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Norte de la ciudad de Nefesh

27 de diciembre de 2008

 

Se podían contar un total de doce personas recostadas en las paredes de la sala de estar de esa vivienda del noveno piso del bloque. La más joven debía rondar los cuarenta años. La mayor, tenía la edad de Darío. Los seis tarritos vacíos y las pocas pastillas que había desparramadas por el suelo resultaban bastante aclaratorias sobre lo que les había ocurrido. Paris reconoció uno de los tarros: eran somníferos, de los más fuertes del mercado. Contra su voluntad, él había tomado ese mismo tipo de fármaco en infinidad de ocasiones durante su estancia en la institución mental. Pero esa gente no estaba dormida.

Todos estaban fríos y rígidos, por lo que dedujeron que debían llevar ya bastante tiempo muertos, pero para sorpresa y alivio de los recién llegados, apenas olían. A través de las puertas balconeras se podían leer, al otro lado de la tela, las letras V e I. Aquella gran pancarta les había atraído con una falsa promesa. Las únicas personas que quedaban con vida ahí eran ellos.

GUSTAVO – ¡Oye! Esto está hasta arriba de comida. Y hay un montón de garrafas llenas de agua.

Quienes se encontraban en la sala de estar se giraron hacia la puerta de la cocina, desde donde les hablaba el joven arquero. Los tres jóvenes acababan de llegar.

OLGA – Pero… no lo entiendo. Si tenían comida y agua. ¿Por qué se han quitado la vida?

PARIS – Es que no tiene sentido. Esta gente es imbécil.

BÁRBARA – Era.

El dinamitero se giró hacia Bárbara y le brindó una mirada de desprecio. Estaba decepcionado por lo que había encontrado, aunque tampoco hubiese sabido explicar muy bien qué esperaba sacar en claro de la expedición.

PARIS – No, en serio. Con lo bien que habían protegido el edificio para que no se colasen infectados, y… y con toda la comida que hay ahí y en los otros dos pisos… No. No tiene sentido. No me entra en la cabeza.

Carla negó sucintamente y bendijo a aquellos bebés que tanto trabajo les hacían hacer día tras día. Su mera presencia hacía que una situación como esa resultase prácticamente impensable en Bayit. A su mente acudió el recuerdo de la expresión vacía del rostro del pobre Germán, colgado del cuello a aquél viejo algarrobo, libre al fin de tan pesada carga, que al parecer, fue lo único que le había mantenido con vida. Ella desconocía las motivaciones que había detrás de ese aparente suicidio colectivo, pero su postura al respecto distaba mucho de la de Paris. Si ella no hubiese estado al cargo de su abuelo al inicio de la pandemia o de los bebés una vez éste se recuperó milagrosamente de su enfermedad, quizá hubiese compartido idéntico destino. Pensar en ello le hizo estremecer.

PARIS – Ya podían haber quitado el puto cartel si se iban a suicidar. Qué ganas de dar por culo.

BÁRBARA – Bueno… nosotros hemos hecho lo que hemos podido, Paris. Quizá si lo hubiésemos visto antes…

El dinamitero le dio una patada en la pierna a una de las sexagenarias que había en una esquina. Apenas cambió de posición, de tan rígida que estaba.

PARIS – ¡Me cago en Dios!

CARLOS – No vamos a ganar nada quedándonos aquí más tiempo. Coged todo lo que veáis que nos puede servir para algo y vayámonos. Comida, utensilios… lo que sea que nos pueda ser útil en Bayit. Aquí no se nos ha perdido nada.

Paris se disponía a darle otra réplica airada al instalador de aires acondicionados, pero en el último momento decidió callarse. En relativo silencio fueron recopilando toda la comida en buen estado que los suicidas habían dejado atrás al emprender su viaje sin retorno. Lo fueron acumulando todo en el rellano, haciendo uso de cajas de cartón y bolsas de la compra.

Ya lo tenían todo prácticamente listo para empezar a bajar las escaleras, cuando Olga dio la señal de alarma.

La joven de los pendientes de perla estaba en el balcón y llamaba la atención de los demás con el índice sobre los labios, instándoles a mantenerse en silencio. Uno a uno fueron saliendo al balcón y echaron un vistazo a la calle, a través de un descosido entre las sábanas. Alrededor de la furgoneta Volkswagen se habían congregado siete infectados, que olisqueaban y trataban torpemente y sin éxito de abrir la puerta trasera.

El dinamitero echó mano de su arma y se disponía a hacerse hueco entre los demás para usarla, cuando Bárbara le sujetó por el orondo antebrazo, con lo que se llevó la enésima mirada de reproche.

BÁRBARA – ¿Dónde vas con eso?

PARIS – ¿A ti qué te parece?

La profesora chistó, molesta, y le ofreció su propia pistola, que sí tenía silenciador.

BÁRBARA – Toma, usa mejor esta.

Paris puso los ojos en blanco, pero cogió el arma que se le ofrecía y se guardó la suya.

GUSTAVO – Ya me encargo yo. Desde aquí tengo buen ángulo.

BÁRBARA – Me trae sin cuidado quién se encargue, pero no hagáis ruido. No nos conviene atraer a más. ¿Entendido?

PARIS – Sí, seño.

El dinamitero le hizo burla, mostrando los dientes, rasgó las costuras, y disparó a una adolescente que miraba al infinito con la boca abierta, a un par de metros del portal. Erró, y el ruido puso bajo alerta al resto.

PARIS – Coño. No paran de moverse.

El dinamitero lucía una sonrisa de oreja a oreja.

PARIS – Nos tendríamos que haber traído los altavoces. Con estos no tengo ni para el aperitivo.

Bárbara puso los ojos en blanco, y le susurró a Carlos a la oreja.

BÁRBARA – Le teníamos que haber dejado en el Ayuntamiento.

Carlos prefirió no responderle. Ella conocía muy bien su parecer al respecto. El instalador de aires acondicionados se dirigió a los demás.

CARLOS – Vamos bajando las cosas. Vosotros cuando estéis… ya nos acompañáis.

Ni Paris ni Gustavo le respondieron. Estaban demasiado concentrados en su nuevo entretenimiento.

El viaje de vuelta a Bayit lo hicieron en un silencio casi absoluto, dejando atrás una docena de cadáveres. Al menos no volvían con las manos vacías. Paris estaba muy excitado y se demostró tan temerario al volante que tuvo una fuerte discusión con Carlos al respecto. Los cinco infectados que se llevó por delante, no obstante, no volverían a levantarse. Los dos que sobrevivieron al impacto se arrastrarían durante semanas.