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3×1066 – Opuesto

Publicado: 01/11/2016 en Al otro lado de la vida

1066

 

Obra abandonada en el barrio de Bayit

27 de diciembre de 2008

 

PARIS – Pues vamos, y ya está.

CARLOS – No. No es tan fácil. Eso… hay que pensarlo bien, antes, Paris. Imagina por un momento que son gente como la que atacó el hotel. Parece mentira. ¿Ya no te acuerdas de lo que pasó la otra vez?

PARIS – Sí… sí me acuerdo. ¿Te acuerdas tú de quién lo solucionó?

Carlos puso los ojos en blanco. Paris jadeaba a su lado, agotado por el esfuerzo. El instalador de aires acondicionados no daba crédito a cómo aquél hombre, en semejante estado físico, había conseguido trepar de una sentada hasta arriba de la grúa, donde ambos se encontraban en ese momento. Los altibajos emocionales de Paris le resultaban cada vez más molestos. Ahora se comportaba como un chiquillo inquieto e hiperactivo, deseoso de aventuras, y él era plenamente consciente de que nada de lo que dijese le haría cambiar de parecer. No por ello dejó de intentarlo.

El dinamitero miró de nuevo a través de los prismáticos hacia aquél alto edificio en la costa septentrional de la ciudad. Un total de nueve sábanas, todas blancas a excepción de un par de ellas que tenían un color azul pálido, cosidas concienzudamente entre sí formando un enorme lienzo, lucían colgadas de la fachada, atadas en su perímetro a las barandillas de los balcones, a ventanas y tuberías de gas. Dos únicas palabras, escritas con letras rojas de más de dos metros de altura y con la pintura corrida pese a resultar perfectamente legibles, rompían la uniformidad de ese montaje: VIVOS DENTRO. No había mucho margen a la interpretación.

PARIS – Yo voy a ir. Vosotros haced lo que os dé la gana. Tampoco te estoy pidiendo que me acompañes, ¿eh?

CARLOS – No nos conviene dar un paso en falso ahora, con todos los críos y los bebés que tenemos a nuestro…

PARIS – ¡Joder! Parece mentira que seas precisamente tú quien dice eso.

Carlos recordó cómo se habían conocido ambos y sintió un escalofrío. Por fortuna, Paris había cambiado mucho desde entonces. Cualquiera hubiera podido jurar que se habían intercambiado los papeles. Ahora Paris era mucho más tolerante y parecía haberse infectado de su inconsciencia, y Carlos había adoptado una faceta conservadora en la que en ocasiones le costaba reconocerse.

PARIS – Toda la gente que ha venido al barrio desde que lo amurallamos es cosa vuestra, Carlos. Si por mí fuera, el único que habría aparte de nosotros sería Fernando, que es el único que ha demostrado merecérselo.

CARLOS – Mira, razón de más. Tú siempre has sido reacio a dejar entrar a nadie de fuera, eso es cierto. ¿A qué viene ahora tanto interés por conocer a esa gente?

El dinamitero reflexionó durante un par de segundos. Las conclusiones a las que llegó no le gustaron, de modo que las desechó. Ya se había hecho a la idea y no estaba dispuesto a retroceder. Esa era la primera cosa medianamente interesante que pasaba en el barrio desde hacía demasiado tiempo, y él tenía serios problemas para lidiar con el aburrimiento.

PARIS – Que no me líes. No… no vengas si no quieres. ¡Déjame en paz!

CARLOS – No se trata de eso…

Paris ya no le estaba prestando atención. Había comenzado a bajar los peldaños que le llevarían de vuelta a tierra firme. Carlos siguió en vano intentando hacerle entrar en razón, pero pronto se calló, al cerciorarse de que estaba hablando solo. Exhaló, formando una pequeña nube blanca frente a su boca que enseguida se disolvió, y se ajustó un poco más la bufanda. Le dio un poco de margen y pronto comenzó a bajar él también.

Casi una docena de personas les dieron la bienvenida cuando llegaron de vuelta al suelo. Carlos se sorprendió de encontrar incluso a Fernando y a Marion, que no estaban ahí cuando él empezó a subir. Le incomodó sobremanera descubrir a tanta gente fuera del barrio charlando tranquilamente, ignorantes del riesgo que corrían. Aunque hacía un día de perros y más de veinticuatro horas que no veían a un solo infectado, no le pareció correcto. Sentía que se le estaba yendo de las manos, y maldijo a Gustavo por haber dado la voz de alarma. Estaban todos muy excitados y se atropellaban al hablar. Cualquier cosa que rompiese la monotonía que se había apoderado de sus vidas era más que bienvenida, y no le hizo falta ni un minuto para hacerle entender que no sería capaz de hacerles entrar en razón.

La discusión no se demoró demasiado. Había quienes querían ir, como Paris, Gustavo o Zoe. Esa niña se apuntaría hasta a un bombardeo si ofrecieran plazas. Había quienes no querían ni oír hablar de ello, como Fernando, que se mostró inflexible, por más que Paris le insistió hasta la saciedad. El mecánico guardaba un vívido recuerdo de la última vez que Paris le convenció para salir del barrio en busca de aventuras, y no tenía ninguna intención de repetirlo. El único que mostró abiertamente su disconformidad de ir a investigar fue Carlos, que finalmente y a su pesar, tuvo que darse por vencido. Ni siquiera Bárbara se puso de su lado, lo cual le resultó, cuanto menos, sorprendente.

Para su tranquilidad, en el momento en el que abandonaron el barrio media hora más tarde a bordo de la sobreprotegida furgoneta Volkswagen en la que Fernando había seguido trabajando incansable, que ahora parecía más bien un tanque en miniatura, comenzó a caer una fina llovizna, que fácilmente se transformaría en una nueva nevada si las temperaturas se mantenían igual de bajas que los últimos días. A bordo iban seis personas: Gustavo, con su inseparable arco olímpico, acompañado de su hermana, que se negó a dejarle salir si no era en su compañía, Paris, que iba al volante, canturreando una canción que ninguno de los presentes supo reconocer, Carla, Carlos y Bárbara. Todos iban armados hasta los dientes, y habían prometido no delatar la ubicación de Bayit a las personas con las que se iban a reunir hasta que no estuviesen al cien por cien seguros que no resultarían una amenaza.

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