRBARA – Pero… Tú… ¿Tú no habías…? ¿Tú no estabas muerto?

Fernando asintió, con una expresión algo sombría en el  rostro.

FERNANDO – Y enterrado.