3×1073 – Principio

Publicado: 27/11/2016 en Al otro lado de la vida

1073

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

5 de enero de 2009

 

ZOE – No, no, no, no, no.

El pequeño Carboncillo echó un último vistazo a la niña, emitió un ladrido agudo, sin parar de menear la cola, y se escabulló por aquella minúscula rotura en la verja de la escuela. Zoe no daba crédito a cómo había podido meterse por un hueco tan pequeño. Se apresuró a introducir la mano por el agujero, pero ya era tarde. El can paró en seco al escuchar sus súplicas y ladró animosamente de nuevo, sin parar de menear la cola. Se lo estaba pasando en grande.

ZOE – Ven. Ven aquí. Ven aquí, bonito.

Carboncillo se dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección sur, ignorándola, ávido de aventuras. Zoe empezó a llorar, y al sacar el brazo del agujero se lo enganchó en uno de los alambres rotos y desgarró la tela de la manga de su cazadora. También se llevó por delante la cinta violeta de su muñeca, pero afortunadamente ésta salió ilesa, aunque se aflojó considerablemente. Desesperada, tiró con más fuerza y al fin consiguió liberarse. Su pistola se encontraba en su mesilla de noche. Había más armas y municiones en un pesado arcón en el baluarte norte, pero las llaves las tenía Carlos, y a esas horas de la mañana estaba durmiendo, como la mayoría de los habitantes de Bayit. Si iba a buscar un arma, para cuando volviese ya no habría manera de encontrar al cachorro, de eso estaba convencida. Josete jamás se lo perdonaría.

Carboncillo había estado al cargo de Carla desde que ésta volviese de su peregrinaje en busca de los nuevos integrantes del barrio, en gran medida debido a la insistencia de Josete, que se negaba a alejarse de ambos. Por fortuna, el perro era muy activo y juguetón, y la constante atención que de él exigía el pequeño no le resultaba molestia alguna; al contrario. Sin embargo, Carla estaba agotada de tener que cuidar de ambos, y la tarde anterior, de manera excepcional, había aceptado la petición de Zoe de hacerse cargo del perro durante unos días. Josete no lo había recibido con igual entusiasmo.

Zoe había despertado la primera esa fría mañana en el ático que compartía con la familia Vidal, y decidió ir a dar un paseo con Carboncillo, consciente de que el resto aún tardarían al menos un par de horas en ponerse en pie. Pensó en jugar con el perro en el patio de la escuela, con una pelota de tenis que había encontrado hacía un par de días, y de hecho eso es lo que habían estado haciendo los últimos veinte minutos, hasta que el perro descubrió aquella pequeña abertura en la verja que les separaba del hostil mundo exterior.

Aún con los ojos vidriosos, y pese al miedo a una reprimenda de Bárbara por su inconsciencia, tomó la decisión de salir en busca de Carboncillo. Si el cachorro se perdía, con toda seguridad no sabría volver, y la probabilidad de que acabase devorado por un infectado hambriento se tornaba prácticamente en una certeza. Sin pensárselo dos veces, la niña corrió hacia el extremo opuesto de la verja, donde se encontraban los portones de acceso a vehículos, y trepó por el entramado de rombos, hasta que alcanzó la parte superior de uno de los portones, se encaramó a él y cruzó al otro lado. No miró en derredor hasta que posó de nuevo sus botas en el suelo empedrado, de un salto que le hizo vibrar las rodillas y que le obligó a caminar cojeando un tiempo. Para su tranquilidad, ahí no había rastro alguno de ningún infectado. Sin embargo, tampoco había rastro alguno de Carboncillo.

No llevaba avanzados ni diez metros renqueando en la dirección que había tomado el perro, cuando algo le hizo frenar en seco su avance. La pequeña se giró asustada al escuchar un grito proveniente de su espalda. Reconoció la figura de Christian apostada en el baluarte sur, que hasta el momento hubiera podido jurar que estaba vacío.

CHRISTIAN – ¿¡Se puede saber qué haces ahí fuera!?

ZOE – ¡Es Carboncillo! ¡Se ha escapado! ¡Tengo que encontrarlo!

El ex presidiario negó con la cabeza, al tiempo que ponía los ojos en blanco.

CHRISTIAN – ¡Espera!

Ni un minuto más tarde, la partida de búsqueda formada por Zoe y Christian, el uno con un rifle y la otra con una automática y varios cargadores en el bolsillo, comenzó a inspeccionar el sur del barrio en busca del perro perdido. Zoe no paraba de gritar el nombre del can, esforzándose en vano por obtener una respuesta, pese a que sabía a ciencia cierta que Carboncillo jamás le había hecho el menor caso. Christian estaba más preocupado por protegerla del eventual ataque de un infectado que por el destino del perro, y pronto se arrepintió de haber decidido acompañarla, y no ordenarle directamente que volviese al lado seguro de la muralla.

Continuaron calle abajo, revisándolo todo concienzudamente, pero sin encontrar rastro alguno del perro. Zoe incluso se agachaba a cada pocos pasos, colocándose boca abajo a ras de suelo, y revisaba los bajos de los pocos vehículos que había aparcados por la calle, esforzándose al máximo por quemar hasta el último cartucho, aterrada ante la idea de ser la responsable de la muerte del cachorro.

CHRISTIAN – Zoe…

La niña ignoró al ex presidiario, segura de lo que vendría a continuación. Llevaban más de quince minutos dando vueltas cual pollo sin cabeza, sin haber encontrado hasta el momento el más remoto indicio sobre el paradero de Carboncillo.

CHRISTIAN – Zoe. A estas alturas puede estar en cualquier lado. No vale la pena seguir buscando. Vayámonos ya. Yo… Ya hablaré yo con Josete, no te preocupes.

ZOE – No. No… No puede haber ido muy lejos. Debe… debe de estar por aquí… Déjame, déjame sólo un poco…

A Zoe le dio un vuelco el corazón al escuchar un ladrido proveniente del solar en obras del que emergía aquella descomunal grúa roja. La pequeña corrió con todas sus fuerzas en esa dirección. Christian respiró hondo, con una ligera sonrisa dibujada en el rostro, y la acompañó.

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