3×1062 – Nieve

Publicado: 18/10/2016 en Al otro lado de la vida

1062

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de diciembre de 2008

 

Dos círculos de vaho se materializaron en el frío cristal frente la nariz de Zoe, uno ligeramente más pequeño que el otro. La niña apartó la palma de ambas manos de la ventana, se dio media vuelta y salió a toda prisa de su dormitorio.

El primer instinto de Bárbara al sentir cómo alguien irrumpía en su cama en plena madrugada dando voces fue el de echar mano de la automática que tenía en el cajón de la mesilla de noche. Al abrir los ojos y descubrir que se trataba de Zoe, su sobresalto inicial se apaciguó considerablemente. Con los ojos entrecerrados miró a la muchacha, que lucía una radiante sonrisa de oreja a oreja.

BÁRBARA – ¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

ZOE – Mira, mira, mira, ven.

Zoe agarró a la profesora de la manga del pijama y la obligó a levantarse, llevándose por delante la sábana y la funda nórdica, cuyo extremo quedó hecho un ovillo en el suelo. La niña tiró de ella hasta la puerta de la terraza y la abrió a toda prisa, dejando entrar una bocanada de aire gélido. La pequeña salió al exterior de un salto, mojándose las zapatillas de andar por casa y corrió con entusiasmo hasta el extremo que comunicaba con el Jardín, esforzándose por no resbalar.

Bárbara la acompañó a regañadientes, no sin antes calzarse sus propias zapatillas. La siguió hasta la barandilla mientras se esforzaba por reprimir un bostezo, aún con los ojos prácticamente cerrados. No fue hasta entonces que reparó en que estaba nevando. Fue la luz de las farolas, alimentadas por la batería de las placas fotovoltaicas que engalanaban su cúspide, al impactar contra los pequeños copos de nieve, la que le desveló el motivo del desmedido entusiasmo de la joven. Últimamente había estado lloviendo bastante y las temperaturas habían ido en franco declive, lo cual hacía que ello resultase incluso previsible. No por eso dejó de sorprenderse, y una tímida sonrisa asomó también de sus labios. Zoe estaba radiante.

BÁRBARA – Pero… ¿Qué hora es? Por el amor de Dios.

ZOE – Las siete y algo de la mañana. Me desperté a hacer pipí, y… vi que estaba nevando. ¡Se me han quitado hasta las ganas!

Faltaba más de una hora para que amaneciera y en el barrio reinaba el más absoluto silencio. Carlos había encendido las luces del improvisado árbol de navidad del Jardín, haciendo un puente a una de las farolas, que destacaba entre el resto por ser la única apagada, y las titilantes luces de colores teñían los copos de nieve que caían cada vez con más insistencia, tiñéndolo todo de blanco sin prisa pero sin pausa.

La profesora bostezó con la boca abierta, estirando los brazos al aire. No hacía ni dos horas que se había acostado, siendo en compañía de Carlos la última persona que abandonó la fiesta de Nochebuena. Detrás sólo quedó atrás Carla, que se encargaría del turno de noche con los bebés, pero incluso ella había caído rendida al sueño para cuando ellos se fueron.

Estuvieron charlando a solas más de dos horas. El instalador de aires acondicionados puso al día a Bárbara de todo cuanto había ocurrido en el barrio durante su ausencia, haciendo especial hincapié en la inesperada vuelta de Fernando, el desmedido cambio de actitud de Paris y la llamativa reacción de Juanjo ante ambos factores. Al parecer, la vida en Bayit desde que ella se fue había sido muy tranquila y serena, llegando incluso a resultar aburrida. Desde que abandonaron las rondas de limpieza, los infectados habían sido el último de sus problemas. Tan solo tuvieron que lidiar con ellos en un par de ocasiones, en sendas partidas al exterior en busca de equipamiento, pero incluso entonces no habían supuesto el menor problema. Cada vez eran menos los que se acercaban al barrio, y los pocos que se atrevían recibían su merecido mucho antes que supusieran la más remota amenaza. No cabía la menor duda que habían tenido un éxito desmedido al amurallar el barrio.

Bárbara también le dedicó el tiempo necesario a explicarle pormenorizadamente todo sobre su viaje boomerang en busca de su familia. Obvió algunas de las partes que involucraban a su hermano y su sobrino, y se mostró bastante esquiva cuando Carlos le preguntó, sin tapujos, qué opinaba de la reacción del pequeño en su primer encuentro con Paris. Pese a que su respuesta resultó más que convincente, alegando que el muchacho estaba demasiado traumatizado por cuanto había presenciado, ella misma se sintió mal por ocultarle la verdad. Carlos y ella habían sido una piña desde que Morgan abandonase el grupo, y sentía que en cierto modo le estaba traicionando. Sin embargo, tenía semejante pánico a la reacción que cualquiera de los habitantes del barrio pudiese tener si descubrían la realidad sobre la identidad de su hermano y la suya propia, que descartó la posibilidad de sincerarse, siquiera con Carlos, en quien confiaba ciegamente.

ZOE – ¡Voy a avisar a los demás!

Bárbara levantó una mano, tratando en vano de calmarla y hacerla entrar en razón.

BÁRBARA – Zoe…

Era demasiado pronto para despertar a nadie, y más después de las altas horas a las que la mayoría de ellos se habían acostado. Pero la niña ya había desaparecido y seguía gritando de alegría, alertando primero a Guillermo e hijo, para luego salir del ático y comenzar a dar voces por la escalera, golpeando puerta tras puerta en su descenso hacia la calle. Al fin y al cabo, era la primera vez que veía nevar en su vida. Había visitado los Pirineos nevados en un par de ocasiones en compañía de sus padres, pero las dos veces lucía un sol espléndido en un cielo azul sin mácula.

En cuestión de diez minutos, hubo congregadas más de diez personas en el Jardín, todas ataviadas con ropa de invierno: botas, guantes, bufandas e incluso algún que otro gorro. La nevada se había intensificado, y el inicio de la batalla de bolas de nieve coincidió con el momento en el que amanecía.

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