3×1067 – Polvo

Publicado: 05/11/2016 en Al otro lado de la vida

1067

 

Norte de la ciudad de Nefesh

27 de diciembre de 2008

 

Paris se rascaba la nuca, estrujándose las neuronas. Hacía un par de semanas que se había rapado al cero, y el tacto en el cuero cabelludo le resultaba tremendamente agradable. Por más vueltas que le daba, no era capaz de encontrar la solución al problema que tenía delante.

Después de dar varios rodeos tentando a la suerte, al fin habían llegado al edificio del cual pendía aquél montón de sábanas. Desde ahí abajo apenas destacaban. Hubiese o no gente dentro, o bien no les habían oído o preferían ignorarles, lo cual contradecía en gran medida ese grito sordo de socorro.

Todos y cada uno de los accesos a la planta baja eran impracticables. Habían soldado puertas y ventanas a sus marcos en todo su perímetro, y a éstos gruesos perfiles metálicos que hacían imposible introducir más que un brazo a través de los cristales rotos. A juzgar por la sangre reseca y los pedazos de piel que había adheridos a muchos de ellos, los infectados habían tenido el mismo éxito que ellos en su intento de cruzar al otro lado.

Paris sintió la tentación de ir a buscar la dinamita que tenía guardada a buen recaudo en el edificio de apartamentos del paseo marítimo, más cerca de donde ahora se encontraban que el propio barrio de Bayit, pero concluyó que eso sería una insensatez. Con semejante estruendo, y más en esa zona en la que no habían hecho jamás ronda de limpieza alguna, ello transformaría el lugar en una trampa mortal.

Gustavo volvió de una bocacalle cercana limpiando la sangre fresca de una de sus flechas con un pedazo de tela mugrienta que había encontrado en el suelo. Acto seguido la colocó de nuevo en el carcaj, tiró el trapo al suelo y se unió al resto. Ahora apenas caía un leve rocío. Su hermana estaba inquieta y no paraba de comprobar el seguro de la automática que Bárbara le había entregado. Las puertas traseras de la furgoneta estaban abiertas de par en par y ellos se encontraban justo delante. Si surgía cualquier contratiempo tendrían tiempo de sobra de entrar y cerrar desde dentro, y ni la mayor horda de infectados imaginable podría hacer ponerles un dedo encima. Fernando había hecho un muy buen trabajo reforzando el vehículo. No obstante, la joven estaba aterrorizada.

CARLOS – Aquí fuera no nos podemos quedar más rato. Este sitio no es seguro.

PARIS – Pues ya me dirás tú qué hacemos, entonces. No hay ni un puto punto débil en todo el maldito edificio. Esta gente sabe muy bien lo que hace.

BÁRBARA – Sí, pero tampoco responde nadie. ¿Qué quieres hacer si no?

El dinamitero resopló, indignado. Carla se acercó a él, y ello le sorprendió. No era capaz de recordar la última vez que le había dirigido la palabra. Ahora que su color de pelo no parecía el de un payaso, se sentía algo más cómodo a su lado.

CARLA – ¿Puedes aparcar aquí?

PARIS – ¿Dónde?

CARLA – Aquí, justo delante de la papelera. Subido a la acera, lo más cerca de la fachada que puedas.

Paris frunció el ceño pero correspondió a la demanda de la veinteañera sin rechistar y sin hacer más preguntas. No se sorprendió demasiado al ver cómo la joven trepaba por el capó y se subía en el techo de la furgoneta. Carla echó un vistazo al balcón que le había llamado la atención, que estaba a más de medio metro de lo que sus brazos extendidos lograban alcanzar, echó un vistazo a todos sus compañeros, que la observaban atentamente, y se dirigió a Gustavo.

CARLA – Tú, que eres más… ligero. Sube conmigo.

Carla guardaba un vívido recuerdo de la etapa en la que día sí día no había estado colándose en un sinfín de primeros pisos de un modo similar. Así fue como conoció a Juanjo. Ahora carecía de escalera, y esa planta baja era mucho más alta que la mayoría, pero ello no tendría por qué suponer un problema. El adolescente trepó igual que había hecho ella y bajo su mandato, se subió a sus hombros y alcanzó la base del forjado del balcón, se aferró a los barrotes de la barandilla y ascendió cual simio. En un abrir y cerrar de ojos se plantó en el balcón. Una cortina echada le impedía la visión de lo que había en el interior.

OLGA – Ve con mucho cuidado. No vaya a ser que haya infectados dentro.

Gustavo asintió y golpeó el cristal con los nudillos. Aguantó la respiración unos segundos, pero no ocurrió nada. Golpeó de nuevo, con más fuerza. El resultado fue el mismo. Aprovechando que la puerta estaba entreabierta, accedió al interior del piso.

Todo estaba en orden. Una fina capa de polvo cubría hasta el último mueble, había algo de desorden y la decoración era de un gusto más que discutible, pero no había rastro alguno de hostilidad. Un rápido vistazo por las habitaciones y la cocina le convenció de que, al menos en ese piso, no había nada de lo que temer. Consciente de que le estaban esperando, volvió al balcón. El suspiro de alivio de su hermana le hizo sonreír.

GUSTAVO – ¡Aquí no hay nadie!

CARLA – Ve a buscar una escalera, o algo… algo que nos sirva para poder subir a los demás.

GUSTAVO – Vale.

Para cuando volvió al balcón, apenas un minuto más tarde y sosteniendo una escalera de tijera hecha de madera salpicada de pintura, Carla ya había subido y sus otros cuatro compañeros se encontraban sobre la furgoneta. A quien más le costó subir fue a Paris, que no hacía más que quejarse de que él no estaba hecho para esos trotes. Entraron los seis al piso y al comprobar que Gustavo tenía razón, que ahí no había entrado nadie en mucho tiempo, se separaron en dos tríos. Bárbara, Carlos y Paris se encargarían de los pisos superiores. Los dos hermanos y Carla se adjudicaron esa misma planta.

Disponían de todas las herramientas necesarias para forzar cerraduras, pero no les hicieron falta: a diferencia de las que comunicaban con la calle, ahí todas las puertas que encontraron estaban abiertas. Armados con sus linternas y con las armas a mano comenzaron a investigar vivienda por vivienda. En cierto modo les recordaba a cuando paseaban por los bloques de la calle larga. Ese era uno de los pasatiempos más socorridos cuando el aburrimiento llamaba a la puerta en Bayit. La principal salvedad era que ahí la mayoría de las persianas estaban bajadas y cundía una cierta penumbra que, sumada al hecho que se encontraban en una zona hostil, volvía la exploración mucho menos atractiva.

Los dos hermanos y Carla ya habían escrutado hasta la última estancia de la primera planta, y en el momento en el que se disponían a bajar a la planta baja la voz de Paris, amplificada por el hueco de la escalera, retumbó hasta sus oídos.

PARIS – ¡Chicooooos! ¡Ya podéis dejar de buscar!

Se miraron los unos a los otros y rápidamente se dirigieron escaleras arriba, ansiosos por averiguar lo que el otro grupo había descubierto.

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