3×1063 – Navidad

Publicado: 22/10/2016 en Al otro lado de la vida

1063

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de diciembre de 2008

 

Carla alzó al pequeño Josete sujetándole por las axilas y el muchacho, desde esa nueva posición ventajosa, aprovechó para colocarle las gafas de sol a aquél enorme muñeco de nieve que llevaban media mañana modelando entre todos. El niño se lo estaba pasando en grande y no paraba de reír a carcajadas. Tenía la nariz y las orejas rojas por el frío y los guantes empapados, pero no parecía importarle lo más mínimo. Las patillas de las gafas se introdujeron en la nieve con un leve crujido y Carla posó de nuevo al muchacho sobre el suelo embarrado de tierra y nieve deshecha.

Ambos dieron un par de pasos atrás, quedando a la altura de los demás artífices del muñeco, y lo observaron en silencio, orgullosos del resultado final. Medía más de metro y medio y estaba ataviado con las mejores galas: una bufanda de cuadros de cachemira, cinco coloridos tapones de tarros de cristal emulando los botones de una camisa inexistente, una sonrisa en forma de media luna moldeada con el asa de una botella de aceitunas, dos ojos hechos con pelotas de tenis pintadas con rotulador permanente, un elegante sombrero de copa y dos largas ramas secas emulando los brazos, con sendos guantes en sus extremos. Sólo le faltaba la nariz, pero Josete se mostró inflexible a ese respecto. Si no podían usar una zanahoria, prefería que no tuviese. En Bayit no había zanahorias.

Se encontraban en el patio de la escuela, donde habían pasado la mayor parte de la mañana. Bárbara y Marion estaban al cargo de los bebés en el centro de día desde hacía más de una hora y Carlos seguía durmiendo, pese a que ya casi era mediodía. Darío y Guillermo estaban sentados en uno de los duros bancos, deleitándose con lo bien que se lo estaban pasando los más jóvenes.

El investigador biomédico no daba crédito a lo que le mostraban sus ojos. Guille estaba jugando con Zoe y con Gustavo en ese momento, y a ojos de un observador externo que no conociese su peculiar condición, bien hubiera pasado por un niño más, quizá uno algo tímido, gozando de la primera nevada del año. Pese a que sabía que no debía ilusionarse, pues el mal que aquejaba a su hijo no tenía cura conocida, sintió revivir el entusiasmo de los primeros días de la pandemia en su compañía, y un pequeño rayo de esperanza embriagó su corazón. Ese barrio era mucho mejor de lo que él pudiese haber soñado jamás, y estar ahí en compañía de su hermana era un sueño hecho realidad.

No cabía duda que la convivencia con todos aquellos chavales le estaba haciendo bien al pequeño Guille, pero al otro lado de la balanza se encontraba la tensión latente que había provocado su presentación en sociedad la jornada anterior. Pese a que todos decidieron ignorarlo, a excepción de Paris, él notaba en los habitantes de Bayit cierto recelo. Por más que lo intentaba, no podía quitárselo de la cabeza. Sólo imaginar que hubiese podido morder a Paris, y por ende infectarle, le hacía poner la piel de gallina, y pese a que sabía que estaban jugando con fuego, prefirió mirar a otro lado. Una vez más.

Darío se metió otra pipa salada en la boca, la abrió con los dientes, y con un ágil movimiento de la lengua atrapó la pipa y escupió la cáscara vacía al suelo, junto a otro montón. A esas alturas ya se había resignado a tratar de revivir el huerto, y la nevada de esa madrugada no hacía más que subrayar que debían esperar a que volviese el buen tiempo. No recordaba un inicio de invierno tan frío en muchos años, aunque bien era cierto que los últimos años de su vida estaban excesivamente borrosos. Su mente divagó de nuevo hacia su querida Palmira, y el viejo pescador emitió un ligero suspiro. Entonces miró a su nieta, con el pelo negro azabache de nuevo, y sonrió. No todo estaba perdido. Aún había lugar para la esperanza.

A ambos les llamó la atención ver cómo todos se congregaban alrededor de Ío, que hacía gestos con su mano amputada para atraer a sus congéneres a su vera. No obstante estaban demasiado lejos para escuchar lo que dijo, con su particular acento de sorda. La enorme mayoría de su público asintió entusiasta, y la joven del pelo plateado caminó en dirección a los portones que comunicaban con el Jardín, que estaban abiertos de par en par. Tal como habían venido, en tromba y dando voces, los nueve fueron abandonando el patio de la escuela, dejando atrás el muñeco de nieve, en el que habían perdido todo interés una vez estuvo acabado. Carla se desvió un poco del grupo y se dirigió a su abuelo. Josete la seguía a corta distancia cual perrito faldero.

DARÍO – ¿Dónde vais todos?

CARLA – Vamos a la pizzería de la calle corta. Ío dice que nos va a enseñar a hacer bufandas y gorros de lana, que lo tiene todo preparado y ha estado practicando para enseñarnos.

DARÍO – Caray, suena divertido.

CARLA – Pues vente.

Darío sonrió y echó un vistazo a Guillermo, que no perdía ojo a Gustavo y a Zoe. Los dos llevaban a Guille cogido cada uno de una mano, siguiendo a Ío. No fue hasta entonces que reparó en que el chaval no llevaba puesta la capucha de la chaqueta.

GUILLERMO – Venga, va.

Ambos se levantaron del banco y se unieron al resto. Darío se quedó el último y cerró los portones con un fuerte estruendo. Entonces cayó en la cuenta que no había visto a un solo infectado acercarse a las vallas de la escuela en todo ese tiempo. El patio de la escuela resultaba mucho más tentador para ellos, puesto que podían verles a través del alambre metálico y ello les ponía frenéticos. No le dio mayor importancia y apuró el paso para unirse al grupo que se dirigía al taller mecánico.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Guillermo y Bárbara están jugando con fuego… Guillermo porque es un insensato y cobarde y Bárbara está siendo una inconsciente. ¡¡Madre mía!!

    David, “pero no parecía importarle importaba lo más mínimo” 😉

  2. battysco dice:

    Y llegó la Navidad y la nieve a Bayit, ¡qué chuli! Lo describes todo tan bien que realmente te imaginas presenciar la escena.

    Betty tiene mucha razón en su comentario… ¿pero qué otra alternativa tienen? ¿Decir la verdad y que les expulsen? Ahora ya “no pueden” y sólo quedar esperar a que ocurra lo que tiene que ocurrir antes o después.

    Sonia.

    • Con estos capítulos pretendo sentar las bases de un definitivismo de que ya está todo el pescado vendido, que al final han conseguido el reducto de seguridad que tanto buscaban, que ya no hay nada más que explicar que el día a día que dirigiría la novela al tedio y las flores mariposas arcoiris plastilina. Y cuando menos os lo esperéis… ¡ZASCA! XDDDD

      Interesante reflexión sobre la situación en la que se encuentran Bárbara y Guillermo. ¿Quién diría que tenía tantos secretos esa profesora mindundis que no tenía ni media hostia en el primer tomo? Su evolución y todos esos secretos expuestos con cuentagotas son sin duda una de mis grandes apuestas para el conjunto de los tres tomos.

      David.

  3. Drock9999 dice:

    Creo que a mas de uno, o al menos a mi me pasa, cuando estamos con la familia se nos van ciertas nociones de quienes somos a nivel social y acabamos sacando los defectos de casa. Eso mismo le esta pasando a Barbara. Es en cierta medida, comprensible, pero no por ello menos reprochable

    D-Rock.

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