3×1061 – Nochebuena

Publicado: 15/10/2016 en Al otro lado de la vida

1061

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

BÁRBARA – ¡Y sobre campana una!

DARÍO – ¡Asómate a la ventana!

CHRISTIAN – ¡Verás al niño en la cuna!

Zoe rasgaba con un cuchillo de untar una botella de Anís del mono y Gustavo hacía sonar una zambomba con una habilidad inusitada. Juanjo puso los ojos en blanco, mientras los demás seguían cantando villancicos a voz en grito, entre carcajadas. No hacía más que preguntarse por qué se había dejado enredar para acompañarles. La culpa era de Bárbara y Zoe, que fueron a buscarle a su nueva vivienda poco antes de caer el sol. La niña resultó tan insistente que al final tuvo que acceder, aunque sólo fuese por conseguir que dejase de suplicarle.

Se encontraban en el centro de día, a una distancia prudencial de la sala donde descansaban los bebés para que éstos no se despertasen con el ruido. Después de pasar más de media tarde preparando la opípara cena, de la que había sobrado literalmente más de la mitad, se habían reunido todos al ocaso y llevaban desde entonces celebrando la llegada de la Navidad y la buena fortuna que les acompañaba. Tanto en la sala donde descansaban los bebés como en esa misma habían instalado varios radiadores de aceite que calentaban el ambiente. De fondo se escuchaba el zumbido lejano del generador portátil. Esa era una noche especialmente fría, con temperaturas varios grados bajo cero.

En esos momentos todos estaban ya empachados con la cena. Sobre las tres mesas contiguas que habían instalado para dar cabida a semejante cantidad de gente había distribuido un surtido navideño de primer orden, con turrones, polvorones, almendras garrapiñadas, barquillos, bolitas de cacahuete recubiertas de chocolate y algún que otro licor. Un cubo de rubik resuelto destacaba entre la comida en medio de la mesa de los niños. Aprovechando que el presente villancico había llegado a su fin Bárbara se acercó a la radio y la paró, lo cual le reportó algún que otro abucheo entre risas. Estaban todos de muy buen humor. Incluso Paris, que había tomado asiento en el extremo opuesto de la mesa a Guillermo, con Fernando a su vera, y se estaba esforzando por dejar a un lado la mala experiencia que había vivido horas atrás.

BÁRBARA – ¡Eh! Bajad un poco el tono. Prestadme atención un segundo, por favor.

Las bromas y las risas se fueron apaciguando, y casi medio minuto más tarde, la profesora consiguió el nivel de silencio requerido. Resultaba abrumador ver a tanta gente reunida, a sabiendas de lo que había ocurrido alrededor del globo. Era muy fácil abstraerse de todo, e imaginar que esa era una fiesta entre amigos en un mundo en el que la pandemia no era más que un cuento inverosímil.

BÁRBARA – No… No quiero cortar el rollo a nadie. Pero… hay una cosa que tenemos que hablar, y… vale más que no lo demoremos. Prefiero aprovechar ahora que estamos todos juntos…

Carlos asintió. Había estado conversando con ella esa misma tarde, mientras preparaban la cena, y creía saber muy bien lo que vendría a continuación.

BÁRBARA – Bueno… ya… no es ningún secreto. Todos sabéis que mientras íbamos a buscar a… a nuestros nuevos compañeros…

La profesora señaló al extremo de la mesa donde estaban su hermano, su sobrino, Olga y Gustavo.

BÁRBARA – … nos encontramos con… otro grupo de supervivientes. En un islote. Bueno… Todos… Más o menos ya sabéis de qué va la historia, y si no… podéis preguntarnos lo que queráis. Lo que…

Bárbara tragó saliva. Estaba bastante nerviosa, aunque sabía que no había razón para ello.

BÁRBARA – Hasta el momento, todo lo que hemos… A ver… ¿Cómo lo diría? Nos ha costado mucho llegar a construir todo esto que ahora tenemos, y… ha sido gracias al esfuerzo de todos nosotros que…

CARLA – ¡Al grano!

BÁRBARA – Tienes razón. Me estoy yendo por las ramas.

La profesora se rascó el cuero cabelludo y se sorprendió por cuánto le había crecido el pelo desde que Marion se lo cortó.

BÁRBARA – Lo que quería preguntaros, para… que podamos decidir entre todos qué hacer es… A ver… ese islote es seguro, y… tiene de todo. El problema es que hay mucha gente. Y cuando digo mucha, me quedo corta. Verdad sea dicha, son muchas manos para trabajar, muchas manos más para defenderse, pero… también muchas más bocas que alimentar. Aquí… tenemos comida y agua de sobra, somos… cuatro gatos, y… el barrio es seguro, ¿qué duda cabe? Pero… la isla está perdida. Y… ni todas las rondas de limpieza que pudiéramos imaginar van a cambiar eso. Es demasiado grande. Por más infectados que matemos, siempre quedará algún otro por ahí perdido, que nos puede buscar la ruina. Mi propuesta es que… hagamos una votación, a mano alzada.

La profesora respiró hondo. Había llegado el momento de la verdad.

BÁRBARA – A ver… Que levante la mano quien… quien prefiera abandonar Nefesh e ir con ellos al islote.

Bárbara frunció ligeramente el entrecejo al comprobar que no se levantaba ni una sola mano. Había imaginado un coloquio interminable con posiciones encontradas e irreconciliables que hiciese de la convivencia en Nefesh un infierno, y acabase irremediablemente en la escisión del grupo entre los que decidiesen quedarse en la isla y quienes se llevarían el barco en busca de un mejor porvenir con Samuel y compañía. Erró en su pronóstico.

BÁRBARA – Voy a… Voy a reformular la pregunta. ¿Quién prefiere quedarse en Nefesh?

La respuesta fue abrumadora. Todos y cada uno de los presentes levantaron la mano al unísono. Todos a excepción de Guille y del pequeño Josete, que no se había separado de la vera de Carla desde que se reencontraron. Consciente de que ahí empezaba y acababa la discusión, Bárbara alzó su propia mano, y de nuevo reinaron en la estancia las conversaciones cruzadas. La profesora se giró sorprendida al escuchar el inicio de un nuevo villancico. Carlos había vuelto a encender la radio y comenzó a cantar, desafinando a placer, resultando la risión para los más pequeños. Eso lo zanjaba todo.

Bárbara se sintió algo incómoda por lo rápido que se había solucionado, con un mal presentimiento en el cuerpo, como si dicha pregunta fuese un tabú y la voluntad general fuese la de dejarse llevar, sin buscarse más problemas, aunque la idea de ir a un lugar libre de infección tuviese mucho más sentido de lo que la votación había dado a entender. Al ocupar de nuevo su asiento Guillermo le llamó la atención, posando la mano en su hombro.

GUILLERMO – Barbie, me voy a ir ya. Guille apenas ha dormido nada en todo el día y está que se cae de sueño.

La profesora asintió. Padre e hijo abandonaron la estancia. Paris les siguió con la mirada y Bárbara suspiró. Pronto se había sumado al resto, y cantaba alegremente Hacia Belén va una burra, inventándose las partes de la letra que no conocía.

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