3×1070 – Nochevieja

Publicado: 15/11/2016 en Al otro lado de la vida

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Los días pasaban, atropellándose unos a otros pero sin mayores contratiempos. Algún que otro infectado se acercaba al barrio por las noches en las que no llovía, atraído quizá por el ruido o por la luz de las farolas, pero el persistente mal tiempo hacía que incluso eso fuese más una anécdota que compartir con el resto que una norma. Se encargaban de ellos como parte de su rutina diaria, del mismo modo que cuidaban de los bebés o preparaban la comida, y no le daban más importancia de la que realmente tenía. Lejos quedaban ya las largas conversaciones a tenor de las implicaciones morales sobre el destino que le imponían al dueño original de los cuerpos que acribillaban e incineraban casi sin pestañear. Por fin se sentían seguros y satisfechos: en casa.

Bárbara continuó con sus clases de conducción, lo que le granjeó muchas horas en compañía del mecánico. Siempre se habían llevado bien, hasta que éste perdió la vida, pero esa nueva oportunidad les permitió forjar una bonita relación de amistad, que iría creciendo con el tiempo. Tenían una manera similar de ver la vida, y el hecho que ambos estuvieran infectados les hizo abrirse mucho más el uno al otro. No obstante, y pese a que creía conocerle lo suficiente para estar segura que ello no supondría un problema, no con él, la profesora le brindó idéntico trato de silencio al respecto de su implicación con el inicio de la pandemia. Resultaba mucho más fácil así.

Paris también pasaba mucho tiempo con el mecánico, con largas partidas de cartas y buscando mil y una excusas para emborracharse, pero durante esos días dedicó gran parte de su tiempo al cuidado de Nuria. Pese a que a simple vista aún era demasiado pronto para detectar los primeros signos del embarazo en su cuerpo, sus vómitos vespertinos y sus fiebres se volvieron cada vez más recurrentes. Últimamente ni siquiera se molestaba en intentar atacarle a través de los barrotes. El dinamitero hacía lo imposible por cuidar de ella, ignorante de que la misma infección que le había privado de su cordura se encargaría de arreglarlo todo sin que él tuviera que hacer nada. Era sólo cuestión de paciencia.

La Nochevieja llegó sin avisar. Desde que Carlos tomó la determinación de rescatar el hasta el momento extinto calendario, habían estado festejando todas y cada una de las festividades de esa primera Navidad del nuevo mundo en el que les había tocado vivir. En el recuerdo de todos quedaría en especial la del día de los santos inocentes, que le granjeó más de un agravio al instalador de aires acondicionados, y que propició no pocas carcajadas a costa de sus víctimas. Cualquier excusa era buena para justificar una celebración y la Nochevieja era, con mucha diferencia, una de sus favoritas.

Por más que lo intentaron, siguiendo los consejos de Darío, que conocía la isla mejor que ningún otro de los presentes, fueron incapaces de encontrar una sola viña que vendimiar. La temporada no era la más propicia, tampoco había muchas en la isla, y ello sumado al reiterado descuido y las heladas hizo que volviesen con las manos vacías. Cuando ya habían asumido que no podrían celebrar la entrada del nuevo año como llevaban haciéndolo desde que tenían memoria, Maya se presentó con un puñado de latas minúsculas que contenían uvas peladas y sin hueso: muchas más de las que necesitarían tanto ese año como el año siguiente, si el índice de población del barrio se mantenía estable. Las había encontrado dentro de una polvorienta caja en una estantería altísima en la trastienda de una de las tiendas de las afueras de la calle larga. Su aportación fue recibida con ovaciones y aplausos.

Esa noche se descorcharon demasiadas botellas de cava y champán. Vestidos con las mejores galas, hasta arriba de maquillaje y bañados en colonia, empezaron sobre las diez a degustar la opípara cena que habían estado preparando toda la tarde. Carlos se enfadó bastante con Abril por desechar la oferta de ir a celebrar la Nochevieja con ellos en compañía del enigmático Ezequiel. Se había ofrecido a ir a buscarles esa misma mañana con la furgoneta y llevarles de vuelta al día siguiente, sanos y salvos. Para su sorpresa, en esta ocasión no fue la médico la que acabó rechazando tan generosa oferta, como hacía siempre, si no el propio Ezequiel, que al parecer tenía problemas de estómago y prefirió descansar en la mansión.

Tras la cena y haciendo uso de un viejo reloj de péndulo que nadie sabía de dónde había sacado Carlos, pero que marcaba tanto los cuartos como las campanadas, se prepararon para el momento culminante. No fueron pocos los llantos que precedieron a ese momento mágico. Inevitablemente, todos recordaron cuanto habían hecho la anterior Nochevieja, y sobre todo, en compañía de quién lo habían hecho. Tan solo las dos parejas de hermanos, Guille, Darío y Carla habían conseguido llegar hasta ahí con una minúscula parte de lo que había sido su familia. El resto no habían tenido tanta suerte, y brindaron por ellos, con lágrimas en los ojos.

Las campanadas se desarrollaron como era de esperar. Hubo quienes acabaron con sus uvas antes de la última campanada, quienes no llegaron ni a la mitad e incluso quienes se atragantaron y tuvieron que beber un trago de champán para hacerlas bajar. De nuevo cundieron las risas y los deseos de prosperidad para el nuevo año que se les presentaba, como un regalo al que ni el más fantasioso de ellos hubiese jurado poder llegar con vida, si les hubieran preguntado un par de meses antes.

Pasada la medianoche, mientras Guillermo, en compañía de todos los menores de edad, se acomodaba en el centro de día para hacerse cargo de los bebés, el resto fueron a pasárselo en grande a la discoteca del centro de ocio. Carlos lo había preparado todo a conciencia en compañía de Marion: luces de colores, música para bailar, más alcohol y algún que otro snack para aguantar en pie hasta que amaneciera. Hicieron uso de la sala pequeña, pues la sala principal de la discoteca estaba ocupada haciendo las veces de alacena. Sin embargo, el grupo era tan reducido, que les resultó más que suficiente.

Carlos y Marion bebieron esa noche mucho más de lo que estaban acostumbrados. Desoyeron los consejos de Darío y fueron viendo cómo, poco a poco, iban quedándose solos en la sala de baile. Uno a uno o por parejas, todos los demás se fueron a acostar más tarde o más temprano, mientras ellos seguían dándolo todo en la sala de baile. No fue hasta que se quedaron solos que empezó para ellos la verdadera fiesta. Acabaron del mismo modo que Zoe les había descubierto frente a aquél supermercado en Midbar, aunque en esta ocasión sí llegaron hasta el final. Varias veces. Pese a que ninguno de los dos se acordaría de gran cosa la mañana siguiente, ambos guardarían un muy buen recuerdo de esa Nochevieja.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Momentito!!!!!!!!!!!

    Si puedes contestar, Lord Villahermosa, sin spoilers, seria fenomenal.

    Como esta eso que ” la misma infección que le había privado de su cordura se encargaría de arreglarlo todo sin que él tuviera que hacer nada”????

    D-Rock.

    • Me refiero a que por más que aparente estar enferma y él tema por su salud, la infección, si algo bueno tiene, es que lo cura todo, y este período de malestares enseguida pasará al olvido y proseguirá con su embarazo sin problemas.

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