3×1074 – Reprimenda

Publicado: 29/11/2016 en Al otro lado de la vida

1074

 

Obra abandonada en el barrio de Bayit

5 de enero de 2009

 

ZOE – Ni se te ocurra volver a escaparte. ¿Me has entendido?

Zoe estrujó al cachorro entre sus brazos, con lágrimas en los ojos, metida hasta las rodillas entre pañales sucios y demás desperdicios varios. Christian exhaló el aire de sus pulmones, aburrido, y se rascó la cicatriz sobre su oreja, impaciente por volver al barrio.

CHRISTIAN – Coge al chucho y vayámonos.

El perro se había colado en el solar de la obra, de un modo que ninguno de los dos alcanzó a comprender, pues la puerta estaba perfectamente cerrada cuando ellos llegaron. Se había caído en la excavación de los cimientos, de la que no fue capaz de salir por sus propios medios. Fueron sus ladridos desesperados pidiendo ayuda los que permitieron que finalmente le encontrasen. Zoe no dudó en saltar al montón de escombros para salvarle, e incluso necesitó la ayuda del ex presidiario para poder salir sin necesidad de dirigirse a la rampa que estaba literalmente en el otro extremo de la excavación.

CHRISTIAN – Madre mía. Hueles a infectado.

Zoe, no sin antes enganchar la correa al arnés que llevaba el perro, sonrió e hizo el amago de abrazarle, con los labios preparados para darle un beso. Christian emitió un grito agudo y se apartó justo a tiempo para evitar que le manchase.

CHRISTIAN – ¡Quita, bicho!

Entonces Zoe comenzó a perseguirle, implorándole su amor, siguiendo la broma, de idéntico modo que ella había hecho con su madre en infinidad de ocasiones, aunque ahora había invertido el rol. Ambos dieron una vuelta completa a la excavación, hasta que acabaron dejándose caer al suelo, riendo a carcajadas. El pequeño Carboncillo se sumó al juego y comenzó a ladrar y a dar vueltas a su alrededor, sin parar de menear la cola.

Pasado el momento de euforia, ambos abandonaron la obra abandonada. Zoe llevaba bien sujeta la correa del perro, más concienciada que nunca de su papel al cargo del cachorro. Imploró a Christian que no le explicase a nadie lo que había ocurrido, en especial a Carla y a Josete, y él prometió no hacerlo. Al fin y al cabo, todo se había resuelto sin mayores contratiempos: no había necesidad alguna. Ninguno de los dos cayó en la cuenta que habían dejado el portón de acceso a la obra entreabierto al abandonarla.

Volvieron al barrio amurallado y siguieron haciendo vida normal, como si nada hubiera pasado. Christian se apostó de nuevo en el baluarte, rifle en mano, esperando encontrar algún infectado con el que practicar su puntería, pero fue en vano. Hacía más de cuarenta y ocho horas que ni una sola de aquellas bestias se acercaba a Bayit. Daba la impresión que se hubiesen dado por vencidos con ellos. Zoe acudió a clase en compañía de Guille, Gustavo e Ío, justo a tiempo después de cambiarse de ropa y asearse un poco. Bárbara estaba de especial buen humor esa mañana, pero no consiguieron sonsacarle la razón. El motivo de su salida furtiva con Carlos era un secreto que sólo conocían ellos dos, Darío y Marion. Al acabar las clases volvieron a jugar a El infectado ciego, y en esta ocasión incluso se sumaron Bárbara, Carlos y Marion, y para sorpresa de todos, Paris, que había escuchado de boca de Fernando las nuevas sobre aquél divertido juego.

Nadie dio crédito ante la iniciativa del dinamitero, más a sabiendas de lo poco que le gustaba entrar en contacto con los niños, pero le acogieron como a uno más. No hizo mucho caso de las normas, pero fue tanto el divertimento que su presencia añadió al juego, que nadie se quejó: al contrario. Rieron tanto al verle correr de un lado para otro, con los ojos tapados por el pañuelo rojo y con el sempiterno miedo a tropezar, persiguiendo a los niños que no paraban de hacerle burla y pellizcarle las lorzas, que incluso acabó doliéndoles el estómago. Bárbara volvió a cometer el error de suavizar su percepción de él, que había dado un vuelco de ciento ochenta grados durante el primer encuentro entre el dinamitero y su sobrino.

La tarde siguió su curso con normalidad. Bárbara se quedó con Guille a solas en el aula donde esa misma mañana había dado clase a los otros tres chavales, y le dedicó cuatro horas sin descanso. Pese a que el avance fue minúsculo, Bárbara salió extremadamente satisfecha, convencida de que lo único que necesitaba el pequeño era paciencia y dedicación, y que si trabajaban lo suficiente, podría recuperarle. Al volver al ático con él, pasó más de una hora explicándole a su hermano punto por punto su plan de formación, en el que él tenía también un papel clave. Guillermo la escuchó entusiasmado, y ambos se pusieron manos a la obra, cargados de ilusión.

No fue hasta la noche que Zoe cayó en la cuenta que había perdido la cinta violeta de su muñeca. Fue durante la cena. El corazón le dio un vuelco al ir a coger las cucharillas del postre para tomarse un arroz con leche y cerciorarse que no la llevaba puesta. Sintió incluso un malestar en el pecho, y empalideció de tal modo que Bárbara le preguntó si se encontraba bien. Se apresuró a recolocarse la manga de la camiseta que llevaba puesta, y trató de aparentar normalidad, asegurándole que todo estaba en regla. No obstante, la profesora notó que algo no andaba bien. De todos modos, por más que le insistió en un par de ocasiones, y al obtener siempre idéntica respuesta, acabó desistiendo. Pensó que seguramente se había corrido la voz sobre la sorpresa que Carlos y ella habían preparado para el día siguiente, y no le dio más importancia. Desconocía quién se había ido de la lengua, pero tanto Christian como Maya estaban al tanto, y no le sorprendió demasiado que Zoe también se hubiese enterado de un modo u otro. En cualquier caso, prefirió no insistir, con la sana intención de no romper la magia.

Esa cinta no se había separado de ella desde finales de septiembre del año anterior, cuando conoció a Bárbara, después de la trágica muerte de sus padres. Para ella era un símbolo, y la idea de perderla le hacía sentir mal de estómago y ganas de llorar. No paraba de darle vueltas a dónde podría estar, pero era incapaz de recordar cuándo la había perdido. Estaba convencida que la llevaba puesta por la mañana, no hacía más que repasar todos y cada uno de los sitios por los que había pasado durante el día. Siguió dándole vueltas en la cama, y fue incapaz de conciliar el sueño.

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