Archivos para diciembre, 2016

3×1077 – Incuria

Publicado: 10/12/2016 en Al otro lado de la vida

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Obra abandonada en el barrio de Bayit

6 de enero de 2009

 

El sabor metálico de la sangre en su boca hizo recordar a Zoe un momento de su infancia que creía olvidado. Fue una de las primeras veces que montaba en bicicleta sin los ruedines de apoyo, y estaba muy asustada. Era la tarde de un sábado a finales de verano, hacía tres o cuatro años. Su madre se encontraba en el hospital, cuidando de su abuelo enfermo, que moriría pocos meses más tarde. Ella estaba sola con su padre, en una de las calles del nuevo ensanche al este de Sheol, antes que comenzasen a construir todos los bloques de pisos, cuando las vías estaban cortadas por aquellos enormes bloques de hormigón y era seguro pasear por ellas sin miedo a ser atropellado. Lo recordaba especialmente por ser uno de los pocos fines de semana que su padre tenía libres en su trabajo al cargo de la seguridad de los laboratorios de la compañía farmacéutica ЯЭGENЄR. Fue una de las primeras veces que la dejó ir sola, ataviada con coderas, rodilleras y un casco rosa. Aunque todo eso no sirvió para evitar que se mordiese la lengua tras su aparatosa caída. El sabor de la sangre era idéntico al que sentía ahora manando de su labio partido.

Morgan no tuvo piedad alguna con ella. Si en su interior quedaba algún resquicio de memoria de quien fuera antes de transformarse en el ser que era ahora, no lo parecía. En absoluto. Su ansia desmedida y aquella manera de gritar sin mesura hacían que a Zoe le costase reconocer en ese ser al hombre rudo pero de buen corazón que le había salvado la vida en más de una ocasión. Zoe se sorprendió al descubrir cuán consumido estaba. En el torso se le marcaban las costillas, y tenía los ojos hundidos y los labios tan secos que se habían cuarteado y sangraban. Su boca espumeaba una saliva espesa, fruto de la sequedad. Debía hacer mucho tiempo que no se alimentaba, pero parecía tener el firme propósito de enmendarlo. A su costa.

El frenesí de la pelea estaba acabando con las fuerzas de Zoe. Morgan no paraba de zarandearla y darle golpes con los puños cerrados, que ella trataba de esquivar a toda costa, con más bien poca fortuna, la mayoría de las veces. Pese a tener la mayor parte del cuerpo cubierta con ropa, no pudo evitar que el policía clavase sus dientes en su muñeca, la misma muñeca donde escasas veinticuatro horas antes se encontraba aquella cinta violeta de paradero desconocido. Pero ni eso le importó. Ahora su única obsesión era la de salir con vida de ahí, a toda costa. Lo cual parecía misión imposible.

Morgan la tenía agarrada por el chubasquero y ella trataba de zafarse de su abrazo, pero la fuerza del policía cuadruplicaba la suya, cuanto menos, y no le estaba resultando fácil. Sacando fuerzas de donde ya apenas quedaban, trató de nuevo de librarse de él. Morgan agarró con fuerza el chubasquero amarillo con ambas manos, y ella consiguió desembarazarse de su abrazo deshaciéndose de él. El policía se quedó un par de segundos sujetando la pieza de ropa de color amarillo, sin entender muy bien cómo aquella pequeña presa, cual culebra, había conseguido cambiar la piel. Zoe aprovechó para escapar.

Su primera idea fue la de huir por el portón de acceso, pero para ello debería rodear a Morgan, pues éste se encontraba a mitad de camino entre ella y la ansiada salida. Viendo a través de un solo ojo, pues el otro se le había hinchado tanto a causa de los golpes que había recibido que le era prácticamente imposible abrirlo, echó un vistazo a la caseta de obra de donde Morgan había emergido: demasiado lejos. Su reacción fue instintiva, y pese a ser consciente incluso en ese momento que era un error, corrió hacia su derecha, haciendo un sprint hacia el lavabo químico portátil del que disponía la obra, parecido a una cabina de teléfonos de plástico gris. Por fortuna, la puerta estaba abierta de par en par, y tuvo el tiempo justo de entrar y cerrar tras de sí.

Se molestó incluso en echar el pestillo: un dial que pasó de mostrar un medio hemisferio verde a uno rojo. El golpe fue inmediato, y la niña perdió el equilibrio, cayendo sentada de culo en la taza cerrada del váter. Los gritos airados de Morgan hicieron que se le erizase el vello de los brazos. La luz que entraba por las rendijas del techo hacía de la estancia un lugar escalofriante. Zoe trató en vano de echar mano de su pistola, pese a que sabía a ciencia cierta que se le había caído al recibir el primer embiste del policía, no hacía ni un minuto, cuando la placó agarrándola del hombro; el mismo hombro en el que nueve años, tres meses y cuatro días antes una enfermera había inoculado una dosis de la vacuna ЯЭGENЄR.

Tratando de mantener la compostura pese a los zarandeos y los golpes que Morgan brindaba al lavabo, y de no mirar el pedazo de carne que le colgaba de la muñeca ensangrentada. Se quitó la mochila y comenzó a hurgar en su interior: varios cargadores, una linterna, pilas, una botella de agua, un pequeño botiquín de emergencia y un montón de chocolatinas. Nada que fuese ni remotamente útil para hacer frente al que, si nada cambiaba de manera radical, en muy poco tiempo sería su verdugo.

Las lágrimas recorrían sus mejillas enrojecidas por los golpes y los arañazos que surcaban su cara, haciendo que le escocieran las heridas. Morgan no parecía dispuesto a dejar escapar su presa, después de todo el tiempo que llevaba sin llenar el estómago. Zoe gritó al notar cómo el lavabo se inclinaba hasta que perdió por completo el equilibrio y cayó aparatosamente de lado al suelo. La niña se golpeó la rodilla derecha, y gritó de dolor. Morgan observó descorazonado la base del lavabo, y comenzó a empujarlo por el suelo embarrado.

Zoe no paraba de gritar pidiendo clemencia, mientras notaba cómo todo se movía a su alrededor, prácticamente asfixiada por el intenso olor del producto químico azul que se había vertido por todos lados al volcarse el lavabo. Entonces le vino a la mente una conversación que tuvo con Bárbara hacía exactamente un mes, mientras ambas reposaban a la sombra, en el baluarte norte, recostadas sobre unas cómodas tumbonas. Bárbara le había preguntado que qué quería para el día de los reyes, y ella había respondido, sin pensar, que quería que Morgan volviese. Después de todo, su deseo se había hecho realidad. Era tal el nivel de colapso mental y estrés al que estaba sometida la niña, que una risa histérica se apoderó de ella, y no pudo evitar soltar una carcajada que hizo incluso que Morgan aminorase un poco el paso, segundos antes de tirar el lavabo al enorme agujero del sótano. El fuerte golpe que Zoe recibió en la cabeza cuando el lavabo impactó contra el la base de la excavación, desvinculando dos de los engarces de la pieza que hacía de techo, hizo que se desmayase.

3×1076 – Daño

Publicado: 06/12/2016 en Al otro lado de la vida

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Obra abandonada en el barrio de Bayit

6 de enero de 2009

 

Al fin se había dado por vencida. Zoe echó hacia atrás la capucha de su chubasquero y alzó la vista al cielo. Seguía igual de gris y encapotado, pero al menos ya había parado de llover. Muy a su pesar, concluyó que no tenía sentido seguir escarbando en aquél enorme montón de basura empapada, y procedió a dirigirse hacia la embarrada rampa que la llevaría de vuelta a ras de suelo.

Llevaba más de treinta minutos metida en el vertedero donde hacía menos de veinticuatro horas había rescatado al pequeño Carboncillo. Pese a que aún era muy pronto, temía que Bárbara hubiese despertado y la echase en falta, y muy a su pesar, decidió que no valía la pena seguir buscando la preciada cinta violeta entre pañales usados y latas de conserva vacías. Si no la había encontrado a esas alturas, ello significaba que tampoco estaba ahí. Desconocía dónde podría haber ido a parar, pero ya había puesto todo cuanto estaba en su mano para recuperarla, y todo esfuerzo había sido en vano. Resignada, subió la rampa arrastrando los pies, con cuidado de no resbalar.

Al llegar a la parcela de la obra hacía escasa media hora, se sorprendió al encontrar la puerta entreabierta. Estaba prácticamente convencida que el día anterior la habían cerrado al irse, principalmente porque esa era una práctica que siempre repetían, pero en esos momentos estaba tan excitada por haber encontrado a Carboncillo, que bien podía haberlo olvidado, más al estar en compañía de Christian. En su momento no le dio importancia, y se limitó a cerrarla tan pronto cruzó al otro lado, para evitar que ningún infectado pudiese colarse mientras ella hurgaba entre la basura. Aunque con el tiempo que hacía, ello resultaba cuanto menos poco probable.

Seguiría buscándola por el barrio, por si acaso, pero de todos modos, ya había asumido que no volvería a verla jamás. En esos momentos se planteó la posibilidad de adquirir una nueva en la mercería, pero enseguida la descartó. El valor de la cinta residía en lo que representaba para ella, como el último nexo que la mantenía unida a la vida previa al holocausto. Ello le hizo reflexionar al respecto que quizá había llegado el momento de asumir ese cambio de etapa de una vez por todas, y pasar página definitivamente a una vida que jamás podría recuperar. Al fin y al cabo, y viendo el destino que había sufrido la práctica totalidad de la humanidad, incluso se podía considerar una afortunada.

La niña suspiró, cabizbaja, y desanduvo el camino que había hecho. Cuando se encontraba a escasos diez metros del portón de acceso a la parcela, dispuesta a volver por donde había venido, un ruido proveniente de la caseta de obra gris junto a la enorme grúa roja le obligó a girarse. Enseguida echó mano de su automática, temblando de pies a cabeza. El corazón le dio un vuelco, y empalideció a ojos vista. Bajo el umbral de la puerta abierta de la caseta de obra se encontraba Morgan. Pese a su más que evidente cambio de aspecto, no dudó siquiera un instante en reconocerle. Su primer instinto fue el de correr hacia él y abrazarlo con todas sus fuerzas, pero enseguida concluyó en que esa no sería ni por asomo una buena idea.

El policía lucía un aspecto lamentable. Aún conservaba su uniforme, pero una de las mangas y las dos perneras del pantalón estaban desgarradas, mostrando una piel, que pese a ser negra, tenía un color extrañamente pálido que la hacía parecer insana. Lucía una espesa barba de más de dos meses, salpicada en sus flancos laterales por unas pocas canas, y su cabeza, antaño afeitada, mostraba un pelo negro azabache, muy ensortijado pese a su corta extensión. Lo que acabó de convencerla del peligro al que estaba expuesta fue el color rojo de sus ojos. No cabía la menor duda: estaba infectado. Y la estaba mirando fijamente.

Todo encajó en su cabeza enseguida: el policía debía haber entrado al recinto de la obra aprovechando que ella y Christian habían olvidado cerrar la puerta, en cualquier momento entre la mañana del día anterior y la madrugada del actual. Con la llegada de la lluvia y el amanecer, se debía haber refugiado en la caseta de obra, donde habría estado durmiendo hasta que ella le despertó al pasar junto a él mientras subía la rampa. Morgan siempre había tenido un sueño muy ligero. A ella no se le había pasado por la cabeza revisar el interior de la caseta de obra al llegar. Se había limitado a cerrar el portón de acceso para que no se colase ningún infectado. Pero en ningún momento se le ocurrió que ya hubiese uno dentro.

El olor de los pañales sucios y de la comida en descomposición le había impedido percibir el hedor a sudor, sangre y heces del policía. Zoe aguantó la respiración, incapaz de reaccionar. En su interior se entremezclaron una miríada de sentimientos encontrados, y notó cómo se le nublaba la vista por el inminente llanto. Sus dientes comenzaron a castañear. Morgan emitió un sonido gutural, vagamente parecido a una pregunta, y Zoe creyó ver en él un destello de reconocimiento. Por un instante llegó a convencerse que pese a haber resultado infectado, su amor por ella sería más fuerte que el del virus que circulaba en su sangre, y jamás osaría hacerle daño. El grito airado que profirió a continuación, mientras su cara mostraba un rictus de ira, le convenció de lo contrario.

Morgan comenzó a dirigirse hacia ella, caminando a buen ritmo, pero sin correr. La niña alzó su automática, sujetándola con ambas manos, y apuntó al policía, tal como él mismo le había enseñado hacía unos meses. Los dedos le temblaban sobre el gatillo. Morgan apuró el paso y comenzó a correr hacia ella, gritando a medida que lo hacía. Por más que sus intenciones resultaban más que evidentes, Zoe fue incapaz de apretar el gatillo. Al fin y al cabo, era a Morgan a quien tenía delante. Incapaz de reaccionar, cerró los ojos, y notó un calorcillo recorriéndole los muslos.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

Bárbara dormía a pierna suelta en su cama de matrimonio, tapada hasta el cuello con la funda nórdica. Tenía la boca entreabierta, y de la comisura de sus labios emergía un hilillo de baba que había dibujado un círculo oscuro en la almohada.

Aún faltaba cerca de una hora para que amaneciese. Zoe abandonó el dormitorio tratando de hacer el menor ruido posible. Sólo había entrado para cerciorarse que la profesora estuviese dormida. Ahora que había obtenido la respuesta que buscaba, ya no se le había perdido nada ahí. Desanduvo sus pasos por el pasillo de los dormitorios, y pasó frente al que compartían el hermano y el sobrino de Bárbara. Guillermo también dormía, en posición idéntica a la de Bárbara, en su propia cama. La niña se sobresaltó al ver la silueta de Guille dibujada en el marco de la ventana, vagamente iluminada por las farolas de la calle. El joven infectado se giró hacia ella, sin emitir ningún sonido. Con razón luego pasaba la mitad del día dormitando y sin parar de bostezar. Ambos se aguantaron la mirada durante unos pocos segundos. Zoe se llevó el dedo índice a los labios, implorándole silencio, y el niño se limitó a darse media vuelta de nuevo, y seguir observando la incesante caída de la lluvia a través de la ventana.

Cansada de ser incapaz de pegar ojo, había decidido poner fin al desasosiego que le había mantenido en vilo toda la noche. No podía quitarse de la cabeza la cinta violeta que había perdido la jornada anterior, y tenía el firme propósito de recuperarla. Con un poco de suerte podría hacerlo y acostarse de nuevo antes que los demás despertasen. Tampoco podía haber ido a parar muy lejos. Ataviada con un chubasquero amarillo, su pequeña mochila de supervivencia y una linterna enorme, respiró hondo y abrió con suavidad la puerta de entrada al ático. Los goznes emitieron un chirrido ahogado y Zoe se puso en tensión. Aguantó la respiración, esperando algún tipo de reacción por parte de quienes hasta el momento habían estado durmiendo como benditos, y al comprobar que todo seguía en regla, salió al rellano y cerró tras de sí.

Cerca de una hora más tarde, ya había escrutado hasta el último centímetro de suelo de todos los lugares por los que había pasado la jornada anterior. Si de algo podía estar convencida, era que la cinta no estaba intramuros. Todo esfuerzo había sido en vano. No había el menor rastro de ella. Su frustración le hacía sentir un nudo en el estómago y ganas de llorar. Pese a que sabía a ciencia cierta que la cinta no tenía ningún valor real, y que podría encontrar otra idéntica y en mejor estado en la mercería que había junto a la tienda de animales donde vivía Nuria, no estaba dispuesta a darse por vencida. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, Zoe no paraba hasta que llegaba al final.

En esos momentos se encontraba frente al portón de acceso a vehículos de la escuela, donde escasas veinticuatro horas antes había estado jugando con una pelota con el pequeño Carboncillo. Las gotas de lluvia repiqueteaban alegremente sobre la capucha de su chubasquero amarillo. Cualquiera que la hubiera visto podría jurar que estaba jorobada, pues llevaba la mochila por debajo. Se levantó la manga del chubasquero y contempló la marca blanquecina que delataba el lugar que había ocupado la preciada cinta violeta los últimos meses, en contraste con el color tostado del resto de la muñeca. Llevaba ahí quieta más de cinco minutos, incapaz de tomar una decisión, temblando a partes iguales de inquietud y de frío.

Si de algo estaba convencida, era que no podía pedir ayuda, porque de lo contrario despertaría sospechas sobre el motivo que le había llevado el día anterior al solar de la obra abandonada. Tampoco podía solicitar el apoyo de Christian: no después de cuánto se enfadó por su terquedad el día anterior. El ex presidiario había prometido no contarle a nadie lo que había acontecido durante la partida de búsqueda, pero si de algo estaba segura, era que no volvería a tolerar que saliera sola del barrio, ni tampoco la acompañaría. Eso había quedado más que claro el día anterior, durante el camino de vuelta al patio de la escuela.

Bajo su joven perspectiva, no había otra alternativa que la de salir en busca de la cinta ella sola. A su favor, el hecho que estuviese lloviendo y que acabase de amanecer. Ningún infectado en su sano juicio deambularía por las calles de Bayit a esas horas intempestivas y con semejante perspectiva climatológica. Llegó a andar y desandar en más de cuatro ocasiones la corta distancia que le separaba del portón, pero finalmente se armó de valor y cruzó al otro lado, bajo su propia responsabilidad. Al fin y al cabo, llevaba bien a mano su automática y cargadores suficientes para hacer frente a una horda de infectados, por más que todo apuntaba a pensar que no tendría compañía.

Echó un último vistazo atrás, antes de cerrar el portón, que emitió un vibrante sonido metálico al impactar contra el marco. Revisó por enésima vez el baluarte desde donde Christian la había pillado in fraganti la mañana anterior. Para su tranquilidad, éste estaba vacío. El ex presidiario había tenido esa noche guardia en el centro de día hasta las cuatro de la madrugada, y a bien seguro debía estar durmiendo en el piso que compartía con Maya. Las únicas personas que despiertas a esas horas, además de ella misma, eran Olga y su hermano, que tomaron el relevo a Christian y Maya al cargo de los bebés.

Sin darle más vueltas, consciente de que si seguía pensando al respecto acabaría echándose atrás, comenzó a seguir el mismo camino que había tomado la jornada anterior en compañía de Christian para buscar a Carboncillo, alejándose más y más cada vez de la seguridad que ofrecían las altas murallas del barrio que era su hogar.