3×1059 – Mochuelo

Publicado: 08/10/2016 en Al otro lado de la vida

1059

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

BÁRBARA – Adiós.

OLGA – ¡Hasta luego!

Olga y Gustavo vieron desaparecer a los tres últimos supervivientes de la familia Vidal, subiendo escaleras arriba. Ambos hermanos habían acordado que compartirían el piso en el que Bárbara y Zoe vivían desde que se mudaron al barrio. A la niña no le importó en absoluto, al contrario. Apenas lo utilizaban para poco más que pasar la noche y hacer uso de la radio, e incluso eso menguaría su asiduidad, ahora que Samuel estaba incomunicado en aquél pequeño islote. Dicho piso aún tenía dos habitaciones libres; una más de la que necesitarían, habida cuenta que el niño dormiría en la misma que su padre.

Carlos y Darío hacía cerca de media hora que habían partido en busca de Nueva Esperanza. Al final, la insistencia del viejo pescador venció a Carlos, y ambos abandonaron el barrio con dicho propósito. Pese a la insistencia de Christian, Carla y Bárbara por echarles una mano, acabaron yendo ellos dos solos. Para cuanto necesitaban hacer, insistieron en que cuatro manos eran más que suficientes.

Zoe e Ío se habían ido juntas al centro de día, donde en compañía de Fernando atenderían a los bebés, amén de ponerse al día sobre las que habían sido sus vidas en ausencia de la otra. No habían vuelto a ver a Paris desde el desagradable incidente con el pequeño Guille, y nadie había hecho mayor comentario al respecto, al menos no en presencia de ninguno de los dos hermanos.

CHRISTIAN – Es por aquí.

Olga y Gustavo asintieron y siguieron a Christian y a Maya al interior del piso que el ex presidiario había ocupado hasta que se mudó con su pareja, hacía bien poco. Era el único piso libre que quedaba en el bloque azul, y ambos acordaron que ofrecérselo a ellos sería lo correcto, más después de lo bien que Bárbara y Zoe les habían hablado de ellos. Apenas habían conversado, y ya estaban convencidos que harían buenas migas con ellos. Por más que la pandemia hubiese acabado con la práctica totalidad de la raza humana, ellos jamás dejarían de sorprenderse de lo agradable que resultaba descubrir nuevos supervivientes con ganas de construir y de aportar al grupo. Sobre todo en épocas de bonanza.

CHRISTIAN – Aquí es donde vivía yo antes. Es… es un buen piso. Tiene tres habitaciones y… vistas al Jardín.

Gustavo asintió, y sin pedir permiso a nadie, se metió en el dormitorio principal, ignorante de que había otro de tamaño prácticamente igual y una cama de idéntico tamaño, pero con mejor iluminación natural al otro extremo del piso. Dejó su mochila en el suelo y el arco y el carcaj lleno de flechas sobre la cama. Christian se había molestado en limpiar todo a fondo y dejarlo en las mejores condiciones posibles de cara a sus nuevos huéspedes, con la eventual ayuda de Maya. Disponer de más gente que rondase su edad le hacía sentir bien, deseoso de compartir largas conversaciones y descubrir nuevas facetas de la pandemia que les pudiesen ayudar el día de mañana.

OLGA – Muchísimas gracias por ofrecérnoslo. Es mucho más de lo que podríamos esperar. Es… genial.

MAYA – Tonterías. El barrio está lleno de pisos vacíos. Hay más de doscientos pisos en toda la zona intramuros. Podríais haber escogido el que quisierais. Bueno… ahí están, todos vacíos.

OLGA – No, no. Éste está mejor que bien, y así… estamos todos juntos.

Christian asintió, con una sonrisa sincera en el rostro. Olga colocó su mochila sobre la mesa del comedor y se dirigió hacia el balcón, desde el que se veía con toda claridad el engalanado álamo. Por más que era consciente del paso del tiempo, y del hecho que ya debía faltar poco para que ese fatídico año diese paso al siguiente, se había sorprendido bastante al ver aquél detalle navideño. Gustavo, que había estado fisgoneando hasta la última habitación del piso, volvió con el resto. Christian llamó la atención a ambos, y los cuatro se congregaron en el salón.

CHRISTIAN – ¿Queréis que os enseñemos el resto del barrio?

GUSTAVO – ¡Claro!

Los cuatro bajaron de nuevo las escaleras, y Christian y Maya les hicieron un pequeño tour por los principales puntos de interés del barrio. Eran tantos los metros cuadrados que contenía la zona amurallada, que tuvieron que escoger tan solo las localizaciones más emblemáticas. Puesto que ya habían tenido ocasión de visitar el recinto de la escuela, el Jardín y la calle corta, el primer lugar al que les llevaron fue al centro de ocio. Hacía ya algún tiempo que habían abandonado la costumbre de visitarlo para echarse algunas partidas, a la luz de los focos alimentados por el generador portátil, pero tan solo viendo el desmedido entusiasmo de Gustavo al visitar cada una de las salas, concluyeron que en adelante se volvería a convertir en un lugar de visita recurrente.

Les llevaron a los restaurantes donde en ocasiones comían, a los locales comerciales que más visitaban, y tras agotar las principales atracciones de la primera corona de seguridad, se dirigieron a la calle larga. Los dos hermanos se quedaron boquiabiertos al ver semejante barbaridad de terreno colonizado a la infección. Pese a que tanto Christian como Maya les repitieron en más de una ocasión que el lugar era seguro, y que los infectados no podrían acceder ahí, ninguno de los dos se sintió del todo tranquilo hasta que no vieron, al final de cada una de las calles perpendiculares a la principal espina de aquél particular esqueleto de pez un alto muro, indiscutiblemente infranqueable tanto para quienes quisieran entrar como para quienes pretendieran salir.

Al llegar al extremo derecho de la calle larga se cruzaron con Juanjo, que estaba barriendo las hojas secas del pedazo de calle que había delante de la que se había convertido en su nueva vivienda. Christian y Maya llevaron a los hermanos hacia ahí, para hacer las presentaciones oportunas. Juanjo se mostró frío, y ni siquiera se molestó en soltar aquella enorme escoba.

JUANJO – Encantado.

Sin mayor solución de continuidad, el banquero hizo un sutil gesto agachando la cabeza y siguió con sus quehaceres, arrastrando las hojas secas al extremo opuesto de la calle, sin prestar más atención a los recién llegados. Olga y Gustavo cruzaron sus miradas, contrariados, y se dirigieron a Christian.

CHRISTIAN – Este tío es un poco… raro. No… No le hagáis demasiado caso. Últimamente está en plan… independiente, no quiere saber nada de nadie, y… apenas le vemos el pelo. No… No le deis importancia. Es inofensivo.

Habida cuenta que enseñarles toda la calle larga les podría llevar horas, el siguiente destino fue uno de los puntos neurálgicos de todo el barrio, el lugar donde sin duda más tiempo habían pasado todos y cada uno de sus integrantes, a excepción de Paris: el centro de día.

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