3×1065 – Oteo

Publicado: 29/10/2016 en Al otro lado de la vida

1065

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

27 de diciembre de 2008

 

Olga zarandeó con entusiasmo el pequeño peto de bebé que llevaba sujeto con ambas manos, y acto seguido lo colgó en la tensa cuerda con la ayuda de un par de pinzas de madera. Respiró hondo y exhaló el aire lentamente, formando una pequeña nube delante de sí que enseguida se disolvió. Contempló su obra, fascinada; jamás antes en su vida había hecho una colada de semejante envergadura.

El incremento en la población de Bayit había traído consigo tantas ventajas como inconvenientes. Por una parte, disponían de muchas más manos para llevar a cabo todas las tareas que exigía el normal desarrollo el barrio, en especial el cuidado de los bebés, que había sido el fruto de alguna que otra discusión durante la ausencia de quienes habían abandonado el barrio a primeros de mes. En el otro lado de la balanza se encontraba el aumento sustancial de otras muchas tareas, tales como la cocina o la limpieza. No obstante, los turnos que se habían impuesto resultaban bastante eficientes, lo que repercutía positivamente en el buen desarrollo de la convivencia.

Maya ayudó a Olga a bajar de la escalera en la que estaba subida y ambas se reunieron con los demás que se encontraban en el patio cubierto de manzana donde habían tendido la ropa, por miedo a que las inclemencias del tiempo la mojasen, por más que esa mañana lucía un sol espléndido en un cielo apenas mancillado por alguna que otra nube blanca en la lontananza.

CHRISTIAN – Venga, va. Vamos a tirar la basura.

MAYA – ¿Ahora?

Gustavo asintió, ajustándose el carcaj a la espalda. No había abandonado el terreno intramuros desde que llegasen, hacía ya tres días, y tenía curiosidad por conocer los alrededores. El nivel de producción de deshechos había crecido exponencialmente los últimos días, y la cantidad de pañales sucios que había acumulados hacía de tal sugerencia una buena idea.

OLGA – ¿No preferís esperar a que vuelva a llover? Hoy hace muy buen día, no vaya a ser que…

GUSTAVO – Pero si esto está más muerto que tu abuela.

Christian no pudo evitar solar una carcajada, por lo cual se llevó una mirada de reproche de su pareja.

OLGA – ¡Gus! Un respeto.

Ella misma sonrió levemente, y no pudo menos que darle la razón. Desde que comenzase a nevar la madrugada del día de Navidad, ni un solo infectado había osado acercarse al barrio. Coincidencia o no, ello había creado un precedente en la percepción de la seguridad de la isla para los recién llegados. Christian también tenía ganas de dar una vuelta; había andado y desandado cientos de veces la calle larga, hasta acabar aborreciéndola, y estaba convencido que con todo cuanto había nevado los últimos días y el frío que hacía, los infectados no estarían dispuestos a alejarse mucho de sus madrigueras diurnas para cazar.

OLGA – ¿Queréis que avisemos a las chicas?

CHRISTIAN – ¡No! Que van a querer venirse.

OLGA – Sí, claro. De eso se trata.

Maya y Olga cruzaron las miradas. Ambas habían pasado mucho tiempo juntas desde que se conocieron, encontrando en la otra a la potencial amiga que la pandemia les había arrebatado y que el azar les devolvía. Christian se alegaba por ello, porque Ío jamás había ocupado ese lugar, y ahora estaba casi siempre en compañía de Zoe, ahora que la niña pelirroja había vuelto al barrio.

CHRISTIAN – Zoe es muy pesada. Ya sabes cómo se pone. Y… además, como se entere Bárbara que la dejamos salir nos la va a liar. ¿No te acuerdas de lo que pasó la última vez?

Maya puso los ojos en blanco.

OLGA – Bueno… Pero… ir, vaciar el contenedor y volver. Que nos conocemos.

GUSTAVO – Que sí, mujer, que sí.

Los cuatro se dirigieron a la calle corta, echaron mano del contenedor, que estaba prácticamente al límite de su capacidad, y lo arrastraron torpemente por entre la nieve medio derretida en dirección a la puerta del taller. Se despidieron de Fernando, que estaba trabajando en un todo terreno y se ofreció en vano a ayudarles, y abandonaron el barrio saliendo por el patio de la escuela. La obra inacabada en cuyos cimientos echaban los desperdicios estaba muy cerca de la zona amurallada, y apenas tardaron en llegar.

Maya arrugó la nariz. De una alcantarilla cercana venía un característico olor a podredumbre que le recordó al dantesco espectáculo funerario de la plaza frente al Ayuntamiento. No le dio la menor importancia y siguió ayudando a arrastrar el contenedor hacia el portón metálico que ofrecía acceso a la obra inacabada de la que emergía aquella enorme grúa roja con la pluma al viento, que ahora señalaba en dirección a la mansión de Nemesio, donde Abril y Ezequiel tomaban un té en el porche, viendo alimentarse al potrillo, que cada día crecía más.

Tan pronto cerraron tras de sí el portón, asegurando que ningún infectado pudiese colarse, las dos chicas y Christian arrastraron el contenedor hacia la rampa fangosa que llevaba a lo que debiera haber sido el sótano de aparcamiento del enésimo bloque de pisos del barrio. Gustavo aprovechó para escabullirse y se dirigió hacia la base de la grúa. No había subido ni un par de escalones cuando su hermana le llamó la atención.

OLGA – Te estoy viendo, Gus. ¿Se puede saber qué haces?

Gustavo chistó, molesto. Subió un par de escalones más, tanteándola, y se llevó una mano al bolsillo, del que sacó unos prismáticos.

GUSTAVO – Voy a ver qué se ve desde ahí arriba.

OLGA – Deja de hacer el tonto, que te vas a caer.

GUSTAVO – Pero… Si está todo seco. Y esto es muy seguro. Mira.

Gustavo señaló en derredor al cilindro de seguridad que le envolvía, sujetándose tan solo con una mano al peldaño que tenía delante.

OLGA – ¿Qué pretendes ver ahí arriba?

GUSTAVO – No sé… cosas. La isla.

CHRISTIAN – ¡Voy contigo!

Olga exhaló, disgustada.

MAYA – Son como niños.

OLGA – Son niños.

Mientras las dos jóvenes se encargaban de vaciar el contenedor, Christian y Gustavo comenzaron a trepar por la grúa. No les hizo falta llegar siquiera a la mitad para darse cuenta de que no había sido una buena idea. La caída desde ahí arriba era mortal de necesidad, y pese a que ninguno de los dos tenía vértigo, ambos se arrepintieron de su decisión. No obstante, su orgullo púber les obligó a seguir adelante, mostrándose valientes e imperturbables frente a sus acompañantes.

Tan pronto llegaron a lo más alto, Gustavo sacó de nuevo sus prismáticos y comenzó a otear a su alrededor. Las vistas eran inmejorables: desde ahí se veía el majestuoso monte Gibah en todo su esplendor, la línea de la costa de la zona oriental de la isla, gran parte del bosque de coníferas del sur y una panorámica envidiable de la mayor parte de la ciudad.

GUSTAVO – Co… jones.

CHRISTIAN – ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

GUSTAVO – Toma.

Christian tomó los prismáticos y echó un vistazo hacia donde Gustavo le señalaba. Tardó casi medio minuto en verlo. Ambos se aguantaron la mirada, y acto seguido el ex presidiario miró hacia abajo, donde las chicas ya habían llevado el contenedor vacío de vuelta a la verja de entrada y charlaban entre ellas, esperando que se dignasen a bajar.

CHRISTIAN – ¡Chicas, tenéis que ver esto!

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comentarios
  1. Betty dice:

    Creo que han descubierto qué a lo mejor no están tan sólos como ellos creían… 😉

  2. Carol dice:

    Esperando el “zapatazo”….😉

  3. Aquí nada es lo que parece… normalmente. xD

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